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La propia imagen

Aumento de labios con hialurónico
13 de abril de 2026 22:15 h

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Cada década tiene, más o menos, una imagen general que solo se reconoce cuando pasan suficientes años como para verla con la distancia y captar el estilo de esa época.

Cuando vemos una película ambientada en los 40, los 60 o los 80 nos llama la atención cómo han cambiado los gustos, qué tipo de formas y colores se llevaban, cómo iban vestidos y peinados hombres y mujeres, qué era lo que se consideraba moderno o anticuado o atrevido o convencional. Cuanto más cerca de nosotros está la época, más difícil nos resulta llegar a un denominador común, porque vemos más las diferencias que las similitudes. 

Sin embargo, hay momentos en los que, de pronto, echando la vista alrededor, se puede notar en qué dirección han cambiado o están cambiando las cosas y, enseguida, ponerse a pensar en el porqué de ese cambio.

Cuando a finales de los años sesenta los hombres jóvenes empezaron a dejarse el pelo largo, los hombres mayores se dieron cuenta enseguida y lo consideraron escandaloso, un desacato al decoro y el buen gusto, una revolución silenciosa que podría desembocar en cosas peores. No iban muy desencaminados. El largo del pelo de los hombres y el largo de las faldas de las mujeres fueron de los primeros avisos de que los tiempos estaban cambiando y la moral imperante hasta ese momento estaba a punto de cambiar también. Cuando en Estados Unidos las mujeres empezaron a quemar sus sujetadores y aquí en Europa empezó a extenderse el topless en las playas no se trataba simplemente de una moda, sino de una nueva actitud frente a los derechos de la mujer, la libertad femenina y la forma de vivir. Cuando las primeras chicas embarazadas, en lugar de ocultar su vientre hinchado por la maternidad empezaron a marcarlo y a lucirlo, muchas mujeres mayores pensaron que eran unas descaradas y se opusieron con todas sus fuerzas a que la cosa progresara. Quizá sabían en lo más profundo de su ser que se trataba de un cambio importante en la manera de concebir el papel de las madres y su prole. 

La imagen que cada uno da de sí mismo y que nuestra constitución recoge y ampara en su artículo 18, está influenciada por muchos factores. Es evidente que las grandes casas de moda, la publicidad, el cine, las revistas, la televisión, los influencers, etc. tienen un papel muy relevante, pero hay algo mucho más profundo que viene de los sutiles cambios en la mentalidad de cada momento histórico y que se deben a otros factores de orden psicológico, sociológico y político.

Hace poco, uno de estos días de Pascuas, en un restaurante muy concurrido en el que había gente de casi todas las edades pero con preponderancia de parejas y pequeños grupos de personas entre treinta y cinco y cuarenta y tantos años me estuve dando cuenta de que cuando en el futuro alguien quiera ambientar una película en 2026 le resultará bastante fácil porque da la sensación de que la mayor parte de los hombres son calcados unos de otros: pelo muy corto por detrás, levantado y casi a cepillo pero más largo por delante, barba recortada, músculos prominentes en los brazos, tatuajes de mejor o peor gusto, camisetas que permiten lucir tanto músculos como tatuajes y una especie de chulería en el comportamiento y en la manera de dirigirse a los camareros y a su pareja y su grupo que hace muy poco (e incluso ahora mismo, en otros entornos) habría sido considerada como vulgar y grosera.

Muchas de las mujeres que acompañaban a estos hombres llevaban el pelo largo y con extensiones para fingir más volumen, maquillaje, labios aumentados -lo que se publicita como “russian lips”- pecho destacado, bien con el tipo de tejido de la camiseta, bien con el tipo de escote y, como ellos, tatuajes. En el caso de ellas un poco más discretos.

Se trata de un restaurante normal, donde también había muchas familias celebrando la comida de Pascua, con abuelos, abuelas, padres, madres, niños pequeños y bebés. Pero este tipo de imagen que acabo de describir era lo habitual en la franja de edad que comenzaba sobre los veintipocos y a veces llegaba hasta los cincuenta y muchos.

Como acabo de mencionar, los ciudadanos españoles tenemos derecho a mostrar la imagen de nosotros mismos que mejor nos parezca. También tenemos el derecho a tener nuestro propio gusto y nuestra opinión sobre el aspecto de los demás, así como tenemos el derecho, y yo casi diría el deber, de plantearnos por qué pasa lo que pasa y por qué esa imagen es la que es.

Igual que en los años sesenta y setenta imperaba una imagen que se encaminaba a protestar contra los convencionalismos impuestos por el franquismo y la iglesia católica y se expresaba en el largo del pelo y en el largo de las faldas entre otras cosas, ahora una se pregunta por qué los hombres empiezan a tener una imagen cada vez más testosterónica, por qué están volviendo a parecer auténticos “machos” aunque sus músculos sean solo de gimnasio y suplementos proteínicos. ¿A quién quieren parecerse esos hombres de camisas abiertas en plan legionario, pelo rapado por detrás, bíceps tatuados? ¿Por qué han empezado a pensar que la amabilidad, el dar las gracias, el pedir por favor son muestra de debilidad? ¿Por qué devoran sus hamburguesas y sus ensaladas como si los de la mesa de al lado estuvieran a punto de quitárselos?

¿Se acuerdan de aquellos horribles anuncios machistas de los años sesenta y setenta que decían lo de “El coñac, coñac, el toro, toro, la mujer, mujer”? Pues yo tengo la sensación de que estamos volviendo a todo eso otra vez aunque la gente que se viste y actúe así sea demasiado joven para recordarlo. Es probable que incluso piensen que se lo están inventando ellos y que con esa actitud van a cambiar el mundo a su manera.

Cruzo los dedos para que no suceda porque, con lo que nos ha costado conseguir que haya igualdad legal entre hombres y mujeres (la equidad es otra cosa, pero menos da una piedra), solo nos faltaba que los varones empiecen a desear volver al Paleolítico y las mujeres empiecen a plegarse a ello, orgullosas de lo macho que es el hombre que las acompaña.

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