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“Pensábamos que lo perdíamos”: el uso de gases lacrimógenos en el campamento de Dheisheh

Adham con su hijo en el campamento de refugiados de Palestina de Deisheh

Eran las 3 de la madrugada del 7 de marzo de 2019 cuando Adham olió los gases lacrimógenos que llegaban del estrecho callejón que conducía a su casa en el campamento de Dheisheh, en la ocupada Cisjordania. Como padre de tres hijos pequeños, Adham corrió a su habitación para despertar a su esposa que dormía junto al recién nacido Ahmad.

Los dos entraron en pánico cuando se dieron cuenta de la situación en la que se encontraba el bebé: "Parecía que Ahmad estaba en coma. Su cara era azul y no se movía. ¡No podía abrir los ojos!”, recuerda Adham.

De inmediato, Adham llamó a los paramédicos locales. Cuando el equipo llegó a casa, trataron de reanimar al bebé de un mes: "Los médicos le pusieron oxígeno y presionaron su pequeño pecho para extraer el gas lacrimógeno". Ahmad estaba en una condición tan crítica que tuvieron que llevarlo al hospital para reanimarlo. El bebé se ha recuperado desde el incidente, pero todavía muestra dificultades para respirar y requiere el uso diario de una máquina de oxígeno. "No podía sentir mi cuerpo cuando sucedió ¡Era mi hijo!", recuerda Adham con dolor.

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Vidas rotas en la valla de separación con Israel

Adham Taharawi recibió un disparo en la pierna en la 'Gran Marcha del Retorno'

Su tiempo se detuvo el 1 de octubre de 2018 a primera hora de la tarde. Era un lunes. Adham Taharawi tenía el día libre en el restaurante de comida rápida en el que trabajaba y decidió acercarse junto con amigos y familiares a las manifestaciones en la valla de separación con Israel. Adham no había participado jamás en estas protestas y se había mantenido, desde que comenzaron a finales de marzo, escéptico y distante. La política le genera rechazo, no milita en ningún movimiento palestino y no se considera un hombre desesperado, como dicen muchos manifestantes, que aseguran no tener nada que perder. Pese a las dificultades de la vida diaria en Gaza, Adham tenía razones para alegrarse y seguir adelante. Su destino era más bien no estar allí aquel día y en aquella hora, pero fue a la valla, convencido de que ese punto concreto era un lugar tranquilo donde los manifestantes tocaban música y fumaban narguile y nunca había enfrentamientos. La ley de la probabilidad o la de la buena suerte no jugaron a favor de este joven padre de familia de 32 años aquel lunes de octubre.

“Estábamos a unos 300 metros de la valla. Nadie lanzaba piedras, no había neumáticos incendiados ni tampoco los israelíes arrojaban gases lacrimógenos. De repente, escuché varios disparos a poca distancia y me desplomé. Junto a mí cayeron otras personas. Sentí un dolor que me cegaba y vi mis dos piernas ensangrentadas. Una la conseguí mover, pero la otra se había convertido en un trozo de carne deformado”.

En pocos segundos, su pierna izquierda era un miembro deshecho, sin hueso y sin voluntad. Al lugar en que Adham fue herido no podían entrar las ambulancias y le costó recibir atención médica. Finalmente tuvo que ser transportado en camilla durante varios centenares de metros por otros manifestantes. Se perdió un tiempo precioso y la hemorragia se agravó.

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Un año de viernes negros: la Gran Marcha del Retorno continúa

Protestas en el perímetro de separación entre Gaza e Israel. Octubre, 2018.

El 30 de marzo se cumple un año desde la primera protesta de la “Gran Marcha del Retorno”. Una sucesión de protestas que, hasta el día de hoy, ha reunido a miles de personas de Palestina cada viernes en el perímetro que separa Gaza de Israel. El reclamo de los palestinos es claro: volver a sus hogares y terminar con el bloqueo israelí sobre Gaza. 

