Álvarez de Toledo hace guiños a Vox en su último año en el Congreso con el acta del PP

Aitor Riveiro

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Las aguas preelectorales bajan revueltas en todos los partidos. En unos más que en otros, pero a izquierda y derecha los movimientos se animan ante la inminencia de un 2023 en el que se repartirán buena parte del poder institucional municipal, autonómico y estatal. Aunque lidera las encuestas, el PP de Alberto Núñez Feijóo tampoco escapa a esta tensión. Una de sus diputadas con más tirón mediático, Cayetana Álvarez de Toledo, apunta directamente contra una de las estrategias centrales del dirigente gallego: recuperar presencia en Catalunya con un discurso más moderado. La exportavoz ha arremetido en público contra los planes de su jefe de filas y esta semana ha dado un paso más y ha roto la disciplina de voto mientras se acerca indisimuladamente a Vox, que a su vez está empantanado con la marcha de Macarena Olona que amaga con liderar una escisión del partido.

El PP se lanza a por las autonómicas con la obligación de arrebatar gobiernos al PSOE para afianzar el proyecto de Feijóo

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El historial de Álvarez de Toledo no es precisamente el de una diputada ortodoxa que asume fácilmente la disciplina interna. Ni siquiera cuando era la mano derecha de Pablo Casado en el Congreso. El último desplante se produjo esta misma semana, cuando se desmarcó del PP y votó a favor de una iniciativa no legislativa de la ultraderecha para “aplicar un 155 educativo” a Catalunya. Es decir, que el Gobierno central asuma allí unas competencias que son de las comunidades autónomas, según la Constitución.

Mucho meses antes el hoy expresidente del PP ya se hartó de las salidas de tono y movimientos de su portavoz, y la sustituyó por Cuca Gamarra. Apenas duró unos meses en el cargo, al que llegó pese a la oposición de varios barones, incluido el propio Feijóo. Álvarez de Toledo respondió a su destitución por parte de Casado con unas memorias parciales en las que ajustó cuentas con todos, en el partido y fuera de él, que le permitió ganar su acta de diputada pese a tener unos resultados más que pobres en Barcelona.

Asumió su cese, entre desplantes varios al líder que la nombró, y tampoco disimuló el escaso entusiasmo que le merece Feijóo, pero pese a todo mantuvo su asiento en el Congreso a razón de 86.000 euros al año gracias a su puesto como vicepresidenta segunda de una comisión.

Pero la distancia con el partido se ha ido haciendo cada vez mayor. Álvarez de Toledo se puso del lado de Isabel Díaz Ayuso en su guerra fratricida contra la dirección de Casado que acabó suponiendo el final del mandato del madrileño y la llegada de Feijóo. Para entonces ya se había opuesto varias veces a las consignas del partido. Se desmarcó del voto de su grupo parlamentario en la designación de los magistrados del Tribunal Constitucional que el PP pactó con el Gobierno de coalición.

El desplante le valió una sanción de 500 euros, según el régimen disciplinario del grupo. Pero no pareció importarle mucho. De hecho, fue ella misma la que hizo público el incumplimiento de la directriz del partido ya que el voto a los magistrados del Constitucional es secreto. Si no lo hubiera hecho público nadie podría haberla señalado.

La llegada de Feijóo a la planta noble de la sede nacional del PP de la madrileña calle de Génova supuso un respiro para todo el partido. O casi. El ala más ultra de la organización temía que las posiciones del PP en cuestiones identitarias se relajaran para intentar recuperar una proyección más centrista o moderada en asuntos como la administración territorial del Estado o la relación con las lenguas propias en determinadas zonas de España.

Dicho y hecho. Si a Casado le valía con sumar con Vox y Ciudadanos lo suficiente para llegar a la Moncloa, Feijóo se ha propuesto ampliar su base electoral para alcanzar una mayoría que le permita gobernar en solitario y sin depender de socios de los que no se fía, como puede ser Vox.

Desde el primer momento, ya en abril, Feijóo planteó como presidente del PP una nueva etapa de relaciones con Catalunya y el resto de comunidades históricas. No en vano, él ha presidido una de ellas, Galicia, durante 13 años con mayoría absoluta. En Génova hacen las cuentas y más allá del resultado que saquen en otras regiones, sin los diputados del arco mediterráneo saben que será muy difícil alcanzar la Moncloa como él quiere.

