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Hatem y Hanan: cientos de recuerdos indisolubles

Hanan y Hatem, estudiantes refugiados de Palestina, pudieron ir y ver el mar en su visita a España

Hatem y Hanan tienen 14 años pero, para cualquiera que no los conozca, sería imposible adivinarlo. La madurez y el coraje que transmiten sus rostros son más propios de una persona adulta. No de un adulto cualquiera, sino de alguien que ha vivido y ha visto más de lo que le corresponde.

Hanan es presidenta del Parlamento Estudiantil de UNRWA en Cisjordania. Ella vive en Hebrón, bajo ocupación israelí. Por su parte, Hatem, de Gaza, es el vice-presidente del Parlamento Estudiantil de esta zona. Los dos son miembros electos del Parlamento Estudiantil global de UNRWA que representa a los 526.000 estudiantes refugiados de Palestina de la Agencia. “Organizamos campañas e iniciativas para hacer pequeños cambios locales en la escuela o en la comunidad”, cuenta Hanan. “Por ejemplo, visitas para personas con discapacidad o mayores, trabajamos también con el Ayuntamiento para mejorar el jardín de la escuela o recaudamos fondos para pintar o reparar el edificio de la escuela”.

La responsabilidad que asumen les ha curtido como buenos oradores, pero también como perfectos analistas y representantes de una población que necesita el apoyo continuo de los suyos y de la comunidad internacional para solucionar un problema que enfrentan desde hace más de siete décadas. 

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La dignidad no tiene precio

Pierre Krähenbühl, Comisionado General de UNRWA

La semana que viene se cumple un año desde que comenzara la peor crisis financiera de UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina. En enero del año pasado, Estados Unidos, el mayor donante de la Agencia anunciaba un recorte de 300 millones de dólares, que más tarde se convertiría en una retirada permanente de fondos.

Este aniversario coincide con la visita oficial a España del Comisionado General de UNRWA para agradecer el apoyo adicional que el gobierno español ha prestado a la Agencia durante este difícil año. Gracias al apoyo extraordinario del resto de donantes, especialmente de la Unión Europea y sus estados miembros, UNRWA ha podido seguir proporcionando servicios esenciales a más de 5,4 millones de refugiados y refugiados de Palestina, muchos de ellos en situación de extrema vulnerabilidad. Sin embargo, 2019 no se presenta más fácil.

En Gaza, 2 millones de personas no viven. Sobreviven. El bloqueo tiene un efecto directo sobre la economía de este territorio. La tasa de desempleo alcanzó en Gaza un promedio de casi el 53% en los tres primeros trimestres de 2018, un récord histórico. El desempleo juvenil alcanzaba el 69%. Además, el bloqueo y las ofensivas israelíes provocan que 1,3 millones de personas en Gaza sufrieron inseguridad alimentaria en 2018. Las protestas en la Franja – Marchas del Retorno – agravaron la situación de la población refugiada, y elevaron el número de víctimas y heridos por las fuerzas israelíes.

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Shoroq Okasha: “Conocer a los heridos que atiendo es lo que más duele”

Shoroq Okasha

Shoroq Okasha no olvida el día en el que un hombre se acercó a ella y le dijo: “ me has salvado la vida”. Estas palabras se quedaron suspendidas en su memoria y se transformaron en la motivación para continuar trabajando como paramédica voluntaria cerca del perímetro este de la franja de Gaza. Allí, miles de personas de Palestina protestan cada viernes exigiendo su derecho a volver sus hogares en las “Marchas del retorno”.

A sus 27 años, Shoroq demuestra profesionalidad y carisma cuando habla. Explica que su trabajo está lleno de peligros, especialmente desde que la Media Luna Roja Palestina dejara de enviar a voluntarias mujeres al campo a modo de protección. La decisión se tomó después de que un disparo israelí matara a la voluntaria médica Razan Najjar durante una de las marchas. Ocurría el 1 de junio, solo dos días después de que se convocara la primera marcha del retorno el 30 de marzo.