Cada viernes, la protesta en Gaza ha sido escenario de conflicto y ha tenido consecuencias trágicas para la sociedad palestina. Según datos de OCHA, hasta el 22 de marzo de 2019, 195 personas de Palestina, incluidos 41 niños y niñas, han sido asesinados por las fuerzas israelíes en este contexto, incluyendo los asesinados en las protestas en la playa contra el bloqueo marítimo. Además, 28.939 personas de Palestina han resultado heridas –un 25% por munición real–.

Las vidas truncadas a lo largo de este tiempo han dejado historias que permanecen en la memoria colectiva y reflejan la injusticia que marca el día a día de la población refugiada de Palestina. Un ejemplo es la historia de Razan al Najjar, voluntaria médica de 21 años y refugiada de Palestina que recibió un disparo israelí mientras atendía a un herido. "Al inicio de las protestas, Razan me pidió permiso para ir como voluntaria en lo que, ella creía, era su deber y su responsabilidad: ayudar a los heridos. Y yo lo acepté. Se pasaba allí turnos de 13 horas seguidas, sin importarle que hubiese quien criticase a las mujeres trabajando en terreno. Ella mostraba a todo el mundo su fortaleza y su determinación”, explica su madre. “Han matado a mi hija dos veces. Han matado sus sueños de ser médica y han acabado con su vida”.

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Buscando agua limpia en Gaza

Maryam Galiah vive junto a su familia en Beit Lahia, al norte de la franja de Gaza.

Cuando piensa en el mar, Maryam Galiah cita unos versos de una oración. El Islam habla de un agua del mar pura y purificante. Un agua en movimiento que se renueva y que, según esta madre de familia de Gaza, “siempre está limpia”. Por eso, y al igual que muchos palestinos de la Franja, se queda tranquila cuando sus siete hijos juegan y se bañan en verano en la playa.

“Además, es su único entretenimiento. En Gaza no tenemos parques o cine”, explica tristemente, sentada en el suelo, descalza, mientras a su alrededor revolotean varios de sus hijos.  

Cada día, los gazatíes arrojan al mar más de 100.000 metros cúbicos de agua sucia y materia fecal, según cifras de ONG e ingenieros que trabajan para el sector público. El mar de la Franja está contaminado e incluso sentarse en la playa y jugar con la arena es peligroso porque está llena de parásitos.

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Las niñas que desafiaron al ISIS en plena guerra de Siria

Roula, de 16 años, ideó una técnica junto a sus compañera para continuar con sus estudios a pesar de la ocupación del ISIS.

Roula tiene 16 años y ha vivido la mitad de su vida en guerra. Es de Yarmouk, un campamento de refugiados de Palestina a las afueras de Damasco, que ahora está casi totalmente destruido. Yarmouk era el centro de la comunidad refugiada de Palestina en el país, una de las comunidades más afectadas por este conflicto devastador que hoy cumple ocho años.

Cuando Roula estudiaba para sus exámenes de noveno grado, su campamento se convirtió en el escenario de intensos combates que destruyeron su hogar. A pesar de ello, Roula siguió estudiando. Poco después, en 2014, el campamento cayó en manos del Estado Islámico (ISIS) que impuso un férreo control sobre la educación, sobre todo para las niñas, y prohibió los libros, llegando a decapitar a los profesores que se negaban a obedecer. Junto a un grupo de amigas de la escuela, Roula utilizó su teléfono móvil para desafiar al ISIS.

Cuando la escuela de UNRWA a la que asistía Roula fue destruida en 2013, y el resto de escuelas públicas cerraron tras la llegada de ISIS, la única opción para Roula y el resto de estudiantes era un peligroso trayecto de media hora caminando hasta llegar a la escuela alternativa que UNRWA abrió en Yalda. Para llegar, tenían que atravesar el llamado "checkpoint de la muerte", un peligroso puesto de control establecido por el ISIS.  "En siete u ocho ocasiones nos vimos obligados a ver decapitaciones cuando íbamos a la escuela por la mañana. Cuando regresábamos por la tarde, los cuerpos sin cabeza colgaban de las cruces en el puesto de control", dice Roula. "Todavía tengo pesadillas."

