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El juego de la gallina entre Alemania y Grecia

Para ganar al juego de la gallina Schäuble y Varoufakis saben que tienen que convencer al otro de que están dispuestos a llegar a Grexit aunque realmente ninguno de los dos lo quiera.

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Grecia y sus acreedores bajan las armas y retoman las negociaciones

Desde que Syriza llegó al poder estamos asistiendo a lo que se conoce en teoría económica como el ‘juego de la gallina’ entre Grecia y Alemania. Este juego se refiere a una situación en la que dos actores no ceden en sus posiciones negociadoras hasta el último instante, con la esperanza de que el otro vaya a ceder justo antes de que finalice la negociación bien sea porque se acaba el tiempo o porque ya no hay más recursos para negociar. En el mundo empresarial esta es una práctica común. Cuando los empresarios europeos visitan China para negociar un contrato, sus anfitriones suelen alargar las negociaciones hasta el día de regreso de la delegación europea (que normalmente ya tiene sus billetes de vuelta sacados) para conseguir un acuerdo más favorable.

La imagen que se suele utilizar para este tipo de juego es la de dos coches que marchan uno contra el otro o que van hacia un precipicio. La del precipicio quizás sea la más indicada para describir lo que viene pasando en la zona euro desde el comienzo de la crisis allá por 2008 ya que los líderes europeos han tomado medidas correctivas solo cuando han visto el precipicio a sus pies. En este caso, los que están sentados en los dos coches son los ministros de finanzas griego y alemán, Yanis Varoufakis, y Wolfgang Schäuble, y las posibilidades del juego son cuatro: 1) que los dos hagan “la gallina”, es decir, que los dos cedan en sus posiciones antes de llegar al precipicio; 2) que solo ceda Varoufakis; 3) que solo ceda Schäuble, ó 4) que no ceda ninguno de los dos, lo que significaría Grexit (la salida de Grecia de la zona euro).

El juego no es apto para espectadores con problemas cardíacos porque los dos conductores   son de sangre fría. Schäuble tiene 72 años, está curtido en mil batallas políticas en Alemania y Europa, incluso ha superado un atentado contra su persona, y aunque desde aquella ha quedado en silla de ruedas es de los negociadores más duros que hay en Europa. Varoufakis es un experto en teorías de juegos, su complexión física impone, y es uno de los economistas más inteligentes y mediáticos que ha producido Grecia en los últimos años. Varoufakis tiene 53 años, casi 20 años menos que Schäuble, y además nunca ha tenido un puesto político, así que estamos en una competición donde se enfrentan la juventud y el conocimiento teórico heleno frente a la madurez y la experiencia práctica teutona.

Para ganar este juego los dos saben que tienen que convencer al otro de que están dispuestos a llegar a Grexit (aunque realmente ninguno de los dos lo quiera). Los espectadores inteligentes (y esto es un mensaje para los mercados) deberían tener esto en mente si no quieren padecer un ataque de nervios. Esto explica que el gobierno alemán haya filtrado a la prensa el mensaje de que ya no estamos en el 2012 y que Grexit sería perfectamente absorbido por los colchones institucionales que se han creado desde entonces (ESM, OMT, QE etc.). La propuesta de máximos (y poco realista) de reestructurar la deuda en un 50% lanzada por Syriza también hay que interpretarla bajo esta lógica.

Varoufakis sabe que en esta partida de poker (otra figura que se utiliza para explicar el juego de la gallina) la carta más poderosa que tiene es la de Grexit. Esto es así porque todo el mundo con sentido común en Bruselas, Frankfurt y Berlín sabe que Grexit sería un desastre para la zona euro. Demostraría que la unión monetaria europea ha sido un error, que el euro ya no es irreversible y que cabe la posibilidad de que salgan más países. Los especuladores en la City de Londres apuntarían sus cañones directamente a Portugal, el siguiente eslabón más débil de la cadena. Además, y esto es importante, geopolíticamente Grexit sería todavía más tóxico. Los problemas de Grecia (la falta de competitividad y una administración incompetente y corrupta) no van a desaparecer con la salida del euro. Al contrario, una Grecia rechazada por Europa y malherida se lanzaría a los brazos de Rusia y crearía un nuevo quebradero de cabeza en los Balcanes para la Unión Europea.

Muchos analistas creen que la posición de Varoufakis es débil porque la amenaza de Grexit no es creíble (y por lo tanto no asusta a Schäuble). Más del 70% de los griegos no quieren salir del euro, así que es muy difícil que Syriza fuerce tanto su posición negociadora hasta llegar a ese extremo. Sería una traición a la voluntad del pueblo soberano griego. La baza por lo tanto de Schäuble es la de esperar a que el ciudadano griego vote con su “bolsillo”. Es decir, que empiece a sacar sus ahorros de los bancos por temor al Grexit y que eso al final fuerce a Varoufakis a ceder. La jugada es maquiavélica, pero tiene sentido desde el prisma del juego de la gallina.

Al final todo va a estar en manos del árbitro de la carrera: el Banco Central Europeo (BCE). Los bancos griegos van a poder proporcionar la liquidez necesaria (es decir, euros en los cajeros) a los depositarios griegos mientras el BCE haga lo mismo con ellos. Si el BCE se cansa del ‘chantaje’ griego y cierra el grifo, Grexit sería inminente. Pero incluso en ese escenario, ciertamente dramático, Tsipras, el primer ministro griego, tendría una última carta. Convocar de inmediato un referéndum sobre la permanencia o no en el euro. El resultado sería contundente. Seguro que la gran mayoría de los griegos votarían a favor de la permanencia. ¿Qué haría entonces Draghi? ¿Y Juncker? ¿Qué haría Merkel, la jefa de Schäuble? ¿Echarían a Grecia del euro contra la voluntad democrática del pueblo griego? No. Lo lógico, y sensato, sería que se dejasen de juegos peligrosos e intentasen buscar una solución política a lo que es un problema político.

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