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Las múltiples caras de la pobreza en Gaza

Un niño gazatí, refugiado de Palestina, sentado en la calle delante de su casa.

Tic tac, tic tac. El reloj no para, y tampoco el avance de los días. Estamos a menos de 3 meses de la hora cero: el año 2020. Ese año en el que Naciones Unidas vaticinó que la franja de Gaza sería inhabitable. Claro que ese cálculo se hizo antes de la ofensiva Margen Protector de 2014, de la Gran Marcha del Retorno, de las últimas escaladas de violencia en 2018 y de tantas otras cosas.

Hace tiempo que la franja de Gaza dejó de ser habitable, pero la población refugiada de Palestina resiste, sobrevive, hace lo que puede para ver un día más la luz del sol. Pero esto es difícil cuando no tienes qué llevarte a la boca. El bloqueo al que se ha visto sometida la Franja durante los últimos 12 años ha dinamitado las opciones laborales y aumentado el precio de productos básicos como son los alimentos.

Las posibilidades de comerciar e intercambiar productos con los países limítrofes se vieron truncadas al cerrarse las puertas de esa cárcel a cielo abierto. Aquellas familias que se dedicaban a la pesca han visto cómo la contaminación de las aguas y la sobreexplotación de las pocas millas náuticas a las que tienen acceso han acabado con su medio de vida. Las que vivían del cultivo a penas sobreviven debido a la poca producción de estas tierras que bien contienen metales pesados o aguas residuales o han sido confiscadas al hallarse en la zona de exclusión controlada por el ejército israelí en el límite periférico entre ambos territorios.

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La crisis de salud mental en Gaza, una herida invisible

Abraham juega en su casa en el campamento de refugiados Nuseirat

“Dejó de hablar. Si le preguntaba por qué no hablaba se ponía a llorar". Era el drama de Ghaliah, la madre de Nour, una niña de once años que dejó de pronunciar palabras tras la muerte de su hermano en las manifestaciones de la Gran Marcha del Retorno en Gaza. Nour forma parte de los dos tercios de los niños y niñas refugiados de Palestina que sufren problemas psicosociales en la Franja. 

Nour nació pocos meses antes del conflicto del 2008, la denominada operación 'Plomo Fundido’. Desde entonces, vivió tres conflictos, el bombardeo de su casa y la muerte de su hermano Mohamed de quince años. 

El bloqueo, el conflicto y la violencia exponen a la población refugiada a estrés tóxico y depresión. Es casi imposible salir indemne de Gaza o sin pensar en el miedo, en la incertidumbre o en el suicidio.  

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Cuando el mundo cabe en un aula

Abeer, profesora de inglés en Gaza

Enseñar inglés a chicos que tendrán muy difícil viajar si las cosas no cambian, educar en la paz y la alegría pese a vivir siempre en conflicto y bajo la amenaza de una nueva guerra, estimular a los alumnos a terminar sus estudios pese a que difícilmente encontrarán un trabajo estable, atraer la atención de niños que no han podido desayunar y sienten hambre y cansancio, provocar carcajadas en pequeños traumatizados por la violencia y la falta de esperanza que respiran en sus casas. Solo la gran vocación por la enseñanza de Abeer El Madhoum hace que no pierda el entusiasmo en una labor diaria marcada por las limitaciones omnipresentes en la Franja de Gaza. 

Educar en Gaza es mucho más que enseñar a sumar y restar o explicar las reglas gramaticales. Es una forma de romper las barreras, de abrir una ventana”.

Abeer tiene 35 años y es profesora en las escuelas de UNRWA en la ciudad de Gaza desde 2005. Cuando habla de su trabajo, la sonrisa se le desborda y contagia al interlocutor. “Quiero inculcar a mis alumnos la pasión por aprender, por saber. Es indispensable para construirse como persona y formar parte activa del mundo”, explica.

