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Ángela Labordeta

Angela Labordeta nació en Teruel. Ha trabajado y colaborado con diferentes medios de comunicación y en los últimos veinte años ha publicado cuatro novelas y un libro de relatos; también ha participado en diferentes antologías. En octubre publicará su nueva novela. En la actualidad es Secretaria de Comunicación de CHA.

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El fascismo radical

Me remonto a un artículo que en su día escribió Pier Paolo Pasolini y en el que hablaba de la distinción entre el fascismo adjetivo y el fascismo sustantivo; en el mismo apuntaba que la distinción entre fascismos no puede hacerse de forma cronológica entre un fascismo fascista y un fascismo democristiano, sino entre un fascismo fascista y un fascismo radical. En estas dos fórmulas -fascismo fascista y fascismo radical- encontramos al fascismo siendo sustantivo y siendo a su vez sustantivo y adjetivo, y la diferencia entre ambos resulta evidente.

Fascismo fascista hace referencia a un régimen político basado en el totalitarismo y el autoritarismo que se impuso en la Europa de entreguerras y cuyo líder -el fascismo precisa siempre de un líder- fue Mussolini, mientras que el fascismo radical se desprendió del útero que lo había alimentado ideológicamente y se impuso en las calles de todas las sociedades, y desde entonces, y hasta ahora, campa a sus anchas abofeteando e insultando y alcanzando cotas de locura solo semejantes a las impuestas por los verdugos que saciaban su odio con la sangre y el dolor de sus víctimas. En estos días he visto el rostro del fascismo radical en bares y en plazas y en las calles de Valencia y en el miedo en los ojos de aquella mujer que buscaba con el diálogo aplacar la violencia de quien entiende que solo con los golpes se alcanza la gloria, que en su caso es solo el éxtasis que produce saberse el más violento, el más fuerte.

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Ojalá cuando tú me leas….

Escribo estas líneas en una mañana de sábado, líneas que tú leerás en domingo. Las escribo sin saber qué sucederá esta tarde en mi ciudad: si se impondrá la razón y la paz, o por el contrario se abucheará a mi Ayuntamiento por decidir reconocer el dolor de quienes padecieron los atentados de agosto en Barcelona y en Cambrils. Ojalá cuando leas estas líneas haya reinado la paz y la voz de Kase.O haya aplacado todos los miedos y haya hecho fuerte la cordura de pensar por uno mismo en paz y en libertad.

Pero haya pasado lo que haya pasado en mi Zaragoza amada, y sin saber qué sucederá el lunes en Cataluña, asisto con gran tristeza y muy poca esperanza a una sucesión de acontecimientos que a pasos agigantados están debilitando nuestra democracia y nuestras libertades, y todo ello por malas y cobardes decisiones políticas, por discursos baratos y demagogos, por posturas de gran tibieza y otras de obstinada razón sin razón. Hemos visto a un Parlament vulnerar la democracia, hemos visto acorralar y golpear a hombres y mujeres, hemos visto a hombres hacinados en un busque disfrazado de Piolín y a un Presidente, Rajoy, dispuesto a seguir contando con sus dedos el triunfo sobre la derrota humana. También hemos visto a un Rey que era un Rey disfrazado de político. Hemos saboreado la decepción, la tristeza y el miedo y ahora, cuando las palabras ya ni resuenan y el eco es mudo, solo cabe la esperanza de que se imponga algo de cordura y nadie busque culpables, porque cuando las pasiones se desatan y bucean a través de la ceguera humana, el final del camino puede ser el más imprevisible y sin duda el más letal y perverso y en ese instante, desgraciadamente, ya nadie escucha nada que no sea únicamente el eco de lo que quiere escuchar.  

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Me gustan los coches porque me llevan lejos cuando no quiero estar cerca

Me gustan los coches porque en su interior se escribe la historia de las historias. Me gustan los coches de las persona que conozco y mucho más los de las personas que no conozco, porque en su espejo retrovisor y en las vírgenes y banderas que cuelgan de éste, así como en las fotos recortadas en círculos sobre el salpicadero, se escribe un mundo de grises y blancos que nos enseña que el concepto del tiempo es tan diverso como el de la experiencia. En esos coches de desconocidos suelo recogerme en el asiento de atrás y sueño y sé que me gustan los coches.

