Sobre este blog

Este es un espacio donde opinar sobre Sevilla y su provincia. Sus problemas, sus virtudes, sus carencias, su gente. Con voces que animen el debate y la conversación. Porque Sevilla nos importa.

¿Quién nos robó el otoño?

El castañero Juan José de la Rosa en su puesto de castañas en Sevilla.

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Pongamos que era viernes. Mediados de octubre, el 16 del mes. Estaban a punto de dar las cinco de la tarde, como en el poema de Lorca. Aún hacía calor, mucha calor. Los turistas se exponían a su insolación diaria en las terrazas, mientras los sevillanos se movían con agilidad de sombra en sombra. Volvíamos para casa, en busca del 32 en Ponce de León.

De repente, le vimos en mitad de la acera de la calle Imagen, junto a las setas de la Encarnación. Con su horno portátil y su montaña de castañas al lado. El pobre castañero sudaba la gota gorda mientras en su cabeza debía sonar una versión de la canción de Sabina que rezaba algo así: “El hombre del carro gris saca un sucio calendario del bolsillo y grita: ¿Quién me ha robado el otoño a mí? ¿Cómo puedo sucederme a mí?”.

Me dio lástima, la verdad. Nunca me han gustado las castañas asadas, apenas recuerdo haberlas probado de niño. Pero ese señor, como sus compañeros en otras esquinas de la ciudad, pagan su licencia de venta ambulante al Ayuntamiento y apenas tienen cuatro meses para rentabilizar la inversión que hacen. Si el clima les roba parte del otoño, la cuesta de enero será peor que un puerto de primera categoría en la Vuelta a España.

En Sevilla siempre hemos bromeado con que ésta es una estación fugaz, que apenas dura unas horas entre nosotros. Que la ropa de entretiempo es una inversión inútil en nuestro armario. Y que el encendido navideño nos coge fácilmente en manga corta. Pero lo de este curso es de traca, la verdad.

Tenemos que hacer nuestro el chiste de las estaciones en Burgos, pero al revés. Dicen ellos que sólo tienen dos, el inverno y la del tren. Pues ya saben. El verano que le correspondería a la capital castellana lo tenemos nosotros por castigo, parece.

Porque es un auténtico castigo vivir con máximas por encima de 30 y 35 grados durante más de la mitad del año, entre abril y octubre. Y mínimas que apenas dejan dormir buena parte de ese tiempo. Genera agotamiento (a mí al menos) la sensación permanente de romper a sudar al primer paso que das en la calle, por fresca que sea la ropa que lleves.

Y sí, amigos. Es el cambio climático. En Sevilla ha hecho calor siempre, pero estas condiciones van a más y a peor de forma exponencial en los últimos años, varias décadas ya. La solución que tenemos a mano, mientras no haya un giro radical en cómo la humanidad gestiona el planeta, es alargar la temporada de piscinas y descartar el gasto en calefacción para poner toda la pasta en la factura del aire acondicionado. Un modelo insostenible. Para la tierra y para nosotros.

El ansiado alivio llegó pronto y el primer chaparrón de la temporada cayó al día siguiente, el sábado 17 de octubre, cuando ya llevábamos consumidas cuatro semanas del otoño climatológico. Y desde ese momento parece que sí, que podremos disfrutar de unos días de alivio térmico (máximas por debajo de 30 grados), algo de lluvia y noches y amaneceres fresquitos. Yo, que soy caluroso, ya echo de menos la sábana de arriba para coger el sueño. Y los hay que ya hasta se tapan con la colcha y se han puesto las primeras prendas de abrigo para salir de casa por la mañana.

Aunque no me atrevería a descartar el regreso de los treintaytantos a nuestros termómetros alguna tarde de forma puntual, este lunes a mediodía viví la prueba definitiva del cambio de estación en el supermercado. La señora que me precedía en la cola pidió al carnicero avíos para el puchero y éste le confesó que era lo que más llevaba vendido esa mañana. “Ni te imaginas la cantidad que he despachado”, le decía con alivio.

Carpe diem, como dice la locución latina. La frase completa de Horacio, del siglo I A.C., es aún mejor. “Carpe diem, quam minimum credula postero”, que se traduce como: “aprovecha el día, y confía lo menos posible en el mañana”. Pues eso, que ojalá dure el fresquito. Y mientras lo haga, yo me voy a comer un puchero. Lo mismo, el viernes, si no se tuerce, un cocido de calabaza. Que de este otoño el cambio climático ya nos ha robado un mes. Lo que quede hay que aprovecharlo.

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