Así que el gallego se ha lanzado a intentar salir de la posición casi marginal en la que está el PP catalán. Desde abril ha visitado la comunidad una decena de veces, se ha reunido con organizaciones sociales y empresariales, con las diferentes direcciones provinciales del partido, ha ofrecido conferencias y ha lanzado dos ideas: “bilingüismo cordial” y “catalanismo constitucional”. 

Y por si fuera poco, se ha propuesto también mejorar las relaciones con el nacionalismo vasco que, durante años, fue apoyo del PP para ciertas políticas fiscales y económicas. Feijóo ha quedado en reunirse con el presidente del Euskadi Buru Batzar, Andoni Ortuzar. Su idea es que esta cita se produzca antes que la reunión pendiente que tiene el líder de la oposición: el presidente de Vox, Santiago Abascal.

Demasiado para algunos, no muchos, dentro del PP. Y la primera en expresarlo ha sido Álvarez de Toledo. Primero calificó de “gallegada” la idea del “constitucionalismo catalán”. Este mismo viernes, otra persona habituada a decir lo que se le antoja, Esperanza Aguirre, asomaba la patita del descontento en un artículo de opinión: “Si el catalanismo es verdadero será siempre constitucionalista. Si no lo es, será una herramienta para que triunfen ideas y proyectos políticos fracasados”.

La diputada pasó de las palabras a los hechos esta semana y se posicionó al margen de su grupo en las cuatro votaciones en una proposición no de ley “relativa a la adopción de medidas para la defensa del derecho a la educación en español”. Después, dijo que no podía manifestarse en Barcelona el domingo en contra de la inmersión lingüísitca (una cita a la que no fue Feijóo) y para que el castellano sea la única lengua vehicular en las escuelas de todo el país, y el jueves no votar a favor de ello en el Congreso.

Lo curioso es que a la misma manifestación fue la número dos del PP, Cuca Gamarra, quien fuera además su sustituta al frente del grupo parlamentario. Feijóo clausuraba a la misma hora la Interparlamentaria del partido. Álvarez de Toledo ha justificado su desmarque en la “coherencia” y sabe que esas palabras suponen imputar a sus compañeros de escaño la incoherencia. 

La aún diputada del PP, que no puede quitarle el acta aunque sí expulsarla del grupo, podrá explayarse el próximo miércoles durante su intervención en el veterano Club Siglo XXI de Madrid. Allí presentará ni más ni menos que una conferencia del portavoz de Vox y dirigente del partido ultra, Iván Espinosa de los Monteros, quien fue el elegido de su dirección para oficializar el portazo definitivo a Macarena Olona. Álvarez de Toledo lanza estos guiños después de haber sido muy crítica con el partido de Abascal, al que ha tildado de “nacionalista” en muchas intervenciones.

El vodevil ha desatado los rumores, y de momento nada más que los rumores, aunque no es nada habitual que un diputado de un grupo parlamentario presente a otro, mucho menos si ambas figuras son tan reconocibles mediáticamente y cuando, además, una de ellas se ha declarado en rebeldía contra su cúpula. 

Lo que sí va más allá de un rumor es la dificultad de que Álvarez de Toledo repita en las listas electorales del PP en este próximo ciclo electoral. En la dirección del partido no quieren darle relevancia al asunto y aseguran que se tratará “internamente en el grupo”. Poco pueden hacer, más que rebajarle su sueldo en un buen puñado de euros si pierde la vicepresidencia de comisión en la que le colocó Casado cuando todavía mandaba en Génova.

Se abren así dos cuestiones. La primera, quién ocupará su puesto al frente de la candidatura por Barcelona. La segunda, qué hará ella: volver solo a opinar desde las tribunas que se lo permitan o intentar una segunda vida política. Aunque parece que queda mucho tiempo hasta llegar a esa encrucijada, la decisión política deberá tomarse en los próximos meses.

Las aguas preelectorales bajan revueltas en todos los partidos. En unos más que en otros, pero a izquierda y derecha los movimientos se animan ante la inminencia de un 2023 en el que se repartirán buena parte del poder institucional municipal, autonómico y estatal. Aunque lidera las encuestas, el PP de Alberto Núñez Feijóo tampoco escapa a esta tensión. Una de sus diputadas con más tirón mediático, Cayetana Álvarez de Toledo, apunta directamente contra una de las estrategias centrales del dirigente gallego: recuperar presencia en Catalunya con un discurso más moderado. La exportavoz ha arremetido en público contra los planes de su jefe de filas y esta semana ha dado un paso más y ha roto la disciplina de voto mientras se acerca indisimuladamente a Vox, que a su vez está empantanado con la marcha de Macarena Olona que amaga con liderar una escisión del partido.