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Sin dejar a nadie atrás: la Agenda 2030 con la población refugiada de Palestina

Miles de niñas y niños en todo el mundo acaban de regresar a las aulas, con la emoción de reencontrarse con sus amigas y amigos, descubrir y aprender diferentes materias, y retomar sus actividades extra-escolares. Pero a los niños y niñas refugiados de Palestina, el contexto de ocupación, bloqueo y violencia que les rodea afecta a sus oportunidades educativas y a la garantía de su derecho a la educación.

El inicio del curso escolar prácticamente coincide con la reunión anual de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que se está celebrando esta semana en Nueva York. Las autoridades que representan al más alto nivel a los estados miembros debaten sobre el desarrollo a nivel global y local, tomando como referencia la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030. La sociedad civil y la ciudadanía están presentes como observadoras y con grandes expectativas respecto a lo que se debata estos días, máxime después de lo acaecido en la Cumbre del Clima unos días antes. No podemos obviar que el contexto global y lo que sucede en cada rincón del planeta nos afecta a todas y todos.

Hace cuatro años, en 2015, más de 150 jefes de estado y de gobierno acordaron la Agenda 2030, una agenda que pone la desigualdad en el centro y el análisis de sus causas como base para definir 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas, y que establece el desarrollo humano sostenible, equitativo e inclusivo como fin último y objetivo global para el año 2030. Una agenda universal, que incumbe a todos los países y todas las personas, con independencia de su nivel de ingresos, desde la corresponsabilidad, y que les insta a promover el desarrollo desde las dimensiones social, económica y ambiental sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras y sin dejar a nadie atrás.

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Ola y Eyad, un amor condicionado por la ocupación

Ola Abu Taleb

Cuando Ola Abu Taleb se puso de parto, su marido no pudo acompañarla. Dio a luz por primera vez en Jerusalén, lejos de su esposo, Eyad, que es de Cisjordania y no disponía del permiso israelí necesario para entrar en la Ciudad Santa.

"Tuve que llamar a dos de mis hermanos para que me llevaran al hospital cuando iba a nacer mi hija, Mila, el 28 de noviembre", relata Ola, a quien la ley israelí obliga a vivir separada de Eyad.

Profesora de inglés, nació en Jerusalén hace 32 años y tiene documento de identidad de residente permanente en esta ciudad. Pero Eyad no lo posee porque es de Cisjordania.

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La vuelta al cole no es igual para todos

Niñas en su camino al colegio en Gaza - UNRWA Fotografía por Ahmad Awad

Millones de niños y niñas en España ya han comenzado un nuevo curso escolar. Lejos quedaron las rutinas relajadas y las comidas a deshora. Pronto se han adaptado al ritmo de las aulas para asumir las tareas de un curso superior, aunque muchos todavía estén recordando los últimos chapuzones en el mar. 

La vuelta al cole nunca es tan amarga como creemos. Nos encanta el olor a libro nuevo, estrenamos ropa y nos reencontramos con los compañeros y compañeras que llevamos meses sin ver. El nuevo curso se convierte en una mezcla entre nervios, expectativas y alegría. 

Sin embargo, comenzar de nuevo la escuela no significa lo mismo en todos los puntos del planeta. La franja de Gaza, bloqueada por Israel desde hace doce años, vive la vuelta al cole como una gran celebración, ante todo porque pueden hacerlo gracias a que UNRWA ha conseguido mantener más de 700 escuelas abiertas a pesar de su complicada situación económica y porque la educación de los niños y niñas refugiados de Palestina es el sinónimo más parecido que hay a la palabra “futuro”.   

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El difícil camino de un refugiado de Palestina para llegar a Harvard

Ismail Ajjawi, estudiante refugiado de Palestina en Líbano

Los estudiantes de primer año de Harvard comenzaron ayer el curso. Sin embargo, a Ismail Ajjawi, refugiado de Palestina en Líbano, le ha costado un poco más que al resto llegar al pupitre. 

Ismail tiene 17 años. Esta primavera se graduó en una de las escuelas de UNRWA en el campamento de refugiados de El Buss, al sur de Tiro, y obtuvo una de las mejores notas del país en los exámenes nacionales. 

