Caos de contagios, hospitalizados y fallecidos: la sexta ola ha enredado los datos de la pandemia

La explosión de contagios ha desbordado la contabilidad de la pandemia en la sexta ola. El retrato de cómo evoluciona en cada momento se ha construido siempre con notificaciones tardías y heterogéneas. El retraso en el reporte de los fallecimientos, con picos repentinos y aparentemente incomprensibles, se arrastra desde el principio; también las diferencias entre las cifras de ingresados que comunican las comunidades autónomas y las que reportan los propios hospitales.

Estos problemas permanecen, según el análisis de las cifras que ha hecho elDiario.es, y a ellos se suman ahora al menos dos cuestiones más que distorsionan las estadísticas oficiales: hay más contagios de los que figuran en las cifras del Ministerio de Sanidad –los autodiagnosticados solo entran si hacen constar al centro de salud su positivo o si la comunidad autónoma tiene un buen sistema automatizado para incorporarlos– y un porcentaje de los hospitalizados son positivos en coronavirus pero el virus no es el motivo de su ingreso. Esto último ha pasado siempre, pero una explosión de contagios como la de la sexta ola multiplica el número de personas que son diagnosticadas por sorpresa en el hospital. La positividad es otro dato con mucho sesgo en esta onda: están marcando porcentajes del 40%, frente al 17% de la tercera ola, porque muchas de las PCR y test de antígenos son de confirmación de una prueba casera.

Las nuevas dificultades impactan sobre un sistema de vigilancia sometido a una elevada exigencia tras dos años de pandemia. La recopilación, tratamiento y notificación de cada caso es un trabajo ímprobo que sobrepasa a los profesionales de los centros sanitarios y, sobre todo, a los equipos de Salud Pública. “Tal volumen de casos ha hecho muy difícil recoger la información”, admite la presidenta de la Sociedad Española de Epidemiología, Elena Vanessa Martínez. No solo se trata de volcar todos los datos sino de “buscar la información que necesitamos” en cada momento de la pandemia, precisa. Ahora, ejemplifica, ya no es muy útil conocer fechas de aislamiento o número de contactos, datos que siguen figurando en las encuestas de Atención Primaria. Los brotes se han dejado de notificar ante la transmisión comunitaria del virus.

¿Estas inexactitudes restan fiabilidad a las cifras oficiales? ¿Pueden confundir a la hora de medir cómo vamos y hacia dónde nos dirigimos? Fernando Rodríguez Artalejo, catedrático en Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid, sostiene que el infrareporte de contagios o la mezcla de hospitalizados no impiden ver adecuadamente las tendencias porque “para caracterizar un fenómeno hace falta un conjunto de indicadores y las lecturas inteligentes vienen de buscar interpretación conjunta”.

Lo más importante, asume el epidemiólogo, es el análisis conjunto de la incidencia, especialmente en mayores, junto a las tasas de hospitalización y UCI, además de la positividad (qué porcentaje de pacientes a los que se hace prueba resultan infectados). “El problema es que no sabemos la magnitud del error, cuánta gente nos falta, y tampoco podemos estar seguros de que ese error sea constante en todos los territorios y en todos los momentos”, replica Martínez, consciente de que las deficiencias en los datos durante la sexta ola “pueden alterar la evolución”. Pero insiste: las cifras son útiles y “dan información” sobre cómo vamos.

Las muertes: representan solo la mitad de las reales

Los retrasos en la notificación por parte de las comunidades se han dado a lo largo de toda la pandemia. El caso de las muertes es el más tangible y con un alto volumen de contagios ha podido empeorar. Para cada positivo que se confirma en España, los profesionales de la Atención Primaria tienen que rellenar de forma urgente un profuso cuestionario con más de una veintena de detalles sobre la persona contagiada: edad, sexo, municipios, código postal, estado de vacunación, contactos, ámbitos de posible exposición al virus, fechas de síntomas y aislamiento, entre otros.

