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Juan Diego Botto

Juan Diego Botto es actor y dramaturgo.
Ha participado en más de 40 largometrajes y más de 10 obras de teatro. Es autor de 4 obras teatrales, por la última "Un trozo invisible de este mundo" recibió el premio MAX al mejor actor y al mejor autor revelación. Ha publicado el libro "Invisibles"
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Mi recuerdo para Pedro Aunión

Que muera un compañero trabajando, que muera un compañero encima de un escenario o a 30 metros de altura mientras hace su trabajo, es una tragedia que siempre arrastra el rumor de lo evitable.

Que muera un compañero joven, lleno de vida, de talento, de creatividad es algo que siempre arrastra el horror de lo injusto, de lo innecesario, de lo insustituible. Conocí a Pedro Aunión cuando era un alumno en la escuela de Cristina Rota. Recuerdo sus números en la katarsis del Tomatazo, recuerdo su pasión, su talento y su alegría.

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Carlos Slepoy, un lugar desde el que resistir

Hace unos días moría en Madrid Carlos Slepoy, Carli para los amigos, después de una vida dedicada a luchar por la justicia.

Slepoy fue detenido en el 76 en Argentina a pocos meses del golpe de Estado de Jorge Rafael Videla. Fue torturado y algunos de sus compañeros serían posteriormente asesinados. Forzado al exilio, no dejó de trabajar por la justicia como abogado laboralista en España. 

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La oligarquía siempre sale ganando

A mediados del siglo XIV se produjo una profunda crisis económica en Europa que afectó a todos los sectores sociales en prácticamente todos los países del continente. La crisis, que tuvo múltiples causas, se vio agravada por la llegada de la peste, que diezmó la población europea. 

Los nobles y las clases propietarias vieron enormemente reducidos sus ingresos y sus márgenes de beneficio en la extracción del plusproducto. Frente a ello la solución que encontraron fue bien sencilla y podría resumirse en algo así como: "Para que nosotros sigamos ganando más, alguien tiene que ganar menos". O, dicho en términos contemporáneos: abaratar los "costes de producción" para mantener los beneficios. 

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Delito de ficción

Aclaremos conceptos desde el principio. Hasta donde sabemos por el propio auto del juez, la sinopsis de la obra y las explicaciones de quienes vieron la pieza, la función de títeres por la que dos titiriteros están en prisión sin fianza no pretendía exaltar el terrorismo sino denunciar el uso que del terrorismo hace en ocasiones el poder para criminalizar toda disidencia. Los titiriteros no exhibieron pancartas en apoyo a la banda terrorista, no hicieron ningún tipo de proclama en favor de la banda. Todo lo que se juzga ocurría dentro de la ficción de la obra de guiñoles.

No cabe ninguna duda de que la función en cuestión era inapropiada para un público infantil. El hecho de que fuera programada para niños y niñas es un error por el que deben responder tanto los programadores como la compañía en caso de que esta no hubiera avisado a los responsables de la naturaleza de la pieza. Ahora bien, de ahí a encarcelarlos por enaltecimiento del terrorismo va un abismo que nos aproxima a una realidad preocupante. Estamos asomándonos a un precipicio de enorme peligro. 

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Jugamos con cartas marcadas

Jugamos con cartas marcadas. Nos sentamos a la mesa y pretendemos que es un juego legal y decente pero todos sabemos que las cartas están marcadas. Se nos imponen unas reglas que en la mayoría de los casos solo nosotros debemos cumplir. Se nos dice que todos estamos en igualdad de condiciones mientras vemos cómo al jugador de nuestra izquierda se le caen los ases de la manga y el jugador de nuestra derecha le guiña un ojo al Crupier. Y lo peor es que debemos actuar como si el juego fuera limpio.

Jugamos con cartas marcadas. Imaginemos por un momento que Ada Colau hubiera estado cargando el cuidado de su padre con problemas de salud al erario público mientras retrasaba el dinero que debía dar a otras personas con familiares dependientes. Pensemos por un momento las horas y horas de radio, editoriales en prensa escrita e informativos de televisión que abrirían pidiendo la dimisión de la alcaldesa. Es fácil hacer ese ejercicio. Y sin embargo el caso es mucho peor porque quien ha cometido semejante abuso es, ni más ni menos, que el presidente del gobierno. Y el silencio al respecto es ensordecedor.

