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ARAGÓN

¿Quién teme al Islam?

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O mejor dicho, quién no lo teme. Inauguramos el siglo XXI con la violencia del terrorismo islámico, el llamado Primer Mundo entró en este con pasmo y miedo ante el reencuentro con las bombas que creíamos cosa del pasado tras la Segunda Guerra Mundial. No es que el planeta hubiera alcanzado el falso fin de la Historia enunciado por Fukuyama y, con él, el fin del conflicto armado, es que el derramamiento de sangre masivo se había deslocalizado, como la producción, y llevado a las antiguas colonias.

Ya había sido derrotado el bloque soviético, los terrorismos propios europeos estaban en vías de extinción y la economía mundial marchaba viento en popa pero ante esta feliz burbuja surge un nuevo enemigo: la Yihad. Y con ella volvimos a mirar a Oriente Próximo, al Islam que rige su cultura y al fenómeno del islamismo.

Desde principios del siglo XX el islamismo, búsqueda en la religión de una respuesta política a los problemas de la sociedad,  surge como vía de hacer frente al colonialismo occidental y su influencia. Tras el fracaso de gobiernos liberales y socialistas de corte occidental, que no logran sacar de la pobreza ni del desencanto a estos países, el islamismo cala entre la población como apoyo social y contrapoder a gobiernos dictatoriales respaldados por potencias occidentales. Lo cierto es que, incluso finalizada la colonización, Occidente siempre se muestra amenazador para la población musulmana, ya sea mediante la creación del nuevo estado de Israel, el traslado de la Guerra Fría a Afganistán, el apoyo a dictaduras de corte militar como la de Sadam Hussein o la invasión a países para derrocar dictaduras como la de Sadam Hussein (disfrutad la ironía).

Frente a la lectura oficial de que Occidente fue obligado a ir a Oriente tras el despertar del terrorismo islámico en Estados Unidos, si somos fieles a los hechos vemos como Occidente nunca dejo Oriente Próximo y ayudó a crear el caldo de cultivo del que surge la peor versión del islamismo. Ahora, el Islam se nos muestra en los medios no como una doctrina de paz (como enuncian complacientes imanes y biempensantes progresistas occidentales) sino como la piedra en el zapato de la estabilidad en el Oriente Próximo y la amenaza del modo de vida occidental. Ante este panorama, en vez de intentar entender de donde surge esta terrible violencia hacemos declaraciones sobre nuestro deseo de instaurar la democracia en los países musulmanes y actuamos a golpe de bomba y alimentando gobiernos que son socios económicos y políticos con poblaciones sumisas.

Para los gobiernos occidentales siempre será más cómodo relacionarse con cabecillas militares que aseguren mercados y paso de tropas que con poblaciones emancipadas e iguales que, para colmo, piensen diferente. Por ello para los gobiernos occidentales la derrota del terrorismo nunca estará al alcance de su mano a no ser que cambien su visión del mundo islámico y empiecen dejar caminar solos a los pueblos musulmanes hacia su visión de la democracia, la sociedad y, por supuesto, el mercado. El fin del conflicto con el islamismo no viene únicamente por la necesaria transformación del mundo musulmán, a no ser que Occidente esté dispuesto a evolucionar también y entender la globalización no como neocolonización si no como transformación global estaremos eternamente en aquel once de septiembre de 2001.

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