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¿Por qué la agricultura española depende de Marruecos o Israel? Los fertilizantes ponen en jaque la soberanía alimentaria

Gemma Barra

25 de septiembre de 2026 22:15 h

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Egipto, Israel, Marruecos o Argelia influyen en la producción agrícola española. Son algunos de los principales proveedores de las materias primas y compuestos empleados en la fabricación de fertilizantes, utilizados en buena parte de las explotaciones agrarias. Estos productos son “muy necesarios”, según los productores, para mantener la productividad, por lo que el cultivo queda, en ocasiones, condicionado por los acuerdos comerciales y la situación geopolítica internacional.

Como ha demostrado el cierre del estrecho de Ormuz, un incidente o conflicto puede poner en jaque al sector agrícola. Cuando se interrumpen las rutas comerciales, disminuye la disponibilidad de determinadas materias primas y aumenta su precio, lo que obliga a los agricultores a modificar sus decisiones de producción: pueden reducir el uso de fertilizantes y, con ello, la producción, o trasladar parte del incremento de costes al precio final de los alimentos.

Y el modelo agrícola instaurado desde la Revolución Verde —que multiplicó la producción de alimentos a partir de 1960-70—, se ha basado, no únicamente en la selección genética de los cultivos, sino también en “triplicar la aplicación de fertilizantes inorgánicos”. Entre 2000 y 2020 el uso de fertilizantes en el mundo subió un 49% según la FAO: de 150 a 189 millones de toneladas.

Óscar Salazar, responsable de fertilizantes de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), sintetiza la situación: “Todo esto responde a la especulación de los grandes poderes económicos, que disparan los precios de los fertilizantes de forma exagerada y se aprovechan de la situación geopolítica”.

Salazar lo ilustra con el precio de los carburantes, “que subieron justo cuando inició la guerra, pese a que teníamos reservas”. Tom Kucharz, investigador y miembro de Ecologistas en Acción, coincide y señala que los precios comenzaron a subir antes de que hubiera escasez de materias primas o fertilizantes: “Aunque no podía aplicarse tan rápido el aumento, las empresas subieron automáticamente los precios”.

El presidente de la Asociación Española de Fertilizantes, Juan Pardo, cuenta que los conflictos internacionales también repercuten al sector: “La covid nos alteró porque modificó los ciclos comerciales y el intercambio global. También la guerra de Ucrania y ahora, la del Golfo”. En esta ocasión, con el cierre del estrecho, “aunque parece algo lejano, ha afectado enormemente”.

Gas, fosfato y potasio

Una de las materias primas más empleadas es el gas natural, que procede en gran parte de Argelia. En lo que llevamos de año, ha suplido cerca del 35% de la demanda española, según los datos de Enagás.

Los fertilizantes nitrogenados también están estrechamente vinculados a esta matera prima. “Sirve para hacer amoniaco, que se emplea en todos los fertilizantes que llevan nitrógeno”, explica Pardo. Según un análisis realizado por Pablo Resco Sánchez y publicado en la Plataforma Tierra, el 70% del amoniaco se sintetiza a partir del gas natural.

Las importaciones de amoníaco anhidro —un fertilizante nitrogenado— alcanzaron las 217.930 toneladas procedentes del país argelino, según Datacomex, la estadística oficial del comercio exterior. A continuación se situaron Indonesia, Turquía y Egipto, con alrededor de 40.000 toneladas cada uno.

En el caso del potasio, se importaron cerca de 98.000 toneladas de sulfato y cloruro potásico procedentes de Israel.

El fosfato monoamónico llegó principalmente de Marruecos (36.286 toneladas), Estados Unidos (27.962) y Rusia (15.990). La posición de Marruecos es especialmente relevante en el mercado mundial de los fosfatos, puesto que concentra, junto con el territorio del Sáhara Occidental, más del 70% de las reservas mundiales, según los datos citados por Salazar y respaldados por otros informes.

