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Fajir, la niña gazatí que se convirtió en maestra durante la COVID-19

Fajir dando clase a los niños y niñas de su vecindario

Con una voz fuerte y segura, comienza su clase de la tarde en su pequeña choza de madera y metal. Unas 10 chicas equipadas con sus libros, cuadernos y lápices están totalmente concentradas y esperando a que ella empiece. Fajir Hamid, de 13 años, está en séptimo grado en la Escuela Secundaria Zainab Al Rayes en Al Mugraga, en el centro de la franja de Gaza. Fajir quiere ser maestra. Lo que ya ha conseguido seguro es ser ejemplo para muchos niños y niñas en el mundo. 

A pesar de su corta edad, decidió seguir su pasión y poner en marcha sus clases para ayudar a los niños y niñas del vecindario a seguir sus lecciones durante el cierre de la escuela debido a la crisis del coronavirus. Temiendo el brote del COVID19 en la densamente poblada franja de Gaza, las autoridades locales cerraron, el pasado mes de marzo, todas las instituciones educativas, incluyendo las guarderías, escuelas y universidades. Las instituciones internacionales advierten de una catástrofe humanitaria en caso de que el virus se extienda en la franja debido a la falta de medidas médicas básicas tras 13 años de bloqueo israelí a Gaza.  

En Gaza no es fácil ser un niño o niña. Fajir en su corta vida ya ha vivido tres ofensivas militares y ahora se enfrenta al miedo y temor de una pandemia en un lugar que no está preparado para ello: infraestructuras destruidas o debilitadas, falta de material sanitario o el 97% del agua contaminada provoca que Gaza sea el peor lugar del mundo para el COVID19.  

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El COVID-19 ensombrece un Ramadán en Gaza marcado por la pobreza

Una mujer refugiada recibe una cesta de alimentos de UNRWA en casa

No hubo gente bajo los farolillos del Ramadán, ni se escuchó el ruido del alboroto en las calles, tampoco hubo fieles a las puertas de las mezquitas, ni reuniones en el Iftar comunal (la ruptura del ayuno). No hubo ninguna celebración en grupo fuera de la familia ni conmemoraciones públicas y solidarias.

La pandemia de COVID19 ha dejado una escena de Ramadán muy poco usual y que recuerda a los peores momentos vividos en la franja de Gaza. También dejó un Eid Al-Fitr atípico y complicado.

El virus avanza despacio en Gaza. Estamos consiguiendo contenerlo con medidas preventivas estrictas. A día de hoy, hay 55 casos confirmados y este fin de semana se confirmó la primera muerte, pero, con una población vulnerable, con sistemas inmunes deprimidos, escasez de medicamentos y una salud pública al borde del colapso, todos los habitantes en la Franja saben que la expansión del coronavirus puede significar una catástrofe humanitaria en los campamentos de refugiados. Otra más.

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Los pescadores en Gaza, entre los ataques de Israel y el miedo a la COVID-19

Un pescador prepara su embarcación para salir a faenar

Todo se para, menos el asalto a pesqueros en la franja de Gaza por parte de las fuerzas israelíes. Solo en el mes de abril, en mitad de la pandemia de coronavirus, se han registrado más de veinte violaciones de derechos. Esto se traduce en disparos, acecho y destrucción de embarcaciones y redes de pesca. La consecuencia: tres pescadores fueron lesionados por el único delito de pescar para poder comerciar y obtener un salario o alimentar a su familia.  

Los pescadores gazatíes llevan décadas sufriendo el bloqueo israelí que limita la zona de pesca y sus ataques a pescadores. Sin embargo, a raíz de la expansión de la pandemia de coronavirus y aprovechando la situación de confinamiento y limitación de movimiento, se ha detectado un aumento de ataques a los pescadores en la franja de Gaza. Esto afecta gravemente al acceso de medios de vida de unos 4.000 pescadores y al menos 1.500 más que participan en la industria pesquera. 

Khaled Habil es uno de esos pescadores en Gaza. Es refugiado de Palestina, tiene 54 años y es padre de nueve hijos en Joura. Entre resignación y pena lamenta: “con la propagación del virus y sus riesgos, la ocupación sigue apuntando a los barcos de pesca aún en zona permitida”.  

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La historia de la Nakba de mi familia

Palestinos desplazados inicialmente al campamento de Beach en Gaza abordan barcos hacia el Líbano o Egipto durante la primera guerra Árabe-Israelí.

Es una dulce noche de julio, con olor a cítricos en el aire. El sonido de las mujeres ululando y la risa resuena por las colinas. El centro de la aldea de Qazaza es una celebración, en la que los hombres beben jovialmente café amargo y los niños se persiguen unos a otros. Mi abuelo era uno de estos niños, gritando de alegría y tratando de no tropezar con la tierra desnuda. 

