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De animales sagrados a gatos desahuciados

Con el apoyo de ciertos medios, en Zaragoza se ha desatado una campaña para conseguir que la colonia CES de gatos, establecida desde 2014 en las ruinas del Teatro Romano, sea expulsada de allí.

Con escasos argumentos, y hasta faltando a la verdad, quieren hacer creer a la población que esos gatos, controlados por el Ayuntamiento con la ayuda de voluntarios, son los causantes de un gravísimo deterioro en los restos arqueológicos y las instalaciones.

En yacimientos emblemáticos de Europa están, por el contrario, creando santuarios para los gatos que habitan en ellos.

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Resulta cuando menos sorprendente que en las últimas semanas se hayan publicado varias noticias relacionadas con los gatos que viven en el Teatro Romano de Zaragoza, noticias que en realidad no son tal sino artículos de opinión y así deberían ser considerados por la prensa aragonesa, pues una información periodística ha de contar, por aquello de los códigos deontológicos, con el máximo rigor, y no ofrecer una información parcial, sesgada y poco exacta, cuando no directamente falsa, aunque puede que estemos pidiendo demasiado a ciertos medios de comunicación o a ciertos comunicadores.

Por eso sorprende también que titulados universitarios como arqueólogos o historiadores muestren la dudosa imparcialidad o rigurosidad que se espera de ellos encabezando sus textos con títulos al estilo de Hotel gatuno en el Teatro Romano El Teatro Romano de Micifuz o  El Teatro y los gatos de la discordia. Nos preguntamos qué habrían pensado si uno de sus alumnos presentase un trabajo con una denominación similar; claro que es posible que, cuando de no humanos se trata, la severidad académica se puede sustituir por el sarcasmo sin que tiemble el birrete, aunque estemos hablando de que haya vidas en juego.

Como no puede ser de otra manera, pues tales cabeceras no han sido elegidas por alumnos, lo que se pretende con ello es restar importancia al destino de esos gatos y ridiculizar a quienes se preocupan por ellos (y no olvidemos que su cuidado y control implica un beneficio para los ciudadanos), despreciando que se trata de seres sintientes y que la socarronería no tiene cabida, o no debería tenerla, si nos referimos al destino de criaturas con capacidad para sufrir. Y aunque eso sea algo que parezca no importar demasiado a muchos, recordemos que en este Teatro hace siglos se sentaban espectadores con una empatía similar cuando los juegos de gladiadores provocaban en ellos la sonrisa, el aplauso y es muy probable que también el sarcasmo, ante la agonía de los más débiles.

Por otra parte, lo que se obvia en cada uno de los artículos publicados es que esos gatos pertenecen a una colonia de CES (Captura, Esterilización y Suelta) cuyo máximo responsable de su bienestar es el Ayuntamiento de Zaragoza. Son animales que están controlados sanitariamente, cuidados por voluntarios del Consistorio hacedores de un trabajo impagable, y que además está sancionado abandonarlos, molestarlos, sustraerlos o alimentarlos. No, esto no son delirios animalistas, como algunos pretender vender, sino normativa municipal.

Dentro del Equipo de Gobierno de Zaragoza En Común existen posturas claras al respecto de este asunto y otras que, cuando menos, se antojan ambiguas. Así como el concejal de Protección Animal Alberto Cubero ha declarado públicamente que los gatos se van a quedar en el Teatro, su homólogo de Cultura, el concejal Fernando Rivarés, mantiene una actitud que resulta desconcertante. Este edil, cuya preocupación por el bienestar animal no ponemos en duda -y hemos sido testigos de su participación en actos organizados con ese fin-, con todo el revuelo armado no ha salido de momento a los medios para decir que esa colonia permanecerá en su hogar. Sin embargo, sí hemos escuchado en una televisión las palabras de responsables del Teatro, que dependen de él, expresando su intención de echarlos de las ruinas. Hay que indicar que antes de la publicación de este texto hemos invitado a Fernando Rivarés a participar en él expresando su posición pero la callada ha sido la respuesta que hemos obtenido.

Serían necesarios varios informes imparciales para conocer la situación real y poder buscar soluciones. Argumentar que esos animales están acabando con las ruinas del Teatro cojea por todos los lados. Hay que preguntarse, por lo tanto, de dónde han obtenido esa información, utilizada para la prensa escrita, y quién se la ha facilitado, saltándose quizás determinados procedimientos, si así fuese, porque entre otras cuestiones es de rigor citar las fuentes, y no parece creíble que un técnico independiente utilizase tales titulares en su estudio. También habría que saber quién ha dado la autorización para hacer las declaraciones que hemos oído en televisión.

Recientemente el Grupo de Protección Animal de ZeC recabó una serie de informes de profesionales que avalaban la necesidad de no sacar de allí a los gatos y la inocuidad de su permanencia para el patrimonio, así como algunas medidas básicas que se deberían tomar, tan baratas como lógicas; por ejemplo, la colocación de areneros y una malla de protección para la zona de audiovisual. Todos estos informes (informe del Hospital Veterinario de la Universidad de Zaragoza,  comunicado de la Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia y del Maltrato Animal (AVATMA), formado por más de cuatrocientos veterinarios,  informe de Conexión Felina (Asociación de Colonias Felinas Urbanas) e Informe del Arqueólogo Colegiado Carlos García Torres) han sido entregados al concejal de Cultura, quien, por su parte, ha pedido un dictamen a la Comisión Provincial de Patrimonio de la DGA, una decisión que no se acaba de entender cuando ambos ámbitos, gestión de colonias CES y del Teatro Romano, son competencia del Ayuntamiento de Zaragoza.

