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Un apellido vasco y ocho formas de violencia

Ander Iriarte firma ‘De Echevarría a Etxeberria’, un documental en el que analiza la violencia del conflicto vasco a través de un estudio antropológico

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Imágenes de archivo de una manifestación en Oiartzun

Imágenes de archivo de una manifestación en Oiartzun

Muchas películas, documentales y especiales de televisión intentan a veces con más éxito y otras veces con menos explicar el sentido de la violencia en el País Vasco. Ahondan en el origen de la organización terrorista ETA pero al final la trama resulta ser terriblemente compleja. Julio Medem ofreció su personal mirada en su documental La pelota vasca y durante 400 minutos (y son muchos minutos) intenta desenmarañar el conflicto a través de entrevistas que lo que hacen es emborronar todavía más la cuestión, hacerla más subjetiva, si cabe, y convertir su tesis en un amplísimo abanico de declaraciones y opiniones sobre la historia. ¿Y qué? La gran pregunta que había que responder seguía sin ser respondida. ¿Por qué ETA es la organización terrorista más longeva de Europa?

Y entonces llega un joven director llamado Ander Iriarte, natural de Oiartzun -un pueblo guipuzcoano de 10.000 habitantes-, y decide hacer De Echevarría a Etxeberria un estudio sobre todo el asunto de la violencia de ETA basándose, y aquí va la palabra mágica, en la antropología. No hay nada más contundente que la ciencia para explicar el origen de una violencia que comenzó a finales de los 60 y que se ha ido prolongado durante medio siglo de manera casi inexplicable hasta que hoy muchos de los que antes empuñaban las armas echan mano del silencio cuando les preguntan por qué, como esas pausas, que son un grito de socorro, con las que Iñaki Rekarte responde a Jordi Évole en su programa Salvados.

Iriarte hace este estudio antropológico en su propio pueblo, según él un feudo de la izquierda abertzale, un sitio peculiar que se puede comparar con la aldea de Astérix, algo así como un paraje inconquistable rodeado de naturaleza y cuyas armas contra el enemigo (uno real o inventado) son el euskera y la patria.

El joven director que se fue a Barcelona a estudiar cine y ya allí comenzó a reflexionar sobre su origen, sobre su ideología (la izquierda nacionalista), llegó a la conclusión de que esa violencia, en todas sus formas, siempre ha estado relacionada con el nacionalismo e invariablemente también con él y con su pueblo, Oiartzun. “Todos los eventos significativos del movimiento de la izquierda nacionalista han tenido eco en mi pueblo. Desde el primer atentado de ETA hasta el proceso por el que la izquierda nacionalista ha renunciado a la violencia, siempre ha habido algún oiartzuarra implicado”, declara Iriarte.

Y así, a través de unos cuantos agentes que cubren toda la cuestión interna de lo que sería este enmarañado conflicto, Iriarte trabaja su documental. Lo hace con elocuencia y a través de las declaraciones va tejiendo los distintos pasajes naturales del conflicto. Exmiembros de ETA o exmilitantes del Movimiento de Liberación Nacional Vasco, concejales, exalcaldes y actual alcaldesa, músicos, periodistas, expresos y presas, víctimas de torturas, historiadores, filósofos y también personas que sin tomar parte se ven arrastradas por la violencia. Y al final es este concepto, el de la violencia y sus diferentes manifestaciones, el que se desmarca como la clave para contestar a la gran pregunta, así este estudio antropológico acaba convirtiéndose en un asunto hermenéutico. El estudio de una palabra, su uso y sus consecuencias.

Un fotograma del documental 'De Echevarría a Etxeberria'

Un fotograma del documental 'De Echevarría a Etxeberria'

Un arma de doble filo

La violencia, no la acción sino la palabra, es un arma de doble filo dentro del conflicto de la izquierda nacionalista que nos muestra Iriarte a través de los vecinos de Oiartzun. Cada uno la convierte en su argumento, en el enunciado fatal de su tesis en contra de ETA, o en contra de  la policía, o del Estado, o paradójicamente en contra de la propia violencia. La violencia está en las torturas que se cometieron contra los militantes de ETA, contra los que cometieron atentados y contra los que solo eran miembros, como Lasa y Zabala, los dos jóvenes torturados y enterrados en cal viva por los GAL que Pablo Malo convirtió en protagonistas de su irregular pero certero thriller Lasa y Zabala.

Los testimonios más escalofriantes de De Echevarría a Etxeberria son precisamente los relatos de las torturas. La otra forma de violencia es la que el Estado utiliza con los presos de ETA alejándolos de sus familias y reduciendo considerablemente sus derechos. Todos los que pertenecen a la izquierda nacionalista, es decir casi todo el pueblo de Oiartzun, son presos políticos en potencia y esta cuestión Iriarte la convierte en una herramienta reivindicativa dentro de su documental en la que hay varios ataques a Baltasar Garzón y su “todo el que comparta ideas con ETA es ETA”.

También está la violencia expresada en la falta de libertad de prensa y la declarada ilegalidad de dos diarios vascos, Egin y Egunkaria. Y el estigma de los que rechazan la violencia. Sorprendentemente las lágrimas solo aparecen en los testimonios de reconciliación, los que rompen con la supuesta deshonra que durante años se les ha colocado a algunos vecinos por el mero hecho de ser diferentes. Que no es otra cosa que uno de los motivos fundamentales de la violencia, el odio hacia el que es diferente.

Y también la violencia llevada a cabo en los atentados, la violencia de los insultos de la gente hacia cualquier vasco, sea o no sea ETA (la mayoría de las veces no lo son), la violencia del que planea la ejecución y la violencia del que aprieta el gatillo. Y así hasta que la violencia deja de tener sentido y solo sirve para fortalecer una fuerte contradicción, la que ha mantenido a ETA tantos años viva y la que nos describe también como país.

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