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La destrucción cultural de Irak, un crimen premeditado e impune

Imagen de archivo de la invasión estadounidense de Irak.

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La invasión de Irak fue algo más que una guerra. Fue la destrucción sistemática y planificada de la considerada primera civilización de la historia, en la que nacieron la escritura, la ley y todas las ciencias conocidas, y sin la que la de Occidente, esa de la que nos mostramos tan orgullosos, sencillamente, no sería.

So capa de burdas mentiras conscientes –las “armas de destrucción masiva” y la complicidad del dictador iraquí Sadam Husein, su antiguo socio, con la Al Qaeda de Bin Laden–, el 20 de marzo de 2003, hace 21 años, comenzó la agresión desencadenada por las tropas aliadas de los Estados Unidos y Gran Bretaña, con la complicidad de algunos compañeros de viaje segundones, entre otros, la España gobernada por Aznar.

El 9 de abril cayó Bagdad. Robert Fisk, el legendario corresponsal en Oriente Próximo del diario londinense The Independent, escribió: “Si el 9 de abril fue el Día de la ‘Liberación’, el 10 de abril fue el Día del Saqueo”. Una semana después habían desaparecido más de 170.000 efectos de origen sumerio, acadio, asirio y babilónico sólo del Museo Nacional de Irak. El 1 de mayo, 40 días después, el legado de la inmensa herencia mesopotámica desde hacía más de 5.000 años antes de nuestra era (a.n.e.) había desaparecido, robado, destruido, quemado... Bagdad, escribió Fisk, había quedado “reducida al año cero”.

Los Estados Unidos habían cumplido la ominosa, miserable amenaza de Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de la Administración de George W. Bush, un avida dollars de incontenible avaricia del petróleo: “Devolveremos Irak a la Edad Media”. Se quedó corto.

Un oasis en el desierto integrista

Desde su constitución como nación, liberada del yugo otomano tras la I Guerra Mundial, Irak escogió como principio de su presente islámico laico la integración de su pasado preislámico milenario, una excepción en el integrismo predominante en el mundo árabe en el que convivían sin conflicto musulmanes chiíes y suníes, además de cristianos caldeos. Una singularidad enraizada en su historia, anotada por los viajeros occidentales de los siglos pasados que subrayaban la tolerancia del reino de Bagdad, especialmente bajo Fáisal I, el primer rey del Irak moderno (1921-1933), y su influyente ministro de Educación Satti al Husri, pensador del nacionalismo árabe, para quienes la religión no era la seña de identidad de la nación iraquí sino la conciencia nacional de la herencia de los siglos y la educación y, en consecuencia, sembraron el país de escuelas, museos y bibliotecas que expusieran y enseñaran a los iraquíes su ser nacional: de cuando en el siglo VIII Bagdad era llamada Madinat al Salam, Ciudad de la Paz, y rivalizaba en sabiduría e instituciones culturales, y más de 7.000 años de civilización, con Bizancio, capital del Imperio romano de Oriente.

Una civilización que va “de los sumerios a los abasíes y la nueva nación. Todo eso es Irak”, porque “Irak empieza en Sumer”, dice Joaquín María Córdoba Zoilo parafraseando el título La historia empieza en Sumer, obra del asiriólogo ucranio-estadounidense Samuel Noah Kramer.

El profesor Córdoba es catedrático de Historia Antigua de la Universidad Autónoma de Madrid y, entre otros títulos, miembro de la Lista de Expertos de la Unesco para el Patrimonio de Irak y coordinador del Gabinete Técnico Donny George para la Protección del Patrimonio de Irak de la UAM. Arqueólogo y arabista internacionalmente reconocido, no duda en afirmar con contundencia: “Los profesionales debemos desvelar la reciente historia de la destrucción sistemática de un patrimonio brillante, la intencionada desvertebración de Irak a través de la eliminación de su historia verdadera, su patrimonio y sus especialistas. Por imperativo moral, porque sabemos que los yacimientos, la arqueología y los museos de aquel país encierran junto a su razón de ser como nación, su memoria y la de toda la Humanidad”.

