La villa marinera de Catalunya que es un referente gastronómico por su gamba roja y es perfecta para una escapada en septiembre
Hay pueblos que se explican por su iglesia, otros por su castillo. Palamós, se explica por su lonja. Cada tarde, cuando las barcas de arrastre regresan de los taludes de la Fonera, el puerto se llena de un ritual que lleva casi un siglo repitiéndose: la subasta de la gamba roja, el crustáceo que ha convertido a esta villa marinera del Baix Empordà, en la provincia de Girona, en uno de los nombres propios de la gastronomía catalana. Y septiembre, cuando el turismo masivo se retira pero el mar sigue templado, es quizás un buen momento para descubrirlo sin la masificación de agosto.
Para no confundirse, lo primero que hay que saber es que no toda gamba roja es gamba de Palamós. La especie, Aristeus antennatus, vive en las profundidades del Mediterráneo occidental y se pesca en distintos puntos del litoral español, desde Dénia hasta Garrucha. Lo que distingue a la de Palamós es su procedencia muy concreta: los fondos del cañón submarino de la Fonera, a unos 400-800 metros de profundidad, frente al Cabo de San Sebastián, en una franja de costa que se extiende desde el Cap de Begur hasta la altura de Platja d'Aro. Pescadores y cocineros de la zona atribuyen su sabor dulce y su textura melosa a la dieta particular que encuentra en ese fondo marino, aunque se trata más de un saber transmitido de oficio a oficio que de una explicación con respaldo científico.
Ese origen lleva certificado desde 2009. La Marca de Garantía Gamba de Palamós —reforzada desde 2015 por el sello Productes de l`Empordà— no es un adorno para el envase: obliga a documentar toda la cadena, desde la captura hasta la venta en la lonja, pasando por la manipulación posterior, de modo que quien compra, ya sea en un restaurante o un visitante de paso, sepa realmente qué se lleva al plato o a casa. El acceso al cañón está, además, reservado, ya que solo faenan allí las embarcaciones con licencia específica que llevan años inscritas en el censo de la Cofradía de Palamós, sujetas a horarios de pesca limitados. A esas restricciones se suma la veda de dos meses ya mencionada, contemplada en el Plan de Gestión de la Pesca de Arrastre de Fondo, pensada para dejar descansar la especie y renovar la población de juveniles.
De captura accidental a reina de la lonja
Sobre el origen exacto de la técnica que hizo posible pescar la gamba roja circulan dos versiones. Hasta entonces, el crustáceo caía solo por accidente en las redes de pescadores de Palamós, que faenaban con artes tradicionales incapaces de alcanzar los fondos donde habita. Una versión sitúa en 1930 la llegada al Baix Empordà de marineros procedentes de l'Ametlla de Mar, en la costa sur catalana, que enseñaron a los locales la técnica del arte de arrastre de gran profundidad. Otra relata que la captura siguió siendo ocasional hasta bien entrados los años cuarenta, cuando la generalización de los motores diésel permitió aparejos más sofisticados, y que fueron pescadores llegados de Alicante y Castellón quienes, poco después, introdujeron este mismo arte de arrastre. Ambas versiones comparten lo esencial: la llegada de marineros de fuera con un oficio que Palamós no tenía, y el papel decisivo de los motores diésel para alcanzar caladeros hasta entonces inaccesibles. Así se descubrió el potencial del cañón de la Fonera, y la gamba roja pasó de ser un descarte casual a convertirse en la pieza más codiciada de la subasta portuaria.
La temporada de mayor captura se concentra entre mayo y julio, cuando las barcas salen de madrugada y regresan por la tarde para subastar lo pescado. Septiembre queda fuera de ese pico, pero también fuera de la veda de enero a marzo, así que no hay motivo para pensar que la gamba desaparezca de la lonja; lo que cambia, sobre todo, es el ambiente: el visitante que llegue este mes encontrará un pueblo que ha recuperado su ritmo, con menos aglomeración en las mesas y el paseo marítimo.
Un pueblo de 18.000 habitantes que no depende solo del marisco
Reducir Palamós a su crustáceo sería injusto. Es una localidad de unos 18.000 habitantes, fundada en 1279 para levantar un nuevo puerto, y ese origen portuario sigue siendo el corazón de su identidad: pesca, comercio y turismo conviven todavía alrededor de la dársena. El casco antiguo, de calles estrechas y empinadas en el barrio de Pedrò, guarda la iglesia gótica de Santa María del Mar, iniciada en 1334, y restos de las fortificaciones que protegían a la villa de los ataques tanto por tierra como por mar.
Fuera del núcleo urbano, el litoral ofrece la playa de Castell, junto a un yacimiento ibérico habitado entre los siglos VI a.C. y I d.C. —de acceso libre y con visitas guiadas—, y varios tramos del Camí de Ronda, la senda costera que recorre buena parte del litoral de la Costa Brava. Por esa senda, y por carretera, se llega a la cala de aguas transparentes como Cala s'Alguer, más cercana al centro, o Cala Estreta y Cala Corbs, algo más alejadas del núcleo urbano. El faro de Palamós, en la Punta del Molí, marca el límite del puerto pesquero y es, al atardecer, uno de los mejores miradores del municipio.
Septiembre puede convertirse además en la mejor temporada del año para disfrutar de Palamós: la temperatura del agua todavía es agradable, el mar está menos concurrido, los precios de los alojamientos son más razonables que en pleno agosto y la oferta gastronómica sigue en pleno funcionamiento. A hora y media de Barcelona y a unos 40 minutos del aeropuerto de Girona, Palamós no exige una logística complicada para una escapada de fin de semana.
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