Sobre este blog

Pikara Magazine es una revista digital que practica un periodismo con enfoque feminista, crítico, transgresor y disfrutón. Abrimos este espacio en eldiario.es para invitar a sus lectoras y lectores a debatir sobre los temas que nos interesan, nos conciernen, nos inquietan.

Una violencia que no acabamos de creernos

Ilustración para Pikara Magazine

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El vídeo ha corrido como la pólvora. Se han hecho declaraciones institucionales y la audiencia se ha echado las manos a la cabeza: "¡Qué horror!"; "¡Qué barbaridad!" y expresiones menos cohibidas: "Valiente capullo". Nos ponen delante un vídeo de una agresión machista y, sorpresa, parece que entonces nos creemos que ésta existe. La agresión en Eibar ha contado con la condena y el reconocimiento de la ciudadanía porque está grabada en vídeo. Si nadie hubiera estado ahí delante para filmarlo o si la persona que grababa hubiera decidido dejar de grabar para ayudar a la mujer agredida, la condena social probablemente habría sido otra muy distinta. Es más: quizá no sería noticia a escala estatal. Lo habrían contado los medios locales y poco más, pero teníamos imágenes. Imágenes violentas, impactantes; las imágenes de un horror que, en el fondo, parece que la sociedad no acaba de creerse.

El tratamiento de la violencia machista en los medios de comunicación es una de las grandes asignaturas pendientes del periodismo. Se han escrito infinidad de guías y se han firmado decenas de documentos llenos de buenas intenciones, compromisos que nadie recuerda cuando tienen delante un vídeo que saben que se va a convertir en viral en cuanto se publique. La tiranía de las audiencias, el morbo, la necesidad de imágenes impactantes para contar lo que ya no parece suficiente decir con palabras. Desde Pikara Magazine, que este año cumplimos 10 años, no paramos de pensar en estrategias para informar sobre violencias machistas en clave de resistencia, empoderamiento, Derechos Humanos. Ayer, cuando vi publicado el vídeo en redes sociales, mandé un WhatsApp al grupo editorial de la redacción: “¿Qué os parece que se publiquen vídeos así?”. Teresa Villaverde fue la primera en contestar. Me contaba que cuando visitó Paraguay estuvo en un centro comercial que se había quemado. Al iniciarse el fuego, los responsables mandaron cerrar todas las puertas para evitar que la gente robase. Murieron abrasadas 230 personas. Las familias organizaron con el tiempo un memorial en el que colgaron fotos de cuerpos calcinados para evitar el olvido: "Son imágenes del horror, pero en un contexto determinado, que acaban adquiriendo un peso. Tenemos que tener cuidado con banalizar el horror". Contexto y objetivos: nada que ver con la difusión de las imágenes de Eibar.

June Fernández no había visto el vídeo cuando contestó a mi pregunta y, en ese momento, yo tampoco. El titular y la miniatura en la noticia de La Sexta fueron elementos suficientes para que se nos removiera el estómago. Ella me remitió directamente a unas declaraciones de Rita Segato en Pikara Magazine: "Falta una discusión profunda de editores, de profesores de carreras de Comunicación… una discusión que sí hubo en relación al suicidio, que se sabe que es contagioso y mimético. Hay suicidios que son espectaculares y serían grandes noticias, pero existe un acuerdo entre los medios de no mostrarlo. La violencia contra las mujeres, y también la homofóbica, está en ese mismo lugar. También es contagiosa, también es espectacular, también puede ser transformada en espectáculo… pero no hay el mismo acuerdo que con relación al suicidio". Al preguntarle sobre el efecto llamada, Segato no duda: "La violencia mediatizada muestra un sujeto potente. Un sujeto monstruoso, pero es un monstruo potente. Y lo que la masculinidad busca es la potencia, aunque sea monstruosa". 

Volvemos a lo de siempre: "Todo el rato se repite el mismo error. Los medios se detienen en hechos concretos, pero no se nos explica por qué hay hombres que agreden a mujeres", dice June Fernández. Además, insiste en algo: "¿Qué pensarán las mujeres, los niños y las niñas que han vivido una situación así al ver las imágenes?". Antes de emitir algo así tendríamos que preguntarnos: ¿Qué efecto va a tener en la opinión pública a la hora de juzgar la violencia ver imágenes así?

Irantzu Varela trabaja con nosotras en la redacción y tampoco duda. Ella pone el foco en la persona que grababa la agresión y condena la espectacularización de la violencia machista: "Me preocupa que necesitemos ver a hombres pegando a mujeres para asumir que la violencia es real. La sensación de impunidad que tienen es tal que son capaces de hacerlo en mitad de la calle. No sé qué aporta que veamos cómo un hombre agrede a su compañera. Ya sabemos que la violencia machista existe". En teoría, claro. Hablamos entonces de la famosa foto de Kevin Carter: "Esa foto aporta un discurso. Estábamos saturadas de ver niños y niñas muriéndose de hambre en África. No nos impactaba y esa foto nos atravesó. El fotoperiodismo es eso: conseguir que una imagen diga lo que las palabras ya no pueden decir, romper con esa insensibilidad". Nada que ver con la difusión de las imágenes de Eibar. En esa misma línea, Mª Ángeles Fernández recuerda la importancia del fotoperiodismo, el valor de construir relatos visuales: "Durante la pandemia, muchos fotoperiodistas han criticado la falta de imágenes de muertes, la ausencia de un relato visual de lo que ha ocurrido". Eso es una cosa, claro, y otra muy distinta es dar cabida en los medios de comunicación al vídeo que ha grabado una persona particular con su móvil, sin ningún rigor, sin ningún código deontológico, sin afán de informar ni de transformar. En las imágenes, tanto la mujer agredida como su hijo aparecen pixelados, pero ¿es suficiente para proteger su imagen? Resulta evidente que no. Son perfectamente reconocibles para sus familiares y amistades, así como para probablemente gran parte de la ciudadanía de un municipio relativamente pequeño.

Queremos sacar la violencia machista de nuestras casas, sí; queremos hacer de la violencia machista una cuestión pública y política, pero sin perder de vista el derecho a la intimidad de la víctima y de su hijo. Esas imágenes, en definitiva, no han servido de nada. No responden a ningún criterio periodístico de calidad, ni recogen la apuesta feminista por evidenciar que las violencias machistas responden a una lógica estructural, que trasciende lo personal. Lo personal es político, pero, para que así sea, hay que politizarlo. Lanzar al mundo unas imágenes tan dolorosas solo provocan una falsa sensación de empatía cuando lo que necesitamos son políticas públicas, discurso feminista y periodismo de calidad. Vale ya, por favor.

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