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El mar con rejas de Gaza

Pescador Gazatí.

Hace años que esa relación idílica de los gazatíes con el mar se esfumó. Hace años también que el mar dejó de ser para centenares de pescadores una buena forma de ganarse la vida y traer además comida a casa. Ese Mediterráneo esplendoroso y centelleante es hoy en día en Gaza el único horizonte al que mirar y frente al que llenarse los pulmones de aire, pero también ofrece una ficticia sensación de libertad y es para los pescadores de la Franja escenario de miedo y muerte.

Ese mar ha marcado la vida de Mohammed Abu Riala desde que llegó a Gaza, en el año 1949, procedente de Hamama, pueblo palestino situado a una veintena de kilómetros de la franja, cerca de la actual ciudad israelí de Ashkelon. Tenía 10 años, no iba a la escuela y empezó a ayudar a pescadores de Gaza organizando el pescado, limpiando el barco o recogiendo redes.

“A los 18 años comencé a salir a navegar con mi hermano. Íbamos los dos en un bote pequeño de remos, pero éramos independientes. Lo que pescábamos era para casa.  A los 21 años compré un barco más grande. Lo tenemos hasta hoy”.

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Condenados a vivir con esperanza

Niña refugiada de Palestina

Hace 71 años tuvieron que huir y dejarlo todo atrás. Todo menos su memoria. 71 años como refugiados. 71 años a la espera de una solución justa y definitiva a su difícil situación. 71 años en los que se han enfrentado y se siguen enfrentando a situaciones humanitarias y humanas extremas en sus lugares de acogida: Cisjordania, la franja de Gaza, Jordania, Siria y Líbano.

Y sin embargo, más de 5 millones de personas, la población refugiada de más larga duración del mundo, sigue amarrada a su dignidad y a su futuro.

En la franja de Gaza viven casi 2 millones de personas, de ellos 1,4 millones son refugiados y refugiadas de Palestina. Un poderoso informe de Naciones Unidas afirma que en 2020 Gaza será inhabitable. Ya lo es: la población se sigue enfrentando a un bloqueo por tierra mar y aire que dura ya doce años. Viven con escasez de agua potable, medicamentos y electricidad; con un sistema sanitario al borde del colapso, viviendo bajo inseguridad alimentaria y sobreviviendo a continuas rondas de violencia. Gaza es la cárcel al aire libre más grande del mundo.

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Futbolistas asfixiadas por la ocupación y las convenciones sociales

La felicidad, para Nivín Alkolayb, tiene forma de balón. Su gran pasión es el fútbol y en torno a este deporte gira su vida desde que dio los primeros pasos. “Después del colegio, dejaba la cartera en casa y salía a buscar a los chicos del vecindario para jugar a fútbol. También participaba en otros juegos con las chicas, pero con menos entusiasmo”, recuerda esta palestina de 35 años con una sonrisa traviesa.

La gente en el barrio la llamaba “hasansabi” (palabra árabe que designa a las niñas consideradas poco femeninas), pero ella hacía oídos sordos y seguía chutando la pelota. Hasta que cumplió 16 años y tuvo que dejar de jugar en espacios públicos porque “no estaba bien visto”, puntualiza.

En el colegio para niñas al que asistía en Belén destacaba en los deportes, aunque no había fútbol. Su frustración desapareció cuando ingresó en la universidad para estudiar Geografía e Historia y averiguó que tenían equipo de fútbol femenino.

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Un millón de personas se quedará sin alimentos en Gaza a mediados de junio

En Gaza, casi 390.000 personas sufren pobreza absoluta, sobreviven con unos $3,5 al día.

Más de un millón de personas, la mitad de la población de Gaza que depende de la ayuda alimentaria de UNRWA para sobrevivir, podría dejar de recibir alimentos en menos de un mes debido a la falta de financiación de la Agencia. Entre las personas que reciben ayuda de UNRWA, alrededor de 620.000 se encuentran en pobreza extrema, no pueden cubrir sus necesidades alimentarias básicas y tienen que sobrevivir con 1,6 dólares al día. Casi 390.000 personas sufren pobreza absoluta y sobreviven con unos $3,5 al día.

La familia de Ahmad es una de las que recibe los paquetes de alimentos que UNRWA distribuye periódicamente. Gracias a este programa, Ahmed pudo usar sus modestos ahorros para pagar clases y estudiar trabajo social. Soñaba con encontrar un trabajo con el que pudiera servir a su comunidad y también ganar un sueldo para poder alimentar a su familia.

Desgraciadamente, no hay trabajos para Ahmed en Gaza. El paro en la zona alcanza 54,9% y es aun mayor entre jóvenes y mujeres. Para muchos esto significa que solo pueden sobrevivir gracias a la ayuda alimentaria que UNRWA proporciona y que podría agotarse en menos de un mes debido a la falta de fondos.

