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La gran maestra de la pintura a la que se relegó al olvido: una de las principales figuras y fundadoras del impresionismo

Berthe Morisot pintada por Edouard Manet en 1872.

Andrea Blez

14 de enero de 2026 19:30 h

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“No creo que exista un hombre que trate a una mujer como su igual, y es lo único que pido, porque sé de sobras mi valor”. Esto fue lo que escribió en su cuaderno la pintora Berthe Morisot, una figura que era consciente de la calidad de lo que pintaba, pero que la historia del arte se ha encargado de relegar, a diferencia de lo sucedido con sus homólogos masculinos como Manet, Renoir, Monet o Degas.

Actualmente Morisot forma parte del grupo de esas mujeres impresionistas olvidadas, pero que sí que recibió en vida el reconocimiento de sus compañeros, así como de la sociedad, teniendo éxito tanto en su Francia natal como a nivel internacional, con exhibiciones en el Louvre y en ciudades como Londres o Nueva York.

Los prometedores inicios de Berthe Morisot

Berthe Morisot nació el 14 de enero de 1841 en Bourges, una ciudad en el centro de Francia, en el seno de una familia de la alta burguesía, con lo que creció con todo tipo de comodidades a pesar de ser varios hijos. Debido al trabajo de su padre, se mudaron en varias ocasiones y no sería hasta 1852 cuando se asentaron en París, en concreto en el barrio de Passy.

Sería en ese momento cuando, animada por sus padres, Berthe comenzó clases de dibujo junto a su hermana Edma, y así acabaría a los 16 años siendo copista en Louvre y alumna de uno de los maestros más reputados, Joseph-Benoit Guichard, que visto el talento de sus alumnas comentó a la madre de estas: “Dado el talento natural de sus hijas, mi instrucción no las convertirá en simples pintoras de salón, sino en auténticas artistas. ¿Se da usted cuenta de lo que esto puede significar? Sería revolucionario, e incluso diría que catastrófico en un entorno burgués y elitista como el suyo”. Unas palabras que animaron a que las hermanas Morisot siguieran en su educación artística.

La primera exposición y su amistad leal con Édouard Manet

Con apenas 23 años, Berthe expuso por primera vez su arte junto a su hermana Edma en el reputado Salón de París, formando una pareja de talento que, sin embargo, se rompería cinco años después, en 1869, cuando su hermana se retiró al contraer matrimonio. Ella continuaría su trabajo en solitario, con el que seguía dando importantes pasos, y un momento de especial relevancia fue cuando en una sesión de pintura en el Louvre conoció a Édouard Manet, que se convertiría en uno de sus mejores amigos, además de que ella se convirtió en una de las protagonistas de sus obras, entre ellos algunos retratos.

Jour d'été, 1879, de Berthe Morisot.

Su amistad con Manet fue lo que permitió que la pintora entrara en las tertulias parisinas, en lugares como el Café Guerbois, que entonces era lugar prohibido para las mujeres, así como en casa de los Morisot o los Manet, donde también tenían lugar debates sobre el arte moderno a los que se sumaron también intelectuales de la época como Charles Baudelaire, Edgar Degas o los hermanos de Manet, Gustave y Èugene, con el que se acabaría casando en 1874. A diferencia de lo que había pasado con su hermana, Berthe continuó su carrera, apoyada por su marido, que se involucró en la preparación de sus exposiciones.

El momento del estrellato de Berthe Morisot

El estallido de la guerra franco-prusiana en 1870 tuvo un papel relevante en el desarrollo de la carrera de Berthe Morisot, pues si bien se quedó en París en un primer momento, problemas de salud hicieron que se retirara al campo, y sería allí donde se consolidaría su estilo personal, caracterizado por el uso de colores claros, con dominio del blanco, pincelada suelta y la representación de escenas de la vida cotidiana. Dos años después vendería 22 de sus cuadros y realizaría una de sus obras más representativas, La cuna, donde muestra a su hermana Edma con su hija Blanche, donde destaca la mirada maternal lejos del cariño o la ternura y con un tono de colores rompedor para la época.

La Cuna, de Berthe Morisot.

En 1874 fue la única mujer en formar parte de la primera muestra de arte impresionista de la historia, lo que también daba confirmación de ser una de las fundadoras de este movimiento, al que luego se le unirían Mary Cassatt y Marie Bracquemond. El nombre y las obras de Morisot participarían en todas las exposiciones hasta 1886, excepto en 1879 cuando dio a luz a su hija Julie, siendo la que más veces ha formado parte de ellas, solo por detrás de Camille Pissarro en números.

Los últimos años de “la gran dama de la pintura” impresionista

Con el fallecimiento de su amigo Édouard Manet en 1883, Morisot se acercó más a Pierre-Auguste Renoir y sería cuando abrazaría nuevos métodos como las pinceladas rápidas y cortas, así como realizaría estudios de desnudos, siendo entonces una de las más experimentales del movimiento impresionista, con el que seguiría viajando a Londres, Nueva York o Bélgica, con una carrera y reconocimiento nada habituales para una mujer en la época, lo que desembocaría en su primera exposición individual en 1892 en la galería Boussod y Valadon.

El 2 de marzo de 1895, a los 54 años, debido a una congestión pulmonar. Tan solo dos años antes, el Estado francés había comprado uno de sus cuadros, La jovencita vestida de gala, y tras su muerte, Renoir, Monet, Degas y Mallarme organizaron, al año siguiente, la primera exposición retrospectiva de su obra, compuesta por más de 380 pinturas, haciendo honor a la que apodaban como “gran dama de la pintura” por su talento y el no estar ligada a la tradición.

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