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Semana Santa en Palestina: la crisis moral del cristianismo ante el exterminio de su propia tierra de origen

Irene Castillo

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Cada Semana Santa revive una historia universalizada del cristianismo, pero que casi olvida la tierra donde nació. Jesús no nació en Roma ni en Europa, sino en Palestina, un territorio concreto con comunidades históricas que han resistido siglos de imperios, desplazamientos y genocidio.

Mirar a Palestina en Semana Santa es un deber intelectual, moral y teológico. Tratar los Evangelios como pasado ignorando que el territorio sigue devastado es imposible. Este año, el régimen israelí prohibió el acceso al Santo Sepulcro, bloqueando incluso al cardenal Pizzaballa durante la misa del Domingo de Ramos y agrediendo a fieles. Solo tras presión internacional se permitió un acceso limitado, evidenciando el carácter arbitrario de la medida y la paradoja central: se reacciona con rapidez ante restricciones religiosas, pero rara vez frente a asesinatos, bombardeos y violencia cotidiana en Gaza y Cisjordania.

No es un hecho aislado. Restricciones sistemáticas, agresiones a clérigos y peregrinos, y vandalismo contra iglesias muestran que la vida cristiana en Palestina está amenazada. El pastor Munther Isaac, desde Belén, denuncia una crisis moral y teológica: el cristianismo se enfrenta a su propia ética cuando las víctimas son palestinas y la violencia procede de un poder que muchos sectores cristianos prefieren no interpelar.

La violencia no surge de la nada. Isaac recuerda la continuidad histórica: la Nakba de 1948, la ocupación, la colonización y el bloqueo. Sin ese contexto, la violencia se naturaliza y desaparece la posibilidad de un juicio ético. Las comunidades cristianas, históricamente arraigadas, sufren expulsiones, destrucción de infraestructuras y amenazas a su patrimonio: iglesias y monasterios centenarios corren peligro. Gaza, cuna de una comunidad cristiana de casi dos mil años, podría desaparecer si el genocidio continúa.

Las principales comunidades cristianas palestinas viven bajo restricciones de movimiento, confiscación de tierras y violencia de colonos. Antes de 1948, los cristianos representaban un 20 % de la población; hoy, menos del 2 %. Palestina, históricamente plural, ha visto deshecho su tejido social mediante muros, colonias y segregación. La expulsión de comunidades originarias desmiente la narrativa que traslada el cristianismo al Occidente que hoy guarda silencio.

Isaac también critica a las instituciones religiosas. La Iglesia ha fallado moralmente al ignorar o suavizar la violencia, prefiriendo neutralidad donde se exigía defensa de las víctimas. El Vaticano y otros organismos han hablado con cautela: preocupación y llamados a treguas, evitando calificar la violencia como genocidio. El lenguaje abstracto diluye la responsabilidad y evita señalar al poder que perpetúa la opresión.

El corazón del cristianismo es claro: Jesús está con las víctimas, no con el poder. Si no lo está, pierde su esencia. La Biblia ha sido usada para justificar colonialismo y supremacía, blindando un apoyo cristiano acrítico al régimen israelí, especialmente en sectores evangélicos. La religión, en este marco, deja de ser resistencia y se convierte en instrumento del imperio.

Desde Palestina, la Semana Santa se convierte en una prueba moral del cristianismo: conmemora hechos ocurridos en tierra ocupada y asesinada, mientras la Iglesia observa, elige palabras y silencios. La pregunta incómoda permanece siempre presente: ¿dónde está mientras Gaza es destruida? ¿Qué violencias nombra y cuáles relativiza? La fe se mide en reconocer a Jesús en las víctimas, no al lado del poder que las destruye. Solo allí se revela la crisis ética y teológica que atraviesa hoy el cristianismo.