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G-Gateway, la oportunidad más allá del bloqueo en Gaza

Bassma Ali (33) y Rasha Abu-Safieh (34) son las fundadoras de G-Gateway, una plataforma para dar oportunidades a jóvenes gazatíes en busca de empleo

Bassma Ali (33) y Rasha Abu-Safieh (34) nacieron en uno de los peores sitios del mundo para crecer. En Gaza, el bloqueo por tierra, mar y aire durante más de 12 años por parte de las autoridades israelíes ha obligado a la población gazatí a sobrevivir con cortes de electricidad de más de 13 horas al día, con recursos mínimos y con una de las tasas de desempleo más altas del mundo. El 54,9% de la población de Gaza en edad de trabajar está desempleada. En este contexto, mantener la esperanza y el optimismo es casi imposible. Cada vez más personas jóvenes, las más afortunadas recién salidas de la universidad, se topan con la cruda realidad con desesperación e impotencia. 

Ante esta situación, tanto Bassma como Rasha tenían claro que su objetivo en la vida era tener un impacto social positivo en la comunidad de Gaza. Tras completar sus estudios de informática y TIC en Gaza y Estados Unidos, decidieron unir sus fuerzas para ofrecer nuevas oportunidades al resto de jóvenes de Palestina. “Teníamos que hacer algo ante la crisis crónica. El problema del desempleo se agrava si el foco se pone sobre los jóvenes gazatíes graduados en nuevas tecnologías o TIC: el 70% de ellos no pueden encontrar trabajo”, dice Bassma. Así es como surge la idea de crear G-Gateway, una plataforma que combina misión social y empresarial. 

La parte social de la plataforma se materializa en el proceso de capacitación para todos y todas las jóvenes licenciadas en TIC que participan en el proyecto. Esta capacitación prepara a los jóvenes para trabajar en empresas internacionales clientes de G-Gateway. La parte empresarial es el resultado positivo de esta capacitación: profesionales perfectamente calificados para cubrir puestos laborales a remoto de las empresas-clientes. En definitiva, G-Gateway es tanto un centro formativo como una bolsa de trabajo dirigida a empresas-clientes de la plataforma que puedan contratar a profesionales a remoto. 

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Los hospitales sin pacientes de Gaza

La falta de electricidad y combustible debido al bloqueo israelí ha obligado a las autoridades sanitarias de Gaza a paralizar el servicio en algunos hospitales.

Una vez más, la crisis sanitaria en Gaza hace sonar las alarmas y pone la vida de cientos de pacientes en peligro. El pasado enero, el Ministerio de Salud de Gaza advertía sobre la necesidad de paralizar los servicios de salud del sector quinario ante la falta de electricidad y combustible. La situación se mantiene crítica y la desesperación de las personas enfermas es insostenible.

Beit Hanoun, una zona situada al norte de Gaza, es un barrio repleto de casas dañadas y a medio reparar, con amplias y arenosas calles extendiéndose entre ellas. El Hospital de Beit Hanoun ha quedado marcado por las trágicas situaciones que se han sucedido en los últimos meses a causa de la crisis de energía: camas vacías sin pacientes, módulos hospitalarios en la penumbra, y máquinas y equipos hospitalarios fuera de servicio. Cientos de pacientes de todas condiciones han sufrido durante este tiempo el cese total o parcial de los servicios médicos.

En este momento, el hospital depende de dos generadores: uno pequeño que necesita 14 mil litros de diésel al mes, y uno grande que dejó de funcionar hace una semana. Los pacientes que se han visto más afectados por esta situación han sido aquellos y aquellas que necesitan una máquina para sobrevivir a causa de deficiencias renales, cáncer, problemas cardíacos, bebés prematuros o pacientes en urgencias.  

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La vida pendiente de un permiso

Huda es enfermera en el Centro de Salud Al Saftawi, en el norte de Gaza

Centro de Salud Al Saftawi, norte de Gaza. Delante del consultorio de Huda Samur, hay una hilera de personas esperando su turno. Ella les dice con voz amable que lamenta la espera, debida a una gran afluencia de pacientes.