España también importa fertilizantes ya elaborados. Egipto fue el principal proveedor en 2025 de abonos minerales o químicos, con más de 538.000 toneladas, seguido de Bélgica, Portugal, Rusia y Marruecos. En el caso de los fertilizantes con fósforo, Marruecos se situó entre los principales suministradores.

El cierre de Ormuz incidió notablemente en los precios, según relata el presidente de la asociación de fertilizantes. El bloqueo exportador provocó una reducción de la oferta y una subida de su coste: “Por el estrecho sale el 20% de urea —compuesto nitrogenado— y en la zona del Golfo se concentra entre el 30 y 40%. Como consecuencia del encarecimiento de materias primas, los compuestos NPK han duplicado o triplicado el precio”.

Hay que intentar utilizar los recursos naturales, eliminar completamente los productos de síntesis química y proteger la fertilidad del suelo

Ante esta dependencia, el sector ecologista aboga por “un cambio de modelo” de producción. Edurne Caballero, bióloga especializada en agroecología y creadora de la asociación Biela y Tierra, cree que la “única salida” reside en la producción local y en un giro hacia la agricultura regenerativa: “Hay que intentar utilizar los recursos naturales, eliminar completamente los productos de síntesis química y proteger la fertilidad del suelo”.

Caballero considera que tiene que producirse el cambio tanto en “el modelo de manejo”, como en el “modelo de sistema”. La estrategia, a su parecer, se basaría en la agricultura familiar y la mediana producción con “alimentos locales y recursos locales”. El objetivo debe ser construir “una agricultura dirigida a alimentar a las personas y no a generar beneficios”.

Tom Kucharz comparte el diagnóstico y añade que también debe modificarse el modo de consumo. Considera que España debería “reducir su orientación hacia la exportación y priorizar la seguridad alimentaria”.

Para ambos ecologistas, esta producción local debe ir acompañada de políticas públicas como “la compra pública alimentaria, el control de la tierra —para limitar y controlar el acaparamiento de los grandes tenedores y fondos de inversión— y medidas que defiendan la soberanía alimentaria y den soporte a los proyectos locales”.

La alternativa agroecológica solo tiene beneficios para Kucharz: “Tanto para los ecosistemas como para la justicia global, la salud de los productores y consumidores, el precio de los alimentos y la lucha contra el cambio climático”. Además, este tipo de producciones son menos vulnerables a los conflictos y vaivenes políticos: “Si fertilizamos el suelo con estiércol de animales, no dependemos del Estrecho de Ormuz”.

Caballero ejemplifica la necesidad de estos “pequeños productores” con la pandemia de covid: “Las cadenas de suministros, basadas en el beneficio, no pudieron seguir sus ciclos, pero la gente siguió comiendo. Aquellos pequeños productores que tenían más independencia del sistema pudieron seguir produciendo y alimentando a la población”.

Las importaciones de materia primas y fertilizantes supeditan parte de la actividad agrícola a los intereses político-comerciales. Sin embargo, para el sector productivo que emplea estos productos no existen “muchas alternativas”, porque considera “muy necesarios” los abonos. Mientras los ecologistas consideran que los fertilizantes “también son elementos finitos”.

Pardo y Salazar coinciden en la necesidad de que la Unión Europea y sus planes de acción medien, también se refieren a los planes nacionales y señalan las diversas reuniones con el Gobierno para abordar esta problemática. El responsable de la COAG apuesta por “producir estos abonos en Europa” y “no depender tanto de los minerales, sino aprovechar los orgánicos del país”.

Pardo admite que “se pueden recuperar nutrientes con desechos ganaderos, del estiércol y los purines”, pero considera que no es suficiente para “mantener la productividad”: “Con la agricultura de los años 50, en la que tirábamos estiércol en el campo y producíamos cereal, España mal comía. Éramos 25 millones de personas, hoy somos 50 millones más todos los turistas, o tenemos productividad o vamos al hambre”.

