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La Caja Negra La Caja Negra

Los finales felices (I)

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Teatro.

AUGURI de Olivier Dubois/ Ballet du Nord.

Creación: Olivier Dubois. Música: François Caffenne. Luces: Patrick Riou. Teatro Central de Sevilla. 17 de noviembre. 21h.

Recital flamenco. Cristina Hall (baile), Gori Mazo (guitarra) y Álvaro Ramírez (cante). Laberinto art-lab. 14 de noviembre. 21,30h.

Martes, 14 de noviembre

21.15 horas. Miro a la gente por mi ventana. Van encogidas de frío. Así que decido coger mi abrigo más abrigado y salgo para ver la actuación de Cristina Hall.

21.30 horas. Llego al lugar. Hay barra, pero me abstengo de pedir cerveza porque estoy resfriadito. Pido un botellín de agua del tiempo y me siento en una sillita con el abrigo sobre las rodillas: MMC (modo mesa camilla).

21.45 horas. Salen el guitarrista y el cantaor. Esto va a empezar. Me arrebujo en la silla haciendo como si debajo del abrigo hubiera un brasero. Me acuerdo del dicho "hace más frío que en las casas". También de aquel edificante cántico futbolístico: "esto es Sevilla, y aquí hay que mamá(r)". Y sí, en esta ciudad, oficialmente, no hace frío. Así que…

22.45 horas. Tras la actuación, le pido un cigarro a una chica. (¿Hasta qué edad somos chicas? Pista: soy una chica de 44.) Mientras fumamos, la chica de menos de 44 (calculo) me cuenta que le han dejado un perro para que lo cuide, que a ella le encantan los perros, pero que éste es un sinapismo. Dice que lo ha dejado solo en casa porque tenía muchas ganas de venir a ver la actuación, pero está asustada de lo que se va a encontrar porque el perro se come hasta las cosas de comer. También dice que le ha dejado la tele puesta a ver si lo aplaca y que se va a ir en cuanto le dé un besito a Cristina. Fuma y luego dice que hay que ver lo difícil que baila Cristina y que ella también es bailaora.

00.15 horas. Advertencia: estoy en la cama, por eso escribo con letra rara. Creo que cuando la chica de menos de 44 dijo que Cristina Hall baila difícil quería decir que es precisa, que visita calidades de movimientos muy diversas (lo que no es habitual en el baile flamenco), que la rítmica de sus bailes está muy elaborada. A mí me gusta cómo baila Cristina y, a veces, me cuesta entender por qué no baila más en España. ¿Será porque se llama Hall, es rubia y de Estados Unidos? Yo respondo lo que Carmen Amaya cuando le preguntaron si sabía hablar inglés: “no lo quiera Dios”.

00.21 horas. Pienso en lo que he visto un poco más. En la sensación física que me deja. Intento definirla pero no me sale. Me levanto de la cama y camino frotando los deditos como si estuviera desmenuzando una pastilla de caldo de pollo. Creo que lo tengo. Vuelvo a la cama.

00.23 horas. Hay una mezcla de arrebato y frialdad. La bailaora (y sin embargo persona) parece mostrar sus heridas al bailar, pero lo hace con cierta reserva. Como cuando has imaginado tantas veces tu desborde emocional que, cuando realmente ocurre, lo vives como un turista de la emoción. No, no sé explicarlo.

00.26 horas. Aquí una escena (¿para explicarlo?): voy en un vagón de metro. Solo. De pronto sube una desconocida. Se sienta cuatro asientos más allá. Me mira y me cuenta algo muy íntimo. La miro. Espero que se siente más cerca, que me pregunte mi nombre. Algo. Pero nada. Se baja en su parada. Yo me quedo en el metro. Fin.

00.27 horas. Final alternativo: la desconocida se presenta y vamos a tomar un café. Fin.  O el café se alarga y pasamos la noche juntos. No nos llegamos ni a besar. Ella coge su metro y yo el mío. (¿Te suena? Más le suena a Linklater.) Fin. O en el último momento, ella decide no subir al metro o yo le pido que no lo haga. Le pido salir. Fin. O… O tienes más peligro que los finales felices.

