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Jorge Villasol

Soy licenciado en Filosofía. Y poco más.

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Safari: matar a un animal

«Si un animal matara con premeditación, eso sería un reflejo humano». (Stanisław Jerzy Lec)

En el verano del año 55 a. n. e. se inauguró en Roma el impresionante teatro de Pompeyo, el cónsul de la República. Con ese motivo se celebraron unos Juegos en los que los romanos pudieron asistir, además de a representaciones teatrales o actuaciones musicales, a cinco jornadas de caza de animales salvajes en el circo. En la última de esas jornadas un grupo de hombres armados con lanzas se enfrentó a unos veinte elefantes. El filósofo y político Cicerón, que estaba entre los asistentes, relató en una carta a un amigo que en aquel espectáculo «la plebe alborotada mostró gran asombro, pero ningún placer». Asombro, por ejemplo, ante la precisión de uno de los hombres, cuya lanza atravesó el ojo y alcanzó los puntos vitales de uno de los elefantes, que se desplomó al instante. «¿Qué placer puede hallar un hombre de refinada cultura en que un débil ser humano sea despedazado por una fiera poderosa o en que un noble animal sea atravesado por una lanza?», se preguntó Cicerón.

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Krazy Kat: un ladrillo relleno de rayos de luna

El primer impacto se produjo hace más de un siglo. El 26 de julio de 1910 The New York Journal publicó una nueva entrega de la tira cómica The Dingbat Family, una serie costumbrista para todos los públicos, pero de humor bastante gamberro. En la parte inferior de las seis viñetas, en una acción paralela a la principal, aparecían, muy discretamente, un gato y un ratón. En esa escena, el pequeño roedor atisba una piedra, se acerca a ella, la atrapa, apunta, dispara e impacta en la cabeza del gato. Un acto de violencia gratuita en el que se encuentra el origen de uno de los mejores cómics de la historia: Krazy Kat, del estadounidense George Herriman (Nueva Orleans, 1880 – Los Ángeles, 1944).

Meses después, el gato y el ratón –que nacieron casi como una forma de matar el tiempo que a Herriman le sobraba en su trabajo diario de ocho horas dibujando tiras cómicas– consiguen sus propias viñetas dentro de The Dingbat Family (más tarde conocida como The Family Upstairs). En octubre de 1913 ya protagonizan una tira diaria independiente, que obtiene un gran éxito gracias a su extrema simplicidad argumental y el dominio de la estructura del gag de Herriman. Fascinado por las aventuras de los dos animalillos (y los compinches que se iban sumando), el magnate William Randolph Hearst –dueño de los periódicos donde se publicaban las tiras– les concede toda una plancha dominical en 1916. Hasta su muerte en 1944, Herriman crearía cientos de tiras y planchas de Krazy Kat.

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90%

En septiembre de 1953 tuvo lugar en Filadelfia la XI Convención Mundial de Ciencia Ficción (en la que se entregaron por primera vez los Premios Hugo). Entre los participantes se encontraba Ted Sturgeon, que presentaba su novela Más que humano. En su intervención, Sturgeon señaló que la ciencia ficción era el único género que era evaluado teniendo en cuenta sus peores ejemplos:

«Cuando la gente habla de la novela de misterio, menciona El halcón maltés y El sueño eterno. Cuando habla de western, se señalan Camino de Oregón y Shane. Sin embargo, cuando se habla de ciencia ficción, se habla de “esas cosas tipo Buck Rogers” y dicen que “el noventa por ciento de la ciencia ficción es basura”. Bueno, tienen razón. El noventa por ciento de la ciencia ficción es basura. De hecho, el noventa por ciento de todo es basura, es el diez por ciento que no es basura lo que importa, y el diez por ciento de la ciencia ficción que no es basura es tan bueno o mejor que cualquier cosa que se haya escrito».

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Caminar entre el humo y la neblina: la poesía de Robert Frost

Robert Frost (1874-1963) es el poeta más popular en su país. Situado, a modo de gozne cronológico y estilístico, entre los grandes poetas estadounidenses del siglo XIX, como Walt Whitman o Emily Dickinson, y los del XX, como T. S. Eliot o Wallace Stevens, Frost les aventajó a todos ellos en popularidad, pero no en prestigio crítico. La inmediatez de su poesía y la sencilla sabiduría con la que cantaba a las virtudes de la vida en el campo le acercaron al público y, al mismo tiempo, le alejaron de una crítica académica que probablemente tampoco acabó de encajar su aparente independencia estética respecto a los poetas modernistas.

