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La guerra eterna entre las familias del PSOE de Madrid

La Federación Socialista Madrileña ha estado históricamente dividida en distintas facciones que se enfrentaban entre sí y luego se repartían el poder

La mayor crisis fue el "tamayazo" que truncó la investidura de Simancas

Ferraz siempre ha estado pendiente de las batallas de los socialistas madrileños y ha intervenido con poco éxito hasta el golpe en la mesa de Pedro Sánchez

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José Acosta y Joaquín Leguina durante el congreso regional de la FSM celebrado el 1 de febrero de 1991 / Foto: EFE

José Acosta y Joaquín Leguina durante el congreso regional de la FSM celebrado el 1 de febrero de 1991 / Foto: EFE

La historia del PSOE de Madrid es un relato de división, traiciones y apelaciones a una unidad a la que no ha llegado desde los tiempos de la República. La federación madrileña está integrada por varias familias que siempre han estado enfrentadas pero que tradicionalmente se ponían de acuerdo para repartirse la tarta orgánica y la representación en instituciones. El acostismo (los guerristas en Madrid), los renovadores y la competencia de estos, articulada en torno a los Renovadores por la Base, son los principales sectores que han protagonizado la política socialista madrileña a lo largo de la democracia.

Las conspiraciones en enclaves como el Hotel Suecia, donde se reunía el entorno de José Acosta, en el Hotel Chamartín -sede de los partidarios de Leguina- y las traiciones, que tuvieron su máximo exponente en las elecciones de 2003 con la huida de dos diputados que impidieron que Rafael Simancas se hiciera con la presidencia regional, forman parte del ADN de la formación.

"Luchas intestinas" desde hace más de 40 años

Los socialistas madrileños estaban divididos ya en tiempos de la República, cuando sus decisiones se dividían en torno los postulados de Largo Caballero, Julián Besteiro e Indalecio Prieto. Con la llegada de la democracia, la tónica siguió igual. La primera escenificación de una de las múltiples "luchas intestinas" - como las define el histórico dirigente Nicolás Redondo- tuvo lugar con Alonso Puerta al frente de la federación.

La dimisión de tres miembros de la ejecutiva, entre ellos Juan Barranco, fue uno de los primeros síntomas de división en 1979. Acusaban al secretario general de tener un carácter personalista en la gestión de los temas municipales. Pero el motivo definitivo de la caída de Puerta fue que denunció unos presuntos sobornos dentro del grupo municipal del Ayuntamiento de Madrid. El caso acabó con su expulsión del partido.

El Gobierno de Leguina y la "mesa camilla"

El mandato de Joaquín Leguina fue el de mayor calma en el partido ya que los socialistas tenían el poder. La organización se hizo a partir de que se conoció como la "mesa camilla" de manera que todos los sectores tuvieran poder: Leguina era el secretario general y presidente regional; José Acosta tenía el poder en las agrupaciones y Juan Barranco tenía asegurado el consistorio de la capital.

La principal confrontación del conocido como 'clan de Chamartín' -próximos a Leguina, seguidores de Josep Borrell y una parte de Izquierda Socialista- con el acostismo -y a nivel federal con Alfonso Guerra- se produjo tras la huelga general de 1987. Leguina secundó la protesta y ese apoyo constituyó "el punto de no retorno en su enfrentamiento con Guerra", según explica un exdirigente madrileño, que relata que el conflicto se mantuvo hasta el congreso en el que el presidente regional dejó de ser secretario general.

La traición al guerrismo

En el cónclave de 1991 consiguió la secretaría general Teófilo Serrano y la "mesa camilla" se mantuvo: Leguina continuó como jefe en la Puerta del Sol y Acosta se quedó con el poder del partido. Serrano, que era un dirigente próximo a Guerra, dio un giro en sus apoyos y se puso de parte de los felipistas alejándose de Acosta. Una antigua dirigente de la federación matiza que los "conflictos partidarios en el PSM eran entonces ideológicos, mientras que ahora son luchas por el poder".

Breve acuerdo entre renovadores y acostistas

La retirada de Serrano se suplió con poco conflicto. Leguina apostó en 1994 por Jaime Lissavetzky para la secretaría general. Los sectores enfrentados llegaron a un acuerdo, pese a que a los renovadores les surgió competencia interna en los Renovadores por la Base, que serían fundamentales más adelante para impulsar a José Luis Rodríguez Zapatero y protagonizaron la traición a Rafael Simancas.