El PP se lanza a por las autonómicas con la obligación de arrebatar gobiernos al PSOE para afianzar el proyecto de Feijóo

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El historial de Álvarez de Toledo no es precisamente el de una diputada ortodoxa que asume fácilmente la disciplina interna. Ni siquiera cuando era la mano derecha de Pablo Casado en el Congreso. El último desplante se produjo esta misma semana, cuando se desmarcó del PP y votó a favor de una iniciativa no legislativa de la ultraderecha para “aplicar un 155 educativo” a Catalunya. Es decir, que el Gobierno central asuma allí unas competencias que son de las comunidades autónomas, según la Constitución.

Mucho meses antes el hoy expresidente del PP ya se hartó de las salidas de tono y movimientos de su portavoz, y la sustituyó por Cuca Gamarra. Apenas duró unos meses en el cargo, al que llegó pese a la oposición de varios barones, incluido el propio Feijóo. Álvarez de Toledo respondió a su destitución por parte de Casado con unas memorias parciales en las que ajustó cuentas con todos, en el partido y fuera de él, que le permitió ganar su acta de diputada pese a tener unos resultados más que pobres en Barcelona.

Asumió su cese, entre desplantes varios al líder que la nombró, y tampoco disimuló el escaso entusiasmo que le merece Feijóo, pero pese a todo mantuvo su asiento en el Congreso a razón de 86.000 euros al año gracias a su puesto como vicepresidenta segunda de una comisión.

Pero la distancia con el partido se ha ido haciendo cada vez mayor. Álvarez de Toledo se puso del lado de Isabel Díaz Ayuso en su guerra fratricida contra la dirección de Casado que acabó suponiendo el final del mandato del madrileño y la llegada de Feijóo. Para entonces ya se había opuesto varias veces a las consignas del partido. Se desmarcó del voto de su grupo parlamentario en la designación de los magistrados del Tribunal Constitucional que el PP pactó con el Gobierno de coalición.

El desplante le valió una sanción de 500 euros, según el régimen disciplinario del grupo. Pero no pareció importarle mucho. De hecho, fue ella misma la que hizo público el incumplimiento de la directriz del partido ya que el voto a los magistrados del Constitucional es secreto. Si no lo hubiera hecho público nadie podría haberla señalado.

La llegada de Feijóo a la planta noble de la sede nacional del PP de la madrileña calle de Génova supuso un respiro para todo el partido. O casi. El ala más ultra de la organización temía que las posiciones del PP en cuestiones identitarias se relajaran para intentar recuperar una proyección más centrista o moderada en asuntos como la administración territorial del Estado o la relación con las lenguas propias en determinadas zonas de España.

Dicho y hecho. Si a Casado le valía con sumar con Vox y Ciudadanos lo suficiente para llegar a la Moncloa, Feijóo se ha propuesto ampliar su base electoral para alcanzar una mayoría que le permita gobernar en solitario y sin depender de socios de los que no se fía, como puede ser Vox.

Desde el primer momento, ya en abril, Feijóo planteó como presidente del PP una nueva etapa de relaciones con Catalunya y el resto de comunidades históricas. No en vano, él ha presidido una de ellas, Galicia, durante 13 años con mayoría absoluta. En Génova hacen las cuentas y más allá del resultado que saquen en otras regiones, sin los diputados del arco mediterráneo saben que será muy difícil alcanzar la Moncloa como él quiere.

Así que el gallego se ha lanzado a intentar salir de la posición casi marginal en la que está el PP catalán. Desde abril ha visitado la comunidad una decena de veces, se ha reunido con organizaciones sociales y empresariales, con las diferentes direcciones provinciales del partido, ha ofrecido conferencias y ha lanzado dos ideas: “bilingüismo cordial” y “catalanismo constitucional”. 

Y por si fuera poco, se ha propuesto también mejorar las relaciones con el nacionalismo vasco que, durante años, fue apoyo del PP para ciertas políticas fiscales y económicas. Feijóo ha quedado en reunirse con el presidente del Euskadi Buru Batzar, Andoni Ortuzar. Su idea es que esta cita se produzca antes que la reunión pendiente que tiene el líder de la oposición: el presidente de Vox, Santiago Abascal.

