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Jesús Cintora

Periodista, escritor, conferenciante. Presentador de televisión y radio. En Cuatro, de espacios como Cintora a pie de calle, Las Mañanas de Cuatro, En la caja y The Wall. En la SER, de programas como Hoy por Hoy, donde fue coordinador del espacio informativo con Iñaki Gabilondo, Hora 14 y Hora 25 fin de semana. También ha sido analista político en RTVE (El debate de la 1, La noche en 24 horas) o Telecinco (El gran debate, El programa de Ana Rosa). Ha escrito el libro La hora de la verdad (Espasa) y ha sido profesor asociado en la Universidad Carlos III de Madrid.

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Confesión

Mientras miramos a Catalunya, la precariedad del empleo sigue siendo la gran transformación social del tiempo que vivimos. Nos la están colando. Bajan los sueldos y hay que hacer malabares o sumar varios puestos de trabajo para intentar llegar a fin de mes. Por eso, me niego a pasar por alto que la ministra Fátima Báñez siga soltando estos días una serie de perlas ajenas a la realidad. Son impropias del cargo que desempeña. Tanto como afirmar que "hay más empleo y de mejor calidad". No es cierto, y gestionar nuestras cosas del comer no es un acto de fe como las plegarias a la Virgen del Rocío.

Como si una mentira repetida mil veces pudiera convertirse en verdad, la ministra suelta que "España tiene la brecha salarial más baja de su historia", "se firman más contratos indefinidos que temporales", "desde la recuperación todo el empleo creado es a tiempo completo", "hay más y mejor trabajo...". Báñez está desatada. Estas afirmaciones son un insulto para el pueblo que le paga.

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Cipollino vive (la lucha sigue)

Tomás es mi vecino. Está jubilado. Se traga las tertulias de la radio, de la televisión y monta las suyas en el parque, enfrente de casa. Digamos que Tomás está muy politizado. No hay vez que me vea y no me hable de “Mariano”, “el Sánchez”, “el Podemos”, “el Rivera” o el que sea. Los nombra con distancia, pero habla de ellos como si fueran de la familia. A Tomás lo conozco hace más de diez años y solía hablarme de pensiones, de listas de espera, de corrupción, de sus nietos precarios… Ahora, Tomás lleva un par de meses que solo me habla de Cataluña.

Como tantos jubilados, mi vecino suele estar pendiente de alguna cita médica. Espera que le operen desde que acabó el verano. Por eso, cuando le veo, suelo preguntarle por lo suyo. El otro día fui a comentarle que el tiempo para operarse en España ha aumentado 21 días en el último año. Como media, hay que esperar tres meses y medio. Tomás no me hizo mucho caso y pasó a preguntarme por “lo que están haciendo los rusos para meterse en lo de Cataluña”. Me quedé a cuadros. Me acordé del agente Cipollino.

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Elogio a un franquista

Uno piensa cuánto debemos avanzar como democracia en España cuando ve al presidente del Gobierno referirse a uno de los golpistas más sanguinarios de nuestra historia reciente. Aquí, un día cualquiera, el jefe del Ejecutivo declara que no entiende por qué le quitaron la calle a semejante criminal y no pasa nada. Para muchos es una noticia de breves o que no existe. Para otros, no hay que reabrir heridas, pero hay que soportar que Rajoy declare con orgullo que aún nombra como “Salvador Moreno” la calle “Rosalía de Castro”.

Mucho nos ponen como ejemplo a Alemania para cumplir medidas como los severos ajustes económicos. Allí serían impensables semejantes declaraciones del jefe del Gobierno sobre los protagonistas de la negra huella del fascismo en Europa. Rajoy recuerda con nostalgia la calle Salvador Moreno, que rendía homenaje a un sublevado contra un Gobierno democrático. Moreno encabezó matanzas a uno y otro lado de España. En el Mediterráneo, en el Atlántico, en el Cantábrico... A cualquiera con un mínimo de sensibilidad se le revuelven las tripas leyendo sus andanzas, como el ataque a Asturias, bombardeando Gijón.

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Guarros

Sabemos que están ahí. Habitan entre nosotros. Braman contra los rojos, los moros, los maricones, los que no visten, ni peinan como Dios manda… Son esos cafres que a veces nos encontramos en los bares, en reuniones familiares, en los centros de trabajo... Hay quien los considera la cuota facha de nuestra sociedad. Van más allá los que todo lo solucionarían persiguiendo, apartando, expulsando, matando… Odian. Son peligrosos. No es de recibo confiar la seguridad de todos en esta gente que hace llamamientos para perseguir o matar a una parte de la sociedad.

No me siento protegido, sino amenazado, sabiendo que una noche en Madrid puede pararme en la calle alguien que representa a la autoridad, pero considera a “Hitler, un señor”, manda “a tomar por culo a los progres de mierda”, llama a “hacer cacerías de guarros”, dice que “hay que matar al cerdo del coletas” y que Carmena es “una zorra vieja”, que debe tener “una muerte lenta y agónica”, como merece “su equipo de gobierno”… No son los más indicados para llevar un arma. Son un peligro social.

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España pochada

“Mariano Rajoy Brey es un hijo de puta con complejos, que quiere superar a Franco en la presidencia del Gobierno”. Dicho así, por Ignacio González, da mucho miedo. Sentarse a ver pasar los cadáveres en esta guerra sucia y oír cómo se describen entre ellos es de todo menos como ha declarado Rajoy a la prensa alemana: “Hubo corrupción en mi partido, pero son cosas del siglo pasado”.