Del estrecho de Ormuz a la cesta de la compra

La dependencia de estos suministros condiciona la actividad de grandes y pequeños agricultores. Al encarecerse las materias primas o alterarse las rutas comerciales, el incremento de costes se traslada a la producción. “Es en estos momentos de crisis geopolítica como el cierre del estrecho de Ormuz, donde se ve esa delicada dependencia entre el gas producido en Oriente Próximo y la producción de fertilizantes nitrogenados de grandes multinacionales”, explica Kucharz.

Sin embargo, los productores no siempre pueden repercutir esa subida en el precio de venta de sus cosechas. El presidente de Acefer explica que la situación está afectando a determinados cultivos. En el caso de los cereales —trigo, cebada o arroz—, los agricultores se enfrentan a fertilizantes que, según asegura, “cuestan el doble o el triple de lo normal”, mientras el precio final de venta apenas ha variado. “Al agricultor le han fundido los plomos”, resume.

El encarecimiento de los fertilizantes se produce simultáneamente con la subida de precio del gasóleo, necesario para la maquinaria, reduciendo aún más los márgenes de ganancia. “Estamos trabajando para perder dinero”, advierte Pardo.

Además de afectar a los agricultores, también repercute en los ciudadanos. Salazar destaca la subida del precio de la cesta de la compra e incide en que no implica que los agricultores estén obteniendo mayores ingresos: “A los productores nos están arruinando, porque tampoco nos llega a nosotros”.

El responsable de fertilizantes de la COAG se muestra preocupado ante esta tendencia. “Si nos quitan las herramientas para producir, ¿qué va a pasar aquí?, plantea. Considera que, si se mantienen estos precios de las materias fertilizantes y compuestos químicos, el resultado va a ser un aumento de precio para los consumidores y la pérdida de superficie cultivada: ”Van a quedar muchísimas hectáreas sin producir porque no hay viabilidad“.

Arma política y soberanía alimentaria

Las importaciones además de impactar en la economía del país, pueden convertirse en una herramienta de presión política. Caballero considera que “es un peligro muy grande” que “los países puedan controlar nuestro alimento”.

Kucharz subraya que las crisis geopolíticas evidencian cómo los países pueden utilizar sus recursos y relaciones económicas para condicionar a los otros. Lo ilustra con las amenazas arancelarias de Estados Unidos o con el caso de Marruecos. Descarta que el país africano vaya a cerrar sus puertos o interrumpir el comercio con España, dado el peso de la Unión Europea como socio comercial, pero sí apunta a otros mecanismos: “Marruecos va a utilizar la inmigración como carta”.

Pese a la “riqueza y diversidad” del territorio, así como su tradición agrícola, la soberanía alimentaria se dificulta con estas vinculaciones comerciales. “Deberíamos gozar de muy buena salud, pero existe una enorme dependencia del exterior, en cuanto a insumos, y de las grandes corporaciones”, apunta Caballero.

“La soberanía alimentaria significa que los propios productores pueden decidir lo que producen y cómo y que los consumidores pueden decidir qué es lo que consumen”, define Kucharz y basándose en ello, alega que España no cumple con estos requisitos, porque la decisión está supeditada a “las importaciones y eslabones de la cadena alimentaria”.

Las soluciones para Salazar y Pardo pasan por reducir la subordinación comercial. El portavoz de la COAG apuesta por un “refuerzo” de la Política Agraria Común y una producción de fertilizantes menos dependiente de recursos minerales importados, para así poder garantizar “una alimentación y soberanía alimentaria”. Mientras, Pardo plantea la recuperación de nutrientes con otras vías como “la producción de amoniaco mediante energías renovables”.

Más allá de los fertilizantes, Caballero considera el foco debe centrarse en decidir quién controla el sistema de alimentación. “El problema es que son pequeños, que no están suficientemente reconocidos y se siguen considerando periféricos, pero en realidad son el centro”, sostiene en defensa del pequeño productor y de la soberanía alimentaria.

Aporta un dato que, a su juicio, desmonta la idea de que la gran agroindustria sea la principal responsable de alimentar al mundo: “Según algunos análisis, basados en datos de la FAO, el 70% de la población mundial se alimenta de redes de producción campesina y familiar, mientras solo el 30% lo hace de la agroindustria”.