Frost ha sido un poeta muy escasamente vertido al español. A día de hoy apenas se puede encontrar una traducción de uno de sus libros fundamentales, Al norte de Boston (Ediciones Libertarias, 1995), y una antología de sus Prosas (Elba, 2011). Pero el lector de habla hispana está de enhorabuena, porque la editorial orensana Linteo ha puesto fin a esta incomprensible situación gracias a su flamante edición bilingüe de la Poesía completa, traducida con solvencia por el poeta Andrés Catalán (autor también de la nutritiva introducción y las notas).

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Contra los libros ilustrados

Una amiga tiene en su biblioteca personal una magnífica edición de bolsillo ilustrada de Don Quijote de la Mancha, publicada por la Imprenta Real de Madrid en 1798. Es de bolsillo por su manejable tamaño, e ilustrada porque contiene una única ilustración en cada uno de sus seis volúmenes. Al pensar en esos dibujos, tan espléndidos en su soledad, me pregunté qué pintaban ahí; y, por extensión, qué aportan las ilustraciones a una novela.

A Edward Hopper, célebre pintor –y no tan conocido ilustrador–, se le atribuye esta frase: «Si pudiera decirlo con palabras no habría razón para pintarlo». A falta de palabras para expresarse, Hopper creó imágenes que, en su enigmática transparencia, son irreductibles a palabras. Pero si en una novela se expone algo con precisión y belleza por medio de las palabras, las ilustraciones no serán más que un mero subrayado (o, en el peor de los casos, un estorbo). Palabra e imagen son dos modos de expresión paralelos, destinados a no encontrarse, pues, como señala Pascal Quignard, «lo propio de los signos escritos es no mostrar lo que designan; significan; reinan en lo que no puede mostrarse».

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Randy Newman: qué grande es ser norteamericano

La noche del 18 de diciembre de 1970, el compositor y cantante estadounidense Randy Newman estaba viendo 'The Dick Cavett Show' en la televisión. Cavett conducía un debate sobre la segregación racial en el que participaban Lester Maddox (político del Partido Demócrata), Jim Brown (jugador negro de fútbol americano) y Truman Capote (periodista y escritor).

Maddox, segregacionista acérrimo, se hizo famoso en 1964 cuando, un día después de la entrada en vigor de la Ley de Derechos Civiles, impidió, armado con una pistola, que varios negros entraran en su restaurante Pickrick en Atlanta. En un momento del debate, Cavett llamó fanáticos a quienes, con sus votos, habían convertido a Maddox en gobernador del Estado de Georgia en 1967. Maddox se ofendió y abandonó el plató insatisfecho con las disculpas ofrecidas por Cavett.

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Prejuicios

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Violencia

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Aburrimiento

"No me aburro nunca, porque considero que aburrirse es insultarse a sí mismo" (Jules Renard).

El aburrimiento es una forma de experimentar el tiempo. Cuando nos aburrimos sentimos el tiempo, tomamos conciencia de su existencia; y esa experiencia puede ser enriquecedora, plena, pero nuestra sociedad la sanciona como algo de lo que hay que huir, un vacío que hay que rellenar. El aburrimiento es el mal hecho tiempo; un mal que el capitalismo combate sin descanso, porque todo tiempo no empleado en producir (trabajo) o en consumir (ocio) es tiempo malgastado. Y si dentro del capitalismo es difícil vivir sin trabajar, casi lo es más vivir sin ocio, sin pagar para divertirnos, distraernos, entretenernos, etc., en suma, para no aburrirnos, para evadirnos. Pero ¿evadirnos de qué? ¿De nosotros mismos, quizá?

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Viaje

Todo viaje auténtico brota de un cierto inconformismo hacia la realidad cotidiana y busca trascenderla, adentrándose en el terreno de lo que, visto desde el punto de partida, sólo es una constelación de posibilidades. El viaje surge del deseo o la necesidad de explorar el mundo de lo posible que se extiende más allá del mundo de lo real. Por eso tiene algo de fallido todo viaje en el que uno solamente encuentra lo que esperaba encontrar.

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