Ictus, una amenaza creciente que no tiene que ver con la COVID-19

Sergio Ferrer

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A finales de octubre Kiko Rivera sufría un infarto cerebral. Un ictus. Días después le sucedía lo mismo a la diputada del PP Paloma Adrados. Un mes antes lo padeció el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol. Más recientemente la periodista Mónica Carrillo comentaba que una amiga había fallecido por un derrame cerebral, y la semana pasada moría el periodista deportivo Chema Abad por la misma causa. Tras la crisis de mortalidad vivida en España este verano, en parte achacada a la ola de calor, algunos se preguntan si se están produciendo más ictus de lo normal y si la pandemia de COVID tiene algo que ver. “Si ha tenido COVID-19, vigile los síntomas del ictus”, llegó a alertar este mes un titular del Washington Post.

La pregunta no resulta sencilla de responder porque todavía no existen datos a nivel estatal. El Instituto Nacional de Estadística no publicará las cifras de defunciones según la causa de muerte de 2021 hasta diciembre. Para las definitivas de 2022 habrá que esperar hasta el año que viene. Las de 2020 no muestran nada fuera de lo común —tampoco para las cardiopatías relacionadas con el término de “muerte súbita”, para las que también existe una percepción de aumento en parte de la población—, pero fue un año excepcional que dificulta las comparaciones.

Este periódico ha consultado a más de una docena de neurólogos de otras tantas unidades de ictus, pertenecientes a seis Comunidades Autónomas. La mayoría opina que no se ha observado un incremento inusual este año ni el anterior.

La clave está en la palabra “inusual”, porque algunos sí hablan de un aumento en línea con las tendencias previas a la COVID-19. También destacan la disminución observada a nivel internacional en la primera mitad de 2020, que posteriormente se normalizó. Ninguno de los entrevistados apunta al propio SARS-CoV-2 como responsable, y descartan por completo cualquier papel de las vacunas de la COVID-19.

“Es difícil hacer afirmaciones en cuanto a la epidemiología del ictus por falta de datos oficiales, pero en mi experiencia profesional no he visto más casos de ictus de lo habitual en 2022”, asegura la coordinadora de la Unidad de ICTUS del Hospital Virgen de las Nieves de Granada, Lola Fernández.

Los que señalan un incremento durante los años de la pandemia, lo atribuyen a causas ajenas al propio coronavirus. Por un lado, y en los últimos años, a la mejora en el diagnóstico y la vigilancia, al mejor conocimiento por parte de los sanitarios y el público y al envejecimiento de la población. Por otro, ya durante la pandemia, a los problemas en atención primaria y al aumento en los factores de riesgo. Al margen de esto destacan que la mayor atención mediática y social han aumentado la concienciación sobre esta enfermedad y, por lo tanto, su presencia en el debate público.

“Creo que [la percepción de que hay más ictus] es un sesgo, reflejo del mayor conocimiento del público y la mayor presencia social de quienes lo han sufrido”, destaca el jefe de sección del servicio de Neurología del Hospital Universitario Miguel Severt de Zaragoza, Javier Marta. “Soy el coordinador del Plan de Atención al Ictus en Aragón desde hace años y puedo asegurar que aquí no hay más casos de los esperados: desde septiembre de 2018 tenemos un registro de ictus unificado para toda la red pública y ha cambiado muy poco”.

“En mi opinión, y con los datos disponibles, no creo que exista un aumento significativo de los casos de ictus de España en los últimos años”, comenta el neurólogo de la Unidad de Ictus del Hospital Universitario Vall d’Hebron (Cataluña), Marc Ribó. Varias fuentes hacen hincapié en que los incrementos, además de existir, deben ser estadísticamente significativos.

La coordinadora de la Unidad de Ictus del Hospital Universitario Virgen Macarena (Sevilla), Soledad Pérez, es la única que sí ha observado un aumento de ictus tras la pandemia en su centro. “Para nosotros es una realidad desde 2021, y en el primer trimestre de 2022 se mantienen esos datos”, afirma. Considera que las causas son multifactoriales: “La OMS lleva tiempo alertando de que las tasas de ictus se iban a incrementar hasta un 27% en los próximos años, pero con la pandemia los problemas en atención primaria, la falta de control de los factores de riesgo y la mayor sensibilización de la población han hecho que el incremento se acelere”.

