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Pau Marí-Klose

Profesor de Sociología en la Universidad de Zaragoza. Doctor en Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid, Máster en la University of Chicago y en el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales del Instituto Juan March. Ha sido investigador en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC (2010-2012), profesor de la Universitat de Barcelona (2006-2010) y responsable científico del Instituto de Infancia y Mundo Urbano (2008-2010), donde fue director de los Informes de la Inclusión Social en España de Caixa Catalunya en 2008 y 2009. Actualmente es investigador principal de un proyecto del Plan Nacional I+D+I y otro de la Fundación Areces, e investigador participante en un Programa Marco de la Unión Europea y otro de la Fundación CSIC-La Caixa. Pertenece al grupo de investigación sobre Política Social y Estado de Bienestar (POSEB) en el CSIC y del grupo Analysis of Inequality and New Social Risks (AINSR), con los que realiza investigación sobre pobreza, infancia, reformas políticas del Estado de bienestar, los perfiles edatarios de los beneficiarios de las políticas sociales, educación y políticas educativas. Es autor o co-autor de nueve libros y más de treinta artículos académicos y capítulos en obras colectivas.

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Apuntes "maquiavélicos" para un PSOE en transición

El 39º Congreso del PSOE no será recordado como un Congreso más.  En él, el PSOE ha acometido una renovación drástica de programa ideológico y su equipo, y ha replanteado su rumbo estratégico en cuestiones claves como el reconocimiento de la plurinacionalidad y la política de alianzas. Se trata de un reconocimiento tardío pero necesario de que España cambió de manera inusitada durante los últimos años, y el partido debía adaptarse.

Una percepción muy generalizada de los asistentes al Congreso (al menos de aquellos con los que tuve ocasión de hablar) es que el nuevo PSOE de Sánchez se había ganado de nuevo el derecho a ser escuchado. Este derecho se había perdido entre sectores importantes del electorado progresista en los últimos años como resultado del papel del partido socialista en la gestión de la crisis, la desatención a demandas ciudadanas o su división interna. Aupando a Pedro Sánchez a la Secretaría General sin grandes sobresaltos tras su victoria clara en las primarias, el PSOE demostraba que estaba menos fracturado que lo que pronosticaron muchos agoreros durante los meses de campaña. Todo sugiere que Pedro Sánchez va a disfrutar de una dulce luna de miel, que puede ser luna de hiel para alguno de sus rivales más recalcitrantes, cuyo futuro político al frente de baronías y otros cargos orgánicos puede peligrar si los sanchistas acometen una ofensiva en las federaciones autonómicas díscolas para situar sus peones al frente de la organización.

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Pedro Sánchez y la profecía autocumplida

Los populistas son animales mitológicos que algunos ven corretear por todos lados. La capacidad de estos seres de agitar el cóctel de las bajas pasiones es descomunal. Cuando te expones a sus hechizos, al parecer, estás perdido. Tu racionalidad se tambalea. Entras en un carrusel caótico de estados mentales de agitación, que nubla tus capacidades cognitivas y las competencias analíticas que tanto te ha costado adquirir y cultivar. Crispación, indignación, ira y cólera se alternan, salpicadas por episodios de ilusión excesiva, gregarismo y entrega acrítica a un líder cuyos defectos son visibles a todos que todavía tienen la fortuna de no haber sido contagiados por la infección populista.

Esta es la retórica que han manejado (a veces con soltura, últimamente ya con cierta fatiga o falta de imaginación) acrisolados políticos, tribuneros, columnistas y tertulianos para fustigar a candidatos que cometían la osadía de desafiar a partidos o líderes llamados a ocupar la hegemonía política en nuestro país (alguno diría " tocados por los dioses" para ello).

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La preverdad: el PSOE era contingente

El 4 de mayo ha sido un día aciago para la Gestora del PSOE. Pedro Sánchez y su equipo, esos que han conseguido 53.117 avales, han demostrado que tenían razón en dos asuntos bien importantes.

Por un lado, como ha demostrado el cuponazo vasco, el PP podía buscar apoyos en otro sitio. No era inevitable que el PSOE le apoyara en la formación de gobierno. Parafraseando al parroquiano de Amanece que no es poco de José Luis Cuerda, el PSOE no era necesario, era más bien contingente. Sin embargo, la presión, toda la presión del mundo, se puso sobre el entonces secretario general que debía sí o sí apoyar al PP para que este no tuviera que llegar a pactos con los nacionalistas.

