Somos hermosas bombas nucleares que merecen vivir
Por desgracia, estos días, como tantos a lo largo de nuestra historia, están de actualidad las bombas.
Pues bien, cada uno de nosotros camina por el mundo portando una energía nuclear equivalente a miles de bombas atómicas, pero completamente inerte, completamente segura, completamente inaccesible.
Los átomos que nos forman y que podrían liberar esa energía son viejísimos. El hierro de nuestra sangre se forjó en el interior de estrellas que murieron antes de que existiera el Sol. El hidrógeno de nuestra agua tiene casi 14.000 millones de años, casi tanto como el universo.
Esos átomos, que formaron planetas, viajan por la eternidad y, en ese sentido, nos hacen eternos a nosotros, inmortales. En cada respiración inhalamos miles de millones de átomos y es muy probable que algunos hayan pertenecido a dinosaurios, a algún esclavo egipcio que pereció construyendo una pirámide o a una mujer del siglo XIX manifestándose por el voto femenino y la igualdad social.
Toda esa historia, toda esa energía dormida, está organizada de una forma suficientemente compleja como para ser conscientes de ella.
Esa insólita consciencia y esa maravilla que es la existencia humana desaparece cuando nuestra vida termina o alguien nos la arrebata. Nuestros átomos seguirán viajando por el universo pero nosotros ya no nos emocionaremos mirando a las estrellas junto a la persona amada.
Por eso, siempre: NO A LA GUERRA.