Ana Morales, coordinadora de la Unidad de Ictus Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca y coordinadora del Plan Regional del Ictus de la Región de Murcia, cree que los ingresos de pacientes en su centro serán similares en 2022 y 2021, pero sí advierte un “aumento progresivo” en los ingresos desde 2019. “Creo que es porque cada vez se hacen las cosas mejor y se derivan más pacientes”, dice. Señala que el número de ictus isquémicos en su Comunidad Autónoma se ha mantenido estable entre 2008 y 2018, pero que todavía no tiene datos de los años de pandemia.

Asturias es una de las comunidades más envejecidas y, por lo tanto, con mayor incidencia de ictus. La investigadora principal del centro terciario de ictus del Hospital Universitario Central de Asturias, Elena López-Cancio, no observa un aumento en 2022 respecto a 2021, aunque pide cautela y esperar a los resultados del cómputo anual para ver si existen diferencias significativas.

Catalunya es una de las Comunidades Autónomas que cuenta con datos públicos. No corresponden a todos los ictus, solo a aquellos en los que se activa el llamado “código ictus”, un mecanismo de emergencia que acelera los procesos y que se activa en hasta un 70 % de los casos. Aun así, no existen diferencias significativas desde 2016 y, de hecho, se observan menos casos en 2022 que en 2021, aunque esto puede deberse a retrasos en las notificaciones.

El médico adjunto de la Unidad de Ictus del Hospital Vall d’Hebron Jorge Pagola recuerda que los datos del portal “no son un estudio de incidencia”, ya que muestran el número de ictus tratados. “Se detectan más porque la gente reconoce más los síntomas. Lo que antes era un ‘colapso’ ahora se cataloga como ictus y se alerta al 112”, aclara.

“Tenemos la sensación de que afecta más a los famosos porque su incidencia es de una de cada cuatro personas, pero el 75% se da en mayores de 65 años”, dice Pagola. “Estamos viendo un aumento de la población de esa edad y, por ende, un mayor número de ictus en España y Europa, pero no hay en el último año ninguna causa concreta que haga aumentar el ictus en jóvenes”.

Un aumento en la visibilidad de la segunda causa de muerte

Según el Atlas del Ictus de España publicado en 2019, el ictus es la segunda causa de muerte en España: la primera en mujeres y la tercera en hombres. Además, es la primera causa de discapacidad adquirida en adultos y la segunda de demencia (tras el alzhéimer). Una de cada cuatro personas sufrirá esta enfermedad en algún momento de su vida y, aunque la mortalidad y discapacidad han disminuido, su incidencia se incrementará en los próximos años, también en personas entre 20 y 64 años.

En España se producen unos 120.00 casos de ictus anuales, de los cuales la mitad fallece o queda con limitaciones. Uno de los ejemplos más visibles en los últimos años fue el de Alfredo Landa, que en 2008 sufría uno en directo durante la gala de los Goya.

Varios de los neurólogos consultados alaban que los medios traten este tema más y mejor desde hace unos años, cuando los ictus recibían en prensa el genérico nombre de derrame. “Las campañas mediáticas y casos en personas con gran visibilidad hacen que se hable del ictus, y eso es importante porque el objetivo es que la población general sepa reconocer los signos neurológicos y cómo proceder”, defiende Ribó.

“Mi percepción es que puede haber un leve incremento de casos que se corresponde con la difusión de noticias en las que afecta a famosos, a las campañas de concienciación y a que el tratamiento ha mejorado mucho en los últimos años, por lo que se habla más de este tema”, afirma la neuróloga de la Unidad de Ictus del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau Anna Ramos. “Ya no es una enfermedad que ‘dé igual’ porque no se puede hacer nada, sino que los pacientes sobreviven e incluso recuperan su vida”.

¿Más casos o mejor detección?

Aunque no se haya detectado una explosión en los casos de ictus durante la pandemia, lo cierto es que esta enfermedad está en aumento desde antes de que llegara la COVID-19. Sin embargo, los neurólogos consultados no coinciden en qué parte del incremento es real y qué parte es debida a una mejor gestión de la enfermedad.

“Desde hace 30 años la tasa de incidencia ajustada a la edad va bajando entre un 2 y un 3 % anual en toda España”, asegura Marta. Sin embargo, puesto que estos se correlacionan con la edad, señala la paradoja de que “el envejecimiento de la población hace que haya más ictus”.

“Existe un incremento del 30% en los últimos cuatro o cinco años, pero para los médicos que los recibimos en el hospital es difícil discernir si existen más casos o se activa más y mejor el código ictus”, explica Pagola.

