La España nacional, la que ganó
Sorprende que a estas alturas se diga que la del 36 fue “La guerra que todos perdimos”, como se afirma en el cartel de la XI Edición de Letras en Sevilla, dedicada en esta ocasión a debatir sobre nuestra contienda civil. Si lo asegura Pérez-Reverte, con lo que sabe, igual tiene razón. El problema, sin embargo, está en que quienes ganaron la guerra y disfrutaron de su triunfo durante cuarenta años no se enteraron de que, en realidad, la habían perdido. Dejémosles hablar para comprobarlo:
“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. Era el parte emitido, con una claridad espectacular, desde el Cuartel del Generalísimo el 1 de abril de 1939. Se evidenciaba en él, sin lugar a dudas, quiénes se habían alzado con la victoria: “las tropas nacionales”; y quién había perdido: el “Ejército Rojo”, que había quedado “cautivo y desarmado”. ¿Empezaba la paz? No, empezaba la Victoria sobre los vencidos.
Y a los vencedores les quedaba mucho trabajo por delante. Había mucho que matar, mucho que prohibir, mucho que eliminar, mucho que marginar para que la “España sana” acabara imponiéndose a la “desviada”. Era un tiempo de regeneración nacional: el tiempo de acabar con el movimiento obrero, los partidos políticos, los sindicatos, las elecciones libres, las leyes y las instituciones democráticas, los avances igualitarios… todo aquello que formaba parte de la “España caduca”. Se iniciaba una larga dictadura, represiva y criminal, como resultado de una sublevación militar, largo tiempo preparada y alentada por tramas civiles y poderes oligárquicos, para acabar por el terror con las libertades públicas más elementales.
Con el paso del tiempo, y tras una accidentada recuperación de la democracia, las cosas se fueron suavizando. Se imponía la reconciliación; y lo que en principio fue una victoria de la verdadera España contra los rojos, se transformó en un trágico enfrentamiento entre españoles, cuando las “dos Españas” entraron en conflicto. Con lo cual las culpas por la tragedia colectiva se repartieron por igual entre los combatientes de ambos bandos: entre quienes se defendieron de un de un golpe de Estado que salió a medias y acabó en guerra civil (los que perdieron); y los que impusieron a sangre y fuego la España fascista que perseguían los sublevados contra la República. Y, como todos tuvieron responsabilidades en lo que pasó, lo mejor que se podía hacer era olvidarlo, para no reabrir viejas heridas.
Para eso precisamente estaban las cunetas de los caminos: para que esas viejas heridas pudieran custodiarse a perpetuidad. Hasta que una izquierda, supuestamente revanchista, impuso las leyes de memoria y las fosas de los vencidos empezaran a abrirse, sacando a la luz los restos de tantos asesinados que, hasta ese momento, habían carecido de historia, de nombres y de familiares que ni siquiera pudieron decir en tiempos de silencio que los echaban de menos.
Mucho me temo que hablar de “la guerra que todos perdimos” no sea otra cosa que volver a echar tierra sobre la verdad histórica de nuestra guerra civil; un intento fallido de retornar a ese marco mental equidistante que hoy ya no se sostiene y que prefigura un debate trucado del que muchos, que en principio lo aceptaron, han decidido darse de baja. Y con toda la razón del mundo, aunque esto a Pérez-Reverte le incomode.
En su opinión, la prueba de que en el 36 todos perdimos está en que, noventa años después, “todavía seguimos enredados en esta basura”. No lo tengo tan claro. Tal vez lo que está ocurriendo en gran parte de la sociedad española es una sana reacción contra la sobredosis de olvido que se ha venido sembrando para ocultar y/o justificar un golpe de Estado, una guerra civil y una dictadura feroz que nos dejó durante decenios en una permanente minoría de edad política.
Y esta desmemoria cultivada con esmero, también en la enseñanza, durante decenios para “tener la fiesta en paz” es la que ha acabado produciendo una generación de jóvenes que añoran, sin haberla conocido, la España del Caudillo. Con la complacencia de las derechas hispanas, dispuestas al parecer a dejar que los niños se acerquen a ella. El fin de campaña electoral aragonesa de Jorge Azcón, con los Meconios, deseosos de volver al 36, y un agitador de la extrema derecha como Vito Quiles (ejemplo de libertad de expresión para el PP), ¿es una simple anécdota? ¿O marca el rumbo que va a seguir el partido de Feijóo, mancomunado con el de Abascal? La pregunta es puramente retórica.
Sobre este blog
Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
0