Pantallas
Siempre nos habían dicho que, de las veinticuatro horas del día, ocho son para trabajar, ocho para dormir y ocho de libre disposición para hacer lo que nos gusta o lo que tenemos que resolver aunque no nos guste, para disfrutar de una vida familiar y social, para hacer deporte, o para aprender habilidades que nos dan satisfacción o pueden ayudarnos a progresar en nuestro trabajo o mejorar nuestra salud. Parecía un buen equilibrio, al menos en teoría: dedicar un tercio de nuestro tiempo al trabajo remunerado, otro tercio al descanso y la salud y otro a actividades que promueven nuestro bienestar físico, psíquico y social.
Nunca fue realmente así, pero nos las arreglábamos bastante bien y, aunque siempre existieron depresiones, exceso de trabajo, ataques de pánico, sentimiento de soledad y una gran variedad de problemas de orden psíquico, no afectaban a un tanto por ciento tan alto de la población como ahora.
Leo que en la actualidad, en nuestro país, el ciudadano medio dedica a Internet unas cuatro horas al día, a las que se suman de dos a tres horas de televisión, y eso sin contar con el tiempo de ordenador que pueda dedicar a actividades relacionadas con su trabajo.
Si tenemos una media de más de seis horas de estar exponiéndonos a una pantalla del tipo y el tamaño que sea durante las ocho horas de libre disponibilidad de las que hablábamos antes, eso significa que apenas nos queda tiempo para nada que no sea tener los ojos y la atención pegados al móvil, a la tableta, al portátil o al televisor.
Sabemos, hay muchos estudios que lo demuestran, que esa larga exposición a la pantalla no es saludable, que, entre otras cosas, hace que nuestra memoria empeore, nuestra capacidad de concentración se vaya esfumando, nuestra capacidad crítica vaya disminuyendo y, además, nos hace adictos. La mayor parte de las personas comprueba su móvil entre 50 y 100 veces al día y no suelen pasar más de diez o doce minutos sin abrirlo para ver si hay algo nuevo. Todo el mundo se pone (nos ponemos) de los nervios si no sabes dónde has puesto el aparato y lo buscas como un poseso. Mientras tanto, la mayor parte de la población regresa a su casa a recogerlo si, después de haber salido, se da cuenta de que se le ha olvidado el móvil.
Somos perfectamente conscientes de que la dependencia de los dispositivos electrónicos no es buena. No ignoramos que está dañando a las generaciones jóvenes de una manera que hace unos años parecía ciencia ficción con su típico alarmismo, y ahora es un problema que ocupa a muchos psicólogos y psiquiatras. Sin embargo, no hacemos nada por solucionar ese problema; nos encogemos de hombros e incluso lo justificamos diciendo que cada época trae sus problemas y conflictos y que el mundo tiene que seguir avanzando y progresando, como si la dependencia y la adicción fueran avances y progresos.
También hay quien se da cuenta de la situación, pero dice que no se puede hacer nada en contra, que ya hemos abierto la caja de Pandora, los males se han liberado y extendido por el mundo a su antojo y no es posible volver a recogerlos y meterlos en la famosa caja de la que nunca debieron haber salido.
Sin embargo, sabemos que en muchas ocasiones se trata simplemente de querer, de identificar el problema y actuar con decisión. Cuando hace un cuarto de siglo en Europa empezó la prohibición de fumar en bares, restaurantes y locales públicos, yo misma pensé que no lo conseguiríamos, que la costumbre estaba tan arraigada y nos parecía tan importante como expresión de nuestra libertad que sería imposible mantener esa prohibición, que la gente se negaría a cumplir la ley. Recuerdo que, cuando entró en vigor, yo estaba en Roma y pensé “quizá los centroeuropeos se plieguen sin protestar, pero los italianos seguro que no”. Ya ven, clichés que una tiene en la cabeza. Pues resultó que sí, que estábamos cenando en un restaurante en la zona de La Pace y la gente se levantaba disciplinadamente para salir a fumar a la puerta -en pleno invierno-, donde habían dispuesto un par de mesitas altas con ceniceros. Me quedé de piedra. Lo que a mí me parecía que iba a levantar olas de indignación resultó que sí se podía hacer y que hoy en día todo el mundo encuentra absolutamente lógico que no se fume en locales públicos, ni en escuelas ni en hospitales, cosa que antes se hacía sin pensar. Es decir, que es posible crear conciencia en la población de que estamos desarrollando un comportamiento dañino y llegar a reducirlo y, con suerte, erradicarlo. Se puede, si se quiere.
