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Andrea Momoitio

Periodista. En la coordinación de Pikara Magazine. Adicta a los macarrones con tomate. Extímida, irreverente y melómana. Lesbiana y feminista, en ese orden.

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La autobusa

No estoy muy acostumbrada a coger el autobús. Vivo exactamente a dos minutos de la redacción de Pikara. Esto puede sonar maravilloso, pero nunca me da tiempo a escuchar una canción entera y, creedme, eso no me hace ninguna gracia. El caso es que yo no sabía lo difícil que puede ser la vida si eres madre de dos criaturas y tienes que coger el autobús cada mañana en Bilbo. El otro día monté en uno para ir a trabajar porque había dormido con Z. Ella vive en una zona un poco alejado del centro. Es un barrio de los de siempre, tranquilo, de trabajadores y de trabajadoras, un barrio de gente que probablemente no tenga tiempo para ir paseando mientras escucha música al trabajo y usa el transporte público cada mañana. Ahí quería llegar yo: al autobús. Estaba esperando al 56, que pasa cada 15 minutos. A mi lado, cinco mujeres con, al menos, ocho niños. Menuda jauría tenían montada, la verdad. Escuchaba sus conversaciones con nitidez y eso que tenía los cascos puestos con Vetusta Morla a tope. ‘Te lo digo a ti’, por cierto, es un temazo. Realmente no me acuerdo si era esa la canción que estaba sonando en ese momento, pero me apetecía decirlo. El caso es que llegó el 56 y, como cada mañana, estaba a reventar de gente. El Ayuntamiento podría pensar en ampliar el servicio a esas horas para evitar que empecemos el día traumatizadas, pero no se les ha ocurrido. Están muy ocupados en en el Guggenheim y el barrio de Z. está lejos de allí:

-Ya hay dos sillas. No puedes subir.

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Bolleras a popa

Dejé de ver con mi madre Hospital Central cuando supe que era lesbiana. Pensé que me notaría algo raro cuando salieran Maca y Esther, los personajes lésbicos de la serie más longeva de la televisión en el Estado español. Entonces yo aún lloraba por ser bollo. Interpretadas por Patricia Vico y Fátima Baeza, probablemente sean la pareja más popular de la ficción española. No fueron las primeras lesbianas representadas en una serie de televisión, pero sus papeles marcaron un antes y un después. El argumento, sencillo: doctora lesbiana, de clase alta, rechazada por su familia seduce a una enfermera de barrio, de tradición heterosexual, que se deja llevar por el amor. Una serie de esas que se piensan para que se vean en familia contando una historia de amor entre dos mujeres. ¿Cómo fue posible?

Precisamente por eso: la historia cumplía con todos los requisitos para ser aplaudida. El trinomio amor monógamo-matrimonio-maternidad es la llave para la aceptación social de gais, lesbianas y trans. En los cuartos oscuros, claro, creerán que no hay amor. La serie de Telecinco fue la primera en retratar una boda entre parejas del mismo sexo. El capítulo 'O calle para siempre', en el que Maca y Esther se casan, fue emitido en diciembre de 2005, cinco meses después de la aprobación en el Parlamento español del matrimonio igualitario. Ninguna serie se atrevió antes a imaginar un enlace así. Curioso que, hasta en la ficción, tuviéramos que esperar tanto para lograrlo.

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Por qué una mujer trans no puede ser juzgada por violencia de género

Las generalidades nunca han sido buenas aliadas y, sin embargo, las leyes se construyen a partir de ellas. No puede ser de otra manera porque la realidad es poliédrica y cambiante, igual que la ciudadanía para la que se dictan normas jurídicas. El Estado de Derecho, que rara vez hace honor a su nombre, se vuelve del revés ante nuestro mundo, que es tan complejo como quienes lo habitamos.

El periódico más leído de Bizkaia, El Correo, publicaba ayer una noticia, escrita desde la mismísima transfobia, en la que se narraba la encrucijada judicial ante la que se encuentra un abogado: su clienta, una mujer trans, es acusada de haber ejercido violencia contra su expareja, también mujer. Los hechos denunciados se produjeron antes de la transición social de la acusada por lo que la denuncia fue registrada como un caso de violencia de género, que sólo incluye los delitos de violencia ejercidos en el marco de una pareja heterosexual. Esta ley, una de las grandes victorias del movimiento feminista del Estado español, pretendía, por un lado, garantizar medidas punitivas y de protección específicas y, sobre todo, el reconocimiento social de que la violencia que los hombres ejercen contra las mujeres responde a una lógica social, cultural, estructural. Los hombres agreden y asesinan más a sus parejas mujeres porque vivimos en una sociedad que permite y legitima la dominación masculina. Ahora bien, y volviendo al inicio, la realidad nos enfrenta cada día a nuevos retos.

