Raigambres
En los pueblos, en las comunidades pequeñas, se hace hondo el sentimiento de pertenencia a una entidad superior al individuo, del mismo modo que hay una vivencia colectiva de lo que es la muerte quizás algo distinta, por el lugar principal que cada uno de los vecinos ocupa en el contexto para los demás.
En lo más profundo de esta tierra despoblada y llena de arrugas, cada persona que se va es, a menudo, una casa que también se despide de la vida: puerta cerrada, persianas abajo, luz apagada, silencio, tristeza evidente y compartida.
El verano tiene, entre otras bondades, que algunas luces vuelven a brillar. Y nos recuerdan que no existe la presencia sin la ausencia. Todos formamos parte de lo mismo, aunque la vida tiene ese algo más grande que cuesta comprender.
Y luego están también las múltiples aristas, en los pueblos, en las comunidades pequeñas. Los corsés, la estrechez de miras que conlleva escuchar siempre lo mismo de los mismos. Estar de acuerdo en el sinsentido, asentir por simpatía más que por razón. O disidir sin remedio, porque tú no piensas como el resto de la mesa, lo sabes, y ellos también. Es palpable un cariño que otorga esa especie de pertenencia al grupo humano, a la manada, pero allí no hay espacio apenas para respirar.
Todo eso también pasa en los lugares donde sentimos algo así como cierto arraigo. Jaulas de oro. El paraíso de la infancia. Una especie de espejismo. Todo eso y mucho más.
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