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El autoritarismo responsivo de China se enfrenta a su mayor examen

Protestas en China ante restricciones por COVID-19.

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Algunos quizás se hayan olvidado, pero las protestas sociales eran muy comunes en China antes del covid-19 y se parecían bastante a las vistas en las últimas semanas. En 2006, el último año que el Ministerio de Seguridad Pública de China publicó cifras oficiales, se produjeron 87.000 “incidentes masivos”. Años después, en una revista oficial se estimaba que en 2010 la cifra se había duplicado y por lo tanto estábamos en torno a las 160.000 protestas al año. Con la llegada de Xi Jinping al poder hace 10 años, la represión del Partido Comunista Chino (PCCh) aumentó y eso hizo caer las cifras, pero en 2018 Lu Yuyu (quien por recopilar estos datos acabó en la cárcel) había registrado más de 70.000 manifestaciones. Es decir, esto no es nuevo en China. 

Lo que es novedoso en esta ocasión es que la mayoría de las protestas tienen una misma causa: las férreas restricciones para combatir la covid-19. Antes, las manifestaciones estaban dispersas por la geografía del país y se producían por diferentes causas, desde pedir mejoras en las condiciones de trabajo o salarios más altos, pasando por el rechazo a las expropiaciones de tierra o las denuncias por la alta contaminación, hasta el enfado de muchas familias por perder su hijo o hija durante el periodo en el que solo se podía tener un hijo en China. Al estar temáticamente desconectadas, estas protestas no preocupaban a la dirección del partido, sobre todo porque estaban dirigidas contra (y eran absorbidas por) los gobernantes y dirigentes del partido a nivel local o provincial. En muy raras ocasiones la ira iba dirigida al Gobierno central. 

En esta ocasión, en cambio, los “incidentes masivos” tienen una causa común (tanto los trabajadores de la fábrica de Apple de Foxconn en Zhengzhou como los estudiantes y jóvenes profesionales de Pekín y Shanghái protestan por lo mismo) y además el cabreo está dirigido al Politburó del PCCh y, más concretamente a Xi Jinping, que ha hecho suya la política de covid cero de los últimos años. Parece, además, que las autoridades chinas no vieron venir esta oleada de protestas. Lo cual demuestra que el comportamiento social, incluso en China, es impredecible. Al final, fueron múltiples los factores que hicieron que surgieran estas protestas justo ahora y a pesar de la fuerte represión que ejerce el partido tanto off como online. 

Muchos comentaristas apuntan al incendio de Urumqi, y las 10 muertes que se produjeron allí porque los bomberos llegaron tarde por las barreras anti-covid que hay en muchos barrios de las ciudades chinas, como detonante de las protestas, pero hay más factores estructurales que explican la reciente explosión social. Lo primero que hay que decir es que China se ha convertido en víctima de su propio éxito. En China, según fuentes oficiales, han muerto 5.300 personas de Covid. En EEUU más de un millón, en Brasil y la India más de medio millón y en el Reino Unido más de 200.000. Uno puede cuestionar las cifras chinas, pero incluso multiplicando la cifra oficial por diez estaríamos hablando de 50.000 muertes en un país de 1.400 millones de habitantes. Si uno analiza además las medidas de rastreo y confinamiento chinas, se dará cuenta que es muy probable que durante mucho tiempo las autoridades chinas han sido capaces de ahogar el virus. No hay que olvidarse de que entre abril de 2020 y finales de 2021 gran parte de la población china hacía una vida relativamente normal, siendo la envidia de gran parte del mundo. Eso sí, con pruebas de PCR regulares, una tecnología de rastreo en el móvil muy intrusiva y cuarentenas selectivas muy férreas. 