“Los ingresos por ictus en mi hospital se han ido incrementando lentamente en los últimos años [desde antes de la pandemia]. En mi opinión esto no es debido a que realmente se haya incrementado la incidencia, sino a que cada vez ingresan más porque se diagnostican mejor”, comenta Fernández.

“La población general está más atenta a los síntomas y no se quedan en casa esperando a que se les pase como pasaba hacía años. Además, la resonancia craneal permite diagnósticos más fiables incluso cuando hay síntomas que inviten a la confusión”, añade Fernández.

Pagola es menos optimista: “El ictus se está convirtiendo en una pandemia, ya que está ligado a la edad y a los factores de riesgo”, advierte. “Si no se conciencia a la población para el control de estos últimos tendremos problemas para tratar y seguir a la ingente cantidad de personas que lo sufrirán”.

“Lo más probable es que este incremento [observado en los últimos años] se quede o siga avanzando, por lo que es necesario que nos preparemos para no acabar desbordados”, avisa Pérez. “No solo hay que fortalecer Neurología, sino también la Atención Primaria y los servicios sociosanitarios”.

En ese sentido, varios organismos y estudios llevan años alertando del aumento de ictus entre los más jóvenes. Un metaanálisis publicado en la revista JAMA Neurology hace unos meses apuntó a un incremento en la incidencia de ictus en pacientes menores de 55 en países de altos ingresos hasta 2018. Sin embargo, no encontraron un aumento en la incidencia en mayores de edad. “En menores de 55 años el sedentarismo, el consumo de tóxicos y la dieta hipercalórica pueden estar jugando un papel en los últimos años”, aventura Pagola.

A finales de octubre Kiko Rivera sufría un infarto cerebral. Un ictus. Días después le sucedía lo mismo a la diputada del PP Paloma Adrados. Un mes antes lo padeció el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol. Más recientemente la periodista Mónica Carrillo comentaba que una amiga había fallecido por un derrame cerebral, y la semana pasada moría el periodista deportivo Chema Abad por la misma causa. Tras la crisis de mortalidad vivida en España este verano, en parte achacada a la ola de calor, algunos se preguntan si se están produciendo más ictus de lo normal y si la pandemia de COVID tiene algo que ver. “Si ha tenido COVID-19, vigile los síntomas del ictus”, llegó a alertar este mes un titular del Washington Post.

La pregunta no resulta sencilla de responder porque todavía no existen datos a nivel estatal. El Instituto Nacional de Estadística no publicará las cifras de defunciones según la causa de muerte de 2021 hasta diciembre. Para las definitivas de 2022 habrá que esperar hasta el año que viene. Las de 2020 no muestran nada fuera de lo común —tampoco para las cardiopatías relacionadas con el término de “muerte súbita”, para las que también existe una percepción de aumento en parte de la población—, pero fue un año excepcional que dificulta las comparaciones.

Este periódico ha consultado a más de una docena de neurólogos de otras tantas unidades de ictus, pertenecientes a seis Comunidades Autónomas. La mayoría opina que no se ha observado un incremento inusual este año ni el anterior.

La clave está en la palabra “inusual”, porque algunos sí hablan de un aumento en línea con las tendencias previas a la COVID-19. También destacan la disminución observada a nivel internacional en la primera mitad de 2020, que posteriormente se normalizó. Ninguno de los entrevistados apunta al propio SARS-CoV-2 como responsable, y descartan por completo cualquier papel de las vacunas de la COVID-19.

“Es difícil hacer afirmaciones en cuanto a la epidemiología del ictus por falta de datos oficiales, pero en mi experiencia profesional no he visto más casos de ictus de lo habitual en 2022”, asegura la coordinadora de la Unidad de ICTUS del Hospital Virgen de las Nieves de Granada, Lola Fernández.

Los que señalan un incremento durante los años de la pandemia, lo atribuyen a causas ajenas al propio coronavirus. Por un lado, y en los últimos años, a la mejora en el diagnóstico y la vigilancia, al mejor conocimiento por parte de los sanitarios y el público y al envejecimiento de la población. Por otro, ya durante la pandemia, a los problemas en atención primaria y al aumento en los factores de riesgo. Al margen de esto destacan que la mayor atención mediática y social han aumentado la concienciación sobre esta enfermedad y, por lo tanto, su presencia en el debate público.