También señala no sólo a los autores e inductores sino a los que dejaron de ejercer su deber moral por negligencia, desidia, connivencia o intereses espurios del expolio sistemático que comenzó tras la guerra del Golfo de 1991: “Las llamadas oficiales de ayuda y las iniciativas de instituciones como el Instituto Oriental de Chicago, el Museo Británico, la Universidad de Turín o la Universidad de Tokio en 1994 se encontraron con el silencio o la dejación de responsabilidad. UNESCO e Interpol estuvieron lejos de asumir sus obligaciones, probablemente ante el temor a irritar al Consejo de Seguridad [de Naciones Unidas] o a quien ejercía el dominio sobre el mismo”.

La terrible lista del desastre

La nómina de lo más visible de la desvertebración levantada por el profesor Córdoba es espeluznante: una gran parte de las instituciones culturales y museos de Irak sufrieron bombardeos, asaltos, saqueos e incendios. “Como botones de muestra más conocidos, baste saber que el Museo Arqueológico de Mosul fue asaltado y robadas piezas singulares en salas y almacenes: la biblioteca de su universidad destruida y saqueada, incluida la colección de manuscritos medievales”.

La Biblioteca Central de Basra y la de su universidad fueron incendiadas y arrasado el 75% de sus valiosos fondos y manuscritos. Y el Museo de Historia Natural fue bombardeado y expoliado en su totalidad, como el museo de Kirkuk. En Nasiriyah, la Universidad Técnica fue saqueada y destruida. “Y así, un largo etcétera. Pero ha sido en Bagdad donde el plan sistemático de aniquilación cultural ha alcanzado su cima”. Además del Museo Nacional de Irak, la Biblioteca Nacional y el Archivo Nacional fueron saqueados e incendiados en dos ocasiones, “habiéndose perdido once millones de libros, registros fonográficos y todo cuanto atesora una biblioteca de estas características”.

La Biblioteca al Awqaf, incendiada, perdió miles de manuscritos quemados o robados. Lo mismo ocurrió en la de la Casa de la Sabiduría –días de saqueo y miles de manuscritos robados–; de la Academia de Ciencias –saqueada por completo tras el derribo de la puerta por un blindado estadounidense– desaparecieron 58.000 publicaciones impresas–; bibliotecas e instalaciones de la Universidad de Mustansiriyah, la Fundación de Teatro y Cine –destruida toda la colección de películas y vídeo–, el Museo de Arte Moderno –destrozados todos los cuadros menos 15, incendiada la biblioteca y el archivo artístico– y, claro está, el Museo Nacional.

Pero el asalto premeditado y el saqueo del Museo Arqueológico de Irak es uno de los mayores escándalos de nuestra historia reciente. Como símbolo de la nación iraquí y de todo cuanto se gestó en la época de la independencia, desde los tiempos de Faysal y de Satti al Husri, el saqueo del museo es también un símbolo de la voluntad de humillación. Entre los días 9 y 16 de abril, grupos organizados asaltaron el museo y cargaron impunemente sus vehículos ante la pasividad de las tropas estadounidenses“.

La profesora portorriqueña Luce López-Baralt, prestigiosa discípula del sabio arabista español don Miguel Asins Palacios, añade otras pérdidas con palabras tan sensatas como contundentes y conmovedoras en su artículo Morir dos veces en Bagdad (El Nuevo Día, Puerto Rico, 10 de mayo de 2003).

El texto dice así: “Al quedar arrasados los tesoros de su antigua memoria, Nínive y Babilonia han vuelto a caer, la Bagdad califal ha sucumbido bajo una nueva invasión mongola [se refiere al expolio de Hulagu, rey mongol que invadió la capital califal en 1258 y arrojó 400.000 volúmenes al Tigris, que quedó ennegrecido con la tinta]. Al-Andalus ha vuelto a silenciarse, Nuri de Bagdad ha perdido su voz. Yo sé bien de otra colección perdida en la biblioteca Al Awqaf: los manuscritos inéditos de la obra completa de Nuri de Bagdad, uno de los fundadores de la literatura mística musulmana. Traduje uno de sus tratados del árabe y me estremece pensar que Nuri ha sido silenciado para siempre. Ya nunca sabremos lo que quiso decirnos este refinado contemplativo, que impartía sus enseñanzas espirituales a orillas del Tigris allá por el siglo IX. Al perecer su obra, Nuri ha muerto una segunda vez en Bagdad, bien que con once siglos de diferencia.