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Desigualdad, injusticia e insensibilidad "socialdemócrata"

Acaban de salir los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida de 2016. Con datos de ingresos de 2015, vuelve a constatarse que la desigualdad no se revierte en la nueva etapa de crecimiento económico. El coeficiente de Gini –que mide la desigualdad en una escala donde cero es el valor de una sociedad (imaginada) donde la desigualdad fuera mínima y 100 el de una sociedad donde fuera máxima– España se sitúa en 34,5, apenas una décima menos que el año anterior, a pesar de que 2015 fue un año de crecimiento económico (3,2 del PIB en 2015). En 2014 también había "descendido" una décima (con crecimiento de 0,7%). A este ritmo necesitaríamos más de dos décadas de crecimiento continuo para volver a los niveles de desigualdad de 2008, donde España ya se situaba en niveles medio altos de desigualdad en Europa.

Los seres humanos no toleramos fácilmente la desigualdad, y menos si entendemos que deriva de causas inmerecidas o es producto de la (mala) suerte. Un volumen ingente de literatura académica acredita esta aversión natural a la desigualdad. Numerosos estudios experimentales muestran que, bajo condiciones controladas en un laboratorio, individuos a los que se solicita dividir recursos entre un grupo de personas con las que no mantienen relación alguna previa, eligen repartos igualitarios. El sesgo es tan poderoso que, muchas veces, los sujetos prefieren incluso resultados igualitarios en los que todo el mundo gana menos que resultados en los que todo el mundo gana más pero es mayor la desigualdad entre los que más tienen y los que menos.

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La infancia, el eslabón débil

Hablar de infancia está de moda. También en el discurso político. Es políticamente cool comprometerse a ayudar a los niños desfavorecidos, reclamar que se construyan escuelas infantiles, o mostrar una firme determinación a ampliar los presupuestos en educación porque, ya sabemos, nos estamos jugando el futuro y tal. Gusta citar estudios anglosajones que avalan los efectos beneficiosos de las intervenciones públicas que se realizan en la etapa infantil para corregir desventajas sociales que violan la igualdad de oportunidades en la vida. Acredita que se lee inglés, se está al corriente de lo que se debate en el mundo, y uno se adhiere a la política basada en evidencias, no como otros… Hablar de infancia es, para quienes se comportan de este modo, lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamaba una estrategia para exhibir "distinción".

Pero me temo que las modas dan poco más de sí. Hace dos años escribí un  artículo en Agenda Pública en que mostraba –apoyándome fundamentalmente en fuentes secundarias– cómo los programas destinados a la infancia habían sido grandes paganos de las políticas de consolidación presupuestaria. Durante la crisis, las partidas que las Administraciones Públicas gastaban en infancia habían perdido peso relativo en el conjunto del gasto social que realizaban tanto las Comunidades Autónomas como el Estado Central. Eso no ha ocurrido con todos los programas sociales, ni con la misma intensidad.

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Lecciones holandesas para socialdemócratas desnortados

Había ocurrido en Grecia e Irlanda, y llegó el turno de Holanda. El partido socialdemócrata holandés, el PvdA, ha obtenido unos resultados electorales desastrosos, pasando de 38 a 9 escaños (del 24,8 al 5,7% de los votos). Estas cifras lo llevan al séptimo lugar en el escenario parlamentario holandés.

A falta de análisis más pormenorizados de las causas de esta debacle, el PvdA parece haber pagado cara su colaboración con el partido de conservador-liberal de Rutte en el gobierno. Aparentemente el electorado ha castigado su complicidad con medidas de austeridad en ámbitos sensibles de política social (recortes en sanidad y asistencia a personas dependientes), la falta de respuestas frente a necesidades acuciantes de la población (como la crisis de accesibilidad a la vivienda) o las elevadas tasas de precariedad laboral (a pesar del bajo desempleo).

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Jóvenes, mujeres y niños ¡al final de la cola!

Hemos dejado la crisis atrás. No se empeñen en negarlo. Los síntomas de recuperación son apabullantes: crece el empleo, sube el precio de la vivienda, e incluso se descontrola la inflación. Cualquier día de estos veremos abrir una nueva oficina inmobiliaria en el vecindario o nos llamará un banco para ofrecernos un préstamo. La crisis forma parte del pasado, un pasado doloroso, pero finiquitado. No le den más vueltas. Si siguen revolcándose en los recuerdos de un drama ya superado, van a empezar a mandar señales preocupantes.