Además de la documentación, están la realidad y la experiencia, que sólo intereses espurios pueden intentar desvirtuar. Los gatos no aparecieron allí en 2014 por arte de magia y decidieron convertir en polvo las ruinas del Teatro, cosa que no están haciendo. Echemos la vista atrás, por favor, y no seamos sensacionalistas. Y no sólo atrás sino también a nuestro alrededor: nuestro tesoro arqueológico no es el único, como tampoco lo son nuestros gatos.

Entendemos que la preocupación de las personas responsables de yacimientos en otros lugares emblemáticos y con gran experiencia en su conservación no se reduce a esos animales, y ya que su interés es el mantenimiento de las ruinas habrán tenido en cuenta que existen otras especies (incluida la humana) y otras circunstancias que pueden dañar al Teatro. Por ello, tal vez habrán valorado también (cosa que no parece que ocurra aquí) que la desaparición de los gatos atraería la presencia de roedores, insectos y aves, como indica el informe de un arqueólogo imparcial en posesión del Grupo de Protección Animal de ZEC y de la Concejalía de Cultura, lo que sí podría acarrear daños de envergadura a las instalaciones. Y las personas, ¿qué hacemos con ellas?, ¿echarlas también?, ¿impedir su paso por las inmediaciones? Porque en el Teatro, como en otras colonias, como en todo lugar por el que algunos seres humanos -afortunadamente los menos- van dejando las peores de sus improntas, aparecen tirados desde colillas hasta envases de plástico o cartón.

Así que a todos aquellos que probablemente no atreviéndose a confesar que su problema es que los gatos les molestan, sea en unas ruinas, en un jardín, en una esquina del Paseo de Independencia o en la casa del vecino, que les incordia su presencia y no su comportamiento, deciden echar mano de su supuesta capacidad destructiva del patrimonio, conviene recordarles que en una ciudad en la que algo sabrán de conservación de restos como es Roma, la zona denominada Área Sacra (donde existen cuatro templos, un Teatro y la Curia de Pompeyo), se conoce como La Ciudad de los Gatos, recordarles que allí hay un cartel donde se dice que esos animales son bienvenidos y que además de haber convertido ese entorno en un santuario para ellos los ciudadanos lo siguen visitando y su estado de preservación es óptimo. ¿Qué ocurre? ¿Los arqueólogos e historiadores italianos son más tontos que los de los titulares con chascarrillo o que los gatti no tienen uñas ni hacen pis? Decía Aristóteles que “no basta decir solamente la verdad, conviene mostrar la causa de la falsedad”, y la constatación de que la convivencia de gatos con restos arqueológicos es posible allende Cesaraugusta demuestra que intramuros también lo es, aunque algunas y algunos se empeñen en hacer creer lo contrario a la opinión púbica.

Como a muchas personas nos preocupan también los animales, y no menos que a esas voces catastrofistas los restos históricos, hemos de poner de manifiesto que los gatos son seres territoriales, que de sacarlos de allí tendría que hacerse con totales garantías, buscando un lugar seguro para animales semi-asilvestrados, espacio que no existe, y que habría que construir, haciendo también cuentas de su gasto económico, las instalaciones adecuadas. Pero es que, más allá de eso, el llevárselos a otro lugar supondría que intentarían volver a su colonia original, son gatos, cualquier etólogo lo podrá corroborar, con el consiguiente riesgo para su integridad y la de terceros. Así que el no darles un refugio adecuado (y eso implica mantenerlo) supondría un trato negligente, considerado como maltrato o crueldad, y podría ser denunciable, además de las consecuencias que para la salud y seguridad pública podría tener.

Crear alarma y querer condicionar desde la parcialidad o la inducción a la ignorancia el criterio de los lectores es algo feo, no demasiado ético y poco profesional, aparte de no dar respuesta a los problemas. Valorar la situación, analizar siempre de forma objetiva y buscar la solución más favorable para todos sería lo lógico en una ciudad como la nuestra, aunque siempre hay gente que, buscando la inmediatez y sin tener en cuenta todos los sujetos/objetos implicados, quiere matar moscas a cañonazos, o gatos a golpe de traslado.

Resulta algo contradictorio apoyar desde un ayuntamiento, al menos en parte, el mantenimiento de colonias CES, abogar por su necesidad, tanto desde el punto de vista de la protección animal como de la salud pública y de la seguridad vial, y que, al mismo tiempo, se pueda permitir (y el silencio es una forma de complicidad) la mudanza de una de ellas, sabiendo las consecuencias fatales que eso tendría para los gatos, y más cuando ya no se están introduciendo nuevos individuos en la colonia y los actuales se encuentran esterilizados, por lo que su disminución paulatina por causas naturales está garantizada hasta alcanzar su desaparición. Con la intención de dar voz a los ciudadanos y qué esta llegue también a los responsables municipales, se ha abierto un  Change recogiendo firmas para la permanencia de los gatos en el Teatro.

La mentira tiene las patitas muy cortas, aunque la firmen licenciados. Todavía recordamos a aquel veterinario que aseguraba que los toros no sufrían durante la corrida. Los toros sienten dolor y los gatos no destruyen ruinas, esa es la verdad. Y negarla no tiene ninguna gracia, aunque se haga bajo títulos con guasa.

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