Fueron esas medidas tan draconianas las que hicieron que el Gobierno chino presentase su modelo durante mucho tiempo como superior al occidental, pero también las que han hecho que la población china esté ahora atrapada. Después del 20º Congreso del Partido, el Gobierno central empezó a levantar tímidamente las restricciones, pero empezaron a subir los casos por la alta contagiosidad de la cepa Ómicron, y las autoridades locales, que durante tanto tiempo operaron bajo la regla del covid cero, volvieron a endurecer los confinamientos y eso llevó a los más atrevidos o desesperados a salir a protestar. A esto se une el hecho de que la economía china no está pasando por un buen momento. La burbuja inmobiliaria se ha desinflado y el sector de los servicios está renqueante por los confinamientos. Por primera vez, el desempleo juvenil ha llegado al 20%, justamente porque muchos jóvenes encontraban su primer trabajo en el sector servicios. Finalmente, no hay que minusvalorar el efecto del Mundial en las protestas. Al ver las primeras imágenes de los primeros partidos con las gradas a rebosar, y con los aficionados sin mascarillas, muchos chinos se dieron cuenta de que su modelo no era tan eficaz como dice el Gobierno, y acto seguido las autoridades empezaron a editar esas imágenes evitando las tomas de las gradas. 

Pero no hay que confundirse: la gran mayoría de manifestantes en China pide libertad, no democracia. El PCCh ha desarrollado en los últimos años lo que ciertos expertos denominan un “autoritarismo responsivo” bastante efectivo y con altas dosis de legitimidad. Responsivo en doble sentido. Bajo la premisa social de que la seguridad es lo más importante, el PCCh “responde” inmediatamente a cualquier conato de resistencia o disidencia, y en esa represión se sirve de las nuevas tecnologías, como el reconocimiento facial o el rastreo automatizado de las redes sociales, pero a su vez también usa esa inteligencia artificial para “responder” a las demandas de la población. Justamente esta doble respuesta se está viendo en las últimas protestas. Por un lado, el PCCh ha usado las nuevas tecnologías para identificar y, en muchos casos, arrestar a los cabecillas de esas protestas, pero a la vez también ha dejado que muchas provincias y ayuntamientos hayan suavizado las medidas anti-covid en respuesta a las manifestaciones de malestar. 

Sin embargo, los meses que vienen no van a ser nada fáciles. Por su “éxito” contra el covid, la población china no ha desarrollado inmunidad de grupo. Además, las vacunas chinas parecen ser menos eficaces que las de mRNA, como Pfizer y Moderna, producidas en Occidente, y el Gobierno chino se niega a reconocerlo porque “perdería la cara” frente a su población. A esto se une el rechazo de buena parte de la población china, especialmente en las zonas rurales, donde la medicina tradicional china impera, a ser vacunada. En general, con cifras de contagio y muerte tan bajas, los incentivos para vacunarse han sido muy bajos. Todo esto ha hecho que nueve de cada diez chinos tengan una dosis en su brazo, pero que menos de la mitad de los mayores de 80 años haya recibido la tercera dosis. Esta es una población vulnerable que puede sufrir miles de muertes en los próximos meses, sobre todo si se tiene en cuenta que el sistema de sanidad chino no está tan preparado como el de los países desarrollados. 

El PCCh se enfrenta a un dilema. Si levanta las restricciones, aumentará el número de contagios y de muertes en una sociedad en la que el estatus social de los abuelos es mayor que en Occidente. Si esto sucede no sería extraño ver protestas a favor de que se vuelva a los confinamientos. Si siguen los confinamientos, en cambio, gran parte de la sociedad se opondrá a esas medidas, sobre todo si notan que las variantes Ómicron y Delta son más contagiosas, pero para la gran mayoría de infectados no pasan de unos síntomas leves. Como ha ocurrido en tantos otros países, la sociedad china estará dividida entre la epidemiología y la economía. De cómo navegue esta situación dependerá la legitimidad futura del Partido. Es por eso que el Gobierno central no ha mandado nuevas directrices claras a las provincias. Prefiere que la responsabilidad recaiga sobre los gobernantes provinciales y mantener cierta flexibilidad. 

Hasta ahora mucha de la política de covid cero se ha basado en las redes locales del partido. La gran mayoría de chinos confía en sus patrullas de barrio. Conocen esas caras. Son las caras de sus vecinos con carné del partido. Pero si esa confianza se rompe, los dedos apuntarán a Pekín y el partido se enfrentará a uno de sus mayores exámenes en sus más de cien años de historia.

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