Discriminación en nombre de la tradición
Suceden cosas terribles en nombre de la tradición. Sin embargo, eso, la invocación de la tradición, parece suficiente para avalar usos y costumbres, maneras de hacer, sean como sean, signifiquen lo que signifiquen. Solo porque se hicieron antes o porque se hace así desde hace mucho.
Seguro que ya sabes de qué te hablo. En Sagunt, Valencia, la Cofradía de la Purísima Sangre ha vuelto a rechazar que las mujeres puedan participar en sus procesiones. En una votación, los noes de los cofrades -267- ganaron a los síes -114-. Ellos se lo guisan, ellos se lo comen. ¿El argumento? Preservar una tradición que tiene unos 500 años. La exclusividad masculina, aseguran, no es una forma de discriminación, sino un rasgo identitario de la hermandad.
Hay quienes piensan que negando la evidencia ganan el argumento. Y es que aquí lo grave no es solo la exclusión de las mujeres de determinados espacios, sino los argumentos con los que se sostiene esa exclusión. Pensar que la construcción de la tradición, sea la que sea, es algo neutro es cuanto menos ingenuo, cuando no un planteamiento interesado para dejar las cosas como están. Fue precisamente la discriminación la que dio forma a muchas tradiciones. Por eso, que algo sea tradición no quiere decir que esté bien hecho ni que haya que mantenerla así, ni, por supuesto, que no se pueda cambiar.
Lo de Sagunt no es un caso aislado. Hemos publicado que desde hace 250 años se celebra en Zalamea la Real, Huelva, una procesión en la que las mujeres no solo no pueden participar, sino que no pueden ni verla por la calle. La Vía Sacra la pueden ver menores, pero no chicas o mujeres de cualquier edad. “Es una de las tradiciones que mejor se conservan en nuestro pueblo, siendo una auténtica muestra antropológica de nuestro pasado, ya que mantiene las mismas características de cuando se creó”, dice José Ortega, un miembro de la hermandad.
Estoy de acuerdo con él: es una buena muestra antropológica de un pasado del que ya deberíamos saber lo que no queremos. El empeño por conservar tradiciones que excluyen o denigran es más que un empeño por registrar el pasado: podemos ser conscientes de cómo fueron tiempos pasados y de cómo se hicieron las cosas antaño, podemos saberlo, estudiarlo, reconocerlo... y a partir de ahí tomar lo que queremos conservar, desechar lo que no e introducir cambios.
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Y nos vemos la próxima semana.
Ana