Gracias a su esfuerzo y determinación, Ismail estaba muy cerca de cumplir su sueño. Había sido aceptado en una de las universidades más prestigiosas del mundo: Harvard. Como el resto de los estudiantes extranjeros, obtuvo el visado para estudiar en Estados Unidos y viajó al país para comenzar sus estudios. 

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Vivir con menos de 1,6 dólares al día

Omar

Omar nació hace 14 años en un hospital de Gaza. Tiene las orejas pequeñas y los ojos rasgados, pero desde el día que nació, tiene problemas de salud. Omar tiene Síndrome de Down en una de las zonas más difíciles para vivir del mundo.

La madre de Omar, Amaal, no reconoció la enfermedad de su hijo hasta un mes después de dar a luz, cuando acudió a la clínica de UNRWA en Gaza. El Doctor Siham ayudó a Omar todos los días a superarse y a desarrollarse para poder vivir con los mismos derechos que todas y todos los refugiados de Palestina en Gaza.  

“No podía sentir mi cuerpo cuando el doctor me dijo que mi hijo tenía Síndrome de Down. Realmente me impactó, porque no podéis imaginar lo difícil que son nuestras vidas en Gaza como refugiados” señaló Amaal en una conversación en su casa.  

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Padres rotos e hijos solos: el drama de los niños enfermos de Gaza

Hiba, de 24 años, junto a su marido, su hija y su suegra.

Campo de refugiados de Yabalia, Gaza. En cualquier otro lugar del mundo, Hiba Swailam no habría tenido que separarse nunca de sus bebés recién nacidos. En cualquier otro lugar del mundo, Shahad tampoco habría pasado los primeros cuatro meses de su vida en la incubadora sola, sin escuchar jamás la voz de su madre o tocar las manos de su padre. Pero sus vidas transcurren en Gaza, donde los derechos de sus dos millones de habitantes y los deberes humanitarios de Israel se desdibujan cruelmente tras 12 años de bloqueo israelí sobre la franja, cada día más pobre y aislada.

Las profundas ojeras y la mirada perdida de Hiba mientras acuna mecánicamente a su hija de cinco meses inundan de tristeza una habitación modesta y oscura. Entre esas cuatro paredes se suceden los días de Mohammad, Hiba y Shahad, instalados en casa de la familia de Mohammad, en el campo de refugiados de Yabalia, al norte de la franja.

“Vivimos seis adultos en esta casa y ninguno tiene un salario fijo, hay semanas en las que no entra dinero y la leche de la niña es demasiado cara. Pero su madre no tiene leche porque pasó mucho tiempo alejada del bebé”, anuncia, de entrada y con gesto de fastidio, la abuela paterna de Shahad, sin provocar ninguna reacción en su nuera.

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El mar con rejas de Gaza

Pescador Gazatí.

Hace años que esa relación idílica de los gazatíes con el mar se esfumó. Hace años también que el mar dejó de ser para centenares de pescadores una buena forma de ganarse la vida y traer además comida a casa. Ese Mediterráneo esplendoroso y centelleante es hoy en día en Gaza el único horizonte al que mirar y frente al que llenarse los pulmones de aire, pero también ofrece una ficticia sensación de libertad y es para los pescadores de la Franja escenario de miedo y muerte.

Ese mar ha marcado la vida de Mohammed Abu Riala desde que llegó a Gaza, en el año 1949, procedente de Hamama, pueblo palestino situado a una veintena de kilómetros de la franja, cerca de la actual ciudad israelí de Ashkelon. Tenía 10 años, no iba a la escuela y empezó a ayudar a pescadores de Gaza organizando el pescado, limpiando el barco o recogiendo redes.

“A los 18 años comencé a salir a navegar con mi hermano. Íbamos los dos en un bote pequeño de remos, pero éramos independientes. Lo que pescábamos era para casa.  A los 21 años compré un barco más grande. Lo tenemos hasta hoy”.

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