“Creo que [la percepción de que hay más ictus] es un sesgo, reflejo del mayor conocimiento del público y la mayor presencia social de quienes lo han sufrido”, destaca el jefe de sección del servicio de Neurología del Hospital Universitario Miguel Severt de Zaragoza, Javier Marta. “Soy el coordinador del Plan de Atención al Ictus en Aragón desde hace años y puedo asegurar que aquí no hay más casos de los esperados: desde septiembre de 2018 tenemos un registro de ictus unificado para toda la red pública y ha cambiado muy poco”.

“En mi opinión, y con los datos disponibles, no creo que exista un aumento significativo de los casos de ictus de España en los últimos años”, comenta el neurólogo de la Unidad de Ictus del Hospital Universitario Vall d’Hebron (Cataluña), Marc Ribó. Varias fuentes hacen hincapié en que los incrementos, además de existir, deben ser estadísticamente significativos.

La coordinadora de la Unidad de Ictus del Hospital Universitario Virgen Macarena (Sevilla), Soledad Pérez, es la única que sí ha observado un aumento de ictus tras la pandemia en su centro. “Para nosotros es una realidad desde 2021, y en el primer trimestre de 2022 se mantienen esos datos”, afirma. Considera que las causas son multifactoriales: “La OMS lleva tiempo alertando de que las tasas de ictus se iban a incrementar hasta un 27% en los próximos años, pero con la pandemia los problemas en atención primaria, la falta de control de los factores de riesgo y la mayor sensibilización de la población han hecho que el incremento se acelere”.

Ana Morales, coordinadora de la Unidad de Ictus Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca y coordinadora del Plan Regional del Ictus de la Región de Murcia, cree que los ingresos de pacientes en su centro serán similares en 2022 y 2021, pero sí advierte un “aumento progresivo” en los ingresos desde 2019. “Creo que es porque cada vez se hacen las cosas mejor y se derivan más pacientes”, dice. Señala que el número de ictus isquémicos en su Comunidad Autónoma se ha mantenido estable entre 2008 y 2018, pero que todavía no tiene datos de los años de pandemia.

Asturias es una de las comunidades más envejecidas y, por lo tanto, con mayor incidencia de ictus. La investigadora principal del centro terciario de ictus del Hospital Universitario Central de Asturias, Elena López-Cancio, no observa un aumento en 2022 respecto a 2021, aunque pide cautela y esperar a los resultados del cómputo anual para ver si existen diferencias significativas.

Catalunya es una de las Comunidades Autónomas que cuenta con datos públicos. No corresponden a todos los ictus, solo a aquellos en los que se activa el llamado “código ictus”, un mecanismo de emergencia que acelera los procesos y que se activa en hasta un 70 % de los casos. Aun así, no existen diferencias significativas desde 2016 y, de hecho, se observan menos casos en 2022 que en 2021, aunque esto puede deberse a retrasos en las notificaciones.

El médico adjunto de la Unidad de Ictus del Hospital Vall d’Hebron Jorge Pagola recuerda que los datos del portal “no son un estudio de incidencia”, ya que muestran el número de ictus tratados. “Se detectan más porque la gente reconoce más los síntomas. Lo que antes era un ‘colapso’ ahora se cataloga como ictus y se alerta al 112”, aclara.

“Tenemos la sensación de que afecta más a los famosos porque su incidencia es de una de cada cuatro personas, pero el 75% se da en mayores de 65 años”, dice Pagola. “Estamos viendo un aumento de la población de esa edad y, por ende, un mayor número de ictus en España y Europa, pero no hay en el último año ninguna causa concreta que haga aumentar el ictus en jóvenes”.

Un aumento en la visibilidad de la segunda causa de muerte

Según el Atlas del Ictus de España publicado en 2019, el ictus es la segunda causa de muerte en España: la primera en mujeres y la tercera en hombres. Además, es la primera causa de discapacidad adquirida en adultos y la segunda de demencia (tras el alzhéimer). Una de cada cuatro personas sufrirá esta enfermedad en algún momento de su vida y, aunque la mortalidad y discapacidad han disminuido, su incidencia se incrementará en los próximos años, también en personas entre 20 y 64 años.

En España se producen unos 120.00 casos de ictus anuales, de los cuales la mitad fallece o queda con limitaciones. Uno de los ejemplos más visibles en los últimos años fue el de Alfredo Landa, que en 2008 sufría uno en directo durante la gala de los Goya.