Demasiado para algunos, no muchos, dentro del PP. Y la primera en expresarlo ha sido Álvarez de Toledo. Primero calificó de “gallegada” la idea del “constitucionalismo catalán”. Este mismo viernes, otra persona habituada a decir lo que se le antoja, Esperanza Aguirre, asomaba la patita del descontento en un artículo de opinión: “Si el catalanismo es verdadero será siempre constitucionalista. Si no lo es, será una herramienta para que triunfen ideas y proyectos políticos fracasados”.

La diputada pasó de las palabras a los hechos esta semana y se posicionó al margen de su grupo en las cuatro votaciones en una proposición no de ley “relativa a la adopción de medidas para la defensa del derecho a la educación en español”. Después, dijo que no podía manifestarse en Barcelona el domingo en contra de la inmersión lingüísitca (una cita a la que no fue Feijóo) y para que el castellano sea la única lengua vehicular en las escuelas de todo el país, y el jueves no votar a favor de ello en el Congreso.

Lo curioso es que a la misma manifestación fue la número dos del PP, Cuca Gamarra, quien fuera además su sustituta al frente del grupo parlamentario. Feijóo clausuraba a la misma hora la Interparlamentaria del partido. Álvarez de Toledo ha justificado su desmarque en la “coherencia” y sabe que esas palabras suponen imputar a sus compañeros de escaño la incoherencia. 

La aún diputada del PP, que no puede quitarle el acta aunque sí expulsarla del grupo, podrá explayarse el próximo miércoles durante su intervención en el veterano Club Siglo XXI de Madrid. Allí presentará ni más ni menos que una conferencia del portavoz de Vox y dirigente del partido ultra, Iván Espinosa de los Monteros, quien fue el elegido de su dirección para oficializar el portazo definitivo a Macarena Olona. Álvarez de Toledo lanza estos guiños después de haber sido muy crítica con el partido de Abascal, al que ha tildado de “nacionalista” en muchas intervenciones.

El vodevil ha desatado los rumores, y de momento nada más que los rumores, aunque no es nada habitual que un diputado de un grupo parlamentario presente a otro, mucho menos si ambas figuras son tan reconocibles mediáticamente y cuando, además, una de ellas se ha declarado en rebeldía contra su cúpula. 

Lo que sí va más allá de un rumor es la dificultad de que Álvarez de Toledo repita en las listas electorales del PP en este próximo ciclo electoral. En la dirección del partido no quieren darle relevancia al asunto y aseguran que se tratará “internamente en el grupo”. Poco pueden hacer, más que rebajarle su sueldo en un buen puñado de euros si pierde la vicepresidencia de comisión en la que le colocó Casado cuando todavía mandaba en Génova.

Se abren así dos cuestiones. La primera, quién ocupará su puesto al frente de la candidatura por Barcelona. La segunda, qué hará ella: volver solo a opinar desde las tribunas que se lo permitan o intentar una segunda vida política. Aunque parece que queda mucho tiempo hasta llegar a esa encrucijada, la decisión política deberá tomarse en los próximos meses.

Las aguas preelectorales bajan revueltas en todos los partidos. En unos más que en otros, pero a izquierda y derecha los movimientos se animan ante la inminencia de un 2023 en el que se repartirán buena parte del poder institucional municipal, autonómico y estatal. Aunque lidera las encuestas, el PP de Alberto Núñez Feijóo tampoco escapa a esta tensión. Una de sus diputadas con más tirón mediático, Cayetana Álvarez de Toledo, apunta directamente contra una de las estrategias centrales del dirigente gallego: recuperar presencia en Catalunya con un discurso más moderado. La exportavoz ha arremetido en público contra los planes de su jefe de filas y esta semana ha dado un paso más y ha roto la disciplina de voto mientras se acerca indisimuladamente a Vox, que a su vez está empantanado con la marcha de Macarena Olona que amaga con liderar una escisión del partido.

El PP se lanza a por las autonómicas con la obligación de arrebatar gobiernos al PSOE para afianzar el proyecto de Feijóo

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El historial de Álvarez de Toledo no es precisamente el de una diputada ortodoxa que asume fácilmente la disciplina interna. Ni siquiera cuando era la mano derecha de Pablo Casado en el Congreso. El último desplante se produjo esta misma semana, cuando se desmarcó del PP y votó a favor de una iniciativa no legislativa de la ultraderecha para “aplicar un 155 educativo” a Catalunya. Es decir, que el Gobierno central asuma allí unas competencias que son de las comunidades autónomas, según la Constitución.