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Lo que nunca se ha escrito sobre la 'Nakba'

El 15 de mayo se conmemora el aniversario de la Nakba, la catastrófe para el pueblo palestino.

Mucho se ha escrito acerca de la Nakba, sobre la pérdida de la patria, la pérdida de la dignidad nacional, y la seguridad. Pero nunca se ha escrito acerca de las frecuentes decepciones que los refugiados de Palestina han sufrido desde entonces. Esas decepciones que, junto con los sueños y esperanzas, se transmiten de una generación a otra. 

La conmemoración de la Nakba trae de vuelta antiguos recuerdos que hemos heredado de nuestros padres y abuelos. La narración de viejas historias que hablan de la huida de nuestra tierra, dejándolo todo atrás, huyendo de nuestras vidas y esperando que el regreso se produjera unos días después. Estas historias proporcionan una íntima conexión con el pasado y con la patria, sin embargo, a medida que el tiempo pasa, surgen nuevas historias de sufrimiento y decepción que hacen que nuestro sentido del tiempo y del origen se vuelva borroso. 

Cada año esperamos que se abra una oportunidad para la paz, la justicia o incluso una pequeña luz para la esperanza, si no para nosotros, al menos para nuestros hijos; anhelamos poder vivir una vida digna, alejados de las guerras y la violencia, lejos del dolor y la amargura. Sin embargo, nuestros sueños y humildes expectativas tropiezan una y otra vez con la decepción, dejándonos llorando no sólo por los sentimientos del recurrente dolor, sino también llorando por la pérdida de humanidad dentro de cada uno de nosotros. 

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Por qué estalla la violencia en Gaza una y otra vez

Casa destruida en Gaza tras el ataque israelí de 2014

Después de la escalada de la violencia vivida durante el pasado fin de semana, se restablece de nuevo la calma entre Israel y Gaza. Una calma seguramente efímera como viene siendo habitual. Tras 690 cohetes lanzados hacia Israel y 350 objetivos alcanzados por el ejército israelí en Gaza, el enfrentamiento más intenso desde la guerra del 2014 ha dejado un balance de 29 muertos (25 palestinos y 4 israelíes), además de dos centenares de heridos a ambos lados.

La escalada de la violencia comenzó el pasado viernes durante las protestas palestinas que se vienen celebrando desde hace un año en torno a la valla periférica de Israel con Gaza y que piden el fin del bloqueo y el retorno de los refugiados palestinos a sus hogares (existen 1,4 millones de refugiados de Palestina en Gaza). En esta última manifestación el ejército israelí mató tres manifestantes (dos más fallecerían más tarde por las heridas mortales causadas) e hirió a 110 civiles (incluidos 37 niños 3 mujeres, 4 paramédicos y 1 periodista). Al mismo tiempo dos soldados israelíes fueron heridos por disparos desde el lado palestino.

La revancha se llevó a cabo rápidamente con un ataque aéreo que mató dos palestinos pertenecientes a grupos armados, lo que a su vez desencadenó el sábado por la mañana el lanzamiento de cohetes por parte de Hamas. Poco después Israel ordenó cerrar los pasos fronterizos e iniciar un ataque masivo sobre Gaza que además de los muertos y heridos, destruyó 130 casas y dañó otras 700. En el lado israelí también se destruyeron o dañaron varias viviendas.

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La lucha contra el expolio del agua en Palestina

Shada al Azza es refugiada de Palestina y vive en el campamento de Aida.

Abrir el grifo en el campo de refugiados de Aida no es un gesto mecánico. Exige pensar y hacer cálculos. Sobre todo en verano, cuando el agua sólo llega cada dos semanas, las restricciones se hacen más severas y el calor arrecia.

"A los israelíes les llega el agua directamente al grifo. Tienen piscinas, irrigación para las plantas, duchas con agua corriente. Aquí tenemos que estimar cada día cuánta agua vamos a usar y para qué. Muchas veces no nos alcanza para los animales y no tenemos jardines". Shada al Azza, recita casi de memoria, con gesto triste e impotente, el complicado acceso al agua que castiga a la mayoría de los palestinos.

Todas las casas del campo disponen de tanques de agua para subsistir que "suelen no ser suficientes para toda la familia porque en cada hogar hay más de cinco personas", explica, mientras contempla con orgullo las pequeñas plantas que decoran la azotea del edificio donde trabaja, en el campo de refugiados de Aida, en Belén (Cisjordania, territorio palestino ocupado por Israel desde 1967).

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“Pensábamos que lo perdíamos”: el uso de gases lacrimógenos en el campamento de Dheisheh

Adham con su hijo en el campamento de refugiados de Palestina de Deisheh

Eran las 3 de la madrugada del 7 de marzo de 2019 cuando Adham olió los gases lacrimógenos que llegaban del estrecho callejón que conducía a su casa en el campamento de Dheisheh, en la ocupada Cisjordania. Como padre de tres hijos pequeños, Adham corrió a su habitación para despertar a su esposa que dormía junto al recién nacido Ahmad.