Da miedo, más que nada, porque gobiernan España. Para ser del siglo pasado, sorprende que, en un solo día, procesen al partido del Gobierno y a su tesorera, indaguen en el Parlamento por el apunte “M. Rajoy” en una contabilidad corrupta, el juez de Púnica señale movimientos contables opacos en tiempos de Esperanza Aguirre, sepamos que ese mismo gobierno autonómico hacía extraños pagos a la empresa de escrutinios electorales Indra, conozcamos más detalles del pago de mordidas al PP o salgan a la luz nuevas escuchas del caso Lezo con conversaciones un tanto mafiosillas…

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Banderas y trapos sucios

Un histórico dirigente del PP me hacía previsiones electorales, calculando lo poco que importa que su partido retroceda en Cataluña por la gestión del “procés”, si a cambio les suma electores como rosquillas en el resto de España. La intervención de Rajoy en el conflicto catalán puede quitarle votos allí, pero ha puesto como motos a sus potenciales votantes de otras partes del país, que estarían encantadas hasta si hubiera más mano dura en Cataluña. Poco importa la escasa relevancia para el PP en unas elecciones catalanas, logrando un 9 o un 10% de papeletas, si en el resto del país están encantados con Mariano como garante de la unidad de la patria.

Hay otro valor añadido. La gente está a tope, motivada con el desafío en Cataluña, y los malos tragos de la corrupción quedan para las noticias breves del día o, directamente, desaparecen. Hace unos meses, el caso de Ignacio González hacía tambalearse los cimientos en el PP, la Fiscalía, los comisarios policiales, las empresas de comunicación... Hoy, sacar de la cárcel a “Nachete” puede desaparecer de las portadas de la mañana y no pasa nada.

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Larga y dura

Lo de Catalunya va para largo. Desconfíen de quien les diga que se resolverá a corto plazo. Y hay una clave que debiéramos tener siempre presente: la población independentista catalana y la que no lo es. En el encaje y la convivencia de todos ellos habrá una buena medida para la solución. Convendría tener claro que cuando pasen el 155, las elecciones catalanas, Puigdemont y quién sabe si hasta Rajoy, seguirá siendo un reto entrelazar los intereses de todas las partes.

Según el Centre d'Estudis de Opinió de la Generalitat, hay un 48,7% que quiere la independencia y un 43,6% que la rechaza. Otras encuestas recientes cifran en un tercio la población independentista. En cualquier caso, no es aventurado pensar que pueden rondar los dos millones de catalanes que optan por el independentismo, entre los 5,5 millones con derecho a voto. Hacer política con altura de miras para todos ellos es, a día de hoy, una asignatura pendiente.

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Cataluña nos invade

La dosis de Catalunya va en aumento. No hay corrupción, ni pobreza, ni subida de la luz que se le resista. Observo flipando cómo el informativo de la televisión pública consume minutos y minutos con el tema catalán, en un día sin grandes novedades, mientras la “abrumadoramente acreditada” caja B del partido del Gobierno queda reducida a escasos segundos al final del noticiario. No ha ido ni en titulares. Algo parecido veo después en la prensa del día siguiente.

“Y peor que se va a poner”, dice mi compañero de mesa, en un restaurante donde antes se hablaba mucho de fútbol, pero ahora ganan por goleada los expertos en Puigdemont y en el 155. Más gente, más encabronada, más visceral. Veo Catalunya hasta en la sopa, no sé si boba, a la espera del anunciado choque de trenes, de la anunciada declaración de independencia y de la anunciada intervención de la comunidad autónoma. 

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El peligroso camino de sacar rédito electoral a la situación de Catalunya

Varios dirigentes de la oposición y un jurista que lleva años batallando contra la corrupción en el PP me comentan preocupados un supuesto beneficio electoral que Mariano Rajoy quiere sacar de la situación en Catalunya. De ahí que en Moncloa quieran mantener cierta tensión sobre el conflicto catalán. Que Rajoy aparezca como garante de la unidad de España, que las patadas se sigan dando en este terreno, porque además queda cubierto el talón de Aquiles de las corrupciones o precariedad. Son problemas que han caído al fondo del armario.

En esa estrategia de "mantener la tensión" en Catalunya sitúan estas fuentes decisiones como el encarcelamiento de "los Jordis", que consideran forzado desde Moncloa, o la orden de que la Policía y la Guardia Civil cargaran el día de un referéndum que no iba a tener validez jurídica. Catalunya no captaba la misma atención para los ciudadanos antes de las imágenes del 1-O, que dieron la vuelta al mundo, y el problema catalán parecía perder intensidad cuando Puigdemont hizo el "sí, pero no" la semana pasada, con la declaración de independencia oficialmente no declarada.

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Había una vez (un circo)

El cuento se alarga. La politiquería del palo y la bandera no llega a su fin. Hace tiempo que los que manejan este cotarro pilotan con afán electoralista. Están pensando en eso. En sacarle el máximo partido en unas próximas elecciones. En salvar su culo y asegurarse el mejor puesto. En mitad queda tanta gente que mira el árbol del independentismo, mientras arde el bosque de la corrupción y la precariedad.

El tacticismo, el postureo y la teatralización se adueñan de la política. El pueblo no tiene ni pajolera idea del punto en el que nos encontramos, pero de eso se trata. Mientras nos aclaran si hay o no declaración de independencia, el circo sigue y pasarán unas cuantas semanas más pendientes de semejante pavoneo. Con tanto personal de a pie encabronado, pensando en que se rompe España y en que nos va la vida en ello.

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