¿Qué papel juega ETA en la memoria de la sociedad?
Este viernes se cumplen 29 años del secuestro de Miguel Ángel Blanco. Es una de esas fechas en las que todos recordamos dónde estábamos y qué estábamos haciendo. Es por ello que no es una fecha cualquiera en nuestras vidas. El secuestro y posterior asesinato del joven concejal de Ermua marcó un antes y un después en la historia de la lucha cívica contra el terrorismo. Pero, ¿qué recordamos de todo aquello? ¿Qué parte de nuestra memoria ocupa hoy ETA?
En el año 2020, GAD3 hizo una encuesta para una plataforma digital donde preguntaba por el grado de conocimiento de algunas víctimas de ETA: un 60 por ciento de los jóvenes decía desconocer a Miguel Ángel Blanco o un 80 por ciento de estos mismos jóvenes tampoco conocían a Ernest Lluch. Recientemente, Metroscopia ha preguntado por esta misma cuestión y las cifras, unos años después, no parecen mejorar: aunque un 65 por ciento de la población dice que conoce mucho o bastante la historia de ETA, un 56 por ciento de los menores de 35 años reconoce su profundo desconocimiento. Estamos, por lo tanto, ante la primera generación que admite abiertamente ignorar qué era ETA.
Si la memoria, poco a poco, se va debilitando y nuestros recuerdos parecen difuminarse, especialmente entre los más jóvenes, sobre lo que sí que hay un profundo consenso es sobre lo injustificable de la violencia terrorista. En la misma encuesta de Metroscopia, un 83 por ciento de la ciudadanía dice que la violencia de ETA estaba totalmente injustificada o simplemente injustificada, mientras que solo el 3 por ciento encuentra una justificación. ¿Y qué papel jugó la sociedad vasca en todo ello? Aquí aparece la primera controversia: el 67 por ciento de la población considera que, en cierta medida, ETA contó con el apoyo de la sociedad vasca. Pero no es solo una cuestión de los votantes de derechas. El 72 por ciento de los votantes del PSOE y el 60 por ciento del electorado de Sumar comparten esta percepción. En cambio, sobre lo que no hay consenso, es sobre la desvinculación de los herederos de ETA respecto de lo que supuso la violencia: el 53 por ciento de la ciudadanía, según Metroscopia, cree que los partidos herederos de ETA no se han desvinculado lo suficiente de lo que supusieron seis décadas de violencia y asesinatos. Esta idea está ampliamente extendida entre los votantes de PP y VOX. En cambio, solo un 26 por ciento de los votantes del PSOE y un 14 por ciento del electorado de Sumar consideran que los herederos de ETA no se han desvinculado del pasado violento.
No obstante, la lucha antiterrorista también es otra de las grandes desconocidas: menos del 20 por ciento de la ciudadanía dice conocer adecuadamente todo lo que supuso la lucha contra el terrorismo. Incluso en la encuesta antes citada de GAD3, más de la mitad de los españoles y un 73 por ciento de los jóvenes dijeron en 2020 que no tenían ningún tipo de conocimiento sobre el episodio de Lasa y Zabala.
Todas estas cifras empiezan a señalar que estamos construyendo el futuro sobre una cierta desmemoria, algo que nos debería hacer reflexionar. No podemos olvidar que ETA dejó 853 víctimas mortales entre 1968 y 2010. Aunque no hay una cifra exacta, el Ministerio del Interior calcula que a estos muertos, habría que sumar unos 2.600 heridos. Las personas secuestradas fueron 86 y se estima que en torno a 10.000 personas sufrieron la extorsión económica, especialmente empresarios vascos y navarros. Diferentes instituciones como el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y la Fundación Fernando Buesa Blanco han estimado en 900 el número de huérfanos. Baste recordar, por ejemplo, que solo el atentado contra la Casa Cuartel de Zaragoza dejó cinco niñas entre tres y 17 años huérfanas.
La democracia española ha sido tan generosa, que ha permitido a los herederos políticos de esta violencia, participar de la vida política sin que hayan reconocido sus errores, ni hayan deslegitimado la violencia de ETA. Tuvieron que pasar 10 años desde el fin de ETA para que el portavoz de la izquierda abertzale reconociera por primera vez el sufrimiento causado a las víctimas. Pero el riesgo al que se enfrenta nuestra democracia es la desmemoria. Si tan necesaria fue la Ley de Memoria Histórica para que las víctimas de la represión franquista no cayeran en el olvido, es igual de necesario recordar que hay miles de familias que vieron sus vidas destrozadas por una violencia que nunca debió existir. Y lo que dicen los datos de las encuestas es que esa memoria cada vez es más débil.