Varias voluntarias como Shoroq no se quedaron conformes con la decisión de la Media Luna Roja. La pérdida de Razan había hecho que estuvieran todavía más decididas a trabajar en ese contexto. "Perder a Razan me dio fuerza y me hizo estar dispuesta a sacrificar mi vida para hacer mi trabajo", explica Shroq. Junto a algunas de sus compañeras, decidió sumarse por cuenta propia al equipo voluntario de atención médica.

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La educación, el trampolín de los sueños de Muna

Muna Hammad

Muna Hammad sabe que su vida y su futuro serían muy diferentes si no hubiera existido una escuela primaria de chicas de UNRWA a poca distancia del domicilio de su familia, en el campo de refugiados de Amari, a las afueras de Ramallah. Debido a los escasos recursos de la familia, probablemente esta adolescente de 14 años, la tercera de cuatro hermanos, no hubiera podido pagar el transporte para acudir cada día a una escuela pública palestina situada al exterior de Amari. S u enorme talento, sus ganas de aprender y sus aspiraciones se habrían quedado silenciosamente ahogadas entre las cuatro paredes de su casa.

“Desde siempre me ha gustado venir a la escuela y estudiar. Estoy convencida de que la única manera de cambiar las cosas y lograr lo que me propongo es la educación. Quiero ser una persona útil para mi comunidad y para ello necesito formación”, explica esta joven durante un descanso en sus clases.

Muna sueña con ser ingeniera eléctrica, una carrera que espera estudiar en la universidad de Birzeit, en Ramallah. Su padre es electricista y desde que era muy pequeña le ha gustado verle trabajar con la cabeza hundida entre cables o en aparatos por arreglar.

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Amenazados de desahucio por la colonización

Rifqa nació en Jerusalén en 1921, cuando Palestina estaba ya en manos británicas, tras la derrota del Imperio Otomano.

Infinidad de líneas surcan las manos de Rifqa al Kurd. Son las marcas de decenas de vicisitudes de una vida de casi cien años. Mueve sus dedos largos y finos con elegancia para empuñar su bastón y caminar unos pasos, aún con ligereza, entre el salón y el dormitorio.

Hasta hace dos años, su rostro afable sonreía a las visitas y explicaba su historia con detalle y voz firme. Ahora, su mirada es inexpresiva, apenas habla y no recuerda su pasado. 

Rifqa ha olvidado que nació en Jerusalén en 1921, cuando Palestina estaba ya en manos británicas, tras la derrota del Imperio Otomano. 

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¿Está la comunidad internacional preparada para dar una solución justa y definitiva a la población refugiada de Palestina?

Fotografía de concurso UNRWA

La noticia a principios de año de que Estados Unidos, nuestro mayor donante, nos retiraba los fondos, no dejaba lugar a dudas de que este iba a ser el peor año en la historia de la Agencia, incluso muchos creyeron ver aquí su final. 

Hoy, tras 11 meses de búsqueda desesperada de financiación, con el firme convencimiento de que los refugiados y refugiadas de Palestina no podían quedarse solos y gracias a la posición unánime y generosa de los donantes de   UNRWA, estamos en el camino de superar la peor crisis financiera de la historia de esta Agencia, al menos por este año. Aunque   todavía nos faltan 21 millones de dólares para cubrir el presupuesto en 2018,  el riesgo de desaparecer ha quedado totalmente descartado.

Sin embargo, no es ni mucho menos motivo de celebración. Para llegar hasta aquí hemos tenido que  pagar un precio muy alto.   Muchos de nuestros compañeros, personas refugiadas de Palestina -como lo son el 99% de los trabajadores de UNRWA-, han perdido sus trabajos debido a los recortes que hemos tenido que realizar para mantener a salvo los servicios esenciales y, aún mucho peor, los refugiados han visto mermar sus programas de ayuda y han vivido todos estos meses con la angustia de creer que la Agencia podría desaparecer y, con ella,   sus derechos inalienables.

