La educación es cosa de todos
Soy un profesor de secundaria implicado en la huelga educativa indefinida en la Comunidad Valenciana, convencido de que estamos haciendo lo correcto, pero muy decepcionado al ver la reacción de la Conselleria y del gobierno autonómico. Pero la decepción no es solo por ellos, ya que es lo esperable en un gobierno del PP que no cree en la defensa de los servicios públicos sino en su privatización.
La decepción es por la sociedad en general, que asiste como espectadora a esta histórica huelga sin otorgar a la educación el peso que se merece. La reacción de la Conselleria es un reflejo de la apatía social, o más bien una consecuencia de la misma, puesto que tanto una como la otra tienen suficiente con esperar a que el ímpetu reivindicativo se desinflame a causa del evidente menoscabo económico que supone la huelga para los trabajadores.
Una huelga en educación no afecta al día a día de la mayoría de las personas, ni siquiera al de aquellas con hijos, pues pueden seguir llevándolos al colegio o el instituto. Afecta al futuro de una sociedad, porque si se ha llegado hasta aquí es que algo va muy mal, y no son solo los salarios.
Leo a familias enfrentadas por el tema de la “libertad” para elegir la lengua, acusando al profesorado de querer más dinero (como si eso fuera vergonzoso), criminalizándonos por “secuestrar” al alumnado de 2º de bachillerato, con el cual somos nosotros los que hemos construido una relación de afecto, confianza e incluso familiaridad…
Esta huelga, si bien necesaria, está siendo descorazonadora, ya que los sindicatos han echado el resto frente a una administración que no tiene nada que perder. Las familias de la pública no son sus votantes, la educación pública no es su proyecto y electoralmente no ganarán nada atendiendo a las reivindicaciones del profesorado. La comunidad educativa está movilizada y activa porque cree en los beneficios sociales de una educación de calidad, pero la derecha crece precisamente cuando la pública no funciona.
Por eso la decepción. Porque en esta huelga, los docentes ponemos el esfuerzo (organizativo, físico, económico, reputacional) mientras la sociedad y la Conselleria nos miran, esperando a que acabemos, y sin preocuparse lo más mínimo por el futuro de los jóvenes, mañana adultos, ni por el de nuestro país. Esperan que volvamos a las aulas lo antes posible a seguir “educando”, “o lo que sea que hacen ahí”, porque igual les da que haya 20, 30 o 40 niños en un aula sin ventilación. Lo importante es tenerlos entretenidos mientras las familias trabajan, descansan o buscan trabajo.
Mientras tanto, los docentes seguimos viendo que el futuro no pinta nada bien, con un alumnado cada vez más abandonado a su suerte (expuesto a las redes sociales adictivas, a las casas de apuestas junto a los institutos, hacinado en aulas masificadas y mal ventiladas, con crecientes problemas de identidad y salud mental) y con unas familias que no saben en muchos casos qué hacer, o no pueden, mientras la administración mira para otro lado y centra sus esfuerzos en favorecer a la clase más pudiente o a la que aspira a serlo (ay, los wanabes que no quieren inmigrantes ni autistas…).
En fin, seguiremos luchando, pero una huelga educativa no es solo educativa, es una huelga por el futuro de unos jóvenes, de una sociedad y de un país. Y necesita la colaboración, la unión y la presión de todo el conjunto social. Cualquier partido político que aspire a construir una sociedad justa, igualitaria y con futuro, debe tener entre sus prioridades la educación pública. Pero ay amigo, dime a qué dedicas el dinero y te diré qué sociedad estás construyendo.