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Ángela Labordeta

Angela Labordeta nació en Teruel. Ha trabajado y colaborado con diferentes medios de comunicación y en los últimos veinte años ha publicado cuatro novelas y un libro de relatos; también ha participado en diferentes antologías. En octubre publicará su nueva novela. En la actualidad es Secretaria de Comunicación de CHA.

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Aragón y Sijena, el cuento de una traición

Ayer escribía en un tuit: “Me hubiera gustado que los bienes de Sijena hubieran vuelto a Aragón lejos de tanta confrontación e intereses políticos de unos y otros; quizá ahora el Partido Popular devuelva todos esos bienes que de Aragón andan por España”.

Alguien podría decirme: “Ángela, la situación jurídica del resto de los bienes no es la misma”. Respondí: “Lo sé. ¿Y si lo hubiera sido, habría habido voluntad política?, ¿se habría dejado sin recurrir la sentencia, tal y como ha hecho el Partido Popular con la de los bienes de Sijena?”.

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El sida y nosotros

Cuando en la década de los ochenta nos enfrentamos a las primeras noticias relacionadas con personas portadoras del VIH, personas con sida, lo primero que se instaló en la sociedad fue el miedo, pero se trataba de un miedo parcial, porque pronto esta enfermedad se relacionó casi de forma exclusiva con homosexuales y con personas adictas a la heroína, así que la enfermedad fue entendida por una parte amplia de la sociedad como un castigo casi divino con el que se perseguía a los maleantes -así han sido considerados los homosexuales en nuestro país durante décadas y décadas- y se castigaba a los adictos, a los débiles, a los que cabalgaban por las arterias de la ciudad buscando ese polvo que les hace reyes de una vida imposible.

El sida llegaba para matar y pronto lo vimos en amigos a los que dijimos adiós en noches heladas donde las lágrimas tapaban la vergüenza, porque ese amigo no había muerto de sida, no podíamos pronunciar la palabra sida por respeto a esa madre y a ese padre que sabían que su hijo vagaría por el infierno, mientras ellos soportaban la mirada de vecinos, de amigos que les acusaban por dejar que su hijo fuera homosexual o heroinómano. Entonces nadie hablaba de la serofobia, nadie le había puesto nombre a la forma en que la sociedad trataba y maltrataba a las personas que tenían sida. No había que besarlos, ni hablarles y si algunos hubieran podido les habrían escupido, arañado. Luego, casi al tiempo, supimos que el sida también afectaba a los heterosexuales, pero aún así seguía la constante de que quien se acuesta con un drogadicto sabe a lo que se expone y eso lo tuvimos que escuchar en tantas ocasiones que acabamos tapándonos de tantas palabras que nos escondimos en las cunetas de nuestra propia y silenciosa revolución.

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El valor del miedo

El miedo te aprisiona y te deja en el lugar más vulnerable. El miedo es como un espejo de humo en el que no queremos mirarnos. El miedo es, simplemente, el sitio donde algunos te colocan para ser ellos muchos más valientes, más hombres, más todo. Pero el miedo tiene un valor incalculable, es silencioso, pero se agranda conforme el dolor es mayor y la incomprensión alcanza ese espacio opresivo donde una mujer es violada y agredida. Nadie sabe cómo responder ante el miedo: el miedo a perder una vida, el miedo a perderse a una misma, el miedo a ser humillada y violada, el miedo a no saber si seguir o dejarte morir.

Pero el miedo tiene un valor incalculable, porque te hace sabia, porque en ese instante de gran dolor solo debes protegerte a ti, en ese preciso instante donde el mundo se agrieta y tú no ves la grieta porque jamás la provocaste, solo debes protegerte a ti. Aunque luego el mundo te juzgue desde su miedo cobarde, tú habrás sido la más valiente, porque no gritaste ni insultaste, porque el miedo era tan intenso que supiste que solo ese valor que da el miedo más terrible podía salvarte. Salvar tu vida. En ese preciso instante, lo sé, tu intimidad estaba rota, pero sigues avanzando, nombrándote, queriéndote y dejando que te queramos, aunque la justicia de los hombres jamás sabrá sobre el valor del miedo. De nuestro miedo.

