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El desafío diario de ser niño en Aida

Shadi Obeidallah, padre de Abdulrahman Shadi

A la entrada del campo de refugiados palestinos de Aida hay una pared negra con decenas de nombres escritos en blanco. Son los niños muertos a manos de Israel en 2014, año de la última gran ofensiva militar en la franja de Gaza en la que fallecieron violentamente 2214 palestinos de los cuales más de 500 eran menores.

Abdulrahman Shadi murió al pie de esta triste lista, exactamente al lado de la bandera de Naciones Unidas que ondea en la oficina de la UNRWA situada a la entrada del campo. Fue alcanzado en el corazón por el disparo de un soldado israelí hace casi tres años.

“El 5 de octubre de 2015”, precisa su padre, Shadi Obeidallah, un hombretón de 42 años nacido en Aida y que trabaja actualmente como recadista para UNRWA.

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Perder los olivos, perder el pasado, perder el futuro

Muchas familias palestinas solo pueden acceder a sus olivos durante una semana del año para la recolecta.

“Esta que pisamos es mi tierra. La tierra de mi padre, de mi abuelo, de mi bisabuelo…”, Issa Al Shatleh pronuncia estas palabras como una triste letanía, mientras camina lentamente por un terreno baldío hasta que el impresionante muro de hormigón le corta el paso y le hace parecer pequeño, casi insignificante. El hombre se agacha e intenta ver algo entre las rejas de un portón de acero incrustado en la muralla que está cerrado a cal y canto. “Esa de ahí también es mi tierra”, dice, señalando al otro lado.

La familia Al Shatleh perdió el acceso a estos campos de olivos en la localidad palestina de Beit Jala, cerca de Belén, en 2015. “Exactamente el 17 agosto”, recuerda Issa.

Desde 2004, los habitantes de Beit Jala sabían que el muro de separación que Israel construía en torno a Cisjordania con el argumento de proteger a los israelíes de ataques terroristas amenazaba sus tierras. El trazado de esta barrera cruzaba en algunos casos sus propiedades, en otros las dejaba al otro lado del muro, es decir, les privaba de acceder sin permiso israelí.

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Palestina: diario de un niño de UNRWA

Ramzy Baroud en segundo grado durante una visita al Cairo en 1970

Mantener la dignidad mientras se vive en un campamento de refugiados no es labor sencilla. Mis padres lucharon duramente para evitarnos las humillaciones diarias que conlleva la vida en Nuseirat, el campamento de refugiados más grande de Gaza. Sin embargo, cuando cumplí seis años, y entré en la escuela en Nuseirat de UNRWA, no tuve escapatoria.

No solo era un refugiado en los documentos oficiales de Naciones Unidas, sino también en la práctica, como el resto de mis compañeros.

Ser refugiado de Palestina significa vivir en un limbo perpetuo, incapaz de reclamar lo que se ha perdido, la amada patria, e incapaz de forjar un futuro alternativo y una vida de libertad, justicia y dignidad.

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La vida arruinada por las bombas

Nevín Akram Shambari, de 38 años, con su familia en Gaza

La ciudad de   Beit Hanún, en el norte de Gaza, a cinco kilómetros de la frontera con Israel, quedó desfigurada en la ofensiva israelí de verano de 2014. Centenares de casas se convirtieron en   montañas de escombros, algunas se desplomaron encima de las familias que las habitaban.

Unas 2.500 viviendas quedaron totalmente destruidas o sufrieron daños graves y casi   la mitad de los 50.000 residentes  de la localidad perdió su hogar. La familia de Nevín Akram Shambari, de 38 años, tuvo suerte porque no estaba en casa cuando unos cazas israelíes   la bombardearon  y redujeron su barrio a cenizas.

Los Shambari habían   huido con lo puesto  unos días antes para cobijarse en una escuela de la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA).

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Una escuela de neumáticos

Niñas de la escuela de Khan al Ahmar piden que salven su escuela.

