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Aunque duela

Beatriz L. Somada

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Las paredes todavía ofrecen mensajes naífs mientras no cesa la barbarie. Leo “no solo crezcas... florece” de vuelta a casa, pintado en un muro descascarillado. No está lejos de un cartel que convoca a una manifestación, que se superpone al cartel de otra anterior, con la imagen de unos niños heridos en Gaza. Y yo avanzo mientras avanza un siglo veintiuno marcado por la violencia y la desafección, el odio, las mentiras y una burricie amplificada que a veces parece desbocarse. Consentimos demasiado.

Sé que es un ángulo terrible para mirar al mundo, terrible de puro lúcido y cabal. Me queman todavía las llamas de la última niña que vi arder dentro de un edificio tras un ataque que ya no es el último. A veces pienso que lo único que merece la pena esperar es que llegue el cataclismo definitivo que nos borre del planeta como especie invasora. Porque hay demasiados niños que no crecerán, que nunca podrán florecer. ¿Cómo puede suceder lo que de terrible sucede? ¿Quién o qué nos ampara en este tiempo salvaje?

Asisto con ojos como platos a tanta impunidad. Me parapeto frente a la ignominia como puedo (y como siempre) para no enloquecer. Enloquecer es un verbo que solo está permitido a los mismos que tienen poder e impunidad. Esa locura suya también la consentimos, la soportamos, incluso la votamos. 

A veces sueño, otras escribo, otras escucho música, me concentro en mis quehaceres o me pierdo en la naturaleza. Me observo en el paisaje. O me siento al lado de quien abre los brazos. Otras me callo y trato de organizar en el silencio todas las contradicciones de estar viva. Ni sé cómo lo hago, pero sé que lo hago. 

Es difícil sobreponerse al horror del mundo, pero me siento muy responsable de no caer en la anestesia. Es muy complejo a veces, pero la dignidad consiste solamente en volver a levantarse y buscar, porque realmente nos va la vida en ello, la rendija por la que entra la luz. Aunque duela.