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Jorge Villasol

Soy licenciado en Filosofía. Y poco más.

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Caminar entre el humo y la neblina: la poesía de Robert Frost

Robert Frost (1874-1963) es el poeta más popular en su país. Situado, a modo de gozne cronológico y estilístico, entre los grandes poetas estadounidenses del siglo XIX, como Walt Whitman o Emily Dickinson, y los del XX, como T. S. Eliot o Wallace Stevens, Frost les aventajó a todos ellos en popularidad, pero no en prestigio crítico. La inmediatez de su poesía y la sencilla sabiduría con la que cantaba a las virtudes de la vida en el campo le acercaron al público y, al mismo tiempo, le alejaron de una crítica académica que probablemente tampoco acabó de encajar su aparente independencia estética respecto a los poetas modernistas.

Frost ha sido un poeta muy escasamente vertido al español. A día de hoy apenas se puede encontrar una traducción de uno de sus libros fundamentales, Al norte de Boston (Ediciones Libertarias, 1995), y una antología de sus Prosas (Elba, 2011). Pero el lector de habla hispana está de enhorabuena, porque la editorial orensana Linteo ha puesto fin a esta incomprensible situación gracias a su flamante edición bilingüe de la Poesía completa, traducida con solvencia por el poeta Andrés Catalán (autor también de la nutritiva introducción y las notas).

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Contra los libros ilustrados

Una amiga tiene en su biblioteca personal una magnífica edición de bolsillo ilustrada de Don Quijote de la Mancha, publicada por la Imprenta Real de Madrid en 1798. Es de bolsillo por su manejable tamaño, e ilustrada porque contiene una única ilustración en cada uno de sus seis volúmenes. Al pensar en esos dibujos, tan espléndidos en su soledad, me pregunté qué pintaban ahí; y, por extensión, qué aportan las ilustraciones a una novela.

A Edward Hopper, célebre pintor –y no tan conocido ilustrador–, se le atribuye esta frase: «Si pudiera decirlo con palabras no habría razón para pintarlo». A falta de palabras para expresarse, Hopper creó imágenes que, en su enigmática transparencia, son irreductibles a palabras. Pero si en una novela se expone algo con precisión y belleza por medio de las palabras, las ilustraciones no serán más que un mero subrayado (o, en el peor de los casos, un estorbo). Palabra e imagen son dos modos de expresión paralelos, destinados a no encontrarse, pues, como señala Pascal Quignard, «lo propio de los signos escritos es no mostrar lo que designan; significan; reinan en lo que no puede mostrarse».

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Randy Newman: qué grande es ser norteamericano

La noche del 18 de diciembre de 1970, el compositor y cantante estadounidense Randy Newman estaba viendo 'The Dick Cavett Show' en la televisión. Cavett conducía un debate sobre la segregación racial en el que participaban Lester Maddox (político del Partido Demócrata), Jim Brown (jugador negro de fútbol americano) y Truman Capote (periodista y escritor).

Maddox, segregacionista acérrimo, se hizo famoso en 1964 cuando, un día después de la entrada en vigor de la Ley de Derechos Civiles, impidió, armado con una pistola, que varios negros entraran en su restaurante Pickrick en Atlanta. En un momento del debate, Cavett llamó fanáticos a quienes, con sus votos, habían convertido a Maddox en gobernador del Estado de Georgia en 1967. Maddox se ofendió y abandonó el plató insatisfecho con las disculpas ofrecidas por Cavett.

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Prejuicios

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Violencia

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Aburrimiento

"No me aburro nunca, porque considero que aburrirse es insultarse a sí mismo" (Jules Renard).

El aburrimiento es una forma de experimentar el tiempo. Cuando nos aburrimos sentimos el tiempo, tomamos conciencia de su existencia; y esa experiencia puede ser enriquecedora, plena, pero nuestra sociedad la sanciona como algo de lo que hay que huir, un vacío que hay que rellenar. El aburrimiento es el mal hecho tiempo; un mal que el capitalismo combate sin descanso, porque todo tiempo no empleado en producir (trabajo) o en consumir (ocio) es tiempo malgastado. Y si dentro del capitalismo es difícil vivir sin trabajar, casi lo es más vivir sin ocio, sin pagar para divertirnos, distraernos, entretenernos, etc., en suma, para no aburrirnos, para evadirnos. Pero ¿evadirnos de qué? ¿De nosotros mismos, quizá?

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Viaje

Todo viaje auténtico brota de un cierto inconformismo hacia la realidad cotidiana y busca trascenderla, adentrándose en el terreno de lo que, visto desde el punto de partida, sólo es una constelación de posibilidades. El viaje surge del deseo o la necesidad de explorar el mundo de lo posible que se extiende más allá del mundo de lo real. Por eso tiene algo de fallido todo viaje en el que uno solamente encuentra lo que esperaba encontrar.

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Leer

En las Conversaciones con Goethe que compiló J.P. Eckermann, el genial autor alemán dijo que «la gente no tiene ni idea del tiempo y el esfuerzo que le cuesta a uno aprender a leer. A mí me han hecho falta ochenta años, y ni siquiera hoy podría afirmar que he alcanzado mi objetivo». No debe ser muy frecuente que la gente ponga en duda si sabe leer. Pero si un gigante como Goethe no lo tenía del todo claro, quizá no sea descabellado que nos preguntemos si realmente sabemos leer.

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Fiesta

"Esta época, que exhibe ante sí misma su tiempo como si fuera el retorno precipitado de una multitud de festividades, es también una época sin fiestas" (Guy Debord)

A lo largo de la historia, la fiesta, como manifestación superior de la alegría colectiva, ha sido vista por los poderes fácticos con recelo e incluso como algo social y políticamente peligroso. Pero de todas las épocas quizá sea la nuestra en la que de manera más contradictoria y cínica se intenta demonizar cualquier fiesta que no esté promovida, gestionada y rentabilizada (al menos económicamente) por alguna empresa o institución pública o privada.

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Libertad

Los casos que activan los debates sobre la naturaleza y los límites de la libertad de expresión se propagan como incendios: en cuanto uno se extingue, ya se huele la humareda de otro. En esos debates –tengan lugar en sede parlamentaria, periodística, callejera, o en el, desde ese momento, inestable confort del salón comedor–, suele descollar un individuo que se caracteriza por: 1) su oceánico saber (es experto en todo y siente una inextinguible necesidad de levantar acta de ello a cada instante), y 2) su ubicuidad (siempre está presente). Detrás de tan divina apariencia se suele agazapar la indigencia conceptual («las cosas son más sencillas de lo que crees»), el poderío en la argumentación elíptica («la libertad de uno acaba donde comienza la del otro»), y el sentido común de baja intensidad («cada uno es libre de decir lo que le dé la gana»).

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