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Hablarán de nosotras

Y el sol calcina ya mil y mil lenguas y yo pensaba que nada iba a pasar que no pasara por la situación en Cataluña y los agitados pasos que nos arrastran al precipicio de nuestros egos vanidosos y enfermos. Nada iba  a pasar y yo me colgaba de una nube escondida, donde me resignaba a olvidar tu belleza de tristeza sin arraigo en una vida que me arrebata una y otra vez su imposible verdad.

Pero no, había algo más y en ese instante había presente y futuro. Nosotras estábamos allí, alrededor de una mesa, dispuestas a hablar de literatura, a hablar de nosotras, pequeñas escritoras de mundos sin decoro, pecadoras con la palabra y el verso, desnudas como una nevera vacía y sin alma. Marina Heredia, Ana Alcolea, Olga Bernard, Irene Vallejo, Cristina Grande y yo misma y entre el público mi querida Eva Puyó, hermosa y madre; Sabina y hambrienta. Antón Castro nos presentó y dedicó a cada una de nosotras suaves palabras que navegaban por nuestros océanos de colores y sueños.

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Como lobos hambrientos y adoctrinados

Una marea, con sus remolinos, resaca y adversidades, nos advierte de los riesgos de perder pie y ser arrastrados por la corriente, que no entiende de palabras ni de reglas. En los últimos meses, diría años, hemos vivido cabalgando entre una y otra marea, mareas antagonistas que jamás buscaron el diálogo, que nunca confiaron la una en la otra, que raramente pensaron en el futuro, porque el presente se imponía con sus razones inmediatas y egoístas, pueriles y bastardas. Pero el futuro siempre acaba por llegar y se impone como presente, para pasar rápidamente a ser pasado.

En estos últimos años, para llegar a la situación que hoy vive Cataluña y el resto de las comunidades autónomas que conforman España, ha habido dos actores que han jugado, según el momento y sus intereses políticos, a ser la parte activa y llevar la iniciativa o a ser la parte pasiva que calla y niega la realidad de un país, España, que se reconoce en sus diferencias y precisa de un nuevo modelo territorial y de relación. En los últimos meses hemos visto cómo el Parlamento catalán ha actuado de forma abusiva, arremetiendo contra la democracia y anteponiendo el qué al cómo, para dejar a Cataluña y a su ciudadanía fuera de la ley y en una situación de gran vulnerabilidad y de tremenda fragilidad, situación que ha acabado con la proclamación del artículo 155 por parte del Gobierno de Rajoy, artículo que recoge la Constitución española, pero que no cuenta con un desarrollo concreto, lo que entraña demasiados riesgos, ya que en estos días estamos transitando por un mar desconocido lleno de remolinos, turbulencias y contracorrientes, donde cada cual quiere imponer su bandera al precio que sea.

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El fascismo radical

Me remonto a un artículo que en su día escribió Pier Paolo Pasolini y en el que hablaba de la distinción entre el fascismo adjetivo y el fascismo sustantivo; en el mismo apuntaba que la distinción entre fascismos no puede hacerse de forma cronológica entre un fascismo fascista y un fascismo democristiano, sino entre un fascismo fascista y un fascismo radical. En estas dos fórmulas -fascismo fascista y fascismo radical- encontramos al fascismo siendo sustantivo y siendo a su vez sustantivo y adjetivo, y la diferencia entre ambos resulta evidente.

Fascismo fascista hace referencia a un régimen político basado en el totalitarismo y el autoritarismo que se impuso en la Europa de entreguerras y cuyo líder -el fascismo precisa siempre de un líder- fue Mussolini, mientras que el fascismo radical se desprendió del útero que lo había alimentado ideológicamente y se impuso en las calles de todas las sociedades, y desde entonces, y hasta ahora, campa a sus anchas abofeteando e insultando y alcanzando cotas de locura solo semejantes a las impuestas por los verdugos que saciaban su odio con la sangre y el dolor de sus víctimas. En estos días he visto el rostro del fascismo radical en bares y en plazas y en las calles de Valencia y en el miedo en los ojos de aquella mujer que buscaba con el diálogo aplacar la violencia de quien entiende que solo con los golpes se alcanza la gloria, que en su caso es solo el éxtasis que produce saberse el más violento, el más fuerte.

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Ojalá cuando tú me leas….

Escribo estas líneas en una mañana de sábado, líneas que tú leerás en domingo. Las escribo sin saber qué sucederá esta tarde en mi ciudad: si se impondrá la razón y la paz, o por el contrario se abucheará a mi Ayuntamiento por decidir reconocer el dolor de quienes padecieron los atentados de agosto en Barcelona y en Cambrils. Ojalá cuando leas estas líneas haya reinado la paz y la voz de Kase.O haya aplacado todos los miedos y haya hecho fuerte la cordura de pensar por uno mismo en paz y en libertad.