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El desafío diario de ser niño en Aida

Shadi Obeidallah, padre de Abdulrahman Shadi

A la entrada del campo de refugiados palestinos de Aida hay una pared negra con decenas de nombres escritos en blanco. Son los niños muertos a manos de Israel en 2014, año de la última gran ofensiva militar en la franja de Gaza en la que fallecieron violentamente 2214 palestinos de los cuales más de 500 eran menores.

Abdulrahman Shadi murió al pie de esta triste lista, exactamente al lado de la bandera de Naciones Unidas que ondea en la oficina de la UNRWA situada a la entrada del campo. Fue alcanzado en el corazón por el disparo de un soldado israelí hace casi tres años.

“El 5 de octubre de 2015”, precisa su padre, Shadi Obeidallah, un hombretón de 42 años nacido en Aida y que trabaja actualmente como recadista para UNRWA.

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Perder los olivos, perder el pasado, perder el futuro

Muchas familias palestinas solo pueden acceder a sus olivos durante una semana del año para la recolecta.

“Esta que pisamos es mi tierra. La tierra de mi padre, de mi abuelo, de mi bisabuelo…”, Issa Al Shatleh pronuncia estas palabras como una triste letanía, mientras camina lentamente por un terreno baldío hasta que el impresionante muro de hormigón le corta el paso y le hace parecer pequeño, casi insignificante. El hombre se agacha e intenta ver algo entre las rejas de un portón de acero incrustado en la muralla que está cerrado a cal y canto. “Esa de ahí también es mi tierra”, dice, señalando al otro lado.

La familia Al Shatleh perdió el acceso a estos campos de olivos en la localidad palestina de Beit Jala, cerca de Belén, en 2015. “Exactamente el 17 agosto”, recuerda Issa.

Desde 2004, los habitantes de Beit Jala sabían que el muro de separación que Israel construía en torno a Cisjordania con el argumento de proteger a los israelíes de ataques terroristas amenazaba sus tierras. El trazado de esta barrera cruzaba en algunos casos sus propiedades, en otros las dejaba al otro lado del muro, es decir, les privaba de acceder sin permiso israelí.

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Palestina: diario de un niño de UNRWA

Ramzy Baroud en segundo grado durante una visita al Cairo en 1970

Mantener la dignidad mientras se vive en un campamento de refugiados no es labor sencilla. Mis padres lucharon duramente para evitarnos las humillaciones diarias que conlleva la vida en Nuseirat, el campamento de refugiados más grande de Gaza. Sin embargo, cuando cumplí seis años, y entré en la escuela en Nuseirat de UNRWA, no tuve escapatoria.

No solo era un refugiado en los documentos oficiales de Naciones Unidas, sino también en la práctica, como el resto de mis compañeros.

Ser refugiado de Palestina significa vivir en un limbo perpetuo, incapaz de reclamar lo que se ha perdido, la amada patria, e incapaz de forjar un futuro alternativo y una vida de libertad, justicia y dignidad.

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La vida arruinada por las bombas

Nevín Akram Shambari, de 38 años, con su familia en Gaza

La ciudad de   Beit Hanún, en el norte de Gaza, a cinco kilómetros de la frontera con Israel, quedó desfigurada en la ofensiva israelí de verano de 2014. Centenares de casas se convirtieron en   montañas de escombros, algunas se desplomaron encima de las familias que las habitaban.

Unas 2.500 viviendas quedaron totalmente destruidas o sufrieron daños graves y casi   la mitad de los 50.000 residentes  de la localidad perdió su hogar. La familia de Nevín Akram Shambari, de 38 años, tuvo suerte porque no estaba en casa cuando unos cazas israelíes   la bombardearon  y redujeron su barrio a cenizas.

Los Shambari habían   huido con lo puesto  unos días antes para cobijarse en una escuela de la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA).

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