La cuestión en el asunto del internet, las redes sociales, los videojuegos, las películas y el uso de pantallas en general es si estamos dispuestos a ver lo que las pantallas están haciendo con nosotros individualmente y como sociedad y si queremos cambiarlo.
Hace poco, en un bar, una madre joven estaba charlando con sus padres mientras su bebé de unos seis o siete meses estaba sentada en la trona con el móvil de la mamá bien sujeto frente a sus ojos para que estuviera entretenida viendo dibujos mientras los adultos hablaban sin molestias. Cuando nos fuimos al cabo de una hora, la niña seguía allí, hipnotizada por la pantalla.
Y no solo es problema de nuestro país o nuestra sociedad occidental. El mes pasado estuve en Egipto por tercera vez y me llamó la atención que algo que yo recordaba no solo de allí sino de otros países norteafricanos como Túnez o Marruecos había cambiado por completo. Antes era normal ver grupos de hombres sentados en el bordillo de las aceras o carreteras esperando a que los recogieran para el trabajo o simplemente dejando pasar el tiempo hablando entre ellos, bromeando, mirando el trasiego de los turistas y riendo. O instalados en terrazas de cafeterías y teterías viendo pasar la vida a su alrededor. Ahora ya no. Ahora esos hombres que esperan en los bordillos siguen allí, pero cada uno tiene su móvil en la mano y ya no conversa con los vecinos, ni gasta bromas ni se ríe. Cada uno está inmerso en su mundo personal al que accede a través de su pantalla. Pero lo peor es que a través de esa pantalla también hay contenidos, opiniones y manipulaciones que acceden a él y distorsionan su pensamiento y su mente.
Parece que en cualquier lugar del mundo, en cuanto se tiene la posibilidad de disponer de un dispositivo con acceso a internet, el interés por la realidad que entra por los sentidos normales disminuye hasta desaparecer.
No se trata necesariamente de un progreso, aunque por supuesto también hay muchísimos contenidos que son interesantes y saludables. Lo que pasa es que una vez entrados en el reino de los algoritmos y de colocarnos voluntariamente en manos de quienes no quieren lo mejor para nosotros sino su propio provecho, ya es muy difícil salir de ahí. Cuando cada vez que miras tu móvil recibes confirmación de todos tus sesgos -incluso los peores, sobre todo los peores- tu mente se va enfermando y tu comportamiento social se deteriora. Nos enganchamos a esa falsa libertad que nos prometen las redes y ya hay adolescentes y adultos seriamente enfermos porque al acostarse, en lugar de apagar los dispositivos y dormir, o leer unas páginas de un libro de papel o escuchar un poco de música, se quedan casi toda la noche despiertos moviendo el dedo índice, “scrolling”, “doom scrolling”, pasando mensajes y mensajes, noticias y noticias (casi todas terribles, de las que asustan respecto al futuro de la Humanidad, o de las que fomentan las comparaciones malsanas, o de las que estimulan al odio a quien es diferente), cada vez más despiertos y más atontados, aunque parezca una contradicción.
Otras generaciones, menos duchas en el manejo de móviles y tabletas, hacen lo mismo con la tele: se acomodan en el sofá y pasan horas y horas empapándose de cualquier cosa que les echen, saltando de canal, aguantando las inaguantables voces y opiniones sin ninguna base real de los famosillos de turno. Sé de gente que es incluso adicta a la teletienda, y ese es un problema añadido.
Ahora que hemos conseguido una sociedad más consciente de su salud, de su alimentación, de la importancia del deporte y el movimiento, parece que, sin embargo, no nos sentimos capaces de frenar lo que ya está teniendo un impacto tremendo en nuestra mente y nuestro comportamiento social. Tenemos que hacer algo ya mismo para reducir esas horas de pantalla que nos están llevando al desastre.
Y ya. Ya me he dado cuenta de que esta columna sale en un diario digital que solo puede leerse en un dispositivo electrónico.
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