Han desaparecido más de 170.000 artefactos de origen sumerio, acadio, asirio y babilónico del Museo Nacional de Irak, incluyendo cerca de 75.000 piezas que aún no estaban adecuadamente clasificadas. En Mesopotamia nació la escritura, fuente de la memoria, y este museo albergaba los primeros símbolos numéricos y los primeros ejemplos de la escritura humana. La devastación lo alcanzó todo: estatuas, bajorrelieves, tablas cuneiformes, la cabeza de marfil de la mujer de Nimrud, un arpa de oro y nácar de la necrópolis sumeria de Ur, relieves de Nínive. Yo vi en este museo unas piezas que ningún periódico ha inventariado, pero que se me quedaron grabadas con fuego en la memoria: las calaveras de las mujeres de Babilonia, con su negra cabellera rizada y sus intrincadas coronas de oro, pendientes y collares aun intactos. El legado escrito de la cultura milenaria iraquí también ha volado en humo: las primeras copias manuscritas del Corán, códices andalusíes de valor incalculable, textos médicos de puño y letra de Avicena“.

El escritor y bibliotecólogo venezolano Fernando Báez, encargado de documentar los acontecimientos de la invasión como testigo ocular, informó en su libro La destrucción cultural de Irak: un testimonio de posguerra (Flor del Viento Ed., Barcelona, 2004) que “las tropas [iraquíes] excavaron trincheras frente al Museo Nacional de Bagdad y establecieron sus bases de defensa en los palacios y templos más antiguos de la Mesopotamia. El atrincheramiento ocasionó la destrucción arquitectónica de ciudades milenarias, por ejemplo, Ur y Babilonia, por parte de los tanques militares [aliados]. En Babilonia, los soldados [aliados] vandalizaron las ruinas al pintar grafitis patrióticos y robaron y destrozaron tablillas inmemoriales y en Ur [una de las ciudades más antiguas de Sumeria, del V milenio a.n.e.], ”los soldados, al saber que Abraham nació allí, han tomado pedazos de bloques de arcilla para llevarlos hasta su nación“.

Robert Fisk narró su experiencia: “Ni en todos mis sueños de destrucción habría imaginado jamás que un día entraría al Museo Arqueológico Nacional de Irak y encontraría profanados sus tesoros. Todo estaba esparcido por los suelos, decenas de miles de piezas, las antigüedades de valor incalculable de la historia iraquí. Los saqueadores habían ido de un estante a otro y habían derribado sistemáticamente las estatuas, las vasijas y las ánforas de asirios, babilonios, sumerios, medos, persas y griegos, las habían lanzado contra los suelos de hormigón. Bajo mis pies crujían los restos de plintos de mármol y estatuas de piedra de 5.000 años de antigüedad, de vasijas que habían sobrevivido a todos los asedios de Bagdad, a todas las invasiones de Irak de la historia; que no habían sido destrozados hasta que los Estados Unidos ‘liberaron’ la ciudad”.

Y de lo material a lo humano: el número de víctimas oscila desde las 30.000 que sostenía Bush a las 655.000 de la Universidad Johns Hopkins que publicó The Lancet, la respetada revista médica británica, o el más de un millón de muertos la empresa londinense Opinion Research Business. Pero el profesor Córdoba va más allá y sugiere que también el asesinato fue premeditado: se pregunta por “alguien” que “desde 2003” ha ejecutado “sistemáticamente a centenares de profesores de universidad, profesionales de prestigio, intelectuales destacados. Hasta ahora, 479 ejecutados. Miles han huido fuera para no sufrir la misma suerte. Verdad dramática, verdad ocultada. Un escándalo internacional (…) No han sido víctimas de atracos, bombardeos, enfermedades: han sido ejecutados porque iban a por ellos. La clase intelectual de Irak. El nervio de la nación. Musulmanes y cristianos. Mujeres y hombres. Todos (…) la legión de profesionales de una nación que hemos contribuido a destruir”.

Y es que “los crímenes no son casuales”.

Ojos que ven, corazón que no siente

“Todos los expertos internacionales coinciden en el hecho de que junto a la masa que asaltó los museos, entraron en ellos auténticos delincuentes expertos que sabían perfectamente qué buscaban y tenían muy claro cómo y dónde vender las piezas robadas”, dice María Pilar García Cuetos, catedrática de Historia del Arte de la universidad de Oviedo.