Los dos entraron en pánico cuando se dieron cuenta de la situación en la que se encontraba el bebé: "Parecía que Ahmad estaba en coma. Su cara era azul y no se movía. ¡No podía abrir los ojos!”, recuerda Adham.

De inmediato, Adham llamó a los paramédicos locales. Cuando el equipo llegó a casa, trataron de reanimar al bebé de un mes: "Los médicos le pusieron oxígeno y presionaron su pequeño pecho para extraer el gas lacrimógeno". Ahmad estaba en una condición tan crítica que tuvieron que llevarlo al hospital para reanimarlo. El bebé se ha recuperado desde el incidente, pero todavía muestra dificultades para respirar y requiere el uso diario de una máquina de oxígeno. "No podía sentir mi cuerpo cuando sucedió ¡Era mi hijo!", recuerda Adham con dolor.

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Vidas rotas en la valla de separación con Israel

Adham Taharawi recibió un disparo en la pierna en la 'Gran Marcha del Retorno'

Su tiempo se detuvo el 1 de octubre de 2018 a primera hora de la tarde. Era un lunes. Adham Taharawi tenía el día libre en el restaurante de comida rápida en el que trabajaba y decidió acercarse junto con amigos y familiares a las manifestaciones en la valla de separación con Israel. Adham no había participado jamás en estas protestas y se había mantenido, desde que comenzaron a finales de marzo, escéptico y distante. La política le genera rechazo, no milita en ningún movimiento palestino y no se considera un hombre desesperado, como dicen muchos manifestantes, que aseguran no tener nada que perder. Pese a las dificultades de la vida diaria en Gaza, Adham tenía razones para alegrarse y seguir adelante. Su destino era más bien no estar allí aquel día y en aquella hora, pero fue a la valla, convencido de que ese punto concreto era un lugar tranquilo donde los manifestantes tocaban música y fumaban narguile y nunca había enfrentamientos. La ley de la probabilidad o la de la buena suerte no jugaron a favor de este joven padre de familia de 32 años aquel lunes de octubre.

“Estábamos a unos 300 metros de la valla. Nadie lanzaba piedras, no había neumáticos incendiados ni tampoco los israelíes arrojaban gases lacrimógenos. De repente, escuché varios disparos a poca distancia y me desplomé. Junto a mí cayeron otras personas. Sentí un dolor que me cegaba y vi mis dos piernas ensangrentadas. Una la conseguí mover, pero la otra se había convertido en un trozo de carne deformado”.

En pocos segundos, su pierna izquierda era un miembro deshecho, sin hueso y sin voluntad. Al lugar en que Adham fue herido no podían entrar las ambulancias y le costó recibir atención médica. Finalmente tuvo que ser transportado en camilla durante varios centenares de metros por otros manifestantes. Se perdió un tiempo precioso y la hemorragia se agravó.

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Un año de viernes negros: la Gran Marcha del Retorno continúa

Protestas en el perímetro de separación entre Gaza e Israel. Octubre, 2018.

El 30 de marzo se cumple un año desde la primera protesta de la “Gran Marcha del Retorno”. Una sucesión de protestas que, hasta el día de hoy, ha reunido a miles de personas de Palestina cada viernes en el perímetro que separa Gaza de Israel. El reclamo de los palestinos es claro: volver a sus hogares y terminar con el bloqueo israelí sobre Gaza. 

Cada viernes, la protesta en Gaza ha sido escenario de conflicto y ha tenido consecuencias trágicas para la sociedad palestina. Según datos de OCHA, hasta el 22 de marzo de 2019, 195 personas de Palestina, incluidos 41 niños y niñas, han sido asesinados por las fuerzas israelíes en este contexto, incluyendo los asesinados en las protestas en la playa contra el bloqueo marítimo. Además, 28.939 personas de Palestina han resultado heridas –un 25% por munición real–.

Las vidas truncadas a lo largo de este tiempo han dejado historias que permanecen en la memoria colectiva y reflejan la injusticia que marca el día a día de la población refugiada de Palestina. Un ejemplo es la historia de Razan al Najjar, voluntaria médica de 21 años y refugiada de Palestina que recibió un disparo israelí mientras atendía a un herido. "Al inicio de las protestas, Razan me pidió permiso para ir como voluntaria en lo que, ella creía, era su deber y su responsabilidad: ayudar a los heridos. Y yo lo acepté. Se pasaba allí turnos de 13 horas seguidas, sin importarle que hubiese quien criticase a las mujeres trabajando en terreno. Ella mostraba a todo el mundo su fortaleza y su determinación”, explica su madre. “Han matado a mi hija dos veces. Han matado sus sueños de ser médica y han acabado con su vida”.

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