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¡Ya eres una mujer!

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En un momento determinado de nuestra infancia, escuchamos la voz de nuestras madres (emocionadas a veces, temerosas otras) diciendo que acabábamos de convertirnos en "mujeres". ¿A los trece, diez, once años? De hecho, éramos todavía bien niñas. Pero ya sangrábamos. Una vez al mes. Y tuvimos que aprender muchas cosas en poco tiempo: a ir limpias, a no oler, a soportar una desazón especial los días previos mientras seguíamos teniendo diez, once, doce años...

Actualmente parece que a las niñas no les llegue la "visita", la menstruación. Quizás se habla de ello en familia, pero persiste un gran silencio público sobre un hecho que afecta, en un momento dado, a la mitad de la población infantil y preadolescente. A ellas les pasan muchas cosas, muchas peripecias que parecen no existir en los lugares donde aprenden a vivir con las iguales y los diferentes: en las escuelas. Parece que lo que ocurre a la mitad del alumnado de un aula -este hacerse mujer- se considera mucho menos importante que los resultados de los partidos de fútbol que se juegan, (y que, de hecho, invaden casi todo espacio de los patios). Pero les pasan muchas cosas. Hay muchas niñas que bajan en su rendimiento escolar ya desde una temporada antes de tener su primera menstruación, otras están inquietas, desorientadas, los cambios hormonales, tan escandalosos a esta edad, fácilmente hacen irritables, inestables.

No entiendo bien cuáles son las razones que nos han llevado a disimular colectivamente las muchas contradicciones y complejas experiencias que viven las niñas en este período, que no se traducen en palabras públicas, en ninguna atención especial, ni en tener en cuenta, más allá de las explicaciones que una educación sexual, con grabados de tipo anatómico, les proporcionamos en las aulas. ¿Por qué se hace como que no pasa nada, cuando tantas cosas suceden a la mitad del alumnado? ¿Qué razones explican este silencio de los adultos responsables como si se quisiera ocultar un evento tan decisivo para las niñas? O bien las dejamos solas con sus espesas angustias, o permitimos que se arreglen entre ellas en un susurro que se forma en círculos, en los rincones de los patios entre risas incómodas. Parece que toda la sociedad se impaciente, no se las dé tiempo y empuje a buscar una identidad erótica prematura, que se va avanzando en el tiempo, que se disfraza con los primeros maquillajes, las faldas cortas y exhibicionistas, a veces desde los ocho, nueve años...

Y me pregunto el porqué hay aspectos vitales de la vida de las niñas, de las futuras mujeres que no hemos sabido todavía tratar colectivamente con todo el respeto, la naturalidad y el rigor necesarios. Aspectos de la vida femenina que deberían formar parte del núcleo duro de la educación de niños y niñas y que se tratan como de incógnito, mientras perdemos la ocasión de enseñar a respetar la igualdad, sí, pero también las diferencias existentes, que nos hacen justamente más completos como seres humanos.

¿Cuál es nuestra responsabilidad como mujeres que hemos luchado por la igualdad? Tememos generar burlas en un mundo que todavía hoy en día mide el valor de los hechos mediante criterios misóginos?

Me pregunto. Y lo pregunto a toda persona interesada en educar para una sociedad más igualitaria y al mismo tiempo más plural y diversa, que valore las capacidades y experiencias femeninas como arte de los rasgos humanos necesarios para la convivencia y el crecimiento humano. Y por eso, las más delicadas de estas experiencias existentes deben tener un nombre, un espacio en el pensamiento y en la práctica educativa de niños y niñas, los hombres y mujeres del mañana.

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