El prestigioso periodista Carlos Luis Álvarez, Cándido, iba más lejos en su denuncia –publicada en 2003 en el diario ABC de Madrid–: a determinados comandos de ladrones los acompañaban especialistas con instrucciones precisas de apoderarse de documentos referidos a los derechos de los palestinos sobre su territorio…

Confabulados con “la ignorancia, los prejuicios, la presunción de superioridad cultural y racial [que] está en el origen de muchos de los errores políticos, militares y morales cometidos por los EEUU y sus aliados en Oriente Próximo y en otras partes del mundo. En ese panorama, la cultura, la historia o el patrimonio del país derrotado y los daños infligidos a éste son lógicamente despreciados por las fuerzas de ocupación. No entienden que Irak y los iraquíes se saben ciudadanos de un viejo país, culto y rico”, acusa el profesor Córdoba. Y confirmó sobre el terreno Robert Fisk, testigo impotente del asalto y de la negativa de auxilio de las tropas de los EEUU, que se limitaron a proteger con eficacia solamente dos edificios, los de los ministerios de Interior y del Petróleo, por razones vergonzosamente obvias: por su interés político en el primer caso y por el interés de las Siete Hermanas de las empresas petrolíferas en el segundo. Pero, añade, del “ministerio de Economía robaron archivos enteros de importaciones y exportaciones registrados en discos informáticos, junto con ordenadores de sobremesa”.

La Convención de la Haya de 1954 y su Segundo Protocolo, de 1999, comprometen a los países civilizados a proteger el patrimonio cultural e histórico en la guerra. Inglaterra y Estados Unidos no los ratificaron, por lo que se consideraban exentos de responsabilidad. Pero sí lo hicieron con la Convención de Ginebra de 1949, que prohíbe el pillaje. Y no pueden alegar ignorancia: en enero de 2003, ante los amenazantes tambores de guerra, un grupo de prestigiosos historiadores y arqueólogos y de representantes de instituciones como, entre muchas otras europeas y estadounidenses, el Instituto Arqueológico Americano, el Instituto Oriental de Chicago y el Consejo Internacional de Museos y apoyado por influyentes coleccionistas y anticuarios, se reunió con las autoridades del Pentágono para asegurar la protección patrimonial de Irak.

El profesor McGuire Gibson, una autoridad mundial en la Mesopotamia histórica, proporcionó a los militares y políticos documentación completa sobre los cinco mil lugares esenciales de la historia y la cultura iraquí que habían de proteger de los desastres de la guerra. Las seguridades recibidas no atravesaron los muros del Pentágono; sobre el terreno invadido, fue otra cosa: la respuesta que dieron al citado bibliotecólogo Báez, cuando solicitó a las tropas aliadas la protección del yacimiento arqueológico de la ciudad-estado sumeria de Isin, era la de ordenanza: “No somos policías, somos soldados”.

También fueron cómplices, pues tras los saqueadores llegaron los incendiarios para borrar la huella del crimen: “¿Por qué? ¿Quién envió a los saqueadores? ¿Quién envió a los incendiarios? ¿Los pagaron? ¿Quién quería destruir la identidad del país?”, se preguntaba Robert Fisk, para denunciar la planificación premeditada destructiva: “Los incendiarios acuden después, a menudo en autobuses de un solo piso pintados de azul y blanco. Llegué a seguir a uno de ellos después de que sus pasajeros hubieran incendiado el Ministerio de Comercio y los vi huir de la ciudad a toda prisa (...) ¿quiénes conforman ese ejército de incendiarios? Una vez más, no lo sabemos. Reconocí a uno (...), y la segunda vez que me vio me apuntó con su Kaláshnikov. Los saqueadores no van armados. Entonces, ¿de qué tenía miedo? ¿Para quién trabajaba? ¿A quién beneficia –ahora, tras la ocupación estadounidense de Bagdad– la total destrucción de la infraestructura física del Estado, junto con su patrimonio cultural? ¿Por qué no lo detuvieron los estadounidenses?”.

Para la profesora Luce-Baralt está claro: “Este patrimonio de la humanidad era más valioso que todo el petróleo de Irak y, sin embargo, hubo tanques para defender los pozos de Kirkurk, y ni un solo soldado para evitar el saqueo. La cuidadosa destrucción de los catálogos y los registros informáticos, así como el acceso, al parecer no forzado, a las cámaras de seguridad y bóvedas que albergaban algunas de las piezas más importantes del Museo de Bagdad, permite pensar que detrás del expolio de las turbas enloquecidas se ocultaba una cuidadosa planificación ulterior (El País, 16 de abril de 2003; New York Times, 20 de abril de 2003; Le Monde, 19 de abril de 2003). Atemoriza pensar que el American Council for Cultural Policy ha venido ejerciendo presión para que se autorice el mercado de antigüedades robadas”.

