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El tres por ciento : la democracia que no entra en la fábrica

José Luis Piqueras

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Un tres por ciento de la población activa decide qué se produce, cómo se distribuye y quién cobra cuánto. El noventa y siete por ciento restante llega a fin de mes si tiene suerte, renueva contrato si el jefe está tranquilo, y vota cada cuatro años a quien promete que algo va a cambiar.

Sucede en cualquier economía de mercado avanzada. También en la nuestra. Aquí solo tiene otro nombre.

En España, más de tres millones de personas buscan empleo activo. La tasa de paro juvenil supera el veintisiete por ciento. En las grandes ciudades, el alquiler medio consume más de la mitad de un salario mediano. El banco central inyectó durante años billones en el sistema financiero para que los mercados no se derrumbaran. Los mercados no se derrumbaron. Las viviendas se encarecieron. Los fondos de inversión compraron bloques enteros. Los propietarios particulares aprendieron que su piso vale más vacío que habitado. A nadie con poder para impedirlo se le encendió ninguna alarma.

Ahora llega la inteligencia artificial envuelta en el lenguaje de la oportunidad. La productividad sube y los salarios no suben: alguien se lleva la diferencia, y no es el operario. El capital lleva siglos encontrando nombres nuevos para la misma decisión. Este año la llaman innovación. El sobre de despido dice lo mismo que siempre.

Existe, sin embargo, un modelo que lleva siete décadas funcionando a ochenta kilómetros de Bilbao. Una cooperativa industrial con ochenta mil trabajadores-propietarios que no despide cuando hay crisis: redistribuye carga, reduce horas, forma a sus socios. Doce mil millones de euros de facturación anual en los mercados más competitivos. Siete décadas de ejemplo práctico que ningún partido ha querido mirar de frente, ocupado como está en hablar de empleo de calidad cada vez que hay elecciones.

La extrema derecha no crece porque la gente se haya vuelto irracional. Crece porque el sistema hace exactamente lo que promete: funciona para el tres por ciento, y el noventa y siete restantes lo financia. Cuando eso dura décadas y ningún partido del consenso lo nombra con claridad, el espacio lo ocupa quien tenga un culpable a mano, aunque el culpable sea inventado.

La democracia llega hasta la puerta de la fábrica. Dentro, rige la autoridad del propietario del capital. El trabajador no vota qué se produce ni cómo se distribuye lo que genera. Acata o se va. Llamarle a eso democracia requiere mucha generosidad con el lenguaje.