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Pau Marí-Klose

Profesor de Sociología en la Universidad de Zaragoza. Doctor en Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid, Máster en la University of Chicago y en el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales del Instituto Juan March. Ha sido investigador en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC (2010-2012), profesor de la Universitat de Barcelona (2006-2010) y responsable científico del Instituto de Infancia y Mundo Urbano (2008-2010), donde fue director de los Informes de la Inclusión Social en España de Caixa Catalunya en 2008 y 2009. Actualmente es investigador principal de un proyecto del Plan Nacional I+D+I y otro de la Fundación Areces, e investigador participante en un Programa Marco de la Unión Europea y otro de la Fundación CSIC-La Caixa. Pertenece al grupo de investigación sobre Política Social y Estado de Bienestar (POSEB) en el CSIC y del grupo Analysis of Inequality and New Social Risks (AINSR), con los que realiza investigación sobre pobreza, infancia, reformas políticas del Estado de bienestar, los perfiles edatarios de los beneficiarios de las políticas sociales, educación y políticas educativas. Es autor o co-autor de nueve libros y más de treinta artículos académicos y capítulos en obras colectivas.

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¿Qué harías por los tuyos?

"Yo por mi hija, mato, ¿me entiendes? ¡eh! MAAA-TO". Belén Esteban ha sido una heroína popular. La Princesa del pueblo. Suya es esta declamación de contenido universal. La Esteban expresaba, de manera estrafalaria y desmedida –propia del personaje que ha construido– un sentimiento que no nos resulta ajeno. Somos proclives a anteponer las necesidades y aspiraciones de los "nuestros", especialmente nuestros familiares (por los que podemos llegar a estar dispuestos a matar para protegerlos), pero también de los semejantes que sentimos más próximos, a nuestros ídolos y los líderes que nos representan.

La tendencia a favorecer a los miembros del propio grupo ha sido acreditada en condiciones experimentales. Son particularmente interesantes las investigaciones académicas que crean grupos con personas desconocidas entre sí usando criterios arbitrarios. Diversos estudios con experimentos han mostrado como incluso esas agrupaciones pueden conducir a identidades grupales, en que los miembros de esos "equipos" terminan manifestando preferencia por individuos de su grupo recién creado (endogrupo) frente a los de un grupo externo (exogrupo). Bajo ciertas condiciones pueden acabar desarrollando actitudes negativas hacia los miembros del exogrupo.

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El Procés ante la delgada línea entre el disparate y la estupidez

El pasado viernes se dio a conocer una carta en que Neymar se despedía de la afición culé. Su marcha no había estado exenta de polémica por lo que, quizás, en un gesto para recongraciarse con los seguidores espetó: "El Barça es una nación que representa a Cataluña". No faltaba lógica a la aparente extravagancia. Si el Barça es una entidad deportiva que es "más que un club", un estatus obvio en una liga de muchos clubs que no pasan de ser simples clubs era ser una nación.

Pero no nos cebemos con un pobre futbolista que no ha venido a Europa a manejar con soltura conceptos tan escurridizos como el de "nación". Ni siquiera nos cebemos con Guardiola, tan pulcro y medido en sus ruedas de prensa como entrenador de fútbol, pero que en una congregación nacionalista reciente leía obedientemente un panfleto en que se pedía ayuda internacional contra "los abusos de un Estado autoritario". Fútbol es fútbol. No pidamos peras al olmo. En adelante, me referiré solo a declaraciones de personas que participan activamente en el Procés como representantes políticos, cargos de designación política o intelectuales significados por su posición sobre el tema, y a los que cabría presuponer competencias y conocimientos suficientes para evitar el disparate.

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Ciudadanos: ¿Oasis o espejismo socioliberal?

Nos acercamos a los primeros cien días de gobierno Macron, y ya no todo es color de rosa. En los sondeos comienzan a atisbarse las primeras desafecciones y algunas de sus medidas ya han granjeado críticas y suscitado reacciones de incomprensión. Los indicios de desgaste de su figura son hasta ahora leves, y posiblemente disfrute todavía una larga luna de miel con buena parte del electorado francés y muchos observadores externos. Todos ellos habían saludado con ilusión y esperanza la emergencia de un político que, además de mostrarse capaz de frenar el ascenso del populismo de extrema derecha, parecía reivindicar nuevos valores y estrategias, con los que lograba representar las ambiciones ilustradas y progresistas de capas amplias de la población francesa y europea.