Huda, de 48 años, es enfermera en el Centro de Salud Al Saftawi, en el norte de Gaza, gestionado por la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA).

Divorciada y madre de una hija y un hijo universitarios, Huda es muy activa y vital y tiene una fuerza de voluntad que le permite completar largas jornadas de trabajo a pesar de padecer cáncer. Sonríe a menudo y desprende energía positiva.

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"Como refugiada, estoy destinada a amar lugares que no me aman"

Nesrin posa junto a varias de sus alumnas en la escuela del campamento de Ein El Hilweh, en Líbano

Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi infancia como refugiada de Palestina en Líbano es la primera vez que mi prima me acompañó a los baños públicos del campamento. Tenía 5 años y recuerdo claramente la fascinación que sentí al ver a todos los niños y niñas haciendo cola para usarlos. Llamaban a la puerta para que los que estaban dentro se apresurasen. Pensé que era un juego: llamar a la puerta y correr. Pronto fui consciente del lujo que suponía vivir en un pequeño piso de alquiler con baño privado que, gracias al esfuerzo y trabajo de mi madre y mi padre durante años, nos podíamos permitir en un edificio a las afueras del campamento. 

También recuerdo que, cuando era pequeña, quería vivir con mis abuelos en su casita con techo de hojalata. Dormir en su refugio era el premio si me portaba bien durante la semana. Me gustaba especialmente escuchar el sonido del granizo sobre el tejado. Sigue siendo uno de los recuerdos de la infancia que atesoro con mayor cariño. No podía entender por qué mi abuela corría para poner cubos vacíos debajo de las gotas que caían del tejado y para colocar sábanas de plástico debajo de los colchones por la noche. Recuerdo que mi tía sollozaba mientras vaciaba un cubo tras otro. Siempre pensé que mi tía estaba loca por ponerse triste con un juego tan divertido.

Otra cosa especial de la casa era el particular olor del pan recién horneado de mi abuela. Lo hacía en un horno de barro blanco. Una vez hecho, mi tía mayor nos lo servía a mi y a mis hermanos con tomillo y una taza de té. A menudo, mi tía le recordaba a mi abuela que la porción de trigo que recibían de UNRWA se acabaría más rápido de lo previsto si continuaba repartiéndolo con tanta generosidad. Entonces mi abuela respondía que no debía preocuparse porque mi padre compartiría su ración con nosotros.

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Hatem y Hanan: cientos de recuerdos indisolubles

Hanan y Hatem, estudiantes refugiados de Palestina, pudieron ir y ver el mar en su visita a España

Hatem y Hanan tienen 14 años pero, para cualquiera que no los conozca, sería imposible adivinarlo. La madurez y el coraje que transmiten sus rostros son más propios de una persona adulta. No de un adulto cualquiera, sino de alguien que ha vivido y ha visto más de lo que le corresponde.

Hanan es presidenta del Parlamento Estudiantil de UNRWA en Cisjordania. Ella vive en Hebrón, bajo ocupación israelí. Por su parte, Hatem, de Gaza, es el vice-presidente del Parlamento Estudiantil de esta zona. Los dos son miembros electos del Parlamento Estudiantil global de UNRWA que representa a los 526.000 estudiantes refugiados de Palestina de la Agencia. “Organizamos campañas e iniciativas para hacer pequeños cambios locales en la escuela o en la comunidad”, cuenta Hanan. “Por ejemplo, visitas para personas con discapacidad o mayores, trabajamos también con el Ayuntamiento para mejorar el jardín de la escuela o recaudamos fondos para pintar o reparar el edificio de la escuela”.

La responsabilidad que asumen les ha curtido como buenos oradores, pero también como perfectos analistas y representantes de una población que necesita el apoyocontinuo de los suyos y de la comunidad internacional para solucionar un problema que enfrentan desde hace más de siete décadas. 

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