Pero haya pasado lo que haya pasado en mi Zaragoza amada, y sin saber qué sucederá el lunes en Cataluña, asisto con gran tristeza y muy poca esperanza a una sucesión de acontecimientos que a pasos agigantados están debilitando nuestra democracia y nuestras libertades, y todo ello por malas y cobardes decisiones políticas, por discursos baratos y demagogos, por posturas de gran tibieza y otras de obstinada razón sin razón. Hemos visto a un Parlament vulnerar la democracia, hemos visto acorralar y golpear a hombres y mujeres, hemos visto a hombres hacinados en un busque disfrazado de Piolín y a un Presidente, Rajoy, dispuesto a seguir contando con sus dedos el triunfo sobre la derrota humana. También hemos visto a un Rey que era un Rey disfrazado de político. Hemos saboreado la decepción, la tristeza y el miedo y ahora, cuando las palabras ya ni resuenan y el eco es mudo, solo cabe la esperanza de que se imponga algo de cordura y nadie busque culpables, porque cuando las pasiones se desatan y bucean a través de la ceguera humana, el final del camino puede ser el más imprevisible y sin duda el más letal y perverso y en ese instante, desgraciadamente, ya nadie escucha nada que no sea únicamente el eco de lo que quiere escuchar.  

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Me gustan los coches porque me llevan lejos cuando no quiero estar cerca

Me gustan los coches porque en su interior se escribe la historia de las historias. Me gustan los coches de las persona que conozco y mucho más los de las personas que no conozco, porque en su espejo retrovisor y en las vírgenes y banderas que cuelgan de éste, así como en las fotos recortadas en círculos sobre el salpicadero, se escribe un mundo de grises y blancos que nos enseña que el concepto del tiempo es tan diverso como el de la experiencia. En esos coches de desconocidos suelo recogerme en el asiento de atrás y sueño y sé que me gustan los coches.

El coche de mis veranos era un “dos caballos”, con el que mi tía y mi madre nos llevaban hasta el mar y allí gritábamos, no cantábamos, gritábamos: “A galopar, a galopar, hasta enterrarnos en el mar”. Eran días luminosos, de mujeres y niñas, de vestidos a flores, de agua y de risas que parecía que nunca iban a detenerse.

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¿Jugamos al pacto?

Tendría diez u once años cuando descubrí que hay muchas formas de soledad y que quizá fue Emily Dickinson la que escribió sobre la soledad más lúgubre de la forma más descarnada: “Este es mi carta al mundo/Que jamás me ha escrito”. Tendría diez u once años cuando descubrí que en esa soledad de niña no era especialmente feliz y mi carta al mundo no tenía remitente y como destinatarias, un grupo de niñas de mi misma edad con las que yo quería jugar, caminar y de las que me separaba una bolsa de sidral, un paquete de pipas a peseta, cuatro barras de regaliz negro y algunas nubes con sabor a algodón pasado.

Cada día, los días eran repetidas secuencias de nuestras propias inseguridades, yo y mis amigas deseadas ocupábamos espacios separados y en la soledad de un patio de recreo, que casi rozaba el cielo, cada una degustaba, en la más estricta de las soledades, su pequeña bolsa de sidral, recogiendo las cáscaras de las pipas para que no aterrizaran sobre un suelo gris y húmedo.

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Morir bien es huir del peligro de vivir mal

Siempre me apasionó la vida de Séneca, porque goza de todos los componentes que uno desea encontrar en los libros leídos y en aquellos soñados: pasión, traiciones, poder, amor, sabiduría, locura, odio y un final que de tan estoico es pura épica. Séneca rozó los cielos y acarició el infierno, pero los dos momentos eran igual de vitales y con la misma conciencia había que vivirlos, porque una vez que desaparece la infancia, la vida de cualquier forma es ya demasiado corta.

En algún momento de su vida escribió: “No tiene importancia morir más pronto o más tarde; tiene importancia el morir bien o mal, mas el morir bien es huir del peligro de vivir mal”. He querido llegar hasta estas palabras escritas por Séneca, porque considero que son la razón de la vida: “el morir bien es huir del peligro de vivir mal”.

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