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Libertad, igualdad y fraternidad... en Madrid


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Todas las revoluciones tienen sus eslóganes, sus lugares emblemáticos y hasta sus imágenes características que parecen fosilizarse cuando triunfan y se utilizan a conveniencia por el poder establecido. A veces, incluso pasan al imaginario colectivo en forma de fetiches. Con las palabras parece ocurrir algo semejante.

La Revolución Francesa supuso el acceso al poder de la burguesía, acabando con el Antiguo Régimen. De sus emblemas, la libertad (para producir y consumir) era un requisito indispensable para el desarrollo del capitalismo y la igualdad se refería a la desaparición de los privilegios de la nobleza.

Los procesos electorales, y más en épocas turbulentas, hacen aflorar en la colectividad aquellas ideas fuerza que nos mueven, oponiéndolas a las que consideramos contrarias. Son caldo de cultivo para los publicistas, que ahora han convertido la dicotomía libertad/comunismo en un axioma y no en lo que es, un viejo eslogan. ¿No se estará oponiendo la libertad a la igualdad y a la fraternidad en el soniquete electoral? ¿De qué libertad están hablando?

Sin duda se refieren al primigenio sentido burgués de libertad de mercado para producir y consumir, el dejad hacer, dejad pasar, el mundo marcha por sí mismo del capitalismo en estado puro. La libertad es, pues, para el poderoso, para quien puede permitirse el lujo de salvarse (de la opresión, de la miseria, del hambre, de la enfermedad).

De este modo, la igualdad deja de ser un empeño deseable. Porque aunque sea así para la ley, en la práctica suceden las cosas de otra manera: privilegios fiscales significativos para los poderosos bajo la ficción de la rebaja universal; prebendas para familiares y amigos; utilización y control de la justicia; apropiación fraudulenta de los bienes públicos; prevaricación y cohecho…como bien conocemos.

Solo que esto, con ser cierto, no se reconoce porque impediría cosechar votos: son los otros los que atentan contra esta libertad porque son “liberticidas”, no porque busquen la igualdad. Entonces el eslogan es lo que cuenta y lo que permite conservar el poder. Aunque sea con el apoyo de los auténticos liberticidas que glorifican una dictadura sanguinaria.

Y es que el sistema que implantaron las revoluciones burguesas no necesitó del desarrollo de la igualdad, aunque sí permitió el de la democracia, siempre que no atentara contra los pilares del sistema: la preeminencia de un grupo social que dirige y domina la sociedad. En nuestro país, los gobiernos realmente democráticos fueron siempre escasos. Bajo la supervisión de una monarquía corrupta, los liberales consiguieron en el siglo XIX y parte del XX manipular las elecciones para impedir que llegara al poder otra clase social diferente a la alta burguesía. Cánovas del Castillo, creador y artífice de esa práctica, abominaba de la democracia porque podía traer el comunismo. Comunismo o libertad.

Los neoliberales actuales no inventan nada nuevo. De hecho, la derecha española se ha mantenido desgraciadamente en el pensamiento liberal decimonónico. Por eso no tiene escrúpulos en aliarse con la ultraderecha, porque la democracia no está en su ADN. Durante años creímos que el partido mayoritario había conseguido acabar con las tentaciones autoritarias cuando en realidad solo las cobijaba, y ahora que se han emancipado necesita de ellas para gobernar.

Esto nos debería llevar a una reflexión crucial en estas elecciones: la verdadera dicotomía no está entre libertad y comunismo, sino entre fascismo y democracia, pues nos jugamos ser gobernados con los valores que ella representa o perderlos irremediablemente. La cuestión entonces sería centrarnos en el concepto clave: la democracia, el gobierno del pueblo. Sin adjetivarla, que ya sabemos cómo se las apañan todas las dictaduras para hacerlo.

Y ahí la tercera palabra que nos llegó de la Revolución Francesa nos puede dar alguna clave. Si nos consideramos hermanos no deberíamos hurtar a los demás lo que queremos para nosotros mismos. Exigir derechos para unos y negarlos para otros es reivindicar el privilegio, y eso es lo que postulan los poderes antidemocráticos. Y en estos momentos, de una manera ostentosa y descarada en su propia indignidad: atacar como criminales a los más débiles, los que necesitan ayuda para alimentarse, los niños y niñas sin familia, las mujeres maltratadas, los perseguidos por su orientación sexual y todos aquellos que impunemente puedan ser estigmatizados por matones sin escrúpulos.

Así es que defender la democracia del ataque que sufre en nuestro tiempo supone volver a aquellos principios revolucionarios que permitieron el desarrollo no solo de la libertad, sino de las libertades, y de esta manera tendremos libertad de movimiento, de expresión, de opinión, de elegir la representación política que consideremos más adecuada. Y también igualdad, no solo en la ley sino también en nuestras necesidades (alimentación, vivienda, sanidad, educación, entornos saludables…). Es decir, poder gozar de todos nuestros derechos tal y como los recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tanto los civiles y políticos como los económicos, sociales y culturales. Estos derechos no admiten parcelación ni exclusión y menos aún restricciones por razón de sexo, nacionalidad, creencias o cualquier otra condición, pues son indivisibles, inalienables, interdependientes y universales. De esta manera son reconocidos por nuestras leyes y por la legislación internacional, como nos lo recuerdan constantemente las asociaciones que velan por su cumplimiento, como Amnistía Internacional.

Bajo estos planteamientos, yo, en estas elecciones y en cualquier otra, buscaré aquellos programas que se preocupen de proteger y desarrollar estos derechos para todos mis semejantes, y cogiendo la bandera de aquella antigua revolución, conseguir realmente la libertad, la igualdad y la fraternidad. Porque como escribió el gran Forges en una viñeta memorable, “No hay ningún hecho más revolucionario que la aplicación de los derechos humanos”. Ojalá se cumpla.

Chema Linares.

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