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Amberes es una revista digital volcada en la divulgación de contenidos culturales y con un especial interés en los nombres y eventos de la escena santanderina.

Emulando la vocación comercial de la ciudad que le da nombre, nuestra revista aspira a transformarse en un polo de intercambio no ya de bienes tangibles, sino de una serie infinita de ideas cuyo anclaje se encuentra en las manifestaciones culturales más dispares. Nuestro propósito es acercarnos a éstas sin miedo para mediar entre ellas y nuestros lectores.

Safari: matar a un animal

Safari (Ulrich Seidl, 2016) - Ulrich Seidl Film Produktion GmbH
«Si un animal matara con premeditación, eso sería un reflejo humano». (Stanisław Jerzy Lec)

En el verano del año 55 a. n. e. se inauguró en Roma el impresionante teatro de Pompeyo, el cónsul de la República. Con ese motivo se celebraron unos Juegos en los que los romanos pudieron asistir, además de a representaciones teatrales o actuaciones musicales, a cinco jornadas de caza de animales salvajes en el circo. En la última de esas jornadas un grupo de hombres armados con lanzas se enfrentó a unos veinte elefantes. El filósofo y político Cicerón, que estaba entre los asistentes, relató en una carta a un amigo que en aquel espectáculo «la plebe alborotada mostró gran asombro, pero ningún placer». Asombro, por ejemplo, ante la precisión de uno de los hombres, cuya lanza atravesó el ojo y alcanzó los puntos vitales de uno de los elefantes, que se desplomó al instante. «¿Qué placer puede hallar un hombre de refinada cultura en que un débil ser humano sea despedazado por una fiera poderosa o en que un noble animal sea atravesado por una lanza?», se preguntó Cicerón.

El escritor y naturalista Plinio el Viejo también dio cuenta de ese día de caza en el libro VIII de su Historia Natural. Unas barreras de hierro impedían la huida de los elefantes; perdida ya la esperanza de conservar sus vidas, y «buscando la compasión del público, comenzaron a suplicar con una actitud indescriptible, llorando por ellos mismos entre lamentaciones, con tan gran dolor del pueblo que, olvidándose del general y de la munificencia desplegada en su honor, se levantaron todos llorando y abrumaron a Pompeyo con imprecaciones que él expió inmediatamente». En la carta a su amigo, Cicerón afirmó que era tan evidente la compasión del público «como la idea de que hay algún tipo de relación entre estos animales y el género humano».

Dos mil años después, una familia austríaca (un hombre, una mujer y sus dos hijos: una chica y un chico) viaja a Namibia para cazar animales. Son algunos de los protagonistas de Safari (2016), un documental del austríaco Ulrich Seidl. En la última jornada el hombre y la mujer avistan con sus prismáticos un grupo de jirafas. El espectador apenas intuye su presencia, la cámara únicamente sigue a los cazadores. El hombre coloca su rifle sobre un soporte fijado al suelo. La precisión es importante. Tras el disparo, un experto que acompaña a la pareja aconseja al hombre bajar el arma: «Espera». Instantes después da su aprobación: «Buen tiro. Un tiro limpio». Probablemente la jirafa ha muerto de un único disparo, como el elefante alanceado en el circo de Pompeyo. «Dale un poco de tiempo. Vale, está cayendo. Hay que tener paciencia. Nos acercaremos lentamente. Vamos.» Entre los arbustos se adivina la figura inmóvil de la jirafa. «Está muerta.»

No está muerta. «Mierda». La jirafa, con su cuerpo fijado al suelo, mueve lentamente su enorme cuello arrastrando la cabeza por la tierra. Tiene los ojos abiertos. La mujer y el hombre, rifle en mano, retroceden. El experto recomienda no disparar más. Es cuestión de tiempo. «Pensaba que se levantaría. Estoy nerviosísima», dice la mujer. El experto se acerca a la jirafa y certifica su muerte: «No quería que volvieras a disparar. Me daba miedo que tuviera una subida de adrenalina y echara a correr». «Felicidades, cazador», le dice la mujer al hombre. Se besan. Están emocionados.

Cuando la jirafa todavía agonizaba, la mujer le dijo al hombre: «Increíble. Siguen ahí. ¿Por qué?». Siete jirafas han presenciado los últimos estertores de su compañera. El espectador puede verlas durante toda la escena, están a unos pocos metros, paralizadas. Quizá están emocionadas. Quizá están llorando como los elefantes acorralados en el circo de Pompeyo. Y la mujer no lo entiende. En esa ignorancia está una de las respuestas a por qué algunos animales sienten placer al matar a otros con premeditación.

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Publicado el
4 de diciembre de 2017 - 07:00 h

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