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Si yo fuera una gata callejera en Zaragoza

Los gatos que habitan el Teatro Romano de Zaragoza son el arma arrojadiza de los concejales de la ciudad, objetivo de Ciudadanos y del PP, y víctimas también del PSOE y de los políticos "del cambio"

La situación de las colonias felinas de Zaragoza es extrapolable a muchas otras ciudades y pueblos de toda España, olvidadas cuando no directamente atacadas y masacradas ante la pasividad o complicidad de las autoridades

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Gato de una colonia felina en Largo di Torre Argentina, Roma.

Gato de una colonia felina en Largo di Torre Argentina, Roma. Marta Navarro García

Si yo fuera una gata callejera en la ciudad de Zaragoza, desearía vivir en el cementerio de Torrero, entre tumbas, cipreses bailones y sonido de pájaros, paseando la elegancia felina fuera del foco político municipal. Lejos, muy lejos del objetivo mortal de los concejales de Ciudadanos y del PP. Lejos de las rabietas de los concejales del PSOE, capaces de echar por tierra proyectos de anteriores ediles de su propio partido. Lejos también del concejal “del cambio” que, en nombre de la cultura y el respeto a los animales, intoxica en este caso y juega a dos bandos, provocando un problema que no existía en la colonia felina del Teatro Romano, siendo desleal no solo con los gatos que habitan el monumento, sino también con sus propios compañeros del gobierno municipal.

Si yo fuera una gata callejera en la ciudad de Zaragoza, desearía estar cerca, muy cerca de todas esas voluntarias que, con poco dinero, grandes esfuerzos y muchas horas de trabajo, capturan, esterilizan (con sus propios recursos) y curan a los gatos heridos. Y buscan para los más pequeños y débiles un hogar donde recuperarse. Lejos, muy lejos de los concejales de Ciudadanos, del PP y del PSOE que han decidido que los gatos de la ciudad sean moneda de cambio, bala de fogueo en su batalla política como oposición. Han demostrado que para ellos lo de menos son los gatos, lo único que parece importarles es desgastar al equipo de gobierno de Zaragoza en Común.

Si yo fuera una gata callejera en Zaragoza, les recordaría una vez más a las organizaciones animalistas de la ciudad que los gatos de la antigua fábrica de Averly desaparecieron, que los del Teatro Romano están en peligro, que son el actual objetivo de Ciudadanos y del PP, que incluso uno de sus seguidores se atrevió a sugerir en un tuit que para sacarlos de allí lo mejor era “inventar una infección como la rabia (sic) o algo así”. Lo recuerdo ahora porque hace unos días Ciudadanos denunciaba en la prensa que los gatos del Teatro Romano tienen tiña. Según la nota hay una trabajadora infectada, pero las voluntarias que realmente están en contacto con los gatos no han tenido problema alguno. No hay que ser Sherlock Holmes para relacionar aquel tuit de hace meses con esta reciente nota de prensa.

Si yo fuera una gata callejera en la ciudad de Zaragoza, desearía estar lejos del concejal de Urbanismo que diseña una importante operación urbanística, la de los depósitos del Parque Pignatelli, y no es capaz de contemplar que en ese espacio vive la mayor colonia felina de la ciudad y tenerla en cuenta en el planeamiento, como si los gatos no existieran, a pesar de que son cuidadosamente atendidos por voluntarias a las que esta ciudad no agradece lo suficiente su trabajo. Un concejal “del cambio” que, además de ignorar dicha colonia amparada por el propio Ayuntamiento, como si fuera invisible, es incapaz de conceder una reunión a PACMA y a otras asociaciones cuando se la solicitan.

Si yo fuera una gata callejera en la ciudad de Zaragoza, les rogaría a las asociaciones animalistas que, además de convocar estupendas rutas veganas, organizaran reuniones para salvar a los gatos de la ciudad. Que fuéramos capaces de establecer un diálogo entre el equipo municipal, la oposición y las organizaciones progatos. Que se sienten a hablar, que dejen de insultarse en las redes sociales, de ningunearse, de ser invisibles los unos para los otros.

Si yo fuera una gata callejera de la ciudad de Zaragoza, soñaría con ser gata en Torre Argentina de Roma, o en las calles de Siracusa, o en Lady Dinah’s Cat Emporium, la cafetería de gatos más antigua del Reino Unido, o en el Ernest Hemingway Home & Museum en Florida, o en el Hermitage de San Petersburgo, o en las destilerías de whisky, o en los monumentos de Túnez o en Turquía, lugares donde se respeta a los gatos, se busca su compañía o se les considera aliados en el mantenimiento de la ciudad.

Pero hoy por hoy, si yo fuera una gata en la ciudad de Zaragoza, desearía vivir lejos del Teatro Romano y lejos del Parque Pignatelli, lejos de los concejales de Ciudadanos, PP, PSOE y quienes actúan de forma similar. Desearía vivir cerca, muy cerca del cementerio de Torrero, donde el sonido de los cipreses no mata, todo lo contario que los votos y el silencio de los ediles de la ciudad de Zaragoza.

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