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Las sillas vacías del 9 de mayo

Hoy se celebra en Moscú, con un desfile militar, el aniversario del fin de la II Guerra Mundial, acto de relevancia nacional al que han declinado asistir líderes como Barack Obama o Angela Merkel.

En Europa soplan vientos revisionistas, que pretenden minimizar la corrosión fascista que padeció el continente y el papel decisivo que en su extirpación desempeñaron los rusos.

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Este 9 de mayo se celebra el 70 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Tal día como hoy, el conocido locutor radiofónico Yuri Levitan anunciaba a la Unión Soviética la capitulación incondicional de la Alemania nazi: “¡Atención, habla Moscú! El 8 de mayo de 1945, en Berlín, representantes del alto mando alemán han firmado el acta de capitulación incondicional de las fuerzas armadas alemanas. La Gran Guerra Patriótica, librada por el pueblo soviético contra los invasores fascistas alemanes, ha terminado con nuestro triunfo. ¡Alemania ha sido completamente aplastada! ¡Gloria eterna a los héroes caídos en la lucha por la libertad y la independencia de nuestra patria!”

El Tercer Reich, destinado a durar mil años, era historia después de doce años de terror pardo, y Berlín, la capital de su imperio, poco más que una sucesión de montañas de escombros que se alzaban a ambos lados de las calles como doloroso recordatorio para los alemanes de adónde habían conducido sus ambiciones de dominar y someter al continente. El mayor conflicto de la historia había terminado. De los 75 millones de muertos, el mayor número, unos 27 millones, pertenecían a la URSS, que sufrió asimismo la mayor destrucción material. Sólo en Bielorrusia murieron dos millones de personas (uno de cada tres habitantes), quedaron destruidas 209 de las 290 ciudades y el 85% de la industria del país y 628 aldeas fueron borradas literalmente del mapa.

Por todo ello, el 9 de mayo es, huelga decirlo, un día importante para los rusos, y en general para todos los ciudadanos de las exrepúblicas soviéticas. Aunque durante la jornada se organizan numerosos actos de conmemoración, el más conocido es sin duda el desfile militar en la Plaza Roja de Moscú. Este desfile desapareció con la desintegración de la URSS hasta que el Kremlin decidió restablecerlo en 2008 no sin polémica. (Mucho menos revuelo tuvo, dicho sea de paso, el establecimiento en 1992 del desfile militar de las fuerzas armadas de Polonia, que se celebra todos los años el Día de la Asunción, 15 de agosto, y conmemora la victoria del Ejército polaco bajo el mando del social-chovinista Piłsudski sobre los bolcheviques en la Batalla de Varsovia).

El desfile de este año también se celebra envuelto de polémica, pero por otros motivos. Varios jefes de Estado y de gobierno han decidido declinar la invitación institucional para asistir al acto. El presidente de EEUU, Barack Obama, alegó motivos de agenda y la canciller alemana, Angela Merkel, llegó a una solución de compromiso: aunque no estará el día 9, el 10 depositará una corona de flores en la tumba al soldado desconocido frente a las murallas del Kremlin. Pero a nadie se le escapa que el motivo real de este plante es otro: visibilizar el aislamiento de Rusia en el día festivo más importante de su calendario en protesta por las interferencias rusas en el conflicto ucraniano. Un gesto mal calculado, pues tendrá seguramente como único efecto galvanizar a las propias filas, también en el lado ruso. “¡No necesitamos a Merkel o a Hollande y sus aullidos de lobos en la Plaza Roja!”, tronaba el escritor Eduard Limónov hace unas semanas desde su blog. Las quejas de Limónov, un conocido nacionalista, expresan, con todo, el sentimiento de ofensa de muchos rusos a lo largo de todo el espectro político. Una decisión razonable hubiera sido entender el acto exclusivamente en su marco histórico, obviando las tensiones geopolíticas actuales, y asistir a la conmemoración. De hecho, así parece haberlo comprendido, entre otros, el primer ministro griego, Alexis Tsipras.

No ha faltado quien haya visto paralelismos con el boicot occidental a los JJ.OO. de Moscú de 1980 a raíz de la intervención soviética en Afganistán. Aryeh Neier escribió entonces en The Nation un artículo titulado “El motivo equivocado” que podría reproducirse, mutatis mutandis, hoy, teniendo en cuenta que, además, desde la prensa occidental se ha planteado un boicot idéntico para el Mundial de Fútbol de 2018 que se celebrará en Rusia. “La intervención soviética militar en Afganistán debe condenarse”, escribía Neier, “pese a que las protestas de Jimmy Carter habrían sido más presentables si hubiese reconocido sus paralelismos con la intervención militar estadounidense en pequeños países como Camboya. Yo me inclinaría a favor de ir a las Olimpíadas a pesar de mi rechazo a lo que la Unión Soviética está haciendo en Afganistán. Creo que los contactos pacíficos entre pueblos son deseables, y participar en las Olimpiadas no sería un apoyo a la invasión”.

