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Oportunidades perdidas

Quieran reconocerlo ahora o no desde la dirección de Podemos, la mayor parte de los votantes de izquierda ha culpabilizado a Pablo más que a Pedro del fracaso a la hora de formar un gobierno que desalojase a Rajoy

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El 15 de marzo publiqué en Contrapoder un artículo sobre la no investidura de Pedro Sánchez, en el que, entre otras cosas que no cabe reiterar aquí, sostenía que muchos votantes de izquierda no perdonarían fácilmente a Pablo Iglesias su actitud en aquellos días y su obvia (aunque negada: sin mucha convicción) decisión de forzar unas segundas elecciones para ensayar el asalto a la segunda posición del tablero.

Escribía entonces: "Muchos de los que apuestan por el cambio, y desde luego aquellos que somos capaces de tomar nuestras decisiones vitales (y no digamos el sentido de nuestro voto) desde la cabeza y no solo desde las tripas, no perdonaremos políticamente a quien haga fracasar esa opción frívolamente".

Era lo que yo percibía entre tantos de los votantes de Podemos, muy numerosos en el medio universitario en que me muevo, sobre todo entre los más jóvenes. En los diagnósticos que se ensayaron entonces y en los que se han deslizado ahora desde ópticas muy distintas, y desde luego en el peculiar ejercicio de autocrítica realizado por los líderes de Podemos tras los resultados electorales de todos conocidos, no se ha insistido lo suficiente en la que a muchos nos parece la causa fundamental del fracaso (relativo, pero sonoro) de Iglesias en las pasadas elecciones.

Se ha hablado como causa de tal fiasco de la alianza precipitada con la hace unos meses denostada Izquierda Unida para sumar lo que iba a perderse (justo lo que ha ocurrido) y crecer exponencialmente (justo lo que no); de la campaña cosmética de Podemos con poca calle y constantes y poco creíbles guiños socialdemócratas; de la paralela "campaña del miedo" alentada por el Partido Popular y sus terminales mediáticas, al parecer no contrarrestadas suficientemente por La Sexta o la intensa pericia "podemita" de las redes sociales (son círculos de convencidos), y del asombroso (¿quizás interesado?) patinazo de las encuestas como reactivo a última hora de una llamada de la selva a las reservas populares para ir a votar; del vaporoso pero recurrente apoyo a un indeterminado derecho a decidir del pueblo catalán excluyendo a los demás españoles de la decisión en una época de convulsiones; del brexit y la innata tendencia del voto moderado a refugiarse en opciones conservadoras en momentos de incertidumbre; incluso, de la perfidia natural e inacabable del votante conservador español, que no ha hecho ascos a inclinarse por la opción política más flagelada por los casos de corrupción en los últimos años, impidiendo el sueño redentor de Iglesias… porque lo perciben una pesadilla. (Quizás convendría en relación a lo último resaltar como se debe el tan obviado sentido de pertenencia que tantos votantes veteranos tienen a sus siglas de siempre cuando las ven en peligro de muerte: algo que se ha revelado aún más escalofriante entre los apoyos naturales del PP. Y no: los votantes populares no son por serlo seres abyectos).

Pero todas las causas esgrimidas sin excepción terminan por reconducirse como coadyuvantes o elementos de un puzle a una central que no se ha destacado suficientemente y que parecen obviar sobre todo los líderes de Podemos porque es la que los deja en peor lugar: la demolición de la alternativa de izquierdas escenificada en invierno y a lo largo de la primavera, no apoyando a Pedro Sánchez en la investidura, que ofrecía a un Iglesias que ya tenía pensado aliarse en el nuevo envite electoral con Izquierda Unida una nueva oportunidad de crecer… pero que también, y sobre todo, se la ofrecía a Mariano Rajoy, hundido en diciembre con la inédita pérdida de más de sesenta escaños en solo cuatro años.

Para ver si superaba al PSOE –y lo que es peor: dándolo por hecho no tuvo empacho en arriesgarse a permitir al PP una mejora en sus posiciones, bastante previsible por lo demás en quienes habían tocado fondo y disponen de una base de apoyo sociológico mínimo muy estable. La imprevisión se unió al egoísmo; la infantilidad del diagnóstico a la de las actitudes. Es simple. ¿Qué era mejor para un votante medio (= no sectario) de izquierdas, tras las elecciones de diciembre? Un gobierno liderado por Pedro Sánchez, candidato de la primera fuerza de la izquierda, con el apoyo y en su caso incluso la participación de Podemos, sus confluencias e Izquierda Unida. ¿Cuál era la segunda mejor opción para ese votante que vota más en positivo que por odio? Un gobierno de Pedro Sánchez con apoyo y hasta acuerdo expreso de Ciudadanos, controlado desde el Parlamento por un Podemos que facilitase la investidura del socialista con la abstención, oponiéndose a lo largo de la legislatura a las iniciativas que pudieran parecerle más regresivas o conservadoras y apoyando o impulsando las más urgentes y avanzadas. ¿Cuál era la peor? Que siguiese gobernando Rajoy.