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Pasear entre putas

Amsterdam no existe en realidad. La ciudad, dicen, es el máximo exponente de lo que es capaz de hacer el ser humano. Construida sobre agua, la población ha aprendido a vivir en constante movimiento. Nada parece casual. Las casas están un poco inclinadas hacia delante para que los muebles no golpeen con la fachada cuando los suben por el exterior. Por esas escaleras tan estrechas, no caben grandes armatostes. En el tejado de casi todas las viviendas hay colgado un gancho, que utilizan para agarrar las poleas. A casas estrechas, grandes soluciones. Los impuestos aumentaban en función del ancho de la vivienda, así que construyeron hacia arriba.

Ciudad de mercaderes, la capital holandesa ofrece hoy a sus visitantes lo que ofrecía también a los primeros marineros que hicieron pie allí: un ocio en el que no cabe ningún juicio de valor. En una misma calle, justo detrás de la Iglesia Nueva –Oude Kerk–, de un vistazo, encuentras una tienda en la que venden trufas de setas alucinógenas, un coffee shop y mucha cerveza. Sólo unas calles más allá, el aderezo que faltaba para la gran fiesta: las mujeres. Ellas están en el Barrio Rojo. La mayoría no son holandesas, que pueden presumir de haber logrado una igualdad, al menos formal, aceptable si se compara con otros países europeos, y trabajan detrás de otros escaparates. En los que están iluminados con la característica luz roja, que antes era un código pero ahora es un souvenir, las mujeres son principalmente de América Latina y de Europa del Este. Muchos de los clientes sí son ciudadanos holandeses y pasean por las calles del barrio rodeados de turistas, que acuden a la zona por distintas razones.

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La tienda de ultramarinos de Herminia

Los primeros recuerdos que tengo en mi barrio, en Ortuella, me traen sensación de libertad, verano y las vaquillas de Gran Prix. Apenas tengo recuerdo de los inviernos. Corríamos de arriba a abajo; intentábamos entrar a la mina y, de hecho, lo hacíamos; saltábamos por huertas ajenas; y nos creíamos un poco Pippi Calzaslargas. Bendita niña irreverente. Entre botes y botes de mercromina me recuerdo diciendo que quería ser periodista. Lo cierto es que creo que yo lo que quería era tener una excusa para hablar con gente y estar perfectamente informada de todo lo que pasaba a mi alrededor. En la Universidad intenté profesionalizar mi instinto innato al cotilleo.

De pequeña, en aquellos días de verano, me pasaba por la tienda de Herminia, con algunas preguntas escritas en un papel, y hablaba con ella de cómo había llegado hasta allí. Me decía, con una gran sonrisa en la boca, que no se aburría en aquella pequeña tienda de ultramarinos que, ahora, lleva años en venta.

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Las feministas se avergÜEnzan

En la cola del concierto en homenaje a Angela Davis que se celebró hace cinco meses en Bilbao, un grupo de feministas hablaban indignadas de la situación de las personas en busca de refugio a las puertas de Europa. Nada de lamentos. Ese mismo día quedaron en pensar posibles acciones de protesta. Antes ya habían convocado en su ciudad una manifestación por los derechos de las personas refugiadas. Si algo sabemos las mujeres es de lucha, aunque la nuestra no forme parte de los libros de historia. Las primeras reuniones de la plataforma que se constituyó entonces, Ongi etorri Errefuxiatuak Bizkaia, se celebraron en el Centro de Documentación de Mujeres vinculado a la Asamblea Feminista de Bizkaia. No es casualidad. Esta anécdota es uno de los gérmenes de la Caravana a Grecia, una iniciativa de distintos movimientos sociales y colectivos ciudadanas que busca denunciar la actitud de indiferencia de los gobiernos europeos. Lejos de garantizar el derecho a la vida de las miles de personas que están huyendo de la guerra, Europa vuelve ahora a mostrar su peor cara. En realidad, la única que muestra nos queda.

El 15 de julio, desde distintas ciudades del Estado español, alrededor de 300 personas empiezan un viaje a Grecia, en cinco autobuses, para mostrar el rechazo que les provocan los gobiernos europeos. La iniciativa se plantea, desde el primer momento, como una acción de denuncia política que trascienda la solidaridad. “Tenemos la ilusión puesta en este tipo de iniciativas, las que nos permiten recorrer distintos países encontrándonos con diferentes movimientos y personas”, asegura Bea Plaza, de la organización Omal-Paz con Dignidad. El feminismo, que trabaja no sólo por hacer visibles las desigualdades que viven las mujeres, sino también otras personas con identidades de género más allá del binarismo, permite mirar más lejos: "¿Qué poderes están detrás?; ¿Qué multinacionales se están lucrando?; ¿A qué poderes les interesa que gran parte de la población esté en riesgo y en continuo desplazamiento?", se pregunta. Diana Urrea, parlamentaria de EH Bildu, también viaja en uno de los autobuses y recuerda que la mirada internacionalista es indispensable para el movimiento feminista que "tiene que tener totalmente clara la importancia de una perspectiva de ciudadanía global y solidaridad entre los pueblos" para hacer frente a la situación. Denuncia que los gobiernos europeos no sólo están vulnerando los Derechos Humanos sino que, en el caso de las mujeres y las niñas, están obviando normas establecidas por los organismos internacionales como el Convenio de Ginebra o el Protocolo de Estambul. "Las mujeres son las que se llevan la peor parte -sigue- porque está más que comprobada la violencia sexual, la explotación y todo tipo de vejaciones que sufren durante el proceso migratorio por parte de mafias, por otros refugiados o la policías de frontera".

