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¿Vuelve el auxilio social? ¡Socorro!

Maruja Torres

Como receptora que fui, a finales de los años 40 del siglo pasado, de algunas mantas usadas del Ejército y de un juego de café de loza de juguete, en miniatura, por parte de las piadosas damas falangistas del Auxilio Social, declaro que haber visto a los míos, para merecer la dádiva, hacer profesión de pobreza –y de catolicismo: una cosa va con la otra, en este país–, me dejó perdurable y sanamente asqueada. No creáis que aquellas vestales de la virtud, bigotudas y emballenadas –o lánguidas y moralmente erráticas cual Teresa en sus últimas tardes–, se alejaban demasiado de la versión social del actual Amanecer Dorado, ni de las novias, o novios, de esos enhiestos mozalbetes de Nuevas Generaciones y aledaños. Pues las purgas de ricino y las denuncias por desafecciones al régimen, tan caras al fascismo –y hoy innecesarias, porque nos purgamos solos–, iban parejas con las obras buenas. Ah, sí. Las obras buenas. La mano derecha de los que mandaban no se inmutaba cuando su otra mano derecha obligaba a los siervos a tragarse el bajativo.

Haber tenido que dejarme examinar por las muy bien intencionadas señoras, en busca de piojos del alma –según sus prédicas–, o de la castidad y la decencia –según sus represiones–, me ha blindado contra la caridad, cualquiera que sea el título bajo el que se la camufle. Puedo seguir apretando los dientes, como entonces, pero ahora prefiero tener entre las mandíbulas una víscera del enemigo. A ser posible, vital.

No soporto la humillación de los pobres, sean sanos o enfermos, ni la relegación de los más débiles al saco de los desechables. Milito en la igualdad de derechos y oportunidades para todos, incluso para los perversos. Pero, dado que los perversos han ganado, estoy a favor de la discriminación positiva de los perdedores. Lo cual, continuando con el símil de los molares, consiste en morder la mano que te obliga a pedir y que insiste en robar para no darte de comer. O de estudiar.

Las palabras mecenazgo, padrinazgo y donación me revuelven las tripas, porque son una burda maniobra para camuflar la más ofensiva de las beneficencias. Después del expolio, el patronazgo. ¡Becas, becas para los pobres! Como en un capítulo de Oliver Twist.

No me gusta que los jóvenes y decepcionados estudiantes desbecados elijan como protesta ponerse un sombrerito y escribirse algo en el rostro y escenificar una pantomima en la calle. No necesitamos más teatro.

Salvo un teatro que arda por los cuatro costados. Metafórica y supuestamente. Faltaría más.

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