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Si nadie puede contar lo que ocurre, ¿cómo nos enteramos de lo que pasa?

Veinte años después del 3 de mayo de 1993, cuando Naciones Unidas declaró el Día Mundial de la Libertad de Prensa asistimos a las mismas atrocidades. Antes los grandes protagonistas mediáticos se jugaban la vida en Bosnia, ahora lo hacen en Siria. Su peligro no es sólo a causa de los bombardeos, también son objeto de represión y ataques en un intento de ocultar al mundo las violaciones de derechos humanos que se cometen en el país.

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La policía impide a los periodistas acceder a sus oficinas en Azerbaiyan © IRFS

La policía impide a los periodistas acceder a sus oficinas en Azerbaiyan © IRFS

El día Mundial de la Libertad de Prensa, celebrado el pasado 3 de mayo, es una ocasión para recordar los ataques y la represión que sufren a diario quienes intentan denunciar la corrupción y las violaciones de derechos humanos en todo el mundo. Las formas de represión de periodistas son de las más variadas: de la suspensión de la licencia a la desaparición forzada y de la censura a la ejecución sumaria.

El 3 de mayo de 1993 Naciones Unidas declaró el Día Mundial de la Libertad de Prensa. En aquellos días, los grandes protagonistas de los medios de comunicación eran los corresponsales de guerra en Bosnia, que documentaban desde la primera línea las atrocidades cometidas en el conflicto. El sitio de Sarajevo fue el ataque sistemático y planificado a la población civil más prolongado de la “guerra moderna” del que mucha gente tuvo conocimiento gracias a los medios de comunicación. Los objetivos de los snajpers, los francotiradores al acecho en el monte Trebević, que domina la ciudad, eran hombres y mujeres en la cola para el pan, niños jugando en la calle y ancianos transportando garrafas de agua.

Veinte años después, asistimos a las mismas atrocidades a través de las imágenes que nos llegan de lo que empezó como una brutal represión contra las protestas y ha derivado en un sangriento conflicto en Siria, situando a este país desde hace más de dos años en la portada de los informativos y costando la vida a decenas de miles de personas. Allí, las fuerzas gubernamentales continúan bombardeando indiscriminadamente a la población civil, a menudo con armas prohibidas por el derecho internacional, mientras los grupos armados de oposición recurren cada vez más a la toma de rehenes, a la tortura y a la ejecución sumaria de soldados, combatientes de milicias afines al gobierno y civiles capturados o secuestrados. Todos los días miles de refugiados cruzan en masa las fronteras para huir de la violencia en el país, buscando refugio en los países vecinos - Jordania, Turquía, Irak y Líbano- que ya han llegado al límite de sus recursos. Se habla de más de 1,3 millones de refugiados desde el comienzo del conflicto y más de dos millones de personas desplazadas dentro del país.

En este contexto, Siria es actualmente uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Todos los días, profesionales de los medios de comunicación y “periodistas ciudadanos”, que no son sino personas de a pie que actúan como testigos y narradores de lo que sucede en su día a día en Siria, ponen en riesgo sus vidas para documentar las atrocidades y abusos cometidas tanto por las fuerzas gubernamentales como por los grupos armados de oposición. Pero el peligro que afrontan no consiste sólo en estar en el centro de los combates y expuestos al fuego de los morteros: continuamente son objeto de represión y ataques por parte de ambas partes cuyo objetivo es intentar ocultar al mundo las atrocidades y la destrucción que están teniendo lugar en Siria. Hasta finales de abril, han muerto al menos 36 periodistas, en lo que se consideran ataques selectivos.

Recientemente, Amnistía Internacional publicó un informe en el que documenta cómo, en respuesta a las actividades pacíficas de periodistas profesionales y ciudadanos, las autoridades sirias han vulnerado el derecho internacional y en particular el derecho de todo individuo a la libertad de expresión, sin dudar en cometer crímenes de guerra: ejecuciones sumarias, desapariciones forzadas, tortura... Aunque en menor medida, también los grupos armados de oposición han cometido abusos, como el secuestro y el asesinato de periodistas considerados simpatizantes del régimen o contrarios a la oposición.