Lo que no forma parte del pasado son problemas sociales estructurales que nos acompañan desde mucho antes de que estallara la crisis y las secuelas que esta ha producido, que van por barrios. Visibles son las cicatrices de quienes sufrieron más, que no fuimos todos, ni la gente, ni las mayorías sociales, ni siquiera las clases medias, por mucho que haya quienes quiera describirnos interesadamente la crisis como una experiencia colectiva, trasversal, de la que solo logró librarse un grupo reducido de villanos atrincherados en inasequibles refugios del privilegio.

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El PSOE y los brotes verdes

El ejercicio de la oposición es una de las principales funciones que se desarrollan en un sistema democrático. De la calidad de este trabajo depende, en buena medida, que los gobiernos rindan cuentas de sus actividades y los votantes dispongan de la información necesaria para tomar la decisión de premiar o castigar a los gobiernos. El ejercicio de la oposición es también una oportunidad para que un partido político presente a la ciudadanía credenciales para hacerse merecedor de la confianza del electorado y, gracias a ello, pueda incrementar su apoyo en las siguientes elecciones. Al igual que los gobiernos, los partidos de la oposición aspiran a que sus buenas obras adquieran visibilidad, y puedan ser evaluadas y recompensadas por el electorado. La oposición oposita.

En los últimos meses, el PSOE se ha enfrentado a un doble dilema. Ante la supuesta imposibilidad de reunir en el parlamento una coalición de apoyo suficiente para gobernar, se abrían dos opciones de oposición: el NOesNO y una "oposición cooperativa". El NOesNO era una opción arriesgada porque segmentos importantes del electorado, y sobre todo importantes intereses empresariales y mediáticos, reclamaban al PSOE la abstención inmediata para no prolongar la situación de interinidad que se vivía con el gobierno en funciones.

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¿Quién es Pedro? Una foto o mil palabras

Hace unos meses, en una insólita entrevista con Jordi Évole, Pedro Sánchez confesaba errores. Sus declaraciones, criticadas a diestro y siniestro, parecieron convencer a algunos dirigentes y militantes hasta entonces afines a Sánchez de que no era el líder que el PSOE necesitaba. Quizás así esparció las semillas de las que brotaría la candidatura de Patxi López. En la entrevista, Sánchez aparentemente se situaba en las coordenadas que habían servido para justificar a algunos su defenestración, mostrando una cercanía política sin precedentes a planteamientos de Podemos y haciendo una lectura más atrevida sobre la cuestión territorial que la que había hecho hasta entonces. Como aderezo, ofreció un suculento relato de las presiones recibidas por un medio de comunicación para abstenerse en la investidura de Rajoy, que hizo las delicias de los militantes y dirigentes podemitas más aficionados a las maquinaciones de la casta.

Lo que a ojos de muchos se interpretó como una torpeza, quizás deba verse a la postre como una inteligente maniobra para afianzar una imagen de rebeldía que sintoniza muy bien con los anhelos de buena parte de la militancia del PSOE y, como se confirmó la semana pasada en Francia y antes en Gran Bretaña y Portugal, con el sentir de un segmento amplio de votantes progresistas en Europa. Por lo que parece, Sánchez ha encontrado aliados en políticos con indisimulado perfil izquierdista –como Josep Borrell u Odón Elorza– y en corrientes internas –como Izquierda Socialista– que habían competido contra él anteriormente en las primarias socialistas, considerándolo el candidato del aparato.

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¿Es Hollande un traidor?

Hollande ha anunciado que no se presentará a la reelección. Se trata de una anomalía en un país donde desde 1974 todos los presidentes (Giscard d’Estaign, Mitterrand, Chirac y Sarkozy) han optado a la reelección tras su primer mandato (y solo Sarkozy fracasó en su intento). Probablemente se trataba de una decisión inevitable para Hollande, que le ahorra una dolorosa derrota en la primera ronda de las presidenciales (en caso de haber superado las primarias de su partido).

Hollande ha sido acusado de defraudar las expectativas de la ciudadanía y de aplicar un programa liberal, alejado de las tradiciones de la socialdemocracia. El juicio que ha merecido su presidencia admite generalmente pocos matices. Las críticas han sido extraordinariamente duras desde el inicio de su mandato, pero se han acentuado especialmente desde que Manuel Valls asumiera la dirección del Ejecutivo. Valls tiene una merecida reputación de político socioliberal, ganada a pulso por su indisimulado empeño en introducir en la agenda socialdemócrata planteamientos liberales. Admirador devoto de Blair y de Clinton, ha prodigado declaraciones en que reivindicaba el papel de la responsabilidad individual, la necesidad de reforzar la seguridad ciudadana o apostaba por el control de la inmigración. Suya es una famosa frase en la City de Londres en que proclamaba solemnemente (en inglés) que su gobierno era pro-business.

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