Por muy novedosa y refrescante que resulte la aparición de Macron en el contexto actual, ni su retórica ni sus ideas son originales. Macron irrumpe en el escenario abanderando ideas que ocupan la agenda política hace dos décadas, cocinadas a fuego lento en departamentos universitarios, think tanks y comisiones de expertos de organismos nacionales y supranacionales en un breve interludio dorado que experimentaron las opciones de centro-izquierda en la última década del pasado milenio. Este interludio trajo a Bill Clinton, Gerhard Schröder y Tony Blair al gobierno de sus respectivos países. Macron recoge veinte años después el testigo de una corriente ideológica  —el socioliberalismo o Tercera Vía— que en su día no arraigo en Francia y que, pese a algunos éxitos, no acabo de rendir siempre los frutos electorales esperados, pero que logro eludir buena parte de la responsabilidad en el declive socialdemócrata.

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Apuntes "maquiavélicos" para un PSOE en transición

El 39º Congreso del PSOE no será recordado como un Congreso más.  En él, el PSOE ha acometido una renovación drástica de programa ideológico y su equipo, y ha replanteado su rumbo estratégico en cuestiones claves como el reconocimiento de la plurinacionalidad y la política de alianzas. Se trata de un reconocimiento tardío pero necesario de que España cambió de manera inusitada durante los últimos años, y el partido debía adaptarse.

Una percepción muy generalizada de los asistentes al Congreso (al menos de aquellos con los que tuve ocasión de hablar) es que el nuevo PSOE de Sánchez se había ganado de nuevo el derecho a ser escuchado. Este derecho se había perdido entre sectores importantes del electorado progresista en los últimos años como resultado del papel del partido socialista en la gestión de la crisis, la desatención a demandas ciudadanas o su división interna. Aupando a Pedro Sánchez a la Secretaría General sin grandes sobresaltos tras su victoria clara en las primarias, el PSOE demostraba que estaba menos fracturado que lo que pronosticaron muchos agoreros durante los meses de campaña. Todo sugiere que Pedro Sánchez va a disfrutar de una dulce luna de miel, que puede ser luna de hiel para alguno de sus rivales más recalcitrantes, cuyo futuro político al frente de baronías y otros cargos orgánicos puede peligrar si los sanchistas acometen una ofensiva en las federaciones autonómicas díscolas para situar sus peones al frente de la organización.

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Pedro Sánchez y la profecía autocumplida

Los populistas son animales mitológicos que algunos ven corretear por todos lados. La capacidad de estos seres de agitar el cóctel de las bajas pasiones es descomunal. Cuando te expones a sus hechizos, al parecer, estás perdido. Tu racionalidad se tambalea. Entras en un carrusel caótico de estados mentales de agitación, que nubla tus capacidades cognitivas y las competencias analíticas que tanto te ha costado adquirir y cultivar. Crispación, indignación, ira y cólera se alternan, salpicadas por episodios de ilusión excesiva, gregarismo y entrega acrítica a un líder cuyos defectos son visibles a todos que todavía tienen la fortuna de no haber sido contagiados por la infección populista.

Esta es la retórica que han manejado (a veces con soltura, últimamente ya con cierta fatiga o falta de imaginación) acrisolados políticos, tribuneros, columnistas y tertulianos para fustigar a candidatos que cometían la osadía de desafiar a partidos o líderes llamados a ocupar la hegemonía política en nuestro país (alguno diría " tocados por los dioses" para ello).

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La preverdad: el PSOE era contingente

El 4 de mayo ha sido un día aciago para la Gestora del PSOE. Pedro Sánchez y su equipo, esos que han conseguido 53.117 avales, han demostrado que tenían razón en dos asuntos bien importantes.

Por un lado, como ha demostrado el cuponazo vasco, el PP podía buscar apoyos en otro sitio. No era inevitable que el PSOE le apoyara en la formación de gobierno. Parafraseando al parroquiano de Amanece que no es poco de José Luis Cuerda, el PSOE no era necesario, era más bien contingente. Sin embargo, la presión, toda la presión del mundo, se puso sobre el entonces secretario general que debía sí o sí apoyar al PP para que este no tuviera que llegar a pactos con los nacionalistas.

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Desigualdad, injusticia e insensibilidad "socialdemócrata"

Acaban de salir los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida de 2016. Con datos de ingresos de 2015, vuelve a constatarse que la desigualdad no se revierte en la nueva etapa de crecimiento económico. El coeficiente de Gini –que mide la desigualdad en una escala donde cero es el valor de una sociedad (imaginada) donde la desigualdad fuera mínima y 100 el de una sociedad donde fuera máxima– España se sitúa en 34,5, apenas una décima menos que el año anterior, a pesar de que 2015 fue un año de crecimiento económico (3,2 del PIB en 2015). En 2014 también había "descendido" una décima (con crecimiento de 0,7%). A este ritmo necesitaríamos más de dos décadas de crecimiento continuo para volver a los niveles de desigualdad de 2008, donde España ya se situaba en niveles medio altos de desigualdad en Europa.

