A imagen y semejanza
La búsqueda de un referente y su construcción, alguien a quien parecernos y desear parecernos ha sido, siempre, una de las aventuras comunes a todos los seres humanos.
Cualquiera fantasea con la idea de ser otra persona, de tener otras capacidades, otros poderes, otras alternativas vitales. Cualquiera desea estar en otro lugar y en otro momento, como si eso fuera solución de algo.
Pero, como ocurre con el cloruro de sodio, la magnitud de cantidad es lo que marca la diferencia entre un potenciador de sabor y un veneno. Algo parecido nos pasa cuando elegimos referentes o cuando estos generan dinámicas que permean en la psique social y determinan nuestro comportamiento.
Pongamos un ejemplo: en abril de 2012 asistíamos, algunos atónitos, a un acontecimiento que marcaría, sin exageración alguna, el comportamiento de miles de ciudadanos en los años posteriores. Aquel día, Juan Carlos de Borbón aparecía ante los medios y decía «lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir». A partir de entonces, cualquier otro ciudadano quedaba automáticamente exculpado de sus acciones al repetir las mismas palabras, independientemente de la fechoría ejecutada. Fueron muchos los casos, tirad de hemeroteca si queréis.
Es más, con el tiempo se llegó a pulir la reacción y se convirtió en «pido perdón si alguien se ha sentido ofendido». Ya no se trataba de una exculpación automática, la cosa derivó en la ignorancia supina de las repercusiones que tienen nuestros actos. Una ceguera ética y moral sin precedentes a través de la falta de empatía. El «solo Dios puede juzgarme» se transformó en «yo solo me perdono porque no sé qué mal he cometido».
Nos hicimos a su imagen y semejanza.
Hoy, con un nuevo sheriff en Washington y un presidente argentino promoviendo estafas sin capacidad autocrítica ninguna, la cosa se pone tensa. Hay quien defiende, incluso, que si no se deja actuar libremente al primero, con todas sus ocurrencias, la democracia está en peligro. Solo Dios puede juzgarme / Solo Trump tiene razón.
Y nos haremos a su imagen y semejanza.
Todos tendremos razón. Todos podremos imponer nuestra voluntad. Todos actuaremos con premeditación y alevosía, miedo y codicia, rencor y deshumanidad. Todos nos disculparemos burocráticamente para continuar con nuestros actos, sin reflexión alguna. Todos velaremos por nuestros propios intereses sin tener en cuenta el impacto en el colectivo. Todos nos postularemos como salvadores mesiánicos. Solo Dios podrá juzgarnos. Y volveremos a empezar.
A imagen y semejanza.
Me pregunto, ¿cambiaría Michelangelo la composición y tema de su obra en la Capilla Sixtina si la pintase hoy mismo?