El silencio del parte de guerra
Hay dos tipos de silencio en un parte de guerra. El primero es el de los errores que nadie admite. El segundo es más sofisticado y más eficaz: es el silencio de los muertos que el relato oficial decide que no existen. No se ocultan con mentiras. Se borran con precisión: se les sustituye por infraestructuras destruidas, por objetivos alcanzados, por porcentajes de éxito. El último gran discurso del poder occidental dominaba este segundo silencio con una maestría que habría resultado admirable si no fuera tan letal.
El parte de guerra decía que la marina del adversario ya no existía. Que su fuerza aérea estaba en ruinas. Que todos los líderes originales habían muerto. Lo decía con la sequedad del que no necesita adjetivos porque tiene misiles, con la frialdad del contable que cierra un balance. Punto. Siguiente partida. Y la bolsa resistía. Y el combustible fluía. Y los récords económicos confirmaban que el universo estaba de acuerdo.
Lo que el parte no decía era quién habitaba esa marina antes de que dejara de existir. Quién trabajaba en esas bases antes de que quedaran en ruinas. Quiénes eran los que vivían alrededor de los líderes cuando los líderes murieron. El parte de guerra tiene una gramática muy específica: en ella solo existen las cosas, nunca las personas que las habitan. Destruir cosas es logístico. Matar personas es otra cosa. Por eso el parte convierte a las personas en cosas antes de destruirlas.
El último discurso del máximo representante del poder imperial añadía algo que en otro tiempo habría resultado escandaloso y que ahora pasó sin que nadie pestañeara: los índices bursátiles como prueba de que la operación había sido un éxito. La bolsa resiste. El combustible fluye. El ciudadano al que se le decía esto ya no era interpelado como sujeto moral que debe sopesar las razones de una guerra. Era interpelado como accionista que comprueba el rendimiento de su cartera. Y el aliado al otro lado del océano descubría que la «independencia energética» que el discurso celebraba era, vista desde aquí, exactamente su propia dependencia: atado para siempre a la energía y al dictado de quien acaba de demostrar lo que es capaz de hacer.
El parte incluía también una escena de duelo: la visita a las bases militares para recibir los ataúdes propios. Yo también lloro, decía el gesto. Pero quien ha estado del lado del muerto sabe la diferencia entre quien produce los ataúdes desde la distancia de los objetivos estratégicos y quien los espera en el frío del aeródromo. No es diferencia de dolor: es diferencia de conocimiento. El que produjo los ataúdes puede volver a casa. Lo que el parte no incluía era la escena paralela: los que esperan en el otro aeródromo. Los que no tienen aeródromo porque fue uno de los objetivos. Esos no están en el parte. Esos están en el silencio.
«Tenemos todas las cartas.» Las civilizaciones de cuatro mil años de historia no se borran con la gramática del cirujano ni con los índices del accionista. Se comprimen, se radicalizan, generan la voluntad de resistencia que siempre ha derrotado al invasor en el único tablero donde el invasor no puede ganar: el del tiempo. Y el dron barato que daña al portaaviones caro no gana la batalla, pero convierte la guerra en insostenible. Esa aritmética también está en el silencio del parte.
Hay una lectura más larga que el discurso del poder no puede permitirse contemplar: que todo este estruendo no sea el grito de una potencia en plenitud sino el último manotazo de un modelo que percibe, aunque no lo admita, cómo el suelo se desplaza bajo sus pies. Que los que no han sido bombardeados no necesiten ganar militarmente para ganar esta transición. Solo necesiten esperar. Y que lo que el parte llama victoria sea, en la historia más larga, el nombre que el poder agonizante da a su propia derrota.
Lo que el parte de guerra no nombra no desaparece. Solo espera a que alguien lo cuente.