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UNRWA sigue adelante a pesar de las piedras en el camino

Un hombre transporta alimentos de UNRWA en camión en Gaza / 2017

El acoso y derribo a UNRWA es una tarea en la que, desde hace años, se encuentran implicados actores tan potentes como Estados Unidos e Israel. Pero, de momento, con la ratificación aprobada el pasado día 13 por parte de la Asamblea General de la ONU para prolongar su mandato otros tres años, tal como ya había sido aprobado previamente el 15 de noviembre por el Cuarto Comité de dicha organización, todavía no pueden cantar victoria.

En el lado positivo de la balanza cabe destacar el hecho de que 169 países hayan apostado por dar continuidad a la labor asistencial -sobre todo en el ámbito de la educación, la salud y la ayuda humanitaria- que viene desarrollando la Agencia desde su creación en 1949. Tampoco es menor el gesto de Qatar -anunciado el pasado fin de semana en el marco del Foro de Doha-, aportando otros 20,7 millones de dólares para llegar a un total de 40 a lo largo de este mismo año. Aunque puntual, es una clara señal de esperanza en un contexto cada día más inquietante para los 5,5 millones de refugiados de Palestina que en Jordania, Líbano, Siria y en el territorio Palestino (Gaza y Cisjordania) dependen vitalmente de lo que UNRWA pueda hacer a diario.

Y lo mismo puede decirse del resultado cosechado en estos últimos dos años, gracias a la incuestionable resiliencia de la población palestina y al esfuerzo de todo el personal de la Agencia para poder hacer frente al brutal recorte de fondos que la administración estadounidense decidió a principios del pasado año (pasando de 365 a solo 60 millones de dólares). Esa decisión, que en el presente año significó la cancelación total de los fondos estadounidenses, ha supuesto un duro golpe tanto para los beneficiarios de los distintos programas de la Agencia como para sus propios trabajadores, dado que UNRWA se ha visto sumida en la mayor crisis presupuestaria de su historia y su capacidad de maniobra se ha recortado hasta el extremo, hasta el punto de tener que eliminar programas esenciales y retrasar pagos de salarios al personal (abrumadoramente de mayoría palestina).

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Las devastadoras consecuencias de vivir a oscuras

Los cortes de electricidad obligan a los niños y niñas refugiadas de Palestina a tener que a hacer sus deberes a la luz de las velas.

"Todo se detiene", dice Daulat. No solo se refiere al frigorífico, la lavadora y otros dispositivos. Esta madre refugiada de Palestina hace referencia a la vida diaria en su vecindario de Shajaiya cuando no tienen energía. "Los cortes de electricidad paralizan toda nuestra vida", explica. Desde que la central eléctrica de Gaza dejó de funcionar tuvo que cambiar toda su rutina: "Duermo cuando no hay electricidad y me despierto cuando vuelve la luz".

Los cortes de energía son algo con lo que Gaza ha lidiado durante años. Las restricciones de Israel sobre la cantidad de combustible que puede entrar en Gaza, junto con el suministro de Egipto que no siempre es fiable, significaron recortes regulares para hogares y negocios, hospitales, escuelas e incluso infraestructuras básicas.

La franja de Gaza recibe el suministro eléctrico de tres fuentes principales: una planta local muy dañada durante la agresión israelí del verano del 2014, líneas de trasmisión desde territorio israelí, y otras similares provenientes de Egipto.

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El derecho al medioambiente, una víctima más de la ocupación israelí

Un niño en Gaza con un tanque de agua

Cultivos quemados, granjas destruidas, suelo envenenado, ciudades bombardeadas que han dejado remanentes de casas desmolidas que emiten amianto, y una infraestructura de tratamiento de aguas destrozada que provoca que se viertan al día la capacidad de 44 piscinas olímpicas de agua contaminada a nuestro mar Mediterráneo. Son ejemplos de las consecuencias medioambientales de la ocupación israelí. 

La interdependencia entre derechos humanos y medioambiente se ha vuelto innegable. Un ambiente saludable, sin riesgos, limpio y sostenible es necesario para el pleno disfrute de los derechos humanos, incluidos los derechos a la vida, a la salud, a la alimentación, al agua y al desarrollo. Derechos siempre en riesgo para la población refugiada de Palestina desde hace más de 70 años.  

La ocupación israelí, que ejerce un férreo control sobre los recursos naturales de la tierra y el agua, está provocando una acelerada degradación ambiental, haciendo que los palestinos y palestinas, incluidas casi dos millones de personas refugiadas de Palestina, sean más vulnerables al cambio climático.  

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La solidaridad debería ser un verbo

Dia Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino

El 29 de noviembre es el Día Internacional de Solidaridad con la Población Palestina. En UNRWA España no lo celebramos. 