El coche de mis veranos era un “dos caballos”, con el que mi tía y mi madre nos llevaban hasta el mar y allí gritábamos, no cantábamos, gritábamos: “A galopar, a galopar, hasta enterrarnos en el mar”. Eran días luminosos, de mujeres y niñas, de vestidos a flores, de agua y de risas que parecía que nunca iban a detenerse.

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¿Jugamos al pacto?

Tendría diez u once años cuando descubrí que hay muchas formas de soledad y que quizá fue Emily Dickinson la que escribió sobre la soledad más lúgubre de la forma más descarnada: “Este es mi carta al mundo/Que jamás me ha escrito”. Tendría diez u once años cuando descubrí que en esa soledad de niña no era especialmente feliz y mi carta al mundo no tenía remitente y como destinatarias, un grupo de niñas de mi misma edad con las que yo quería jugar, caminar y de las que me separaba una bolsa de sidral, un paquete de pipas a peseta, cuatro barras de regaliz negro y algunas nubes con sabor a algodón pasado.

Cada día, los días eran repetidas secuencias de nuestras propias inseguridades, yo y mis amigas deseadas ocupábamos espacios separados y en la soledad de un patio de recreo, que casi rozaba el cielo, cada una degustaba, en la más estricta de las soledades, su pequeña bolsa de sidral, recogiendo las cáscaras de las pipas para que no aterrizaran sobre un suelo gris y húmedo.

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Morir bien es huir del peligro de vivir mal

Siempre me apasionó la vida de Séneca, porque goza de todos los componentes que uno desea encontrar en los libros leídos y en aquellos soñados: pasión, traiciones, poder, amor, sabiduría, locura, odio y un final que de tan estoico es pura épica. Séneca rozó los cielos y acarició el infierno, pero los dos momentos eran igual de vitales y con la misma conciencia había que vivirlos, porque una vez que desaparece la infancia, la vida de cualquier forma es ya demasiado corta.

En algún momento de su vida escribió: “No tiene importancia morir más pronto o más tarde; tiene importancia el morir bien o mal, mas el morir bien es huir del peligro de vivir mal”. He querido llegar hasta estas palabras escritas por Séneca, porque considero que son la razón de la vida: “el morir bien es huir del peligro de vivir mal”.

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El espíritu Coscubiela

Hace unos días Ignacio Martínez de Pisón escribía un artículo sobre el independentismo catalán que titulaba: “Lo mío, mío; y lo tuyo de los dos”. Quizá hoy habría que decir: "Lo mío, mío; y lo de todos también". Estos últimos días hemos visto cómo el abuso y la intolerancia se apoderaban del Parlamento catalán, de una forma primitiva y bronca, para sacar adelante, arremetiendo contra la democracia, una ley, ilegal, que dé cobijo a un referéndum sin garantías que ya casi nadie sabe si quiere que se celebre.

Y en medio del caos una voz, la del diputado Joan Coscubiela, que fue la voz de la libertad, la cordura y la democracia. Dijo frases como: "Nos importa el qué, pero tanto como el qué, el cómo. Por eso somos demócratas". Y pidió sentido común en el voto, porque "en democracia la mayoría no puede con todo".

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Once de julio que se llama “No a Biscarrués”

Día 11 de julio.  A las dos de la tarde un grito que retumba y nos hace felices: “La Audiencia Nacional tumba la construcción del embalse de Biscarrués”. Nuestros rostros lo dicen todo y en silencio cada uno sabe que la noticia es importante, tan importante que las palabras se escapan o casi no tienen sentido, porque durante semanas temimos que una vez más la intolerancia y la sin razón inundara el lugar de la vida y del reino de los Mallos.