Pero la paz interna duró poco tiempo. En 1997, se presentaron dos listas al congreso regional: una liderada por Lissavetzky -apoyada fundamentalmente por los renovadores- y otra compuesta por Acosta para la secretaría general y Barranco para la presidencia de la federación. Lissavetzky consiguió revalidar el cargo venciendo al guerrismo madrileño.

División por las primarias

La imposición de que Cristina Almeida -miembro del partido Nueva Izquierda- encabezara la lista a las autonómicas evidenció de nuevo la división existente. El pacto de la dirección enfadó a los partidarios madrileños de Josep Borrell -que se había enfrentado poco antes a Joaquín Almunia-, a Izquierda Socialista y al acostismo, cuyos seguidores vieron que esa decisión les hacía perder más poder. Aun así, no consiguieron los votos necesarios y la tesis de Ferraz se impuso con un resultado: la derrota electoral.

Ferraz pierde y llega el gran golpe

Tocados por las consecutivas debacles electorales, los socialistas madrileños celebraron un nuevo congreso en el que Ferraz y los Renovadores por la Base apostaron por el candidato perdedor: José Antonio Díaz. Rafael Simancas se hizo con el poder y colocó como número dos a Antonio Romero -hoy imputado por el caso de las tarjetas black de Caja Madrid-. En las negociaciones, los Renovadores por la Base consiguieron un cuarto de los puestos de la dirección.

La enemistad de los Renovadores por la Base con Simancas concluyó con la mayor traición a los socialistas madrileños: Tamayo y Sáez no asistieron a la votación de la que debía salir el primer presidente socialista en casi 20 años. La maniobra acabó con la convocatoria de otros comicios dos meses después. Zapatero intentó que Gregorio Peces-Barba encabezara la lista en esa ocasión, pero el traicionado Simancas se negó. Llegó entonces la derrota que dio el poder a Esperanza Aguirre.

Simancas se va cuatro años después

Una mayoría abrumadora del 89% revalidó a Simancas al frente de la organización, que pasó a llamarse Partido Socialista de Madrid (PSM). "Rafa sale elegido porque entendíamos que nos habían robado las elecciones", expresa un exdirigente. No obstante, el mandato duró poco: tras la siguiente derrota electoral Zapatero le pidió que se marchara. "A mí me pidieron que diera un paso atrás y lo di -señaló recientemente Simancas en una entrevista en eldiario.es-. Eso permitió a Tomás Gómez ser secretario general". La apuesta de Ferraz por el alcalde más votado de España y la disgregación del acostismo dieron la victoria a Gómez frente a los otros dos candidatos, José Cepeda y Manuel García Hierro.

Tomás Gómez recopila enemigos

Gómez aseguró que llegaba al PSM con la voluntad de acabar con las familias. La federación vivió una cierta calma hasta 2010, cuando Zapatero pidió a Gómez que renunciara a ser candidato y dejara vía libre a Trinidad Jiménez. El secretario general plantó cara a Ferraz y obligó a que se celebraran unas primarias. El gesto fue celebrado por la valentía que demostraba, pero Gómez ya había perdido apoyos de aquellos a los que había dejado de lado. Venció, pero con un resultado ajustado (51,8% frente al 48,2% de la entonces ministra).

El PSM no ha logrado desde entonces -ni nunca- la unidad que predican sus dirigentes cada vez que salen de un congreso y que se destruye en el tiempo que tarda en llegar el siguiente. En esta ocasión, las formas de Gómez con sus oponentes, el escándalo del tranvía de Parla, la detención de su amigo y sucesor José María Fraile en la Operación Púnica, la falta de explicaciones en su responsabilidad política sobre los consejeros de las tarjetas black, las luchas en algunas agrupaciones y la presión de sus críticos sobre la nueva dirección del PSOE han acabado con la muerte política del exdiputado madrileño, que en su despedida cargó contra la "falta de liderazgo" de Pedro Sánchez y la "ambición" de sus contrincantes, que siguen respondiendo en su mayoría a las mismas familias del pasado.

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