Esta semana las excavadoras han vuelto a la pequeña aldea de Khan al-Ahmar en la zona ocupada de Cisjordania. No es nuevo. La población de la aldea lleva años viviendo bajo amenazas. Sin embargo, la amenaza de destrucción es más real que nunca. El 1 de octubre acabó el plazo dado por las autoridades israelíes a los 180 habitantes de esta comunidad para que destruyeran sus propios hogares, tras el rechazo de un recurso de última instancia ante el Tribunal Supremo de Israel. 

La orden de demolición amenaza a todas las estructuras de la comunidad beduina situada en la periferia de Jerusalén Este, incluyendo su escuela que se ha convertido en un referente educativo y en un símbolo de resistencia. Construida íntegramente con neumáticos y adobe, esta escuela es la única en la zona. A ella asisten 170 niños y niñas, la mayoría refugiados de Palestina, de cinco comunidades cercanas. La escuela, financiada por la Unión Europea, lleva años bajo amenaza de demolición. “La comenzamos a construir en 2009 con el apoyo de distintas organizaciones internacionales, y desde el inicio está amenazada por una orden de demolición de las autoridades israelíes”, explica Abu Khamis, el líder de la comunidad beduina. 

Nadia tiene 12 años y es una de las alumnas de la escuela. Ella vive en la comunidad de Khan al-Ahmar pero muchos de sus amigos provienen de otras aldeas cercanas. A Nadia le encanta ir a la escuela, poder ver a sus amigos y aprender. Sus asignaturas favoritas son historia y ciencias. “Quiero ser arqueóloga”, dice Nadia, “algún día, me gustaría visitar las pirámides”.

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La muerte como única salida

Ahmad Abdalá Abu Tajún vive en el campo de refugiados y refugiadas de Yabalia en Gaza.

Las calles del campo de refugiados de Yabalia, en el norte de Gaza, son angostas y enrevesadas. La precariedad, la humedad del mar y el paso del tiempo se han incrustado en sus edificios, apiñados en tan solo 1,4 km2 y que albergan a casi 120.000 refugiados de Palestina.

El piso de Ahmad Abdalá Abu Tajún es muy humilde. Dispone de dos habitaciones pequeñas (una es salón, comedor y dormitorio) y de un baño y una cocina diminutos. En este espacio,  sin apenas luz y con poca ventilación, vive con su esposa, embarazada, y sus cinco hijos, de entre 1 y 8 años.

Ahmad, de 32 años, es carpintero y su destreza en el oficio lo llevó a ser el encargado de un equipo en una fábrica del área industrial de Karni. Como prosperaba en su trabajo decidió casarse y se endeudó para pagar un piso.

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Gaza continúa sangrando

Aala sentado en su cama. Tuvo que someterse a una amputación después de que una bala alcanzase su pierna el pasado 30 de marzo en las protestas de Gaza

Más de seis meses después de que miles de personas de Palestina se manifestaran por primera vez en las proximidades de la valla que separa la franja de Gaza de Israel, dando comienzo a 'La Gran Marcha del Retorno', los viernes sangrientos se siguen sucediendo.

El viernes pasado, siete personas de Palestina, dos de ellas niños, murieron a manos del ejército israelí. Esta es la cifra más alta de muertes palestinas en un solo día desde el 14 de mayo de 2018, cuando fueron asesinados 42 palestinos. Ese mismo viernes, en UNRWA recibimos una terrible noticia: Uno de los niños que murieron, Mohammed Naef Al Hom, era alumno nuestro. Estaba en noveno grado en la escuela UNRWA de Al Buraij. 

Desde que las protestas comenzaron el 30 de marzo, 194 personas han perdido la vida. 28 eran niños. 2  eran periodistas cubriendo con sus chalecos de prensa las protestas. 3 voluntarios médicos.

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Una juventud truncada por el bloqueo

Mohamad, de 25 años, es uno de los miles de jóvenes de Gaza que emprendió sus estudios universitarios con ilusión.