Miércoles, 15 de noviembre

07.35 horas. (Bueno es un poquito más tarde, pero vaya que mis tías y primos lean esto y confirmen que soy un tarambana.) He soñado con una obra que no he visto, pero que existe: Escenas de caza. A la autora, María Velasco, la conocí hace un par de años. La obra me ha gustado mucho. Igual hago la crítica.

07.45 horas. (Dos horas más si no eres de mi familia.)  Acabo de ver que Escenas de caza se estrena el 18, o sea, pasado mañana, en Valladolid.

Viernes, 18 de noviembre

19.37 horas. Le pido a S que me haga una foto que se me ha ocurrido: yo sentado en un fotomatón con la cortina abierta ya de noche. Pongo cara de interesante mientras ella me hace fotos. Vamos a mi casa y las descargamos en mi ordenador. Están chulas. Vaticino que usaré una de ellas de foto de perfil a partir del 22 de noviembre.

20.37 horas. S y yo vamos camino del Teatro Central a ver Auguri de Olivier Dubois. Ahora mismo se estará estrenando la obra con la que soñé el martes. Qué cosas.

21.05 horas. Sentado en la fila 9, pongo atención en mi cuerpo mientras se hace el oscuro en la casa. Últimamente me ha dado por pensar que veo los espectáculos, los intento analizar mientras los veo, observo lo que me pasa mientras los veo,… Pero ¿Y mi cuerpo? Qué le pasa a mi cuerpo, qué le va a pasar durante este Auguri.

21.12 horas. En el arranque de la función hay una demora intencionada en todo el proceso de presentarnos el espacio y sus habitantes. La luz enseña poco a poco unos cubos que parecen containers de puerto con unos cables metálicos que se pierden hacia arriba en diagonal. Algún intérprete asoma lentamente. La música tampoco muestra sus cartas de comienzo. Una leve impaciencia en mi muslo derecho. Respiro. Es el cambio de ritmo: de la vida, su prisa y sus pantallas a otra cosa. Si no hay este cambio de tiempo, malo.

21.38 horas. Poco a poco, los intérpretes (veintidós) han ido empezando a correr. Aparecen entre los cubos, se ocultan, se desplazan ante ellos. Mi cuerpo se va contagiando de la vibración de los suyos. Un temblor que propicia la música de François Caffenne y las carreras, caídas, choques, abrazos, persecuciones, encuentros, desencuentros, leves quietudes.

22.05 horas. La obra termina. Me queda la belleza de la luz sobre los cables de acero, me queda la desazón de la carrera como metáfora ambigua, me queda la admiración por la exactitud de la partitura (una exactitud que no le quita vida sino que le da alas), me queda la felicidad de la danza infinitesimal de mi cuerpo durante la función.

22.15 horas. Hace frío. Nos montamos en el coche de unos amigos de S para cruzar el puente de la Barqueta. Me acuerdo del cuento árabe del hombre que se encuentra a la muerte en Bagdad. La muerte le hace un gesto. Él  pide el caballo a su señor y huye a Islamabad. Esa tarde, el señor se encuentra a la Muerte y le pregunta que por qué le hizo un gesto de amenaza a su criado. Ella le contesta que no fue de amenaza sino de sorpresa por verlo en Bagdad ya que esa misma noche estaba destinado a morir en Islamabad.

22.19 horas. Que levante la mano el que no hubiera corrido a Islamabad al ver la muerte. Tú no cuentas, samurai.

01.12 horas. ¿Estaré yendo de cabeza a cierto destino ahora que creo estar escapando de él? ¿Hay vida después de la vida? ¿Hay vida durante la vida? ¿Y consuelo? ¿Hay posibilidad de consuelo? Si la hay, ¿dónde está? ¿En el gesto?, ¿en la palabra?, ¿en el silencio?, ¿en el grito?, ¿en la oración?, ¿en la huida? ¿Hay algo más humano que correr? Correr para apurar la vida, para huir de los fantasmas, para atrapar los sueños, para sentir el frío del aire de noviembre en la cara. ¿Esto es pensar o bailar?

01.16 horas. No tengo más preguntas, señor juez.

01.17 horas. Una cositas, señor juez, ¿le importaría arroparme y apagar la luz?

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