Varios de los neurólogos consultados alaban que los medios traten este tema más y mejor desde hace unos años, cuando los ictus recibían en prensa el genérico nombre de derrame. “Las campañas mediáticas y casos en personas con gran visibilidad hacen que se hable del ictus, y eso es importante porque el objetivo es que la población general sepa reconocer los signos neurológicos y cómo proceder”, defiende Ribó.

“Mi percepción es que puede haber un leve incremento de casos que se corresponde con la difusión de noticias en las que afecta a famosos, a las campañas de concienciación y a que el tratamiento ha mejorado mucho en los últimos años, por lo que se habla más de este tema”, afirma la neuróloga de la Unidad de Ictus del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau Anna Ramos. “Ya no es una enfermedad que ‘dé igual’ porque no se puede hacer nada, sino que los pacientes sobreviven e incluso recuperan su vida”.

¿Más casos o mejor detección?

Aunque no se haya detectado una explosión en los casos de ictus durante la pandemia, lo cierto es que esta enfermedad está en aumento desde antes de que llegara la COVID-19. Sin embargo, los neurólogos consultados no coinciden en qué parte del incremento es real y qué parte es debida a una mejor gestión de la enfermedad.

“Desde hace 30 años la tasa de incidencia ajustada a la edad va bajando entre un 2 y un 3 % anual en toda España”, asegura Marta. Sin embargo, puesto que estos se correlacionan con la edad, señala la paradoja de que “el envejecimiento de la población hace que haya más ictus”.

“Existe un incremento del 30% en los últimos cuatro o cinco años, pero para los médicos que los recibimos en el hospital es difícil discernir si existen más casos o se activa más y mejor el código ictus”, explica Pagola.

“Los ingresos por ictus en mi hospital se han ido incrementando lentamente en los últimos años [desde antes de la pandemia]. En mi opinión esto no es debido a que realmente se haya incrementado la incidencia, sino a que cada vez ingresan más porque se diagnostican mejor”, comenta Fernández.

“La población general está más atenta a los síntomas y no se quedan en casa esperando a que se les pase como pasaba hacía años. Además, la resonancia craneal permite diagnósticos más fiables incluso cuando hay síntomas que inviten a la confusión”, añade Fernández.

Pagola es menos optimista: “El ictus se está convirtiendo en una pandemia, ya que está ligado a la edad y a los factores de riesgo”, advierte. “Si no se conciencia a la población para el control de estos últimos tendremos problemas para tratar y seguir a la ingente cantidad de personas que lo sufrirán”.

“Lo más probable es que este incremento [observado en los últimos años] se quede o siga avanzando, por lo que es necesario que nos preparemos para no acabar desbordados”, avisa Pérez. “No solo hay que fortalecer Neurología, sino también la Atención Primaria y los servicios sociosanitarios”.

En ese sentido, varios organismos y estudios llevan años alertando del aumento de ictus entre los más jóvenes. Un metaanálisis publicado en la revista JAMA Neurology hace unos meses apuntó a un incremento en la incidencia de ictus en pacientes menores de 55 en países de altos ingresos hasta 2018. Sin embargo, no encontraron un aumento en la incidencia en mayores de edad. “En menores de 55 años el sedentarismo, el consumo de tóxicos y la dieta hipercalórica pueden estar jugando un papel en los últimos años”, aventura Pagola.

A finales de octubre Kiko Rivera sufría un infarto cerebral. Un ictus. Días después le sucedía lo mismo a la diputada del PP Paloma Adrados. Un mes antes lo padeció el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol. Más recientemente la periodista Mónica Carrillo comentaba que una amiga había fallecido por un derrame cerebral, y la semana pasada moría el periodista deportivo Chema Abad por la misma causa. Tras la crisis de mortalidad vivida en España este verano, en parte achacada a la ola de calor, algunos se preguntan si se están produciendo más ictus de lo normal y si la pandemia de COVID tiene algo que ver. “Si ha tenido COVID-19, vigile los síntomas del ictus”, llegó a alertar este mes un titular del Washington Post.

La pregunta no resulta sencilla de responder porque todavía no existen datos a nivel estatal. El Instituto Nacional de Estadística no publicará las cifras de defunciones según la causa de muerte de 2021 hasta diciembre. Para las definitivas de 2022 habrá que esperar hasta el año que viene. Las de 2020 no muestran nada fuera de lo común —tampoco para las cardiopatías relacionadas con el término de “muerte súbita”, para las que también existe una percepción de aumento en parte de la población—, pero fue un año excepcional que dificulta las comparaciones.