A las tres de la tarde nos despedimos y cada cual regresó a su cotidiana manera de entender la vida. Yo no era capaz de escribir y leí y recordé. Algún amigo en las redes sociales hablaba del triunfo de David contra Goliat y otros escribían sobre la justicia y el sentido común. Yo estaba paralizada, supongo que durante semanas el miedo me paralizó, porque solo la idea de pensar que el pantano de Biscarrués llegara a ser a una realidad me dejaba en la orilla más triste, en la inundada orilla en la que los pantanos han dejado a Aragón,  a sus pueblos y a sus gentes.

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El PSA, cuarenta años después

Hace unos días en Zaragoza, y en un acto sencillo, se presentaban los audios originales del mitin que un 13 de junio de 1977 daban en la plaza de toros representantes del Partido Socialista de Aragón, en lo que fue sin duda el inicio del aragonesismo político de izquierda. Fui invitada a participar y quise contar este cuento que hoy os dejo aquí:

“Aquel 13 de junio de 1977 yo tenía nueve años y poco o muy poco sabía del socialismo. No sabía casi nada del socialismo a nivel teórico, pero vivía socialistamente porque de esa forma me habían enseñado a construir mi mundo y el de las personas que estaban a mi alrededor. Aquel 13 de junio yo estaba en esa plaza de toros, pero no recuerdo los eslóganes ni los discursos de Emilio ni de Tierno ni las palabras de Eloy ni de mi padre; sin embargo sí que recuerdo a mi amiga Diana, recuerdo que juntábamos nuestras manos, a modo socialista decíamos, pero no lo hacíamos como ellos, porque nosotras estábamos construyendo nuestra libertad al margen de las palabras que nuestros mayores pronunciaban y que a nosotras nos parecían demasiado solemnes, demasiado grandilocuentes. Desde muy niñas supimos que ellos luchaban por un ideal, por una utopía que nada tenía que ver con el mundo que se iba imponiendo en las calles a través de una realidad convulsa, donde los restos del franquismo eran letales para la libertad y el socialismo. Todavía nadie osaba hablar del aragonesismo.

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El niño de las gomas

En una calle de un país cualquiera había un niño, se llamaba Daniel y no hablaba.

Daniel tenía una impresión de sí mismo deformada y quizás esa era la razón por la que nunca hablaba. Daniel tenía gato y piedra, pero sobre todo tenía una colección de gomas que nunca utilizaba y que eran su gran tesoro, la parte de su corazón que nadie podía ni podría acariciar. Daniel bajaba a primera hora todos los días a la calle, se detenía en la papelería y revisaba las nuevas gomas y las acariciaba y soñaba que un día, no muy lejano, sería el propietario de todas las gomas del mundo.

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Todos nuestros ayeres

Así se titula una de la novelas de la gran escritora italiana Natalia Ginzburg, a la que sus contemporáneos le pusieron la etiqueta de escribir de asuntos menores como la memoria, las emociones o la familia. Ginzburg es, sin duda, una de las grandes escritoras del siglo XX, que tendría que ser lo mismo que decir que es una de “los grandes escritores del siglo XX”, porque ella misma, como muchas otras escritoras, huyó del género para referirse al escritor. El escritor escribe por el hecho de escribir, por ver esa sucesión de palabras encadenarse, por encontrar otra dirección que no sea la del sentido único, porque intuye que el tesoro no está en el mapa de la razón y sobre todo lo hace porque no quiere dormirse sobre unos zapatos convencionales que acaben borrando su vuelo y su mirada.

Pero Ginzburg, para los escritores italianos de su generación, escribía de asuntos menores y de alguna forma, al utilizar la expresión “asuntos menores”, lo que buscaban sus coetáneos era diagnosticar la literatura de la Ginzburg como una literatura escrita por mujeres, una literatura débil, casera, que solo sabe tratar de cuestiones que se amasan tras  las paredes familiares donde los silencios, los amores, la memoria, el odio y las emociones lo construyen todo. La Ginzburg no hablaba de grandes reyes, ni construía epopeyas vacías, ella y su “léxico familiar” devoraban una y otra vez la vida, retratándola en su insolencia y dureza casi siempre de forma única.

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