“Me gustaría que me dieran una oportunidad, que me valoraran. Sería lo justo después de haber estudiado y haber gastado tanto dinero para obtener el diploma. Tener un trabajo a cambio del esfuerzo sería lo normal. No he estudiado para quedarme en casa sentado”, afirma con tristeza Mohamad al Siam en una de las tres modestas habitaciones en las que vive con sus padres y hermanos, en un edificio lúgubre del campo de refugiados de Al Shati, en Gaza.

La familia Al Siam procede de Al Jura, un pueblo arrasado por las fuerzas israelíes en 1948, en la guerra entre israelíes y una coalición de países árabes que siguió a la creación del Estado de Israel. Sus tierras se encuentran en el municipio israelí de Ashkelon, a unos pocos kilómetros de Gaza, un lugar que nunca han podido visitar.

Como Mohamad, unos 274.000 gazatíes tienen título o diploma universitario -el 49,7% son mujeres-, según datos de la Oficina de Estadísticas de este pequeño territorio palestino. 

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Shuafat: separados de Jerusalén por un muro de hormigón

Nasser, de 48 años, se mueve por Shuafat como si siempre hubiera vivido en el campo, pese a que llegó hace sólo 13 años desde otro campo de refugiados, Balata.

Campo de refugiados de Shuafat, Palestina - La jornada de trabajo empieza temprano para Nasser Shafai. Casi no se ha hecho de día cuando inicia su ronda de  inspección por las tres escuelas de UNRWA en el campo de refugiados de Shuafat, da una vuelta por la clínica de la Organización donde los primeros pacientes ya empiezan a hacer fila y comienza a redactar su primer informe en la oficina central de atención de UNRWA a la entrada del campo.

Vestido de negro, con semblante cerrado y serio y cigarrillo en mano, Nasser, de 48 años, se mueve por Shuafat como si siempre hubiera vivido allí, pese a que llegó hace solo 13 años desde otro campo de refugiados, Balata, situado en la ciudad palestina de Nablus, al norte de Cisjordania.

“Mi esposa, mi hijo y yo vinimos a Shuafat porque ellos son residentes en Jerusalén e iban a perder su estatus si no nos instalábamos en la ciudad”, explica.

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Pierre Krahenbühl, Comisionado General UNRWA: “La financiación humanitaria debe despolitizarse"

Yarmouk

En primer lugar, deseo transmitir  con confianza y determinación  a los refugiados y las refugiadas de Palestina en Cisjordania, incluida Jerusalén Este, Gaza, Jordania, Líbano y Siria, que nuestras operaciones continuarán y nuestra Agencia prevalece.  En el corazón de nuestra misión están la dignidad y los derechos de una comunidad muy angustiada que se enfrenta a una profunda inestabilidad. La decisión sobre financiación de un estado miembro individual aunque haya sido nuestro donante históricamente más generoso y consistente  no modificará o impactará en la energía y la pasión con la que abordamos nuestro papel y responsabilidad hacia los refugiados palestinos. Solo fortalecerá nuestra resolución.

Para mis colegas, tanto palestinos como internacionales, confirmo que nos aplicaremos, nos esforzaremos, con cada pizca de energía y creatividad para seguir cubriendo las necesidades de la comunidad de refugiados y preservaremos servicios vitales para la población. Todo el personal humanitario estará en sus lugares de destino y mantendremos nuestras instalaciones abiertas y seguras. En este momento es crucial transmitir un sentimiento muy fuerte de unidad y determinación.

La notable historia de UNRWA se compone de millones de actos desinteresados y valientes en una de las regiones del planeta más polarizadas y emocionalmente cargadas del mundo. Me siento orgulloso y honrado de dirigir esta agencia y deseo rendir homenaje a las decenas de colegas que han perdido la vida en los últimos años, particularmente en Gaza, Siria y Cisjordania.

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