El pueblo se había reunido en una ceremonia previa a la celebración de una boda muy esperada entre el hermano mayor de mi abuelo, Abdulla, y una mujer que se decía que era de las más bellas del pueblo. El año es 1948. A pesar de todas las dificultades que la aldea había visto con la reciente agitación política en Palestina, Qazaza seguía siendo un lugar sencillo, lleno de familias cuyas obligaciones nunca iban más allá de recoger sus cosechas. 

El aire fue atravesado por un grito repentino; la voz era chillona y el idioma extranjero. Tres hombres irrumpieron en la celebración. Volvieron a hablar y la lengua extranjera se reveló como un árabe roto. Los aldeanos entendieron quiénes eran estos hombres, pero se esforzaron por entender qué palabras estaban destrozando el aire, hasta que finalmente los fragmentos formaron "etlaa o bara" - "salid". 

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El escepticismo no es una opción

Gaza

Hace 70 años. El 1 de mayo de 1950 UNRWA iniciaba su labor humanitaria de emergencia a gran escala, proporcionando alimentos, atención médica, agua y saneamiento a 750.000 personas refugiadas. Se acababa de crear el Estado de Israel y la población palestina sobrevivía al horror de la Nakba, al despojo. Daban comienzo a una vida de recuerdos. 

70 años. Algunos de nosotros todavía no habíamos nacido y los primeros refugiados y refugiadas de Palestina ya caminaban sus primeros años de vida en una escuela de UNRWA, bajo la sombra improvisada de una tienda de campaña. 

Si te dieran 30 segundos para describir los hitos de la historia de la humanidad desde 1950, ¿qué enumerarías? Tal vez la Guerra de Corea y el comienzo de la Guerra Fría, los levantamientos en Europa en la década de 1960 y en el mundo árabe en la década de 2010, el fin del colonialismo y el apartheid, el auge y la caída de las dictaduras en Europa, América Latina, Asia y África; el Muro de Berlín, construido y derribado, y la destrucción de las torres en Nueva York. Genocidios en Camboya y Ruanda. La llegada a la luna. Juegos Olímpicos en 17 ciudades y copas mundiales de fútbol en 19 países. 

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Educación online, la esperanza de los refugiados en el futuro

Una niña estudia en el salón de su casa en la franja de Gaza tras el cierre de las escuelas para evitar la propagación de coronavirus

Ritaj Matar tiene 10 años y como cualquier niña en otra parte del mundo afectada por el coronavirus, el repentino cambio de rutina que sufrió, confundió y preocupó a su familia, especialmente a su madre Khoulod. Ritaj estudia en la escuela de UNRWA en la ciudad de Beit Lahia, al norte de Gaza y ahora acumula los días de confinamiento en casa mientras las escuelas, las bibliotecas y zonas de estudio se mantienen cerradas en un intento de hacer frente al brote de coronavirus en el densamente poblado y bloqueado enclave costero.  

Ir al colegio en Gaza tiene otro significado completamente diferente al resto del mundo. Para los niños y niñas es un faro, una ventana abierta al mundo. Creen firmemente, que no fallar ni un solo día a la escuela y estudiar mucho los convertirá en grandes actores para mejorar la situación de su comunidad. Para Ritaj y para el millón de jóvenes en la franja de Gaza que viven ahora el bloqueo bajo el bloqueo, se ha implementado una nueva rutina educativa que sigue garantizando su derecho a la educación. 

En Gaza, hay que ingeniárselas para que la información y educación llegue a todos los rincones. Por un lado, los medios de comunicación generales han comenzado a emitir programas educativos y tender puentes de comunicación interactiva entre los maestros y padres de los alumnos. Por otro lado, se han creado grupos de Whatsapp para compartir contenido del canal educativo de UNRWA y gracias a esta plataforma de mensajería instantánea, los deberes vuelan de una punta a otra de la franja. Todo llega, pero de forma intermitente.  

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Miedo, esperanza, solidaridad: tres historias de superación durante la cuarentena en el campamento de Aida, en Belén

Abdulrahman con sus medicinas para la diabetes y la tensión

Campamento de refugiados de Aida, en Cisjordania. Una zona bajo ocupación y el territorio con mayor concentración de gases lacrimógenos del mundo. Allí, en cuarentena, vive la familia de Abdulrahman Abu Srour, de Mohammed y de Sajida.  

Ya hace un mes que Belén, la ciudad más cerca al campamento, fue cerrada por ser uno de los principales focos de coronavirus en Cisjordania. Los residentes, incluyendo a miles de refugiados de Palestina, fueron puestos en aislamiento. Sin embargo, el cierre no podría haber llegado en peor momento para los ciudadanos de Belén, una ciudad que depende del turismo para sobrevivir.  