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El elefante en la habitación

Hay un elefante de 6.500 kilos en cada cafetería, en cada vagón de metro, en cada plaza en la que se habla de política. Prácticamente no lo vemos, pero el animal está ahí. Nos mira con sorpresa, con la sorpresa de quien disfruta de lo anómalo.¿Quién le iba a decir a este elefante de 6.500 kg que llegaría a ser invisible? El nombre del elefante es largo, se llama "El principal partido del país ha estado 18 años financiándose de modo ilegal". Otros lo llaman "el partido en el Gobierno ha estado imputado por lucrarse de una trama de corrupción". Otros, simplemente: "El partido en el Gobierno se financiaba en B". Otros, más cariñosamente y para abreviar: "Partido en B".

El caso del "Partido en B" es muy curioso. En cualquier país de nuestro entorno con estándares normales de democracia este hecho habría bastado para disolver las Cortes y adelantar las elecciones. Es difícil pensar que un Gobierno que está regido por el presidente de un partido que ha estado imputado por corrupción pueda dar lecciones de honestidad a sus ciudadanos o seguir controlando las arcas públicas cuando la sombra de la corrupción se cierne sobre él.

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Miserables

Nada tan estimulante de primera mañana como ver a un ministro del Gobierno de España defendiendo, ufano, que se ha saltado la ley. Este jueves le oímos decir que sí, que ha infringido la ley, pero que era la única manera de defender la patria. Así se mostró Fernandez Díaz en el Congreso de los diputados cuando defendió las "devoluciones en caliente", es decir, esa práctica que vulnera la ley española y comunitaria devolviendo a extranjeros que han cruzado la frontera al otro lado en contra de su voluntad. En una muestra de bajeza ética mayúscula, el ministro llegó a decir a quienes criticaron la vulneración de la ley: "Que me den su dirección y les enviamos a esa gente".

Señor ministro, "esa gente" acumula más valor en un gramo de su magullado cuerpo del que usted tendrá en toda su vida, "esa gente" ha cruzado media África huyendo del hambre, de la guerra, del saqueo. Esa gente merecería en muchos casos el estatus de refugiados según todos los estándares internacionales. "Esa gente" merece un trato digno porque en su mirada se espeja la de nuestros jóvenes yéndose a buscar el futuro que este país les niega.

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El silencio

Estaba convencida de que ese silencio espantoso que moqueaba en el suelo, a la vista de todos, era suyo. Estaba segura de que sin darse cuenta, al toser, empujada por la costumbre y por el miedo, pulsada por ese maldito titular de prensa, el sucio y maloliente silencio había brotado de su cuerpo como un calambre, como una arcada. Y ahora yacía en las baldosas del bar.

La vergüenza le hizo rebuscar apresuradamente en los bolsillos y depositar tres monedas en la barra antes de salir corriendo. "Todo el mundo lo tiene", se decía, "todo el mundo tiene su silencio guardado, mas o menos grande".

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El dictador en su celda

Una persona cercana me decía anoche que cuando su compañero murió, lo hizo creyendo que estaban completamente derrotados. Cuando los militares lo llevaron a la Escuela Mecánica de la Armada (la ESMA) para torturarlo y posteriormente arrojarlo medio vivo al río de la Plata, él creía que su lucha había fracasado. Pensaba que los que no estaban exiliados lo estarían en breve y los que no, morirían. Estaba convencido de que no conquistarían ese mundo más justo, sin clases, sin esclavos, sin sometimientos, por el que habían luchado. Murió creyendo en la certeza de la derrota y en que quizá ni el tiempo les recordaría. 

Mi amiga se preguntaba cómo él pudo sacar fuerzas en esas condiciones para no delatar a nadie, o al menos hasta donde ella sabe, para no delatarla a ella. Ayer, al saber la noticia de la muerte del genocida Jorge Rafael Videla en el penal de Marcos Paz, se acordó de su compañero, se acordó de él porque le hubiera gustado verle al menos un minuto para poder decirle: 

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