Los seres humanos no toleramos fácilmente la desigualdad, y menos si entendemos que deriva de causas inmerecidas o es producto de la (mala) suerte. Un volumen ingente de literatura académica acredita esta aversión natural a la desigualdad. Numerosos estudios experimentales muestran que, bajo condiciones controladas en un laboratorio, individuos a los que se solicita dividir recursos entre un grupo de personas con las que no mantienen relación alguna previa, eligen repartos igualitarios. El sesgo es tan poderoso que, muchas veces, los sujetos prefieren incluso resultados igualitarios en los que todo el mundo gana menos que resultados en los que todo el mundo gana más pero es mayor la desigualdad entre los que más tienen y los que menos.

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La infancia, el eslabón débil

Hablar de infancia está de moda. También en el discurso político. Es políticamente cool comprometerse a ayudar a los niños desfavorecidos, reclamar que se construyan escuelas infantiles, o mostrar una firme determinación a ampliar los presupuestos en educación porque, ya sabemos, nos estamos jugando el futuro y tal. Gusta citar estudios anglosajones que avalan los efectos beneficiosos de las intervenciones públicas que se realizan en la etapa infantil para corregir desventajas sociales que violan la igualdad de oportunidades en la vida. Acredita que se lee inglés, se está al corriente de lo que se debate en el mundo, y uno se adhiere a la política basada en evidencias, no como otros… Hablar de infancia es, para quienes se comportan de este modo, lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamaba una estrategia para exhibir "distinción".

Pero me temo que las modas dan poco más de sí. Hace dos años escribí un  artículo en Agenda Pública en que mostraba –apoyándome fundamentalmente en fuentes secundarias– cómo los programas destinados a la infancia habían sido grandes paganos de las políticas de consolidación presupuestaria. Durante la crisis, las partidas que las Administraciones Públicas gastaban en infancia habían perdido peso relativo en el conjunto del gasto social que realizaban tanto las Comunidades Autónomas como el Estado Central. Eso no ha ocurrido con todos los programas sociales, ni con la misma intensidad.

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Lecciones holandesas para socialdemócratas desnortados

Había ocurrido en Grecia e Irlanda, y llegó el turno de Holanda. El partido socialdemócrata holandés, el PvdA, ha obtenido unos resultados electorales desastrosos, pasando de 38 a 9 escaños (del 24,8 al 5,7% de los votos). Estas cifras lo llevan al séptimo lugar en el escenario parlamentario holandés.

A falta de análisis más pormenorizados de las causas de esta debacle, el PvdA parece haber pagado cara su colaboración con el partido de conservador-liberal de Rutte en el gobierno. Aparentemente el electorado ha castigado su complicidad con medidas de austeridad en ámbitos sensibles de política social (recortes en sanidad y asistencia a personas dependientes), la falta de respuestas frente a necesidades acuciantes de la población (como la crisis de accesibilidad a la vivienda) o las elevadas tasas de precariedad laboral (a pesar del bajo desempleo).

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Jóvenes, mujeres y niños ¡al final de la cola!

Hemos dejado la crisis atrás. No se empeñen en negarlo. Los síntomas de recuperación son apabullantes: crece el empleo, sube el precio de la vivienda, e incluso se descontrola la inflación. Cualquier día de estos veremos abrir una nueva oficina inmobiliaria en el vecindario o nos llamará un banco para ofrecernos un préstamo. La crisis forma parte del pasado, un pasado doloroso, pero finiquitado. No le den más vueltas. Si siguen revolcándose en los recuerdos de un drama ya superado, van a empezar a mandar señales preocupantes.

Lo que no forma parte del pasado son problemas sociales estructurales que nos acompañan desde mucho antes de que estallara la crisis y las secuelas que esta ha producido, que van por barrios. Visibles son las cicatrices de quienes sufrieron más, que no fuimos todos, ni la gente, ni las mayorías sociales, ni siquiera las clases medias, por mucho que haya quienes quiera describirnos interesadamente la crisis como una experiencia colectiva, trasversal, de la que solo logró librarse un grupo reducido de villanos atrincherados en inasequibles refugios del privilegio.

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