El periodista Ali Mahmoud Othman, detenido en marzo de 2012, en el barrio de Baba Amr de Homs, Siria © Baba Amro News

El periodista Ali Mahmoud Othman, detenido en marzo de 2012, en el barrio de Baba Amr de Homs, Siria © Baba Amro News

Ali Mahmoud Othman fue arrestado en marzo de 2012, en la provincia de Alepo. En febrero de ese año, durante el asalto del ejército gubernamental al barrio de Baba Amr, en Homs, Othman había formado parte de una red de activistas que dirigían el centro de prensa improvisado de la ciudad siria, proporcionando imágenes e información a canales de televisión vía satélite y agencias de comunicación. También se le conocía por prestar ayuda a los periodistas extranjeros que querían entrar en Homs y facilitar sus movimientos dentro y fuera de la ciudad. Un mes después de su arresto, Ali Mahmoud Othman apareció en la televisión estatal siria, donde se le preguntó sobre sus actividades como periodista y su implicación en las protestas en contra del gobierno en Homs. Desde entonces, sigue detenido en condiciones que corresponden a desaparición forzada: su familia no sabe dónde se encuentra o incluso si está vivo; no tiene acceso a un abogado y tiene prohibido comunicarse con el mundo exterior.

El pasado mes de julio de 2012, el presentador de la televisión estatal Mohammed al-Sa’eed fue secuestrado por el grupo armado de oposición Jabhat Al-Nusra. A Mohammed le sacaron de su domicilio en Damasco y fue ejecutado de forma sumaria.

Pero Siria no es el único país donde los periodistas se enfrentan a duras medidas de represión a la hora de ejercer su profesión. Amenazas de muerte por parte de gobiernos, fuerzas militares o grupos armados son frecuentes en países como México, Turkmenistán y Somalia. A menudo, esas amenazas se cumplen: Abdihared Osman Aden, periodista somalí, fue asesinado de un disparo por un hombre no identificado mientras se dirigía a su trabajo el 19 de enero de 2013. Se trata de uno de los al menos 23 periodistas asesinados en Somalia desde 2011.

Otro riesgo al que se exponen periodistas que intentan denunciar abusos y violaciones de derechos humanos es ser sentenciados mediante la aplicación de leyes que criminalizan el ejercicio pacífico de la libertad de expresión, con penas incluso de prisión, o por cargos “inventados” o de motivación política. Es el caso de Avaz Zeynali, periodista de Azerbaiyán que el pasado 12 de marzo fue declarado culpable de soborno, extorsión, incumplimiento de una decisión judicial y evasión fiscal, y condenado a nueve años de prisión en Azerbaiyán. ¿Su delito?: denunciar regularmente casos de corrupción y criticar las medidas tomadas por el Presidente del país contra los medios de comunicación y los activistas de derechos humanos.

Además, en los casos de aquellas personas que denuncian estos abusos, rara vez se logra una investigación y que los responsables sean llevados ante la justicia, con lo que los gobiernos transmiten el mensaje de que está permitido impedir que se informe sobre lo que consideran temas delicados. Por ejemplo, una de las personas acusadas de torturar a la periodista Nazeeha Saeed después de que ésta fuera detenida en Bahréin en 2011 quedó absuelta, a pesar de las pruebas periciales que demostraban que había sido objeto de tortura. Nazeeha fue detenida y torturada tras denunciar el homicidio de un manifestante del que ella había sido testigo en la glorieta de la Perla.  

Éstos son sólo algunos de los ejemplos de la represión que sufren a diario periodistas y ciudadanos, en todo el mundo. La lista de las medidas represivas empleadas por gobiernos y otras organizaciones es larga, desde la censura al control de las comunicaciones, del corte de Internet a la suspensión de la licencia y al cierre de periódicos o emisoras de radio y televisión. ¿El objetivo?: acallar las voces que intentan denunciar las violaciones de derechos humanos, la corrupción y los abusos que se cometen a diario. El Día Mundial de la Libertad de Prensa es cada año una buena oportunidad para pedir a los gobiernos de todo el mundo que pongan fin a la represión de los periodistas y que respeten el derecho a la libertad de expresión y de información. Si ellos y ellas no cuentan lo que ocurre en el mundo, ¿cómo vamos a enterarnos y a reaccionar ante lo que pasa?

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