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#FerrovialCómplice y la Junta impasible

Nos "colamos" en la Junta General de Accionistas de Ferrovial y te contamos cómo hemos preguntado acerca de los abusos de los que la empresa española es cómplice en Nauru, una remota isla del Océano Pacífico donde el gobierno australiano envía a las personas refugiadas y solicitantes de asilo.

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Isla de Nauru // TORSTEN BLACKWOOD

Isla de Nauru // TORSTEN BLACKWOOD

Se cosió los labios, pero los guardias se reían. De un chiste, no de ella. REC

Le lanzó una piedra a unos niños y le partió un diente a uno de ellos, de cinco años. Pero porque se portaban mal en el patio. REC

Ha intentado varias veces suicidarse, hacerse daño. No soporta la vida en esa prisión al aire libre. Pero los informes dicen que su riesgo de autolesión es bajo. REC

Así, en una desesperada lucha por la supervivencia viven cientos de personas refugiadas y solicitantes de asilo en Nauru, una remota isla del océano Pacífico donde el gobierno australiano “envía” a personas refugiadas que huyen de la guerra y la persecución para conseguir, existosamente, el efecto disuasorio.

“Básicamente tengo que hacer de enfermero de mi mujer y de mi hijo”, contaba Amir, barbero, de 28 años, que había llegado desde Irán a Nauru con su esposa, Yasmin, esteticién, y su hijo, Darius, de entonces tres años y medio. No imaginaban que, partiendo de una historia tan traumática que no podían ni compartirla con los investigadores de Amnistía Internacional, lo que iban a vivir en la isla podría asemejarse con ese calvario. Un año en el centro de Nauru bastó para convertir a esta familia aparentemente normal en un desecho. Un centro gestionado por Broadspectrum, la filial australiana de la que la empresa española Ferrovial, que hoy celebra su Junta de Accionistas, es propietaria. Aquí se rinden cuentas de lo que la empresa ha hecho en el último año. Aquí se presentan los proyectos, se explican encorbatados. Y yo quiero que se hable de los barrotes de Nauru. Unos barrotes que no existen pero que aprietan y silencian a miles de personas.

Mantienen sus caras impasibles, algunos perplejos, mientras alejan la mirada hacia el fondo, donde están sus líderes. Parece una película de ciencia ficción, donde los ingenieros manejan con sus mandos a distancia decenas, cientos de robots que parecen afirmar “sí, mi amo” con la cabeza. No he visto rostros empáticos. Sé que Australia está muy lejos, sé que nadie sabe dónde se ubica Nauru, ni yo misma. Pero si yo me he imaginado a Darius, si todos tenemos un sobrino, un hijo, un nieto por ahí correteando que convertir en Darius, al que no queremos que le tiren una piedra y le partan la boca, al que no queremos que le agredan sexualmente, al que queremos proteger de todas las guerras, los conflictos, las persecuciones, los golpes. Por qué los suyos no se les han “aparecido” en ese momento.

Se ha hecho silencio en la sala, o eso me ha parecido a mí, escuchando el latido en mi sien hasta donde ha llegado el corazón que se me salía por la boca. Desbloquear, pulsar, enfocar y darle al botón rojo que se enciende y parpadea: REC. Sencillo. Directo. A mi lado el mal acechando en forma de segurata, azafata, accionista furioso/a, nuevo rico/a. Y se ha oído, por fin, la voz de Gerardo. REC. Profunda, cavernosa, a punto de estallar en una carcajada desde el estrado, porque así me lo he imaginado (pensando: entonces, ¿al aperitivo no nos quedamos, no?).

He esperado unos martillazos, un “¡silencio en la sala!”, pero no ha pasado NADA. La indiferencia, ese sentimiento que aniquila más que un domingo de resaca, ha invadido la sala, la ha hecho gigante. 400, 500 personas, han sentido aburrimiento. Graba, graba, graba. Tú graba. Si te llaman señorita, graba, no digas “¡patriarcado!”. Graba. Si te dicen “no está permitido”, graba. Si te empujan accionistas de al lado, no digas palabrotas. Graba. Graba la indiferencia, el aburrimiento, el cansancio, la soberbia, la codicia. Graba como sea: con las manos, con los ojos, con la mente. Graba el silencio y las palabras, porque mientras esté en alguna, pequeña, diminuta, escondida línea, valdrá la pena. La voz de Darius en Nauru, que estremece mis entrañas, suena en esta junta de accionistas de Ferrovial. REC

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