Por ejemplo, una persona con síntomas de Covid ingresa en el hospital y da positivo, el médico que le atiende rellena la ficha con todos su datos y se notifica el caso al Ministerio. Varios días después o una semana más tarde, el paciente es ingresado en UCI por las complicaciones de la enfermedad. Pasados unos días, fallece. Para notificar esta muerte, el médico –o los equipos administrativos– tiene que volver a la ficha que rellenó cuando confirmó el caso y actualizar la fecha de defunción del paciente. Con un volumen alto de contagios, “el retraso tiene que ver con este procedimiento, que a veces no es automático y aunque lo sea hay que comprobarlo”, explica Martínez.

Este sistema ralentiza la actualización de la evolución clínica de los pacientes de Covid y provoca un decalaje en las cifras de muertes que en muchos casos puede llegar hasta 2 o 3 semanas entre que el pacientes fallece y el Ministerio de Sanidad se entera de ese fallecimiento. La demora se ve en la brecha entre muertes notificadas semanalmente y el número de personas que han fallecido en cada semana. Aunque el Ministerio ha sumado casi 1.000 muertes en la última semana, solo 677 han fallecido realmente en los últimos 7 días.

El decalaje se lleva repitiendo en toda la epidemia. Las cifras de fallecidos semanales que publica el Gobierno en cada informe diario apenas representan entre el 40% y el 60% de las muertes reales que se van incluyendo con días y semanas de retraso por las comunidades autónomas, según los datos del Ministerio de Sanidad analizados por elDiario.es.

Algunas comunidades autónomas registran mayores retrasos que otras a la hora de notificar sus positivos. Por ejemplo, ni una sola de las 103 muertes que ha notificado Euskadi esta semana fallecieron en los últimos 7 días. Es decir, que está añadiendo ahora decenas de fallecidos que murieron hace varias semanas.

En otros casos, la contabilidad de fallecidos que envían las comunidades al Ministerio no coincide ni con las cifras de muertes por Covid que publican en sus propias páginas web. Son los casos de Catalunya y Madrid, que suman 1.300 muertes más en la sexta ola que Sanidad no recoge, según publicó El Confidencial.

Los hospitalizados: uno de cada tres, ingresado por otro motivo

Según los últimos datos de Sanidad, hay 19.000 personas con coronavirus ingresadas en los hospitales de España. Esta cifra se obtiene a partir de los datos de ingresos que comunican cada día los hospitales directamente a Sanidad, entre los que se incluyen los positivos confirmados y los sospechosos pendientes de confirmar. En paralelo, las comunidades autónomas remiten cuántos ingresados tienen cada día, según las fichas epidemiológicas de cada paciente. Entre una serie y otra hay diferencias sustanciales.

Por ejemplo, los datos que vienen directamente de los hospitales nos dicen que cada día están ingresando 2.300 pacientes con clínica Covid, el doble de las cifras que provienen directamente de las autonomías. Las cifras de entradas hospitalarias de las comunidades van con un retraso similar a las muertes, ya que obligan a los sanitarios a actualizar manualmente la ficha si el pacientes dio positivo varios días antes y posteriormente empeoraron sus síntomas.

La diferencia entre ambas cifras no se limita simplemente a los retrasos. Los hospitales siempre cuentan muchos más ingresos que los que notifican las comunidades autónomas, incluso cuando se consolidan las cifras. En algunas regiones, la diferencia puede llegar a ser abismal. En el siguiente gráfico puedes ver cuánto suponen los ingresos hospitalarios comunicados por cada comunidad en las fichas epidemiológicas en comparación con el total de ingresos que han remitido directamente sus hospitales.

Además, la estadística de hospitalizados incluye a personas cuyo ingreso está relacionado con la clínica Covid –por ejemplo, neumonía– y a pacientes que dieron positivo en el control rutinario antes de ingresar pero llegaron por otro problema de salud, como un ictus o una rotura de cadera. Las cifras no desglosan qué porcentaje de unos y otros engrosa el total, pero algunas comunidades como Cantabria, lo sitúan en el 30%. “Un tercio de los ingresados están aquí por otra patología, pero tenemos que aislarlos igual”, coincide Pere Domínguez, coordinador Covid del hospital Sant Pau de Barcelona y partidario de una separación de las cifras “porque el pronóstico es desigual”. 

