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Portugal, qué miedo
Para qué negarlo: echaremos de menos al ciudadano Marcelo. Va a ser duro pasar del exuberante y expansivo Rebelo de Sousa siempre con una cámara detrás para perpetuar momentos históricos como aquel en uniforme de veraneante en la cola de la caja de un supermercado o la ocasión en que llevado de un entusiasmo suicida se saltó el protocolo real abalanzándose sobre la reina Isabel de Inglaterra para abrazarla. Marcelo era un genio de lo que antes se llamaban relaciones públicas, e igual recurría al argot para dirigirse al vecindario de cualquier barrio popular que disertaba con tono profesoral sobre el problema de Eça de Queiroz con los forúnculos.
Seguro es su antítesis: cero en carisma, lenguaje de madera, rictus permanente en la expresión facial como si acabara de perder a un ser querido en un incendio. Los portugueses y portuguesas con que he hablado estos días – alguno de ellos de su mismo partido- son incapaces de recordar una sola aportación interesante en su paso por los altos cargos que ha ostentado como ministro o secretario general. Parte de su carrera la ha hecho a la sombra de António Guterres, ese personaje doliente y extraplanetario que ahora es el jefe de la Organización Nada Útil (ONU). Y cuando pocos contaban con él, Seguro reaparece después de unos años de ostracismo, vence en la primera vuelta de las presidenciales y se prepara para el segundo asalto al cargo más importante de su vida . Ello a pesar de que nunca ha contado con el apoyo entusiasta de su partido y de la mutua antipatía con António Costa, el político más capaz y avispado de los últimos decenios, ese que identificó perfectamente cuál era el momento para levantar el vuelo en busca de lugares más cálidos, y se convirtió en presidente del Consejo de Estado a la vera de doña Úrsula von der Leyen (aprende, Pedro).
El resultado obtenido por Seguro demuestra que ha conseguido incluso más apoyos de los previstos y se explica probablemente porque una parte considerable del electorado que, en condiciones normales hubiera optado por otras opciones o se habría abstenido, se ha abonado a la máxima “del mal el menos”. Eso ha hecho posible, por ejemplo , que los candidatos a la izquierda del PS no hayan obtenido en total un porcentaje que apenas sobrepasa el 4 %. La progresión de la ultraderecha es impresionante. Chega se creó en 1919 y ha capitalizado casi por completo el descontento social ante una situación en la que las promesas que anunciaba el 25 de abril del 74 no se han cumplido o solo han afectado al ámbito macroeconómico, mientras las privatizaciones iban desmantelando poco a poco las conquistas iniciales de la revolución en los ámbitos de la sanidad, educación o vivienda. El desmoronamiento de la izquierda ha sido evidente en las convocatorias electorales municipales y legislativas, y el porcentaje de Chega en las presidenciales que comentamos no auguran nada bueno. Seguro ganará probablemente gracias al voto del miedo. Triste victoria.