No somos inocentes

El profesor Joaquín María Córdoba termina su dolorido planto con un duro alegato: “(…) La legión de profesionales de una nación que hemos contribuido a destruir (…) no somos inocentes. El huevo de la serpiente lo incubó la alianza anglosajona y sus fieles y sumisos aliados. Entre ellos, nosotros”. Y entre ellos, nosotros los periodistas: Robert Fisk no duda en acusar a los profesionales: “Los periodistas cooperamos, y con un fracaso de la moralidad aún mayor, en esa guerra”.

Pónganse los lectores en su ciudad, pasen revista a sus museos, sus bibliotecas, los vestigios de su historia. En el caso de Madrid, el Museo del Prado y los demás del Paseo del Arte, la Biblioteca Nacional, el parque del Retiro y su Palacio de Cristal, el Palacio Real, la iglesia mudéjar de san Nicolás de Bari, del siglo XII, o la de san Francisco el Grande con su cúpula de 33 metros, la cuarta mayor de la cristiandad, incluso los tímidos restos de la muralla árabe de Magerit... Después, con esos ojos que no ven, visualícenlos como montañas de escombros, toneladas de papel quemado, lienzos y obras de arte robados o destruidos... Y ahora, imagínense en esas condiciones desde los dólmenes neolíticos de Antequera a la Sagrada Familia de Barcelona, el teatro romano de Mérida, la torre de Hércules, el acueducto de Segovia, el monasterio de San Millán de Suso y Yuso, el románico, la mezquita de Córdoba, el gótico, la muralla de Ávila, la Alhambra de Granada, el alcázar de Sevilla, el monasterio del Escorial..., miles de monumentos, cientos de miles de obras de todos los tiempos y civilizaciones que nos han hecho, millones de obras de arte, billones de libros y documentos, todo destruido, incendiado, robado...

“Traduzco la desgracia en términos occidentales”, dice la profesora López-Baralt: Es “una catástrofe para la cultura mundial de tal envergadura que sólo puede ser comparada con la quema de la Biblioteca de Alejandría (...) Al perecer la obra de Nuri de Bagdad es como si hubiese ardido la obra de San Juan de la Cruz o de Santa Teresa, sin que la hubiésemos podido terminar de leer adecuadamente”. “La desaparición de un busto de un rey acadio de 3.500 años de antigüedad [es] sólo comparable a la desaparición del cuadro de la Monna Lisa de Leonardo da Vinci”, afirma el dictamen del Tribunal Internacional sobre Irak (Sesión de Barcelona, 20-22 mayo de 2004).

“Este legado inmemorial, cuya riqueza ni siquiera hemos alcanzado a aquilatar, no sólo era patrimonio de Irak, sino de la humanidad”, concluye López-Baralt.

En la presentación de la citada obra de Fernando Báez, La destrucción cultural de Irak. Un testimonio de posguerra, Noam Chomsky escribe que “resulta increíble y dramática. Provoca dolor lo que cuenta. Y debo advertir que al menos una de sus predicciones se ha cumplido ya: una total impunidad que ha salvado a los culpables”.

Y Robert Fisk escribe en su monumental La gran guerra por la civilización. La conquista de Oriente Próximo (Ed. Destino, Barcelona, 2006): “La BBC hablaba a principios del 2003 sobre los ‘aliados’ que invadirían Irak. Cuando Bush, Blair y el presidente español, Aznar, se reunieron en las Azores el 15 de marzo, el simbolismo de la segunda guerra mundial alcanzó su apogeo. Los Tres Grandes –Churchill, Roosevelt y Stalin– se reunieron en Yalta para decidir el futuro del mundo tras los nazis. Esta vez, los Tres Pequeños se reunían en una oscura isla portuguesa para decidir el futuro de Oriente Próximo”.

En las 2.398 páginas que tiene mi edición en línea del libro de Fisk es la única vez que se menciona a nuestro sátrapa doméstico y, encima, despectivamente. La Historia no sólo no te absuelve generalmente sino que a menudo te desprecia.

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