“A medio plazo habría que reevaluar estos protocolos”, opina Rodríguez Artalejo, porque las cifras actuales “en parte sobreestiman la magnitud del problema”. “Tampoco es un dato despreciable porque a la persona que ingresa con un ictus hay que trasladarlo a una zona Covid e igualmente genera alteraciones de asistencia”, matiza a renglón seguido. 

En el caso de los fallecidos, ¿podría darse el mismo problema? No tanto, responde Domínguez, porque se “notifica la causa de la muerte”, a no ser de que el paciente “tenga un cuadro muy complicado” que haga dudar sobre qué le ha provocado el fallecimiento. 

Los contagios diarios: el dato más infrarrepresentado

Hay consenso entre los epidemiólogos en que la sexta ola se ha caracterizado por un infrarreporte de casos que no se había vivido desde marzo de 2020. Cuál es su magnitud es lo complicado de medir. Por eso, los epidemiólogos observan con más reservas de lo habitual los primeros datos de caída de incidencia acumulada.

El sistema empezó a colapsar unos días antes de Navidad y las personas con síntomas –cada vez sentíamos que había más a nuestro alrededor sin que eso tuviera un reflejo claro en las incidencias– echaron mano de los test de farmacia para confirmar si efectivamente estaban contagiados. Los centros de salud se declararon incapaces de asumir ese volumen. Con tal demanda, el minucioso trabajo de clasificar, con todas sus características, a cada paciente se resiente. Cuantos menos pacientes, más exhaustivo es el registro. Si tienes muchos, reflejas el positivo y vas corre que te pillo“, admite Raquel Collado, médica de Atención Primaria en un centro de salud de Fuenlabrada (Madrid).

El colapso forzó a cambiar el sistema. El rastreo se redujo solo a ámbitos considerados de riesgo, como las residencias, y se priorizó la realización de pruebas a pacientes vulnerables o con síntomas graves. El resto se han convertido en positivos invisibles para el sistema si no se contacta con el centro de salud, por ejemplo, para pedir una baja o porque se ha empeorado. Algunas comunidades han sistematizado mejor su incorporación en las cifras oficiales, pero otras como Madrid o Andalucía, no los contemplan pese a que deben hacerlo, según las directrices del Ministerio de Sanidad. Varias profesionales de Atención Primaria en Madrid aseguran que sus centros de salud solo tienen contacto con los que necesitan baja, “el resto no llegan a nosotras, no sabemos cuántos son”. Eso genera problemas importantes como haber estado contagiado y que no figure en tu historial clínico. 

La positividad es otro indicador con un comportamiento interesante en esta ola. Mide la proporción de personas positivas en relación al total de pruebas realizadas y también se ha disparado en la sexta ola por la elevada contagiosidad de la variante.

En los últimos días se sitúa en torno al 40% frente al 17% de la tercera o la quinta ola. Pero este dato está parcialmente sesgado: muchas de las personas que acuden a realizarse un test de antígenos o PCR al centro de salud ya han dado positivo en la prueba de la farmacia.

La explosión de contagios ha desbordado la contabilidad de la pandemia en la sexta ola. El retrato de cómo evoluciona en cada momento se ha construido siempre con notificaciones tardías y heterogéneas. El retraso en el reporte de los fallecimientos, con picos repentinos y aparentemente incomprensibles, se arrastra desde el principio; también las diferencias entre las cifras de ingresados que comunican las comunidades autónomas y las que reportan los propios hospitales.

