¿Por qué los romanos elaboraban medicamentos con excrementos humanos? La respuesta estaba enterrada en Turquía

Héctor Farrés

12 de febrero de 2026 19:00 h

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Los hábitos de limpieza en la antigua Roma no coincidían con lo que hoy se consideraría saludable. El agua, los aceites y los perfumes se usaban para mantener una apariencia cuidada, pero no existía la noción de higiene como prevención de enfermedades. Los baños públicos eran espacios de encuentro y descanso, más ligados al placer y al prestigio que a la desinfección.

En ese entorno, la línea entre cuidado corporal y medicina era difusa, y muchos ungüentos se aplicaban tanto por su aroma como por su supuesto efecto curativo. Esa manera de entender el cuerpo hizo que remedios que hoy se considerarían insalubres fueran, entonces, prácticas comunes. El descubrimiento de un pequeño frasco hallado en Turquía permite ahora entender mejor ese equilibrio extraño entre limpieza y tratamiento.

Un pequeño recipiente hallado en Pérgamo destapó un remedio que hoy causa rechazo

El hallazgo de un ungüentario romano en Pérgamo demostró, según Muy Interesante, que los romanos usaban heces humanas mezcladas con tomillo como remedio médico, confirmando que prácticas descritas por autores clásicos se aplicaban realmente.

El frasco, guardado en el Museo Arqueológico de Bergama, conservaba una capa de residuos que permitió identificar los compuestos originales. El análisis molecular reveló coprostanol y 24-etilcoprostanol, sustancias que solo se forman a partir de materia fecal humana. También aparecieron restos de carvacrol, componente aromático del tomillo, lo que indicaba una preparación deliberada y no un simple residuo.

El equipo aplicó técnicas de cromatografía de gases y espectrometría de masas para descomponer la muestra y determinar su origen. Los resultados mostraron que el contenido no podía proceder de animales ni de contaminación ambiental. Era humano, y el frasco había contenido un preparado destinado a fines médicos. Esta prueba material desmonta la idea de que los textos antiguos exageraban al hablar de tratamientos con excrementos. Por primera vez, se documenta un ejemplo físico que respalda lo que antes se creía una anécdota literaria.

Autores como Galeno, Plinio el Viejo o Dioscórides mencionaron el uso de heces humanas y animales para tratar heridas, inflamaciones o infecciones. Estas referencias, tomadas durante siglos como exageraciones o símbolos, se confirman ahora como prácticas reales.

El hallazgo de Pérgamo encaja además con el papel de la ciudad como centro médico del Imperio, vinculado a la figura de Galeno, que tiene una estatua allí en la actualidad. El contexto arqueológico y químico, por lo tanto, confirman la idea de que las recetas médicas se llevaban a cabo con materiales que hoy resultarían impensables.

El aroma formaba parte del tratamiento y ayudaba a soportar la aplicación

El olor tenía un papel importante en la medicina romana. No solo servía para disimular sustancias desagradables, también se consideraba parte del tratamiento. Los médicos sabían que ciertos aromas ayudaban al paciente a tolerar mejor un ungüento, y recomendaban añadir plantas como el tomillo.

Esa práctica demuestra una comprensión empírica del cuidado que combinaba observación, experiencia y sentido práctico. En la frontera entre medicina y cosmética, un mismo frasco podía contener un perfume o un remedio, y la diferencia dependía más del uso que del contenido.

La razón por la que no se habían encontrado pruebas de este tipo es doble. Por un lado, la materia orgánica se degrada con rapidez, y pocos restos sobreviven durante siglos. Por otro, los investigadores solían limpiar los frascos antes de analizarlos, convencidos de que contenían perfumes. Solo en este caso coincidieron tres circunstancias favorables: el recipiente no se había limpiado, las condiciones ambientales conservaron el residuo y el equipo decidió analizarlo.

Aunque el estudio no afirma que el preparado fuera eficaz, los especialistas señalan un paralelismo con tratamientos actuales. Hoy existen terapias basadas en trasplantes de microbiota fecal que se emplean frente a infecciones graves por Clostridioides difficile, donde se utilizan bacterias procedentes de heces para restaurar el equilibrio intestinal.

El principio de recurrir a componentes biológicos del propio cuerpo para tratar una enfermedad no resulta tan ajeno si se observa con perspectiva histórica. Ese contraste obliga a revisar la imagen simplificada de la medicina romana y a aceptar que algunas prácticas descritas en los textos no eran invenciones literarias, sino intervenciones reales que formaban parte del cuidado del cuerpo en su tiempo.