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David Montero

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Tú qué haces cuando estás sola

Miércoles

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Una obra mayor

Teatro Clásico de Sevilla ha ido dibujando una trayectoria sólida y coherente, avalada por infinidad de premios y que le ha permitido ser una excepción de estabilidad en la casi siempre fugaz vida de las compañías andaluzas. Tras Hamlet, éste es su segundo encuentro con una obra de Shakespeare. La mano de Alfonso Zurro, director y responsable de la versión de los textos desde hace unos años, vuelve a proponernos una lectura de la pieza que la acerca al espectador del hoy (los clásicos, decía Luis de Tavira, son aquellos que no ha terminado de decir lo que venían a decirnos) y que pueda satisfacer por igual a todo tipo de público. Para ello, coloca en el centro de la trama el odio, en vez del amor. El odio como un personaje más que se va imponiendo y alentando a la destrucción. Y elige como marco, no la Verona del original, sino la España de la Guerra Civil. Esta decisión es uno de los grandes hallazgos de la función porque hace que en cada giro de la trama vivamos la angustia de una doble inevitabilidad: la muerte de ambos jóvenes y el estallido de la guerra fratricida cuya sombra sigue siendo demasiado alargada. Estos días parece que, por fin se va a sacar a Franco del Valle de los Caídos mientras algún político dice disparates sobre las Trece Rosas. Y es este extraño presente en el que parece que la página no se termina de pasar el que amplifica y hace que nos duela más este Romeo y Julieta, esta historia de un amor devastado por el odio que lo rodea.

La brillantez de la decisión implica, sin embargo, un reto dramatúrgico y escénico que, como acostumbra, Zurro resuelve con maestría: va sembrándola lentamente con proclamas y referencias a los sublevados a y los fieles a la República en la guerra, ironiza arrancando con los personajes disfrazados al modo del Renacimiento italiano; para ir haciendo calar la amenaza prebélica se apoya en un atinado espacio sonoro de Jasio Velasco, en la progresión del vestuario de los personajes firmado por Carmen y Flores de Giles, y la eficaz y hermosa iluminación de Florencio Ortiz.

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El algoritmo no tiene ritmo y dormir es una utopía

Martes, 16 de julio

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La belleza de lo que está pasando justo ahora

En el marco de esta edición del Festival Internacional de Danza de Itálica,Rocío Molina ha presentado tres piezas que forman parte del proceso de creación e investigación de su siguiente espectáculo. Los llama Impulsos y son encuentros con distintos artistas en los que la bailaora va dejando aparecer un universo simbólico, coreográfico y escénico que luego cristaliza en el espectáculo en cuestión.

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El diablo de la risa

Manu Sánchez ha estado este fin de semana en el Cartuja Center de Sevilla mostrando sus tres piezas escénicas: El rey solo, El último santo y El buen dictador, en días consecutivos. Yo, que no suelo asistir a este tipo de espectáculos para grandes públicos, me fui el sábado a ver la segunda.

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Quédate con mi prestigio, dame un poco de tu dinero

Jueves, 13 de junio

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Pregúntale a mi sombrero

El viernes a mediodía me dijeron que Fernando Mansilla se nos acaba de ir. La noticia me cogió a traspiés y aún no he terminado de reaccionar. Escribo estas letras como primer conjuro a la inconcebible idea de la desaparición de alguien a quien quieres, respetas y admiras. Para quienes no lo hayan conocido, Fernando era un barcelonés llegado a Sevilla en los primeros ochenta, que cultivó la literatura, la escena y la música. Desde su mítica Hijo de perra hasta sus últimas apariciones en la escena con Libertino de Marcos Vargas y Chloé Brûlé o con su grupo Mansilla y los espías, pasando por sus poemas, relatos y novela (Poemas para la no posteridad, Relatos faunescos, Canijo), Mansilla me y nos regaló su mirada singular y otro modo de contar y contarse. Era un epicúreo y un sabio, que estaba más allá de los egos y las ambiciones que contaminan a los mundos que habitamos.

Lo conocía y admiraba desde antes, pero nos hicimos amigos en la gira de un espectáculo en la que él era una sombra que desgranaba máximas sobre el poder y yo hacía de fantasma. Desde entonces, la admiración artística se arrebujó con la personal.

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No se me ocurre mejor compañía para esta obra

Viernes, 5 de abril de 2019

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Julio Fraga: uno de los nuestros

El oficio de dirigir es paradójico. Implica la máxima exposición y el máximo ocultamiento. Cuando se levanta el telón, el director (o la directora) está en el patio de butacas pero es como si estuviera desnudo en medio del escenario, expuesto a los vaivenes de ese público que mira aquello que has orquestado, coordinado y conducido. En esa desnudez, la directora (o director) es como una hojita sensible a la mínima brisa: una tos, no le está gustando; una risa, sabía que iban a reír aquí; una pausa demasiado larga de la actriz, se nos van. Nada es tan importante y todo es muy importante.

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Hay un sitio, madre, que se llama placer (y otro que se llama guerra)

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Viernes, 29 de marzo.

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