Estos problemas permanecen, según el análisis de las cifras que ha hecho elDiario.es, y a ellos se suman ahora al menos dos cuestiones más que distorsionan las estadísticas oficiales: hay más contagios de los que figuran en las cifras del Ministerio de Sanidad –los autodiagnosticados solo entran si hacen constar al centro de salud su positivo o si la comunidad autónoma tiene un buen sistema automatizado para incorporarlos– y un porcentaje de los hospitalizados son positivos en coronavirus pero el virus no es el motivo de su ingreso. Esto último ha pasado siempre, pero una explosión de contagios como la de la sexta ola multiplica el número de personas que son diagnosticadas por sorpresa en el hospital. La positividad es otro dato con mucho sesgo en esta onda: están marcando porcentajes del 40%, frente al 17% de la tercera ola, porque muchas de las PCR y test de antígenos son de confirmación de una prueba casera.

Las nuevas dificultades impactan sobre un sistema de vigilancia sometido a una elevada exigencia tras dos años de pandemia. La recopilación, tratamiento y notificación de cada caso es un trabajo ímprobo que sobrepasa a los profesionales de los centros sanitarios y, sobre todo, a los equipos de Salud Pública. “Tal volumen de casos ha hecho muy difícil recoger la información”, admite la presidenta de la Sociedad Española de Epidemiología, Elena Vanessa Martínez. No solo se trata de volcar todos los datos sino de “buscar la información que necesitamos” en cada momento de la pandemia, precisa. Ahora, ejemplifica, ya no es muy útil conocer fechas de aislamiento o número de contactos, datos que siguen figurando en las encuestas de Atención Primaria. Los brotes se han dejado de notificar ante la transmisión comunitaria del virus.

¿Estas inexactitudes restan fiabilidad a las cifras oficiales? ¿Pueden confundir a la hora de medir cómo vamos y hacia dónde nos dirigimos? Fernando Rodríguez Artalejo, catedrático en Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid, sostiene que el infrareporte de contagios o la mezcla de hospitalizados no impiden ver adecuadamente las tendencias porque “para caracterizar un fenómeno hace falta un conjunto de indicadores y las lecturas inteligentes vienen de buscar interpretación conjunta”.

Lo más importante, asume el epidemiólogo, es el análisis conjunto de la incidencia, especialmente en mayores, junto a las tasas de hospitalización y UCI, además de la positividad (qué porcentaje de pacientes a los que se hace prueba resultan infectados). “El problema es que no sabemos la magnitud del error, cuánta gente nos falta, y tampoco podemos estar seguros de que ese error sea constante en todos los territorios y en todos los momentos”, replica Martínez, consciente de que las deficiencias en los datos durante la sexta ola “pueden alterar la evolución”. Pero insiste: las cifras son útiles y “dan información” sobre cómo vamos.

Las muertes: representan solo la mitad de las reales

Los retrasos en la notificación por parte de las comunidades se han dado a lo largo de toda la pandemia. El caso de las muertes es el más tangible y con un alto volumen de contagios ha podido empeorar. Para cada positivo que se confirma en España, los profesionales de la Atención Primaria tienen que rellenar de forma urgente un profuso cuestionario con más de una veintena de detalles sobre la persona contagiada: edad, sexo, municipios, código postal, estado de vacunación, contactos, ámbitos de posible exposición al virus, fechas de síntomas y aislamiento, entre otros.

Por ejemplo, una persona con síntomas de Covid ingresa en el hospital y da positivo, el médico que le atiende rellena la ficha con todos su datos y se notifica el caso al Ministerio. Varios días después o una semana más tarde, el paciente es ingresado en UCI por las complicaciones de la enfermedad. Pasados unos días, fallece. Para notificar esta muerte, el médico –o los equipos administrativos– tiene que volver a la ficha que rellenó cuando confirmó el caso y actualizar la fecha de defunción del paciente. Con un volumen alto de contagios, “el retraso tiene que ver con este procedimiento, que a veces no es automático y aunque lo sea hay que comprobarlo”, explica Martínez.

