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El culpable de todo esto es:
Comenta Thomas L. Friedman en The New York Times que la guerra de Gaza está desacreditando a Israel como estado. Le parece que como consecuencia de las barbaridades que describe, el país entero va a perder credibilidad y que estas van a tener alguna consecuencia sobre ellos.
Creo que no, en poco tiempo el mundo que conocemos olvidara los horrores que estamos viendo por lo que queda de prensa en Gaza. Pronto veremos equipos de Israel compitiendo en carreras ciclistas, Eurovisión o campeonatos de baloncesto como si no fueran responsables de los asesinatos y martirio de decenas de miles de personas inocentes y desprotegidas.
Si no podemos evitarlo porque nuestros líderes políticos tienen otros intereses y han puesto su mirada en rearmarse, romper relaciones comerciales u obligarnos a cargar con baterías inútiles en nuestros coches para circular por nuestras ciudades, quizás deberíamos preguntarnos cómo sacar conclusiones y aplicarlas a nuestro acerbo cultural para evitar que esto vuelva a suceder.
Este camino se inicia sin duda identificando las razones que han desembocado en estos hechos. A mí me parece muy simple y evidente. Declaremos que Dios no existe y en contra de la justificación de Trump, Netanyahu o Putin reconozcamos que todo esto es obra de los hombres, de los hombres malvados y que quien invoca el nombre de Dios para sus fines es plenamente consciente de que se lo está inventando.
Podemos llegar a conseguir vivir, todos los seres humanos, sin matarnos unos a otros, sin guerras. Pero es necesario que reconozcamos como un hecho científico e histórico irrebatible que todas las religiones son iguales y que sus sacerdotes, son comerciales adoctrinados del más etéreo e irreal de los productos. Muchas vidas humanas se salvarían con este convencimiento.