El 8 de mayo de Schetyna

Muchos de los políticos que no estarán hoy presentes en Moscú participaron ayer en un acto de conmemoración paralelo y sin precedentes en Polonia, anunciado hace meses por su ministro de Exteriores, Grzegorz Schetyna. Schetyna justificó la decisión afirmando que la situación actual en Ucrania hacía imposible su celebración en Moscú, y su traslado a Gdansk porque ésta fue la primera ciudad atacada por los nazis (aunque en realidad fue Wieluń). Como avanzaba Rossiyskaya Gazeta, Ucrania celebró ayer en un ambiente enrarecido el Día de la Memoria y la Paz.

La ausencia de varios líderes europeos en el desfile del 9 de mayo en Moscú no es más que un nuevo episodio de una tendencia preocupante.

En enero, el presidente ruso, Vladímir Putin, fue dejado fuera de la conmemoración del 70 aniversario de la liberación de Auschwitz mediante lo que el corresponsal de La Vanguardia Rafael Poch-de-Feliu describió como “una intriga polaca”. La participación del presidente ucraniano fue, en cambio, amplificada de manera interesada por la prensa local, y políticos y periodistas establecieron toda suerte de paralelismos históricos entre la Alemania nazi y Rusia. El pasado 6 de abril el ministro de Exteriores letón echó gasolina al fuego al comparar a Rusia con el Imperio alemán y el Tercer Reich y augurarle idéntico destino. Todo ello no hace sino aumentar la sensación de agravio de los rusos, además de abundar en la peligrosa banalización del nazismo que existe desde hace casi dos décadas en Europa. Saddam Hussein es Hitler. Milošević es Hitler. Ahmadineyad es Hitler. Putin es Hitler. Etcétera.

Según Poch, “detrás de todo esto se adivina una clase política mediocre y revisionista con respecto a las realidades de la coalición antihitleriana (…) De lo que ahora se trata es de continuar con esa Ostpolitik agresiva y disolvente, arrebatándole a Rusia cualquier papel de prestigio en la historia europea. La misma política que ha pilotado el desastre de Ucrania, se propone ahora expulsar a Rusia de la historia europea”.

No es ninguna exageración. El 8 de enero, el primer ministro ucraniano, Arseni Yatseniuk, declaraba en una entrevista para el informativo de la ARD (la televisión pública alemana) que “todos recordamos la invasión soviética en Ucrania y Alemania”, y apostilló que nadie tiene derecho a reescribir los resultados la Segunda Guerra Mundial. Más chocante aún fue que la presentadora alemana no corrigiera al entrevistado. De hecho, estos intentos de revisionismo histórico, con frecuencia toscos, pueden encontrarse también en Alemania, allí más sutiles y encubiertos por la eficaz construcción ideológica, ampliamente difundida por la academia y los medios, de que el Estado alemán ha llevado a cabo ejemplarmente su ejercicio de memoria histórica. Con la extinción de la RDA, la Alemania reunificada decidió no prolongar la tradición antifascista de mantener el 8 de mayo como Día de la liberación, que hoy únicamente mantienen los Länder de Mecklemburgo-Pomerania oriental y -desde abril pasado- Brandeburgo. Aún hoy día los historiadores alemanes se enzarzan en bizantinos debates sobre si los Aliados libraron una guerra para liberar a Alemania o sólo para vencerla militarmente, como si la derrota militar total y completa de Alemania no hubiese sido la única vía de liberar a buena parte de Europa occidental del fascismo, y como si ésa no fuese la interpretación de la mayoría de historiadores en el resto de países.

Después de que los militares alemanes firmasen la capitulación incondicional en Berlín, el general del Ejército Rojo Georgi Zhúkov, uno de los artífices de la derrota del fascismo en Europa, invitó a los aliados a un banquete para celebrarlo. Según relata Zhúkov en sus memorias, el banquete terminó de madrugada, “con canciones y bailes”. Y en eso, aclara, “los generales soviéticos eran imbatibles”. “Me volví a sentir joven y bailé lo mejor que pude un baile popular ruso”, escribió. Algo así es lo que harán la mayoría de rusos hoy, a pesar de los intentos por instrumentalizar el 9 de mayo, vengan de donde vengan.

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