Este sistema ralentiza la actualización de la evolución clínica de los pacientes de Covid y provoca un decalaje en las cifras de muertes que en muchos casos puede llegar hasta 2 o 3 semanas entre que el pacientes fallece y el Ministerio de Sanidad se entera de ese fallecimiento. La demora se ve en la brecha entre muertes notificadas semanalmente y el número de personas que han fallecido en cada semana. Aunque el Ministerio ha sumado casi 1.000 muertes en la última semana, solo 677 han fallecido realmente en los últimos 7 días.

El decalaje se lleva repitiendo en toda la epidemia. Las cifras de fallecidos semanales que publica el Gobierno en cada informe diario apenas representan entre el 40% y el 60% de las muertes reales que se van incluyendo con días y semanas de retraso por las comunidades autónomas, según los datos del Ministerio de Sanidad analizados por elDiario.es.

Algunas comunidades autónomas registran mayores retrasos que otras a la hora de notificar sus positivos. Por ejemplo, ni una sola de las 103 muertes que ha notificado Euskadi esta semana fallecieron en los últimos 7 días. Es decir, que está añadiendo ahora decenas de fallecidos que murieron hace varias semanas.

En otros casos, la contabilidad de fallecidos que envían las comunidades al Ministerio no coincide ni con las cifras de muertes por Covid que publican en sus propias páginas web. Son los casos de Catalunya y Madrid, que suman 1.300 muertes más en la sexta ola que Sanidad no recoge, según publicó El Confidencial.

Los hospitalizados: uno de cada tres, ingresado por otro motivo

Según los últimos datos de Sanidad, hay 19.000 personas con coronavirus ingresadas en los hospitales de España. Esta cifra se obtiene a partir de los datos de ingresos que comunican cada día los hospitales directamente a Sanidad, entre los que se incluyen los positivos confirmados y los sospechosos pendientes de confirmar. En paralelo, las comunidades autónomas remiten cuántos ingresados tienen cada día, según las fichas epidemiológicas de cada paciente. Entre una serie y otra hay diferencias sustanciales.

Por ejemplo, los datos que vienen directamente de los hospitales nos dicen que cada día están ingresando 2.300 pacientes con clínica Covid, el doble de las cifras que provienen directamente de las autonomías. Las cifras de entradas hospitalarias de las comunidades van con un retraso similar a las muertes, ya que obligan a los sanitarios a actualizar manualmente la ficha si el pacientes dio positivo varios días antes y posteriormente empeoraron sus síntomas.

La diferencia entre ambas cifras no se limita simplemente a los retrasos. Los hospitales siempre cuentan muchos más ingresos que los que notifican las comunidades autónomas, incluso cuando se consolidan las cifras. En algunas regiones, la diferencia puede llegar a ser abismal. En el siguiente gráfico puedes ver cuánto suponen los ingresos hospitalarios comunicados por cada comunidad en las fichas epidemiológicas en comparación con el total de ingresos que han remitido directamente sus hospitales.

Además, la estadística de hospitalizados incluye a personas cuyo ingreso está relacionado con la clínica Covid –por ejemplo, neumonía– y a pacientes que dieron positivo en el control rutinario antes de ingresar pero llegaron por otro problema de salud, como un ictus o una rotura de cadera. Las cifras no desglosan qué porcentaje de unos y otros engrosa el total, pero algunas comunidades como Cantabria, lo sitúan en el 30%. “Un tercio de los ingresados están aquí por otra patología, pero tenemos que aislarlos igual”, coincide Pere Domínguez, coordinador Covid del hospital Sant Pau de Barcelona y partidario de una separación de las cifras “porque el pronóstico es desigual”. 

“A medio plazo habría que reevaluar estos protocolos”, opina Rodríguez Artalejo, porque las cifras actuales “en parte sobreestiman la magnitud del problema”. “Tampoco es un dato despreciable porque a la persona que ingresa con un ictus hay que trasladarlo a una zona Covid e igualmente genera alteraciones de asistencia”, matiza a renglón seguido. 