En cuestión de días, miles de personas estaban desempleadas, sin saber cómo iban a obtener su próximo ingreso o cuánto tiempo pasaría antes de que todo volviera a la normalidad. Se notó inmediatamente el impacto. Las escuelas cerradas, las calles silenciadas y toda la fuerza de trabajo de repente en casa. 

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Perder un ojo por defender un sueño

Mai, hoy sentada en el sofá de su casa

 “Mi cara estaba sangrando. Grité. Había perdido un ojo". Así es como Mai describe el momento en el que perdió uno de sus ojos el 26 de diciembre de 2019. Mai Abu Ruida, tiene 20 años y continúa la historia, sentada hoy en el sofá de su casa: "He protestado pacíficamente cada semana cerca de la valla de separación entre Israel y Gaza por el derecho al retorno y para romper el asedio impuesto a la franja de Gaza. He protestado pacíficamente cada semana contra la ocupación israelí desde que comenzó la Gran Marcha del Retorno, el 30 de marzo de 2018".  

Mai describe el difícil momento antes de que un francotirador israelí le disparase al ojo con una bala de goma. Dijo: "Mientras estábamos de pie pacíficamente cerca de la valla que nos separa del resto del territorio Palestino ocupado, los soldados israelíes nos dispararon fuertemente con balas de goma y bombas de gas lacrimógeno". 

"Entonces, una relativa calma prevaleció por un periodo corto de tiempo. Un soldado israelí me miró y señaló su ojo. Con solo una mirada, apuntó su arma hacia mí y disparó. La bala me alcanzó directamente el ojo. Después, entendí que cuando él apuntó a su ojo, quiso decir que apuntó a mi ojo."   

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Ni agua, ni distanciamiento social: como se enfrenta la expansión del coronavirus en la franja de Gaza

Un trabajador sanitario en uno de los colegios de UNRWA habilitados como clínica en la franja de Gaza

Para Abu, Tawfeeq, Nema o Rafa, el distanciamiento social o lavarse las manos con agua y jabón frecuentemente es un privilegio. Viven en la franja de Gaza, asediada por más de una década de bloqueo israelí y ahora también, por la pandemia de coronavirus que hoy ha confirmado nueve afectados. Por un momento, se creyó que el bloqueo a la franja de Gaza evitaría el contagio. Sin embargo, el coronavirus no discrimina y lo único que hizo fue retrasar su entrada. La gente estaba aparentemente tranquila hasta el domingo pero ahora se respira el miedo. 

Nema tiene 30 años, es refugiada de Palestina y vive en el campamento de Deir Al-Balah. Lleva encerrada más de 5.000 días en la Franja sin libertad de movimiento, con escasez de agua potable y con la dificultad de conservar sus alimentos en la nevera por los cortes de electricidad crónicos. Es su quinto día de cuarentena en casa. Por desgracia está acostumbrada al aislamiento pero está preocupada: “la situación es realmente dura, confusa y preocupante”, confiesa.  

En un campamento de refugiados de la Franja no es tarea sencilla seguir las recomendaciones más básicas que se están llevando a cabo en todo el mundo para frenar contagios. Más del 70% de la población de Gaza es refugiada de Palestina, muchos viven sin agua corriente, mucho menos con gel desinfectante, y en los campamentos hay poco espacio para mantener el distanciamiento social. Son refugiados y refugiadas que empezaron viviendo en tiendas de campaña que después se transformaron en bloques de cemento grises en calles estrechas y muy concurridas. La mayoría sigue dependiendo de los servicios de UNRWA para sobrevivir, en un momento donde los suministros se acaban y la pandemia se extiende.  

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“Cultivamos solo trigo porque depende de la lluvia. No tenemos otra agua”, la vida sin agua de un agricultor en Gaza

Ribhi Abed, agricultor en la franja de Gaza

Rodeado por sus dos hijos, Ribhi Abed, se sienta dentro de una habitación hecha de ramas de árbol en medio de enormes y verdes campos de trigo. Su hijo Iyad, de 22 años, está prendiendo fuego para hacernos un poco de té.  Ribhi  y su familia viven del campo y la tierra en una zona al norte de la franja de Gaza.  

Con la piel morena por el sol, las manos gruesas y el cuerpo delgado por el trabajo duro, Ribhi, que ahora tiene 70 años, y sus hijos cultivan 20 dunums de tierra (2 hectáreas) desde hace 10 años. Empezó a trabajar como guarda en el campo cuando tenía 19 años con sus hermanos y su madre. Con el paso de los años se convirtió en un hábil y experimentado agricultor.  

Sin embargo, cultivar en Gaza no es fácil. El 97% del agua está contaminada. Años de bloqueo y de conflicto han dañado o destruido gran parte de las instalaciones, incluidos pozos, bombas, plantas desalinizadoras y de tratamiento de aguas residuales.  

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