¿Cómo celebrar un día así? Este día brinda la oportunidad a la comunidad internacional de centrar su atención en el hecho de que la cuestión de Palestina aún no se ha resuelto. Resumamos: derechos no cumplidos, promesas incumplidas. No hay motivos para la celebración. Sí para la conmemoración.

Hoy, en UNRWA España, elegimos renovar nuestro compromiso con ellas y con ellos, más de 5 millones de personas refugiadas, que siguen a la espera de una solución justa y definitiva para su situación. Hoy rendimos homenaje a todas y cada una de las personas que hace ya 70 años fueron obligadas a abandonar sus hogares y que hoy se siguen aferrando a un futuro justo con esperanza y dignidad, mucha dignidad.

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“Las aspiraciones de la Convención de los Derechos del Niño no se han cumplido para la infancia refugiada de Palestina”

Niña juega a la comba en un edificio destruido en Gaza

El treinta aniversario de la Convención de los Derechos del Niño es un buen momento para pararse y reflexionar sobre lo que la Convención ha supuesto para la protección de los derechos de las niñas y niños refugiados de Palestina, que viven hoy en el territorio Palestino ocupado. Cuando se adoptó la Convención, en 1989, se les prometió a los niños y niñas que sus derechos serían protegidos, promovidos y respetados. Sin embargo, hace treinta años también se cumplía el vigésimo segundo aniversario de la ocupación israelí mientras la primera intifada estaba en pleno fragor y la población refugiada de Palestina ya llevaban más de cuatro décadas desplazada.  

En aquel momento, la Convención brindó esperanza a los niños y niñas refugiadas de Palestina: les habló de su derecho a estar seguros en sus hogares, a ir a la escuela, a acudir a un médico que los atendiera, a disfrutar de las oportunidades de aprender y jugar, y a estar protegidos con el fin de poder sobrevivir y desarrollarse. 

Hoy, hay logros que celebrar en lo que respecta a los derechos de los niños y niñas refugiadas de Palestina estipulados en la Convención. UNRWA proporciona a cientos de miles de niños servicios educativos de alta calidad (incluso durante los tiempos de crisis) y acceso a servicios de atención de salud primaria eficientes a diario. Nuestras escuelas incorporan un currículo de derechos humanos, resolución de conflictos y tolerancia, único en la región. 

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Correr sin poder ir a ningún lado

Sanaa, primera atleta palestina en unos Juegos Olímpicos

Trofeos descoloridos, viejos recortes de periódicos cuidadosamente ordenados y el bullicioso ir y devenir de varios niños en el salón de su casa rodean a Sanaa Abu Bkheet. El pasado y el presente chocan feroz pero silenciosamente en esta humilde casa de Deir el Balah. Los éxitos y los sueños de una joven de Gaza, la carrera deportiva que pudo haber sido y no fue y los hijos, que terminaron de alejarla de los entrenamientos y la competición.

“Creo que si no hubiera nacido en Gaza probablemente todo habría sido diferente. Bueno, seguro habría sido diferente. Podría haber tenido entrenamientos de verdad, pistas en condiciones y libertad de movimiento para participar en competiciones”.

A punto de cumplir 35 años, Sanaa recuerda con melancolía y nostalgia sus diez años como atleta profesional y enumera con detalle las contadas veces que logró salir de Gaza para competir: El Cairo, Teherán, Atenas, Doha, Amman, Berlín… “Conseguir salir para participar en una carrera era casi como subir al podio. Era la parte más difícil”.

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La vida beduina bajo el bloqueo israelí

Abded y Yehya junto a su rebaño de ovejas.

Abed tiene 30 años y es refugiado beduino de Palestina en Gaza de la tribu Hanajra. Si le preguntas sobre su día a día, te contará de sus ovejas y cabras que pastorea a las orillas del desierto, de sus casas (jaimas) con telas fabricadas con cabello de animal o de su sensación de libertad como nómada que disipa la sensación de estar viviendo en una cárcel a cielo abierto. También te contará de las industrias caseras que sacan adelante con esfuerzo, como la del queso puro, el café negro, el hilo de lana o las artesanías simples que decoran los cuerpos de las mujeres, como los tatuajes de Henna o los ropajes de las niñas con hermosos bordados tradicionales. La vida es completamente diferente a la que se vive en la ciudad de Gaza. 

"Todas las mañanas temprano vamos a la zona este de Khan Younis a pastar nuestro ganado para alimentarnos, incluso a pesar del peligro israelí. No tenemos otra opción porque esta es la naturaleza de nuestras vidas como beduinos. Mantenemos a nuestras familias a través de esto”, cuenta Abed. 