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Una tierra en la que quepamos todas

Vídeo realizado para promocionar la VII Conferencia de La Vía Campesina. La letra de la canción ha sido compuesta por el escritor Joseba Sarrionaindia; interpretada por “En tol Sarmiento” con la colaboración de Ines Osinaga (Gose).

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Descarriadas

En Móstoles, en la librería Delirio, que es un lugar maravilloso, conocí a Mª José Gea. Me contó que está trabajando sobre las maternidades en prisiones. Hablamos un rato. Decía lo mucho que le sorprende en cada viaje a Euskal Herria lo presente que está la cárcel en la calle. Me vinieron entonces a la cabeza todos los carteles, folletos y pancartas que siempre he visto en Ortuella, mi pueblo, para intentar hacer visible algo que aún no lo es tanto fuera de esta tierra: la prisión y todo lo que gira en torno a esta institución oscura en la que escondemos nuestras miserias como sociedad.

Nunca había pensado demasiado en ello hasta hace unos años cuando cayó en mis manos el libro Huye, hombre, huye, de Xosé Tarrío. Más allá de su historia, me impresionó por cómo nos acusa como sociedad por nuestra indiferencia ante las prisiones. En esos lugares lúgubres, alejados del centro de las ciudades, el Estado cumple una de sus funciones más terribles: el castigo. Tarrío entró en prisión para cumplir una condena de poco más de dos años acusado de robo. Era toxicómano. Varios intentos de fuga y motines multiplicaron su pena. Diecisiete años después le dejaron en libertad para fallecer en un hospital. Su madre dice que murió de cárcel. En una prisión de Ávila, ahora mismo, está Jone Amezaga, una joven de Gernika condenada por enaltecimiento del terrorismo porque su huella dactilar fue encontrada en un trozo de celo que sujetaba una pancarta que hacía alusión a ETA. Estas son solo algunas historias de injusticia flagrante de las que tenemos información, pero cuántas así habrá detrás de los barrotes.

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Té de ruda

Ana Orantes se sentó en un programa de Canal Sur para contar su historia. El testimonio, como es habitual cuando hablan las víctimas de violencia de género, pasó desapercibido para la audiencia. Era diciembre de 1997. Unos días después apareció asesinada en la puerta de su domicilio. Su caso, dicen, marcó un antes y un después en la percepción de la ciudadanía sobre la violencia contra las mujeres. Las instituciones también tomaron cartas en el asunto: primero, en 1999, modificaron Ley de Enjuiciamiento Criminal y el Código Penal; luego, en 2004, después de infinidad de movilizaciones del movimiento feminista, se aprobó la Ley Integral contra la violencia de género que reconoce el carácter estructural de la violencia que sufren las mujeres en el ámbito de la pareja heterosexual. Después, poco más.

En una jornada de trabajo organizada para integrantes de organizaciones de mujeres y feministas, que se organizó el viernes pasado en Basauri (Bizkaia), una preocupación sobrevolaba continuamente el encuentro: ¿Desde el movimiento feminista hemos delegado la responsabilidad de la lucha contra la violencia de género a las instituciones? ¿Nos hemos dormido en los laureles desde la aprobación de Ley Integral? El encuentro se gestó con la excusa de presentar 'Ruda', un documental, realizado por Pikara Magazine y Veinti3 para Oxfam Intermón, que narra las estrategias comunitarias que ponen en marcha diferentes organizaciones guatemaltecas para acabar con la violencia en su país. Así, en un país en el que los índices de violencia son muchísimo más altos y donde el Estado no garantiza la protección de las mujeres, son las mujeres sobrevivientes de violencia quienes recogen, acogen, cuidan y acompañan a otras. El valor de la comunidad.

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El feminismo que lo okupa todo

Era una nave abandonada. Dentro sólo había algún recibo en pesetas, un cuarto lleno de carteles de mujeres desnudas, muebles viejos, una baraja de cartas y mucha basura. Ahora, es un espacio de encuentro para lesbianas, mujeres y trans. Es Oihuka y está en Bilbo. En euskera significa grito. Motivos nos sobran.

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