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La vida arruinada por las bombas

La familia de Nevín Akram Shambari, de 38 años, tuvo suerte porque no estaba en casa cuando unos cazas israelíes la bombardearon y redujeron su barrio a cenizas.

“Preferimos quedarnos aquí que irnos al extranjero, es mejor morir en Gaza que abandonarla”, sentencia Nevín.

Nevín Akram Shambari, de 38 años, con su familia en Gaza

Nevín Akram Shambari, de 38 años, con su familia en Gaza Ana Alba / Beit Hanún, Gaza

La ciudad de Beit Hanún, en el norte de Gaza, a cinco kilómetros de la frontera con Israel, quedó desfigurada en la ofensiva israelí de verano de 2014. Centenares de casas se convirtieron en montañas de escombros, algunas se desplomaron encima de las familias que las habitaban.

Unas 2.500 viviendas quedaron totalmente destruidas o sufrieron daños graves y casi la mitad de los 50.000 residentes de la localidad perdió su hogar. La familia de Nevín Akram Shambari, de 38 años, tuvo suerte porque no estaba en casa cuando unos cazas israelíes la bombardearon y redujeron su barrio a cenizas.

Los Shambari habían huido con lo puesto unos días antes para cobijarse en una escuela de la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA).

Más de 300.000 personas tuvieron que abandonar sus hogares. Al menos 250.000 se refugiaron en colegios de UNRWA, que se encargó de su alimentación con ayuda de algunas ONGs.

"Tuvimos que irnos con nuestros diez hijos, abandonarlo todo. Fueron momentos muy difíciles, muy duros", recuerda Nevín mientras abraza a su bebé de siete meses. La familia se ha ampliado. Cuatro años después de la última guerra, Nevín tiene doce hijos.

La operación Margen Protector, que Israel lanzó en Gaza el 8 de julio de 2014 mató a 551 niños palestinos en 50 días e hirió a 3.436. Los hijos e hijas de Nevín salieron ilesos físicamente de esa ofensiva. Las secuelas mentales, en cambio, perduran porque el conflicto en Gaza es permanente y el bloqueo israelí, apoyado por el cierre de fronteras egipcio durante años, asfixia a la población.

El primogénito de Nevín tiene 20 años y el benjamín, 7 meses. Entre ellos hay diez hermanos, cinco chicas y cinco chicos. Casi no sonríen y tienen la mirada triste.

Los Shambari son refugiados, como toda la población de Beit Hanún. Los más pequeños van a una escuela de la UNRWA, los adolescentes a un colegio de secundaria público y el mayor estudia Matemáticas en la universidad gracias a la ayuda económica de unos familiares.

Ni Nevín ni su marido, Ayman, trabajan. Antes de la guerra de 2014 regentaban un pequeño supermercado que habían abierto gracias a un crédito del banco y que les bastaba para alimentar a su numerosa familia. "Teníamos el mini-market, una casa de 100 m2, con tres dormitorios, cocina, baño, salón. En los bombardeos nos lo destruyeron todo y nos quedamos sin casa y sin medio de subsistencia", explica Nevín.

Lleva 21 años casada con Ayman, de 41 años. Contrajeron matrimonio cuando ella solo tenía 17 años y él 20. "Me gustaba estudiar, acabé la secundaria, pero luego ya me casé, y nada... Sabía inglés, lo hablaba y lo sigo entendiendo, pero con el tiempo he dejado de hablarlo", dice Nevín con un gesto entre triste y resignado.

Ayman dejó de estudiar al acabar la primaria. Desde la ofensiva de 2014 no trabaja. La economía gazatí está hundida y cuatro años después aún no ha podido recuperarse de las pérdidas de casi 4.000 millones de dólares que le causó esa guerra. El índice de paro es del 48%.

Los Shambari lo perdieron todo en la ofensiva del 2014 y solo cuentan con la ayuda que les prestan unos familiares. Cuando acabó la guerra siguieron alojados en la escuela de la UNRWA unas semanas, pero luego pudieron acceder a un piso de alquiler gracias a la asistencia económica que recibían de las autoridades.

Pero las ayudas para la vivienda se acabaron y hace dos años se vieron en la calle de la noche a la mañana. Fueron afortunados porque les prestaron un terreno arenoso en la zona de Far'atah, en Beit Hanún, donde instalaron un pequeño habitáculo prefabricado de 36m2. Aquí viven los 14 miembros de la familia.

Disponen de una cocina externa con unos fogones y de un retrete, pero no tienen ducha. “Nos lavamos con cazos de agua, esa es nuestra ducha”, explica Nevín. Les llega el agua corriente por una tubería y también tienen electricidad una media de cuatro horas al día, como todos los gazatíes.

Su precaria economía no les alcanza para comprar un generador y mucho menos para adquirir el combustible que necesitarían para alimentarlo. “Nuestra prioridad es encontrar un techo, una casa decente. En cuanto solucionemos este tema podremos pensar en otras cosas, esto no nos deja vivir”, lamenta Nevín.

La reconstrucción en Gaza se hizo esperar. Un año después de la guerra, en verano de 2015, 100.000 personas seguían desplazadas y se alojaban en casas de alquiler, prefabricadas, en las ruinas de sus hogares o en casa de algún pariente. En la franja no había entrado ni el 1% del material necesario para reconstruir las viviendas que las bombas borraron del mapa, según datos de la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA).

En los años siguientes, pudieron rehabilitarse muchas casas, mayoritariamente con donaciones extranjeras de varios países y ONGs. Sus propietarios las recuperaron y la mayoría de los que no lo hicieron encontraron un alojamiento alternativo digno. Pero algunas familias, como los Shambari, no lo lograron. “No sabemos por qué otra gente ha recibido ayudas para reconstruir sus viviendas, a nosotros nadie nos ha dado nada”, se queja Nevín apesadumbrada.

Para ella, el principal responsable de su situación y la del resto de 1,9 millones de gazatíes es Israel, pero también carga contra los movimientos palestinos Al Fatá -del presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abás- y Hamás, que controla Gaza desde 2007.

“Si se pusieran de acuerdo, la situación en Gaza y en Palestina en general, mejoraría y todo sería más fácil, se resolverían muchos problemas”, asegura Nevín.

Ni ella ni su marido piensan en intentar abandonar Gaza como una solución a sus problemas. No lo contemplan ni aunque tuvieran la posibilidad de salir con un permiso israelí o por la frontera con Egipto. “Preferimos quedarnos aquí que irnos al extranjero, es mejor morir en Gaza que abandonarla”, sentencia Nevín.

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