Los beduinos son un pueblo nómada, tal y como lo dice la propia palabra que los define (proviene del árabe “bedaui o badawi” y significa “morador del desierto”). Se parecen entre ellos por el color de la piel y la identidad tribal, no tienen una patria definida y son identificados por los nombres de sus tribus, cada una dirigida por un "un viejo sabio" que resuelve las disputas y también brinda el asesoramiento a la comunidad. Los beduinos son leales al clan y a la tribu porque su comunidad está organizada en torno a grupos familiares, y esa es la razón por la que siempre están juntos. 

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Los bomberos refugiados de Palestina, el agua contra el fuego en Líbano

El Grupo de Defensa Civil de Palestina apagando el fuego en Líbano

Líbano sufrió durante este mes de octubre más de un centenar de incendios, que dejaron al país hecho cenizas de norte a sur, de este a oeste. Hacía décadas que los libaneses y las libanesas no se enfrentaban a unas llamas tan devastadoras. El fuego no perdonó nada e incluso se acercó a las puertas de los hogares, justo en un momento en el que el país se enfrentaba también a protestas populares.  

Durante este mes, parecía que no había manos ni agua suficiente para apagar el sufrimiento de miles de libaneses que no sabían cómo actuar contra el fuego. Y las manos del joven refugiado Anas Khashah ayudaron a apaciguar las llamas en las peores situaciones.  

Anas en realidad trabaja como pintor pero también es el jefe de la Defensa Civil Palestina en el campamento de refugiados de Beddawi, en Líbano. Al igual que Anas, muchos bomberos voluntarios refugiados de Palestina se apresuraron desde los campamentos a las áreas afectadas por los incendios forestales para ayudar a los bomberos libaneses. 

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Cuando Gaza te convierte en artista y te corta las alas

Raed Issa en su estudio artístico en Gaza

Los rostros de Fadi Abu Salah, Razan Al-Najar, Yaser Murtaja y otras víctimas palestinas cuyos nombres nunca conoceremos surgen de las piedras en el taller de Raed Issa. Son piedras redondas, que caben en la mano. Iguales a las improvisadas armas que los palestinos lanzan hacia los soldados israelíes desde hace más de 30 años. Raed Issa ha inmortalizado sobre ellas a medio centenar de palestinos y las ha enmarcado sobre blanco. Es su última exposición, llamada “Testimonios vivos”, que surgió cuando comenzaron las protestas de miles de gazatíes ante la valla perimetral entre Israel y Gaza, en marzo de 2018.

“Las piedras vienen de diferentes lugares: de terrenos baldíos de Gaza, del límite con Israel... Empecé a pintar rostros sobre ellas para expresar la realidad de Gaza desde un punto de vista original y para mostrar un pedazo de la historia de alguien. Es también un mensaje para la gente que está fuera porque esta piedra puede participar en el futuro en una exposición en Europa”.

Abu Salah era un conocido activista palestino que perdió las dos piernas en la guerra de 2008 e iba en su silla de ruedas a las protestas frente a la valla. Al Najar era una enfermera voluntaria que auxiliaba a los heridos en las manifestaciones frente a la barrera de separación con Israel. Murtaja era periodista y cubría las manifestaciones de la Gran Marcha del Retorno en Gaza. Los tres murieron tiroteados por el ejército israelí hace algunos meses.

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Las múltiples caras de la pobreza en Gaza

Un niño gazatí, refugiado de Palestina, sentado en la calle delante de su casa.

Tic tac, tic tac. El reloj no para, y tampoco el avance de los días. Estamos a menos de 3 meses de la hora cero: el año 2020. Ese año en el que Naciones Unidas vaticinó que la franja de Gaza sería inhabitable. Claro que ese cálculo se hizo antes de la ofensiva Margen Protector de 2014, de la Gran Marcha del Retorno, de las últimas escaladas de violencia en 2018 y de tantas otras cosas.

Hace tiempo que la franja de Gaza dejó de ser habitable, pero la población refugiada de Palestina resiste, sobrevive, hace lo que puede para ver un día más la luz del sol. Pero esto es difícil cuando no tienes qué llevarte a la boca. El bloqueo al que se ha visto sometida la Franja durante los últimos 12 años ha dinamitado las opciones laborales y aumentado el precio de productos básicos como son los alimentos.

Las posibilidades de comerciar e intercambiar productos con los países limítrofes se vieron truncadas al cerrarse las puertas de esa cárcel a cielo abierto. Aquellas familias que se dedicaban a la pesca han visto cómo la contaminación de las aguas y la sobreexplotación de las pocas millas náuticas a las que tienen acceso han acabado con su medio de vida. Las que vivían del cultivo a penas sobreviven debido a la poca producción de estas tierras que bien contienen metales pesados o aguas residuales o han sido confiscadas al hallarse en la zona de exclusión controlada por el ejército israelí en el límite periférico entre ambos territorios.

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