En el caso de los fallecidos, ¿podría darse el mismo problema? No tanto, responde Domínguez, porque se “notifica la causa de la muerte”, a no ser de que el paciente “tenga un cuadro muy complicado” que haga dudar sobre qué le ha provocado el fallecimiento. 

Los contagios diarios: el dato más infrarrepresentado

Hay consenso entre los epidemiólogos en que la sexta ola se ha caracterizado por un infrarreporte de casos que no se había vivido desde marzo de 2020. Cuál es su magnitud es lo complicado de medir. Por eso, los epidemiólogos observan con más reservas de lo habitual los primeros datos de caída de incidencia acumulada.

El sistema empezó a colapsar unos días antes de Navidad y las personas con síntomas –cada vez sentíamos que había más a nuestro alrededor sin que eso tuviera un reflejo claro en las incidencias– echaron mano de los test de farmacia para confirmar si efectivamente estaban contagiados. Los centros de salud se declararon incapaces de asumir ese volumen. Con tal demanda, el minucioso trabajo de clasificar, con todas sus características, a cada paciente se resiente. Cuantos menos pacientes, más exhaustivo es el registro. Si tienes muchos, reflejas el positivo y vas corre que te pillo“, admite Raquel Collado, médica de Atención Primaria en un centro de salud de Fuenlabrada (Madrid).

El colapso forzó a cambiar el sistema. El rastreo se redujo solo a ámbitos considerados de riesgo, como las residencias, y se priorizó la realización de pruebas a pacientes vulnerables o con síntomas graves. El resto se han convertido en positivos invisibles para el sistema si no se contacta con el centro de salud, por ejemplo, para pedir una baja o porque se ha empeorado. Algunas comunidades han sistematizado mejor su incorporación en las cifras oficiales, pero otras como Madrid o Andalucía, no los contemplan pese a que deben hacerlo, según las directrices del Ministerio de Sanidad. Varias profesionales de Atención Primaria en Madrid aseguran que sus centros de salud solo tienen contacto con los que necesitan baja, “el resto no llegan a nosotras, no sabemos cuántos son”. Eso genera problemas importantes como haber estado contagiado y que no figure en tu historial clínico. 

La positividad es otro indicador con un comportamiento interesante en esta ola. Mide la proporción de personas positivas en relación al total de pruebas realizadas y también se ha disparado en la sexta ola por la elevada contagiosidad de la variante.

En los últimos días se sitúa en torno al 40% frente al 17% de la tercera o la quinta ola. Pero este dato está parcialmente sesgado: muchas de las personas que acuden a realizarse un test de antígenos o PCR al centro de salud ya han dado positivo en la prueba de la farmacia.

La explosión de contagios ha desbordado la contabilidad de la pandemia en la sexta ola. El retrato de cómo evoluciona en cada momento se ha construido siempre con notificaciones tardías y heterogéneas. El retraso en el reporte de los fallecimientos, con picos repentinos y aparentemente incomprensibles, se arrastra desde el principio; también las diferencias entre las cifras de ingresados que comunican las comunidades autónomas y las que reportan los propios hospitales.

Estos problemas permanecen, según el análisis de las cifras que ha hecho elDiario.es, y a ellos se suman ahora al menos dos cuestiones más que distorsionan las estadísticas oficiales: hay más contagios de los que figuran en las cifras del Ministerio de Sanidad –los autodiagnosticados solo entran si hacen constar al centro de salud su positivo o si la comunidad autónoma tiene un buen sistema automatizado para incorporarlos– y un porcentaje de los hospitalizados son positivos en coronavirus pero el virus no es el motivo de su ingreso. Esto último ha pasado siempre, pero una explosión de contagios como la de la sexta ola multiplica el número de personas que son diagnosticadas por sorpresa en el hospital. La positividad es otro dato con mucho sesgo en esta onda: están marcando porcentajes del 40%, frente al 17% de la tercera ola, porque muchas de las PCR y test de antígenos son de confirmación de una prueba casera.