Esto es lo que previsiblemente va a seguir ocurriendo, si no hay terceras elecciones (y ahora a Iglesias no le interesan: como las de junio, pero ahora se ha dado cuenta), porque simplemente PSOE y Unidos Podemos no suman y suman bastante menos que PP y Ciudadanos, con los que antes mantenían un empate técnico, que además servía para poco al PP porque Rivera no estaba por apoyar a Rajoy (ya se verá ahora).

Pensar que Podemos va a apoyar expresamente a PSOE y Ciudadanos para desalojar a un PP reforzado aunque aún muy débil cuando no lo hizo absteniéndose tras la debacle popular de diciembre es mucho pensar. Sería, incluso para Iglesias, demasiado golpe de efecto. Eligió la peor opción de todas y su inversión ha sido digna de un genio. Por supuesto que Sánchez, presionado por sus llamados barones (qué papel más lamentable, ni comiendo ni dejando comer) y lacerado por la actitud de Iglesias, desconfiaba de este y es obvio que prefirió asegurarse el apoyo de Ciudadanos al de Podemos. Es comprensible que eso no agradase en modo alguno a sus líderes.

Pero había algo más importante para la izquierda y se evidenció que para ellos no lo era. Desde un principio los actos de Iglesias (no los de Alberto Garzón y mucho menos los de Mónica Oltra o Joan Baldoví) dejaron claro que su interés por una alianza de izquierdas era impostado. A Iglesias se le notó la intención, como a los niños pequeños que se ponen a apretar. Apostó por ponérselo a Sánchez lo más difícil posible e incluso por humillarlo, en el Parlamento y fuera de él. Inaudita fue la escenificación de su propuesta de vicepresidencia y ministerios para Podemos mientras Sánchez se entrevistaba con el Rey (en el patio de un colegio se cambian cromos más seriamente). Eso por no hablar de la investidura-carnicería. Sánchez, a quien se ha vendido desde el principio como alguien capaz de todo por gobernar, no cedió ni rompió su  acuerdo con Rivera. Y ha sobrevivido a Iglesias, cuya misión ahora es sobrevivirse a sí mismo.

Rara vez te devuelve la historia lo que tú le quitas. De aquellos barros estos lodos. Prefirió Iglesias jugársela por propio interés y con pésimo cálculo, lo que para muchos de los llamados politólogos es aún peor. Quieran reconocerlo ahora o no desde la dirección de Podemos, la mayor parte de los votantes de izquierda ha culpabilizado a Pablo más que a Pedro del fracaso a la hora de formar un gobierno que desalojase a Rajoy. Un millón de votos se ha dejado Podemos con Izquierda Unida en su cerveceada aventura. El PSOE solo cien mil, habiendo subido incluso en porcentaje de voto, pese al desgaste acumulado y la con frecuencia obscena deslealtad, tan impúdicamente manifestada, de tantos de sus líderes todos estos meses con su secretario general, elegido hace apenas dos años por primarias puras (ya saben lo que tienen que hacer si quieren desalojarlo): uno de los espectáculos más deprimentes de la actual escena política española, que explica buena parte de los males electorales en todas las comunidades autónomas del partido que ha protagonizado, con luces y sombras emblemáticas, este período como ningún otro.

De haberse consumado ese apoyo moral y estratégicamente necesario, Rajoy habría sido eliminado políticamente (aunque con Rajoy quién sabe), el PP estaría limpiándose en la oposición, se habrían aprobado leyes imprescindibles y derogado otras lamentables para cualquier ciudadano de izquierdas, nos habríamos librado de algunos ministros no presentables y se habría  podido iniciar una regeneración que es urgente y que el Presidente no puede acometer siquiera en su propio partido, como no se le oculta a muchos de los que finalmente le han votado, aterrados por la inminente entronización –ya se ha visto que de plastilina- de Pablo Iglesias. El cambio – ese cambio- podía haberse hecho con Podemos en el gobierno o fuera de él. Hubiese sido una legislatura corta (como va a ser esta, pero en un sentido muy distinto), Podemos habría jugado el papel para el que le votaron tantos españoles (impedir que se reeditase el gobierno de Rajoy y velar desde la izquierda) y hubiese podido encarar unas nuevas elecciones, con o sin Izquierda Unida, uno o dos años después en muchas mejores condiciones y con mejores expectativas reales que las de este mes de junio… y que las futuras y previsibles, salvo que el PSOE se haga el harakiri con sus luchas internas (pero nunca debes fiarlo todo a lo que hagan o no los demás). 

¿Qué queda ahora? Podemos votará en contra de la investidura de Rajoy si este finalmente se atreve a presentarse a ella y el PSOE no tendrá otra opción no suicida que hacerlo, si no quiere perder lo ganado (o sea, lo mantenido) entre los votantes de izquierda en esta sucesión lamentable de elecciones encadenadas, de oportunidades perdidas.

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